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SUFINIGHT

Una devoción evasiva
Pedro Montesinos

No fue fácil entrar en aquel lugar. Había poca luz y estaba atascado de gente: hacía varias horas que había empezado, como cada tarde de jueves, la ‘Sufi Night’, noche sufí. El acceso estaba lleno de hombres jóvenes locales que se aglomeraban frente una una pequeña puerta que daba acceso al lugar al que todo el mundo parecía dirigirse. Entraban, pero también salían. Una vez desenredado de una confusa masa y, tras superar un informal y poco riguroso cacheo en el que el responsable del manoseo ni siquiera intuyó mi grabadora de mano llegué, por fin, al interior del recinto atascado de seres humanos. 

Aguda y fugaz, una percusión a modo de ráfaga me recibió... 

trapa tap, trapa tap, trapa tap, trapa tap…

Aquel primer sonido se asentaba sobre una base rítmica, más grave y estable… 

bum, bum bum, bum bum, bum bum... 

Con el ritmo de aquellos tambores retumbándome en el pecho, y tras los pasos de mi improvisado guía —un empleado del hostal en el que me alojaba— llegamos a una sala en la que no pudimos entrar: estaba tomada por un número incontable de personas que se empotraban como podían las unas con otras. Apenas distinguible se escuchaba algo parecido al coro de percusiones de la entrada. Bajamos, a la fuerza, empujados como ganado por un tipo que se empeñaba en evitar que nadie se parara en aquellas escaleras. 

Llego por fin, al fondo del abismo. Sumergido, de nuevo en la atronadora e hipnótica atmósfera de aquella ceremonia, vi que mi guía se escurría como una anguila entre la multitud hasta hacerse hueco en aquella masa viviente. Dudé, pero poco. Era una llamada a la acción: se trataba de localizar y ganarse un espacio entre las decenas de personas que estaban allí sentadas en aquel patio en penumbra. 

No sin forcejeos (tampoco negaré alguna muestra benevolente de inconformidad), ocupamos asiento en un minúsculo resquicio de suelo que quedaba entre cuerpos, piernas y otros objetos. Allí tuve el instante de calma necesario y el mínimo sosiego requerido en medio de aquel caos para observar con detenimiento lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Todos mis sentidos quedaron activados, despiertos: vista, oído, gusto, tacto y sobre todo mi olfato. 

Una escasa e inquietante luz anaranjada reforzaba la sensación sombría del lugar. El humo de hachís lo envolvía todo. No me desagradaba, pero mezclado con el sudor y los efluvios corporales hacía que la atmósfera del lugar fuera densa, asfixiante, acre. 

Nada que ver con la actitud de los allí congregados: cordiales, jubilosos y relajados, casi indiferentes. Nada de aquello parecía tener algo que ver con el rito estricto, severo y opresor que esperaba encontrarme. Al contrario. Estaba en una celebración liberadora, exaltada pero fraternal, inclusiva y hasta indulgente.

Me sorprendió, primero al intuir y después al confirmar, la presencia de algunas chicas acompañadas. Una de ellas, la que mejor pude distinguir, tenía más aspecto de hip-hopera de banliueu parisina que de mujer musulmana convencional: cubierta con la capucha de su chaqueta, manos en los bolsillos laterales y ligero cabeceo acompasado. 

Se movía, en modo discreto casi de camuflaje, entre varios acompañantes encapuchados como ella, pero en ningún momento me pareció que temiera por ser desenmascarada.

Como buzo en un pantano, me vi inmerso en una densa nube de humo que se retorcía en suntuosas y estilizadas volutas como olas. Ante nosotros, siete danzantes sacudían sus cabezas cubiertas de largas melenas mojadas por el sudor del esfuerzo continuado. En apenas unos 10 m2 sus cuerpos enjutos se movían sin orden ni concierto aparente por el escaso espacio sin obstáculos mientras agitaban los brazos de manera compulsiva.

