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PHILIP HOARE

El mar en una página blanca
Mario Trigo

El escritor inicia su encantamiento tendiéndose en el suelo. Y las paredes blancas, los muebles blancos, los techos blancos de la sede de su editorial española se cubren como un lienzo con la calma provinciana del paisaje entorno a Ors, en el norte de Francia. Estamos en el rincón del cementerio donde yace el poeta inglés Wilfred Owen, muerto a los 25 años el 4 de noviembre de 1918, una semana antes de que se firmase el Armisticio que pondría fin a la Primera Guerra Mundial.

 

—Yo estoy aquí, tumbado, y él está aquí, bajo la hierba… —toca el parquet, suena a verde tupido.— Esa es la conexión física que busco al escribir sobre el espíritu de un lugar.

 

Durante una hora y media estaremos hablando de ese elusivo espíritu de los lugares, de escribir con y para el cuerpo, de la práctica diaria de la natación, pero ahora no puedo dejar de ver la sonrisa de Owen en las fotografías del libro que tenemos sobre la mesa, avanzando por el capítulo hacia su propia muerte anunciada, un niño disfrazado de oficial. El poeta guerrero que cantó contra la guerra —Dulce et decorum est— es uno de los personajes de El alma del mar (Ático de los libros, 2018), la última obra de Philip Hoare (Southampton, 1958). Un libro que se puede leer como el retrato de una familia, de una escena musical o de un árbol genealógico compuesto por vidas fascinadas, pespunteadas o devoradas por el mar: la artista Pat de Groot; Thoreau junto a su estanque; Virginia Woolf y Sylvia Plath; el excéntrico aristócrata Stephen Tennant, el divino Shelley, el almirante Nelson, Herman Melville y su trágico Billy Budd...

 

—Para mí, Owen es el núcleo emocional del libro— dice Hoare como confesando un secreto inocente. —Acabo de hacer un cortometraje sobre él; este noviembre fue el centenario de su muerte. Cuando fui a visitar el canal donde murió, tenía miedo. Sabía que tenía que meterme en el agua, e imaginaba un lugar negro, como un pantano, cubierto por árboles oscuros. Pero claro, estaba proyectando un paisaje de la Primera Guerra Mundial. Cuando llegué vi que es un adorable pueblito, con vacas pastando, árboles que empezaban a cambiar con los colores del otoño… La niebla entraba en el canal al amanecer, y por supuesto que me metí a nadar y empecé a cantar para él, para Owen. Y después encontramos el cementerio donde está enterrado. No es uno de los grandes cementerios comunes de la guerra, es un pequeño cementerio de pueblo, en un rincón. Y me tumbé sobre la tierra. Acababa de llegar del agua… Esa es la conexión física que busco con el espíritu del lugar: el agua de ese canal no es la misma en la que cayó Owen, pero tiene el nombre y la historia. Y yo proyecto en mi imaginación cómo ocurrió todo. Los informes de aquella noche nos dicen que estaban construyendo balsas para cruzar el canal, que no es más ancho que esta habitación. Owen está en una balsa y le alcanza un disparo. No sabemos qué pasa después, pero imagino algo artúrico —alarga el brazo, como dejándolo caer exangüe— y también me hace pensar en Ícaro cayendo. Cuando nos fuimos de Ors me sentí muy contento de dejarle allí. Las campanas del pueblo estaban sonando, los pájaros cantaban… Si tienes que morir lejos de tu hogar, de tu familia, en un campo sin nombre, este es un lugar bastante bonito para descansar. Cuando yo tenía 15 años idolatraba a Owen; y él no era mucho mayor cuando murió. Me preguntaba: ¿está ahí el recuerdo de su cuerpo, en el agua? Y entonces pensé en Virginia Woolf flotando en el río, como la Ofelia de Hamlet, y en Sylvia Plath, imaginándose como una sirena, obsesionada con Woolf hasta el punto de que cuando está deprimida intenta suicidarse ahogándose dos veces. Todas estas historias que se mezclan y fluyen juntas en la Historia.

