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RETRATOS DEL COMPROMISO

Pioneras del activismo femenino
Fran García

Que el sufragio femenino no llegara a los países más avanzados hasta bien entrado el siglo XX demuestra a las claras dos cosas: que el hombre es un lobo para el hombre, pero un hombre-lobo para las mujeres y, sobre todo, el inherente inmovilismo que rodea al poder, el anclaje de cualquier statu quo a su poltrona, por muy maloliente que ésta sea. Arrebatarle una cuota al poder establecido, en este caso al poder político masculino o a la autoridad religiosa que cubre como una niebla nuestras sociedades, ha sido y será algo complejo y para ánimos estoicos.

La historia nos muestra este hecho de manera muy nítida en incontables ejemplos, como los que ocupan dos excelentes novelas gráficas publicadas por La Cúpula. La publicación de Sally Heathcote. Sufragista y La Mujer Rebelde. La historia de Margaret Sanger ofrece dos muestras de que el «arte secuencial» —en la denominación clásica de Will Eisner— tiene mucho que decir respecto a cualquier tema y, si me lo permiten, puede hacerlo de una manera entretenida para cualquier público. Es gratificante que, poco a poco, el campo del cómic vaya adquiriendo su propia capacidad creativa dentro del terreno del ensayo político o biográfico.

Hasta la fecha, sólo unas pocas novelas gráficas habían reflejado vidas de activistas políticos. Quizá la más destacada sea la revisión del pensamiento filosófico de Henry David Thoureau, el padre de la desobediencia civil. Thoureau. La vida sublime (Impedimenta) es un álbum ejecutado de manera poética por Maximilien Le Roy y A. Dan, autores que recalcan la conexión del activista con la naturaleza y los nativos norteamericanos.

Las historias de estas dos novelas gráficas se sitúan casi en la misma franja temporal. La vida peleona de Margaret Sanger en Norteamérica refleja el emergente combate que al otro lado del Atlántico, en el Reino Unido, evolucionaba en el trabajo del WSPU, una de las más emblemáticas fuerzas femeninas del viejo continente. Unas mujeres que no sólo tuvieron que trasgredir las férreas leyes de sus congéneres masculinos, sino que además lo hicieron en un país que, embriagado por sus conquistas, se reconocía como Imperio —con todas las connotaciones totalitarias de la palabra—.

Pero conviene contextualizar, a modo de apunte, cómo era la sociedad británica al comienzo de la narración de Sufragista. La Cámara de los Comunes y la de los Lores estaban ocupadas por elefantes de la política, hombres de las clases altas con una media de edad muy elevada. La gran etapa victoriana había finalizado y el Imperio Británico había pasado en poco tiempo de Eduardo VII a Jorge V, reyes más preocupados por su «monopoly» estratégico que por sus paisanos. Los derechos laborales habían alcanzado sus primeros grandes triunfos, lo que generaba reticencias en el establishment para otorgar más prebendas en otros terrenos. Como toda sociedad industrializada de la época, el rol analfabeto del campesino se había trasladado al obrero de las grandes ciudades. La educación casi inexistente de la gran masa obrera y el machismo surgido de la familia tradicional no daban para apoyar a una nueva y justa causa: el voto femenino.

 

Sally Heathcote. Sufragista arranca en 1909, justo cuando la WSPU —Women´s Social and Political Union, Unión social y política femenina— tomó un nuevo rumbo gracias a un grupo de entusiastas mujeres que iniciaron un activismo enfocado en dos líneas opuestas: la protesta pacífica y la violencia beligerante. Nombres como Emmeline Pethick-Lawrence —acompañada ideológicamente por su marido Fred— que representarían la rama pacífica surgida en Londres; las Pankhurst (Emmeline y sus dos hijas, Christabel y Sylvia), que oficializarían la dureza en la protesta y que provenían del movimiento socialista de Manchester. Su acción directa fue más eficaz que la posición conservadora de otras pioneras en la lucha, como la constitucionalista Millicent Garret Fawcett. Completa a este grupo Elsie Howey, gran organizadora y recaudadora del WSPU, alejada siempre de los flashes.