Vestían túnicas ligeras con estampados florales. Colores suaves, unas, más intensos, otras. También había algún Salwar-kameez -conjunto de pantalón ancho y camisa larga hasta la rodilla-, indumentaria más común por aquí. Pero una túnica destacaba por encima de todas y, lo confieso, me tenía descolocado.

Me sacudí el aturdimiento que narcotizaba mi cerebro. Saqué mi grabadora para registrar el sonido de aquel ritual que se me aparecía crudo, primitivo y auténtico, todo lo contrario del refinamiento y la sutileza de los derviches giróvagos de Turquía. 

Al poner en marcha la grabación percibí que la luz de la ventana de control podía llamar la atención; alguien podría sentirse molesto o agredido por mi acción. Decidí darle la vuelta y grabar con el aparato apoyado en mis piernas cruzadas y con los dos micrófonos  hacia arriba, pero bien protegido por las sobras. 

Por fin podía concentrarme en lo que me había traído a este lugar: escuchar y grabar aquel rito. Los sonidos medios fluctuaban de forma arrebatadora sobre una base rítmica grave y regular. Las paredes del patio retumbaban. Mi estómago, también. Sonaban proclamas y citas (incomprensibles para mí), unas veces individuales, otras en grupo; unas veces salpicadas sobre el pulso rítmico; otras las voces parecían encontrar refuerzo en golpes de percusión lentos, bien marcados.

La atmósfera era de exaltación y fervor. Una figura prominente —con un tambor de grandes proporciones colgado de su cuello— lo golpeaba con dos palos de diferente grosor y forma. Era Papa Saeen, el maestro de este instrumento (dhol) de percusión. 

Es un músico venerado, reverenciado, y un habitual de las ceremonias de este mausoleo. A su alrededor, siguiendo de forma cercana el deambular del ‘maestro’, los acompañantes aportan con distinta fortuna crescendos, paradas, fraseos o contrapuntos, sobre la contundente y obstinada base rítmica.

 
 

Me resultó desconcertante al principio aquella dispersión. Percusionistas y danzantes que parecían evolucionar de manera disociada, descoordinada: Ora alguien inicia una secuencia rítmica que poco después desaparece discretamente, ora un danzarín inicia una serie breve de giros que acaba en pocos segundos. Mientras los demás siguen, ajenos, inmersos en la propia búsqueda personal, rítmica, sin sentido aparente. 

Sin embargo…

Trapa tap, trapa tap, trapa trapa trapa tap… 

Varios tambores en un ritmo común... 

Bum, bum bum, bum, bum bum, bum bum bum... 

Giros continuos de los danzantes. Armonía, comunión, cascabeles 

Brilsh... brilshl... brilsh... brilsh... 

De remate, los bufidos de una enorme caracola de mar 

Bhuuuuuuuuuu….. bhuuuuuuuuu…. bhuuuu, bhuuuuuuuuu... 

Por un instante, todo pareció en órbita: una alineación de cuerpos celestes que confluyen en una trayectoria y momento. Todos a una sumergidos en un universo de agitaciones y giros con los que tratan de liberarse de su yo terrenal. ¿Una forma de purificación? ¿Aproximación al amado? ¿Conocimiento en el amor a Dios?

La mística sufí vive un periodo de repliegue. Hostigada por las corrientes más estrictas en la interpretación de los textos sagrados del Islam—el Corán y la Sharia- y que califican estas prácticas de «Haram» — «prohibido», opuesto a «Halal», permitido —. 

Lo pude observar al llegar hasta aquel mausoleo. Al principio de la calle en la que nos dejó el Rick-shaw que nos trajo, una pieza de cemento de las que sirven para separar el tráfico cortaba el paso, flanqueada por dos militares armados, pero relajados. ¿Su intención? Impedir que algún vehículo pueda lanzarse contra la entrada del templo sufí, como ocurrió en aquel infausto atentado de 1 de julio de 2010. 