Fluyen es la palabra apropiada. Por la obsesión acuática del autor («me cuesta imaginar una vida sin agua»). Por cómo su trama nos lleva de una idea a otra, de un lugar a otro, de una persona a otra. Por la sensación de que los temas y la escritura de Hoare, libro tras libro, van levando anclas y son arrastrados por algo parecido a esa funktionslust, ese disfrute de la acción física sin objetivo práctico que también tienen las ballenas a las que Hoare ha dedicado tantas páginas. Así, El alma del mar se encuentra en una encrucijada de etiquetas que ha dejado detrás la literatura sobre naturaleza, la de viajes, el ensayo cultural o la biografía y se mueve sobre mareas propias.  

 

—Escribo sobre mi vida. No planeo; me pasa algo y empiezo a pensar en ello y a desenredarlo. Todos mis libros tardan 3 o 4 años en escribirse, tengo que vivir con ello. Cuando le propongo un libro a mi editor no le puedo decir «voy a hacer esto». No sé lo que va a pasar. Pero sí sabe que serán viajes acuáticos. Mis últimos tres libros han sido así, y el siguiente también lo será.

 
 

Leviatán o la ballena (Ático de los libros, 2015) le valió a Hoare el premio BBC Samuel Johnson al mejor libro de no ficción y supuso la culminación de años de trabajo (y viaje) sobre (y junto a) los cetáceos. El mar interior (2016) retorció aún más la forma del ensayo de naturaleza: Hoare nos lleva de las Azores a Sri Lanka o a Nueva Zelanda pero de algún modo la clave del libro está en la casa de Southampton donde se crió y aún vive, en la habitación donde se despidió de su madre. En los años 80 y 90, antes de dedicarse a la escritura, Hoare trabajó en la industria musical, con sellos como Rough Trade, en momentos de ebullición para la música británica; y antes de abrazar el mar como tema inagotable, escribió ensayos históricos sobre el dramaturgo Neil Coward, Oscar Wilde o la Inglaterra victoriana.

 

—Cuando empecé a escribir, hacía biografías bastante tradicionales. Durante mucho tiempo tuve que buscar una excusa para hablar del espíritu de los lugares. Creía que si iba a hacer algo así tendría que ser a través de la forma del libro de viajes, del travelogue. Pero en realidad no me interesa. Hay grandes escritores de esta tradición: Theroux, Patrick Leigh Fermor… Pero yo quería estar en la historia, me cansé de tener que ser objetivo, de no poder incluir un pronombre personal. De hablar de otras personas pero sin mostrar cómo mi conocimiento de esas personas estaba directamente influenciado y contaminado por mis propios intereses. En El alma del mar es bastante obvio por qué he escogido a estas personas de las que escribo, creo. Pero no es tan obvio cómo llegaron a mi vida, ni siquiera para mí. Sigo una intuición y ella me lleva a algún lugar. Por ejemplo, escribo sobre Elizabeth Browning y su extraña relación con el mar y vuelvo a Torquay. ¡Probablemente fui concebido allí, era el lugar de veraneo de mi familia! Y Browning es una influencia directa para Oscar Wilde, que en Torquay escribe la carta que usarán para condenarle a prisión. Al salir de la cárcel se va al norte de Francia, donde disfruta nadando. Mientras tanto, Wilfred Owen, aún niño, va a Torquay, lee a Wilde y acaba llevándose las poesías de Browning a la guerra. Las llevaba en el bolsillo al entrar en combate. Las cosas acaban encajando.

 

El método para hacer encajar las cosas, en el caso de Hoare, es el cuerpo. La presencia, «estar en el mar y ser del mar», palpar los lugares como se palpan y valoran las citas, las fuentes, los artículos científicos, las obras de referencia. Comparto con él la pregunta que me ha hecho llegar mi amigo C, entrevistador invitado: ¿Cuánto hay de las prácticas que le son propias a la psicogeografía y a la labor de Iain Sinclair en su trabajo con el mar?