 

Todas ellas pertenecían al ILP (Partido Laborista Independiente) y todas eran «sufragistas», la expresión que utilizó uno de los periódicos sensacionalistas más longevos, el Daily Mail londinense, para referirse a las activistas del voto femenino. El papel de la prensa pudo ser ambiguo al comienzo del movimiento, pero paulatinamente fue apoyando la causa desde sus editoriales y columnas de opinión. Conscientes de que la propaganda era vital para sus fines, el matrimonio Pethick-Lawrence editó e impulsó el medio oficial Votes for Women, que vendían o regalaban en sus frecuentes manifestaciones y actos de protesta.

La metodología reivindicativa de las mujeres del WSPU contenía todo un abanico de posibilidades. Cuando se les prohibió manifestarse por las calles, se encaramaron a los tejados con sus pancartas. Sabían defenderse a puñetazos cuando eran atacadas y zarandeadas. De hecho, poseían un brazo armado denominado YHB (Young Hot Bloods, Jóvenes de sangre caliente), acérrimas de las Pankhurst. Un grupo clandestino capaz de pegarle fuego a la residencia del Premier Lloyd George con nocturnidad y alevosía.

Las huelgas de hambre fueron frecuentes entre las presas del WSPU durante sus múltiples encarcelamientos, sufriendo la tortura de ser alimentadas a la fuerza. La cárcel les proporcionó visibilidad en los medios, pero causó en muchas de ellas graves problemas de salud. Poseían sus propias oficinas y detentaban una tienda de merchandising en el barrio de Notting Hill (insignias bordadas, porcelanas para la ceremonia del té). Hasta comercializaron un juego de cartas llamado Panko que representaba a las activistas más reconocidas y valientes. Arramblaron con las cristaleras de media Londres cuando se sintieron traicionadas por los políticos. Su disputa por el sufragismo incluyó también la igualdad salarial y los derechos laborales.

 
 

El orgullo de pertenencia al movimiento se vio acrecentado con la creación de la bandera sufragista, una tricolor formada con el púrpura (dignidad), el blanco (pureza) y el verde (esperanza). La bandera, creada por Emmeline Pethick, se convirtió en un símbolo para todas estas mujeres y, desde entonces, los productos comercializados por el movimiento portaron estos colores a modo de estandarte.

El uso de los colores está muy bien contextualizado por parte de los artistas de esta novela gráfica. El uso generalizado de grises se contrasta con pinceladas de color que enfatizan la positividad de los personajes femeninos. Así, Kate Charlesworth y Bryan Talbot, los ilustradores responsables de esta brillante idea, plasman un Reino Unido acorde al smog de las fábricas colindantes a la capital y a las ideas mayoritarias de su población, salteado con los colores del movimiento sufragista y la melena pelirroja de la protagonista del relato, Sally Heathcote.

La heroína de Sufragista es el nexo que engarza a todas las activistas de esta historia. Un esqueje de ficción sustraído por la guionista Mary M. Talbot del libro Suffragette Sally (1911), de Gertrude Colmore, donde aparece el personaje, una doncella al servicio de la clase más pudiente. Este toque de ficción resulta beneficioso para el extraordinario trabajo documental de la guionista, ya que la figura de Sally permite que haya un nudo argumental mejor ligado y proporciona una visión socioeconómica sobre la gran cantidad de mujeres británicas que trabajaban en una de las pocas ocupaciones con salida laboral de la época, la servidumbre doméstica de la aristocracia y la burguesía.

En 1918, las sufragistas consiguieron su primer gran éxito con la aprobación del voto femenino para las mujeres mayores de treinta años. Un primer y vital paso. Unos pocos años antes, lo habían conseguido las mujeres de los países nórdicos. La 1ª Guerra Mundial contribuyó a su lucha, puesto que la alta mortalidad de los soldados británicos provocó que las mujeres heredasen las propiedades de sus maridos, destrozando el «dividendo patriarcal» y obteniendo el voto por la vía fiscal. El sufragio universal llegó al Reino Unido una década más tarde.