No son infrecuentes estas acciones contra esta corriente mística del islam que se ha extendido por diferentes partes del mundo  (Africa, Asia, Europa), desde su origen que muchos sitúan en el propio Corán. Otros aseguran, sin embargo, que fuera del Islam también hay sufismo o misticismo ya que esta filosofía de vida se centra en la experiencia en el amor a Dios y también se nutre de aportaciones de otras religiones como la de Buda, Teresa de Jesús o Juan de La Cruz, así como de prácticas pre-islámicas de los territorios en los que se asientan. 

El nombre propio más reconocido es el del poeta sufí de origen persa Yalal al-Did Muhammad Rumi, profusamente citado desde Ramón Llull a José Luis Sampedro; aunque la diversidad y heterodoxia de corrientes y prácticas —hay quien califica el sufismo de rebelde e insumiso— deja un rastro de nombres como el del andalusí Ibn Arabi o, ya en la actualidad, el iraní Sirus Shanavaz, entre muchos otros.

Y a pesar de que esta es una práctica que busca la paz interior y la proximidad a Dios, la violencia y el riesgo de atentados son algo cotidiano por aquí. Son parte de las causas y consecuencias que retroalimentan este y otros conflictos —el territorial, el étnico, el de castas, el intrarreligioso, el interreligioso, el económico— que se superponen en esta parte del mapa del mundo y que se entremezclan con la vida cotidiana de las gentes que hoy, aquí, me acogen en esta ceremonia. 

En una situación de este calibre, el simple hecho de pasar una tarde con amigos, rodeados de más gente, de manera distendida y relajada, fumando hachís y escuchando el ritmo del dohl, puede resultar algo más que excepcional. Desde el punto de vista humano no se me hace muy diferente al hecho de participar en un festival de música, en una rave o en una sesión de techno en un club o discoteca de cualquier capital occidental. Eso, de alguna manera muy resumida, se convierte en una amenaza para todos aquellos que desean un mundo en blanco y negro, de buenos contra malos, de extremos que no se tocan; y sobre todo para aquellos que no soporta un mundo en el que sea posible el disfrute o la diversión, personal y colectiva.

Sin esperar a que terminaran los giros, las sacudidas, las percusiones, las proclamas o las volutas humeantes, mi guía me hizo una señal para poner rumbo al hostal. Nos levantamos y sorteando piernas, cuerpos y otros objetos alcanzamos el oscuro pasillo que nos devolvió a la calle. Allí, con el rumor percusivo de fondo, fuimos sorteando los muchos transeúntes que encontramos mientras buscábamos un rick-shaw para volver.

Envuelto por el petardeo del motor y los chirridos de la suspensión y la carrocería del vehículo recorrimos media ciudad. Me resultaba sorprendente comprobar cómo, a pesar de las amenazas y del hostigamiento casi cotidiano, muchos jóvenes —chicos (muchos), y chicas (menos y discretamente camufladas) encuentran en ese lugar y en esa práctica la posibilidad de socializar y evadirse, aunque sólo sea por unas horas a la semana. Los miedos y las dificultades cotidianas de una ciudad como Lahore, capital de la región pakistaní de Punjab, quedan, por unas horas, al otro lado de aquellos muros, fuera, en el exterior.

Trapa tap, trapa tap, trapa trapa trapa tap… 

Bum, bum bum, bum, bum bum, bum bum bum... 

Brilsh... brilshl... brilsh... brilsh…

Bhuuuuuuuuuu….. bhuuuuuuuuu...

 

Imagen de cabecera, CC Kyle Mcdonald

Pedro Montesinos
Pedro Montesinos

Licenciado en periodismo y apasionado por la música, trabaja especialmente el paisaje sonoro y las grabaciones de campo. Entre su exploraciones sonoras destaca su trabajo sobre el paisaje sonoro de la isla de El Hierro o su colaboración con el proyecto La mina y su sonido de LABoral.

 
 

En Twitter: @Pemonblas