 

—Muy buena pregunta. —Pausa.— Nunca he leído a Sinclair.

 

El inglés Iain Sinclair lleva varias décadas escribiendo sobre el entorno urbano (su lugar, Londres) desde la óptica de la psicogeografía, buscando de un modo lúdico pero profundo encontrar las resonancias mágicas entre historia, lugar y arquitectura. Fruto de ello son libros como London Orbital o La ciudad de las desapariciones.

Hoare se ríe y amplía la respuesta.

 

—Bueno, miento. Sí que he leído varias cosas: nos conocimos en un viaje del British Council a Guadalajara, México, hace 5 años. Y acabamos pasando 2 semanas juntos, nos llevamos muy bien. —De hecho, en su último libro, Living with Buildings and Walking with Ghosts, Sinclair dedica un capítulo a ese mismo viaje—.  Hasta ese momento había evitado leerle porque todos me hablaban de él y no quería que me contaminase. Es un escritor magnífico. Pero no creo que lo que yo hago sea psicogeografía; soy demasiado emocional para ello. No escribo sobre cosas con las que no estoy comprometido.

Como consecuencia de su propia relación con el mar y la escritura, los libros de Philip Hoare están atravesados, abarrotados de cuerpos humanos y animales. Y El alma del mar rebosa de figuras en transición, que cambian género y forma: Ariel, el espíritu de La Tempestad de Shakespeare, marineros hermafroditas, los selkies —focas que dejan su piel para volverse humanas—… Se trata, en fin, de un libro queer.

 

—Sí, es como una película de Fellini —ríe.— Cuando era niño, la gente queer era «antinatural». Escribo sobre naturaleza, pero hay personas que dirían de mí que soy una persona «antinatural». Es interesante, porque la naturaleza es muy queer: el mar, tan fluido, lo es. Allí los animales cambian de género, actúan de un modo muy libidinoso… en realidad, me gusta pensar que la palabra queer trasciende la sexualidad. Conozco a mucha gente heterosexual que es queer. El gran problema de nuestro mundo es la cultura patriarcal que pone las cosas en cajas y les pone etiquetas, y nombres científicos, y diagnósticos. Y lo ponen en una estantería. «Ya está, lo resolvimos. Tú eres gay, tú eres negro, pero está bien. A los negros os damos el voto y a los gays os damos el matrimonio. Qué bien, ¿no? Qué amables somos que os lo permitimos. Resuelto.» Es un dispositivo de control.

 

Me viene a la cabeza una reflexión del filósofo Paul B. Preciado: «El cuerpo es, en el siglo XXI, lo que la fábrica fue en el XIX: el escenario de la lucha política». A Hoare se le ilumina la cara y asiente encantado.

 

—¡El cuerpo! Es el cuerpo… Me doy cuenta de que es una de las razones de que haya tenido esta idea atrevida de nadar cada día… No lo hago por ejercicio, lo hago porque es algo un poco estúpido y todo el mundo me dice que no lo haga. Pues ese es el mejor modo de conseguir que haga algo.

 

Se refiere a su hábito diario de nadar en el mar, allá donde se encuentre, sin importar el día del año o las condiciones atmosféricas, a primera hora de la mañana.

 

—Me encanta nadar en la oscuridad. Todo lo demás desaparece. Me gusta especialmente la «hora entre el lobo y el perro», que dicen en francés: antes del amanecer, cuando hay solo un poco de luz en el cielo.

 

Reconoce que ese baño matutino (¿nocturno?) funciona como un ejercicio para empezar el día: «La claridad que obtienes después de haber pasado mucho frío ayuda a ver las cosas de modo diferente, desde el nivel del mar, alejado de todo lo demás que te pasa durante el día: las pantallas, el tráfico, la política... ». También cumple una función técnica: tras el baño, compone una pequeña entrada en su cuenta de Twitter que funciona como una suerte de haiku, una clave musical para hacer estiramientos y empezar la escritura del día.