En la Norteamérica del Siglo XX tenemos a otra de las grandes activistas femeninas de la historia, contemporánea de las sufragistas británicas: Margaret Sanger. Peter Bagge, el hombre que desnudó a la generación grunge en Odio, realiza uno de sus trabajos más destacados sobre una de las grandes defensoras del control de la natalidad mediante el uso de anticonceptivos y métodos de toda índole.

Margaret Sanger (1879-1966) nació en Corning (Nueva York), en el seno de una familia de inmigrantes irlandeses que habían huido de la gran hambruna de la patata que asoló Irlanda en 1845. Su madre, Anne Higgins, era una ferviente católica y su padre, Michael Higgins, era un ateo de ideología socialista, conocido en el pueblo por sus protestas municipales.

 

De su padre aprendió la causa de las demandas sociales, a vociferar a los cuatro vientos las injusticias que observaba. Que su madre sufriera la escalofriante cifra de veinticinco embarazos (ocho abortos), fue una huella que quedó en ella para siempre.

Los embarazos de su madre y la disposición reivindicativa de su padre fueron dos patas en la argumentación personal de Margaret, pero fue su primer trabajo de enfermera en el Lower East Side de Nueva York, con un insano hacinamiento de emigrantes, y la proliferación de abortos incontrolados —y salvajes— para evitar más bocas que alimentar, lo que hizo que detonase en ella la idea de cambiar las cosas.

 

Al poco tiempo, empezó a dar clases de Higiene femenina en la Escuela Moderna Ferrer, nombre escogido en homenaje al educador anarquista catalán Francesc Ferrer i Guàrdia, fusilado en 1909. Allí empezó el activismo de Sanger, con gente como Emma Goldman (activista, escritora y editora), Alexander Sasha Berkman (escritor y editor) y Will Durant (educador e historiador), todos ellos anarquistas.

Enfrentada a la Iglesia Católica, Sanger supo rentabilizar las zancadillas que ésta le tendía para lograr la mayor publicidad posible. Apoyó huelgas laborales absorbiendo técnicas de protesta de movimientos precedentes y planteó otras nuevas. Su visibilidad en los medios le permitió entrar en los círculos de mujeres de la clase alta neoyorquinas (como Mabel Dodge, heredera del imperio que lleva su apellido y miembro del grupo de debate feminista The Heterodoxy Club), granjeándose la amistad de mujeres con cierto poder y mucho dinero.

En marzo de 1914, unos meses antes del comienzo de la 1ª Guerra Mundial, Margaret Sanger publicó The Woman Rebel, su propio medio de propaganda, la carta definitiva de presentación como defensora de los medios anticonceptivos y verdadero manifiesto a favor del activismo por los derechos femeninos. El subtítulo que acompañaba la cabecera ampliaba horizontes provocadores: «No Gods, No Masters».

Sanger estuvo en el punto de mira de su propio Hoover, el director de la oficina postal norteamericana, Anthony Comstock, un censor muy convencido de la idiosincrasia de su puesto. Sanger sorteó las frecuentes pesquisas de su publicación y el flujo de información inter-estatal con un método del que se apropiarían los narcotraficantes años más tarde: camuflar material en infinidad de envíos múltiples y marear al servicio postal, que sólo capturaba una parte de los mismos. Tras su cambio de estatus social, derivado del divorcio de su primer marido y el matrimonio con el empresario que patentó el aceite 4x1 (James Noah Slee), Sanger dispuso de más medios y la red comercial del producto, llegando a camuflar anticonceptivos importados dentro de los envases de la empresa. 5x1, en realidad.

Margaret Sanger viajó por medio mundo para apoyar a otras mujeres que sufrían similares atropellos de género. En Japón estuvo con otra formidable activista, Shidzue Kato, primera parlamentaria japonesa de la historia. Sanger se horrorizó con la metodología que empleaban las mujeres niponas, el infanticidio en toda su crudeza. Las giras mundiales la llevaron por China, India (donde conoció a su admirado Gandhi) y México.