Aunque afirme la misma libertad de digresión que sus libros anteriores, El alma del mar es, en lo geográfico, más contenido. Es un libro británico, que salvo una (importante) escapada a Cape Cod se circunscribe a lugares de las islas, empezando por Southampton, claro, y acabando en una Irlanda que, aún siendo parte directa de su historia personal, Hoare nunca había visitado antes. Al respecto, él se considera «filopátrico», un término de la zoología que se aplica a aquellos animales que a lo largo de su vida son fieles a su lugar de nacimiento, como los salmones o las aves migratorias. 

 

—No es algo nacionalista o patriótico; parte del hogar es bueno, parte es malo, pero es un lugar al que volver. Y el mar es el lugar al que vuelvo. Cada día. El otro día estaba en Southampton nadando a las 4 de la mañana y había mucha niebla. No podía ver hacia dónde iba. Pero sabía que estaba en casa.

 
 

Sobre el paisaje de islas, muelles y playas que Hoare conoce como la palma de su mano, vuela la sombra de un Brexit contra el que se ha posicionado abiertamente. Y que hace pensar en las políticas que llenan de hormigón las playas frente al cambio climático («Gran parte de las respuestas locales están siendo la construcción de diques más grandes, de escolleras más grandes…»). El libro se inicia con la vívida descripción de una tempestad que durante tres días azota Southampton. Las imágenes que Hoare conjura al describir la tormenta («Esto era el futuro: el mar alzándose sobre una costa urbana») recuerdan el océano multiforme que se lanza sobre las colinas en Ponyo en el acantilado, la fábula ecologista animada de Hayao Miyazaki.

 

—Escribo sobre esto de modo deliberado. Y el libro que estoy escribiendo ahora mira mucho hacia Europa. Es difícil hablar de esto sin sonar nacionalista, pero creo firmemente en la cultura europea y en la relación de Gran Bretaña con ella. Ahora hemos cortado ese vínculo —ja, eso creemos—. Hemos levado anclas y estamos flotando libres, y encontraremos un maravilloso nirvana, volveremos atrás en el tiempo, antes de la Segunda Guerra Mundial, antes de que perdiéramos el Imperio, antes de que perdiéramos América... Mi padre trabajó en una fábrica de cables telegráficos que ataban literalmente Gran Bretaña a Estados Unidos; cuando, al final de la guerra, Inglaterra no tenía nada que exportar, exportó los escombros de Londres, y Southampton y Conventry para rellenar el East River Drive de Nueva York. Qué paradoja… Estar en una isla, después negar que lo estamos y ahora volver a decir que sí, que somos una isla; pero sin darse cuenta de que una isla sólo sobrevive estando abierta a lo que viene de fuera.

¿Cómo se acaba un libro? ¿Cuándo se enfrenta uno a la ballena blanca? Leí El alma del mar con la placentera sensación de que las conexiones, digresiones y ecos acuáticos de la historia podrían haber seguido página tras página sin otra finalidad que la iluminación indirecta de nuestro lugar en el mundo, ese avanzar palpando, tejiendo y destejiendo para encontrar sentidos y memorias. ¿Cómo decide Philip Hoare cuándo poner punto y final a sus libros, a este libro?

 

—No los acabo. Me cuesta. La única razón por la que cerré este libro fue porque él murió.

 

Él. Él, que se ha infiltrado aquí y allá en la conversación y cuyo nombre no aparece en ningún punto de la edición original del libro («Nunca menciono su nombre. Aún ahora no lo hago»), cuyo propio título inglés —Risingtidefallingstar, así, todo unido— es otra referencia a su figura («Es una parábola, sube y baja, pero el descenso de esa estrella que cae no es el final. La estrella cae en el agua y la fertiliza con ideas, con memes, con olas...»). Él: el Duque Blanco, Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Mayor Tom, el Camaleón, el Hombre de las Estrellas que cayó a la Tierra.