Como Margaret se exilió durante una temporada en el Reino unido para evitar la feroz persecución de Comstock, los personajes de ambas novelas gráficas se aproximan en toda su realidad. Sanger trató con H. G. Wells, uno de sus numerosos amantes (practicaba el amor libre) o el dramaturgo George Bernard Shaw —el autor de Pigmalión defendió a las sufragistas británicas y participó en cenas benéficas para recaudar fondos—.

Su vida fue intensa y también extensa, ya que vivió hasta los 87 años, algo inaudito para la época y para una persona, que, al igual que su madre, sufrió de frecuentes episodios de tuberculosis. La de Sanger fue una vida tan rica y admirable como enorme es el esfuerzo de Peter Bagge por generar una lectura dinámica y concisa, amén de aplicarse un distanciamiento entre el personaje y él mismo, lo que permite que sea el lector quien juzgue —o no— los actos de Sanger.

Las novelas gráficas no adolecen, como sí ocurre con los biopics cinematográficos, de la restricción ligada al escaso tiempo de metraje. Mary Talbot y Peter Bagge han conformado estas obras con total libertad sobre el espacio y el tiempo. Ambos incluyen apartados finales que apuntalan las historias, cronologías amplias y una bibliografía a la que podemos acudir si nos apetece. Algo que se echaba de menos en este terreno y que sólo los álbumes de Hugo Pratt habían institucionalizado, aunque en su caso, las recomendaciones de lectura fuesen en los prólogos.

A través de pequeños episodios de una o dos páginas (Bagge) o de dos a seis (Talbot), las historias de Sanger y las Pankhurst fluyen casi como una perfecta crónica periodística y son contadas con una asombrosa exactitud temporal.

Pese a la emotividad personal que rodea la vida de estas mujeres, Talbot y Bagge tienen momentos para el humor y, por tanto, para desdramatizar los acontecimientos. En su caso, el autor neoyorquino afila su vis cómica en cada uno de los episodios de la vida de Sanger, y su maestría le permite jugar con cada uno de los chistes finales sin desentonar un ápice.

Las Pankhurst, Emmeline Pethick-Lawrence, Margaret Sanger. Historias de mujeres que nunca se doblegaron. Ejemplos que alimentan una cosa muy evidente: el derecho a la protesta, a ser una punta de lanza contra las injusticias de género o las leyes arbitrarias de los hombres.

Del simple gesto de Rosa Parks, la mujer negra que se saltó las reglas de la segregación racial en el transporte público de Alabama, a las maestras republicanas que llevaron algo de luz a la España rural. Del movimiento FEMEN, creado en Ucrania por Inna Shevchenko, que reivindica con sus topless los derechos de las mujeres y denuncia la opresión que sobre ellas ejercen las religiones, a Shadi Sadr, abogada y activista por los derechos de la mujer en Irán, exiliada en Londres. De Aliaa Magda Elhmadi, la activista egipcia que se ha cagado y menstruado —literalmente— encima de una bandera del Estado Islámico a Malala, la niña pakistaní tiroteada sólo por querer recibir una educación, que se ha convertido en la más formidable luchadora contra la intolerancia. De Dalí Ángel, activista zapoteca del Estado de Oaxaca en México, que lucha para resolver los problemas de las mujeres indígenas, a Mary Boyol, en Sudán, que, entre otros temas vergonzosos, combate por eliminar la ablación.

Los opresores son muchos y no otorgan centímetros de su poder así como así. Que sepan que se enfrentan a ellas y que detrás vendrán muchas más. Muchas niñas de hoy serán las luchadoras del mañana: saldrán a ganarse todos los espacios robados, las infancias maltrechas y las libertades no conquistadas. Aunque tengan que meterle una merecida patada en los huevos a más de uno.

Fran García
Fran García
Apasionado de las novelas gráficas y del medio radiofónico, ha trabajado en Onda Cero y en el Magazine del diario barcelonés La Vanguardia. Este agitador cultural con alopecia es director de NOVEMBRE NEGRE, festival de cine y novela negra, y coordinador de SPLASH, un festival de cómics. Además, coordina la programación de .DOC, una muestra de documentales de actualidad.