 

—Ya tenía el libro escrito. Y tenía un final muy diferente, pero después él murió. El libro era una carta de amor para él. Tenía su dirección; El mar interior se lo había enviado directamente, porque mi editor conocía a alguien que le conocía. Había dejado una serie de pistas para él; no quería conocerle como un fan, sino colaborando juntos. Probablemente no hubiera pasado nunca, pero… Conozco a personas que habían trabajado con él y me habían mencionado. Quizás no se acordase, pero sabría quién era yo. Quería que le llegara este libro y que al leerlo pensara: «Coño, quién es este tipo que me está copiando todo».

 

Esa fila de pistas, miguitas de pan, empieza desde la estrella negra de la portada del libro y llega hasta su línea final, en la que Hoare vuelve a entrar «como un delfín» en el mar helado de Cape Cod.

 

—Le pregunté a Brian Eno —coautor de la canción— de dónde venía el verso sobre los delfines de Heroes… No lo sabía: quizás de una visita al acuario de Berlín. Pero me gusta que no lo supiera con seguridad. Si me hubiera respondido: «Sí, se le ocurrió porque fue al delfinario de Coney Island» hubiera sido una decepción. No saber es siempre más interesante.

 

El Hombre de las Estrellas que cayó a la Tierra es también, para Hoare, un viajero en el tiempo y en el espacio: como Moby Dick —avistada en varios puntos del océano a la vez—, como Próspero, el mago protagonista de La tempestad

 

—Mi historia favorita es cuando le preguntó a su productor, Tony Visconti, qué hacía un instrumento que había en el estudio de grabación, y Visconti le dijo: «Trastea con el tejido del tiempo». Me gustan las cosas que trastean con el tejido del tiempo: las grandes obras de arte hacen eso. Timothy Morton, un filósofo contemporáneo que ha escrito cosas muy interesantes sobre ecología y medio ambiente, dice: «Todo el arte es del futuro». El gran arte: como Melville, como Woolf, como Shelley...

 

El Hombre de las Estrellas es otro de los corazones pulsantes del libro, como Owen, como la artista Pat de Groot, que falleció hace poco y a quién está dedicado. Hablando de él, Hoare se inclina hacia adelante en la mesa; demasiada emoción en la escritura sobre el mundo, demasiados pronombres personales como para no reconocer el origen de las cosas, hace cuarenta años, en una sala de estar de un barrio del sur de Inglaterra.

 

De niño, yo tenía muy pocas expectativas sobre mi vida, sobre mis sueños. Y de repente apareció alguien que parecía trascender el tiempo y el espacio, y el género, las clases, las culturas. Él fue toda una educación para mí. Aprendí de arte, de música, de sociedad, de política… Era mi instructor, mi musa, la persona que me salvó de una vida suburbana. Que me señaló desde una televisión en blanco y negro y me dijo: «Dame la mano, porque eres maravilloso».

 

Si en este momento tomase la mano que extiende Hoare hacia mí, tocaría la del Hombre de las Estrellas, y la de Virginia Woolf en una playa de Bantry, y la de Sylvia Plath riendo en Cape Cod, la de Oscar, la de Wilfred, la de Stephen y Elisabeth… Esa es la invocación. Esa cadena o red que de un modo convulso y difícil —trasteando con el tejido del tiempo, cargándoselo— vuelve a probar que estamos todos juntos aquí, en este planeta oceánico, esta página en blanco, este posible hogar.

 
 

EL ALMA DEL MAR

PHILIP HOARE

ÁTICO DE LOS LIBROS, 2018

Mario Trigo
Mario Trigo
(Torrelavega, 1980) Formado como jurista en Santander y traductor en Granada, dibujante por autodeterminación. Un atlántico enamorado de Italia y de los cuadernos de viaje. 
 
 
En twitter: @AyBialetti