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¿TIERRA DE TODOS?

Testimonios de las FARC
Laura Rojas
 

La fecha ya estaba seleccionada para la X Conferencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo, FARC - EP, y la convocatoria ya estaba hecha para los periodistas e investigadores del mundo. Las vías de acceso serían por San Vicente del Caguán, Caquetá, y La Macarena, Meta. Equidistantes los dos en carro del Diamante, lugar elegido por los guerrilleros para este, su gran evento, por el que se esmerarían en que saliera muy bien, como cualquier reunión preparada por cualquier persona. 

Cincuenta pasajeros en el avión, extranjeros, jóvenes, adultos, ningún niño. No se sabe si son turistas. ¿Por qué viajan hoy a La Macarena? Destino turístico, y municipio relativamente cercano a donde ocurría la reunión guerrillera más grande de los tiempos. Desde la capital el vuelo dura una hora y cuarto. El piloto explica su ruta y agrega: «Aterrizaremos en un sitio tocado por la mano de Dios».

Cristian contestó. Era el contacto delegado que la jefa de prensa, Milena Reyes, circuló por el grupo «Prensa X Conferencia gru2» en WhatsApp, para coordinar el transporte desde el aeropuerto hasta el lugar. Hay farianos en el campo y en la ciudad, a estos últimos se les llama «de la Urbana». Cristian empezó allí, y lo fueron moviendo. Llevaba tatuajes y expansiones visibles, a pesar de que la directriz en la Organización es que no está permitido.

Cuenta un habitante que el aeropuerto es uno de los primeros del país y fue construido por la comunidad.

 

Al arrancar el viaje hacía el Yarí, un letrero que prohibe las armas, y poco después un retén militar. Tres hombres, soldados, saludan y dan la mano a Efraín, el conductor. 

 

—¡Mirando quien va! si lo que hay es un viajado de güerillos para donde ustedes van —dice.

 

Dos carros de Médicos del Mundo fueron de los pocos que se vieron en el camino, a excepción de las motos. Se estimaban 110 kilómetros, seis horas de viaje y el paso por dos caseríos: Alto de Morrocoy y la Tunia, un pueblo fantasma que fue construido casi todo por Jorge Briceño, alias el «Mono Jojoy», alto comandante del grupo, muerto en la zona de La Macarena en combate en el año 2010 durante la operación Sodoma. El resto, fincas de mil hectáreas, una sede educativa, pastos artificiales de siembra. De un momento a otro se ven árboles altos. Cuenta Efraín que hace 26 años era selva. Ahora, carreteras destapadas que fueron construidas por ellos.

Después de unos kilómetros del cruce que desvía a San Vicente del Caguán, finalmente el letrero de entrada al «Diamante». También se observa el logotipo de la Conferencia y en ella la silueta de Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, otro líder guerrillero. Una bomba de gasolina y la carpa de prensa y recepción. No se sabía con certeza como funcionaría la logística ahí dentro; sin embargo, la hospitalidad fue percibida de entrada.

 
 

No solo los periodistas se transportaban para ir al punto de la reunión. Muchos guerrilleros venían desde Letilla, Guayabero, Puerto Rico, a aproximadamente 250 km, unos 15 días a pie. También madres buscaban la forma de llegar a ese lugar, buscando a sus hijos que no veían desde hace 15 años; unas tenían el inmenso éxito de volverlos a ver; las otras recibían la noticia que su hijo ya no estaba vivo.

El hospedaje estaba preparado para los que quisieran dormir con ellos en su campamento, ese que tardaron cinco días en montar. Aproximadamente 270 caletas, lugar que le llaman a donde duermen. Había otro espacio habilitado para las carpas que cada uno llevara.

Fueron ágiles con el recibimiento, solo la ubicación, un saludo, tender la cama con el colchón, poner el mosquitero y explicar en dónde quedaban ciertos lugares. Después cada uno buscaba la manera de hacer su trabajo e interactuar.

 

—Compañeros presentes y ausentes, gracias —se oye desde la sala de prensa. Música con guitarras y voces no tan jóvenes en el escenario.

 

Las mujeres y hombres sentados contemplan el espectáculo, luces moradas salían de la tarima. ¿Un concierto y con ese montaje en medio de la nada? Sí era posible. Estaba preparada una muestra cultural cada noche, después del día de trabajo y las sesiones de los delegados de las FARC.

 

—Comprometidos con lo que los camaradas pactaron en La Habana —dice el cantante.

 

La bandera y dijes del Atlético Nacional, un equipo de fútbol de Antioquia, también era fácil de encontrar.

 
 

Todos estaban muy atentos. «Queremos paz con justicia social… Tenemos agradecimiento con el comandante Hugo Chávez que sin él esto no fuera posible», dice una mujer en el micrófono, que parecía reconocida entre ellos.

Después del concierto de «música de protesta», se suben los Rebeldes del Sur, un grupo guerrillero de música popular, uniformados y con boinas. En una entrevista hecha a un medio contaron que durante los años de guerra, varios de los camaradas de la orquesta murieron en bombardeos y combates, y la orquesta se fue disminuyendo, pero que a pesar de todo siguen de pie.

El público en general los mira, la música los anima, pero la mayoría no baila.

 

—Que viva la paz, que viva el camarada Timoleón, ¡que viva! —gritan.

Según los testimonios —que varían mucho— hay mil mujeres en la zona. Lo mismo pasa con la información acerca del Yarí.

Los llanos del Yarí, dice uno, «no los ganamos, después del Plan Patriota, todavía estamos aquí». Los combates más fuertes ocurrieron durante esa época, con el Plan Destructor 1 y 2, donde combatir el terrorismo era el objetivo principal. Bombardeos, armas 80 mm, bombas de avión, morteros, minas.

El bloque disidente de las FARC, el frente 1, transita por la zona. Es su área.

 
 

Se dice que no es cocalera, que tampoco hay minería, principalmente es una zona ganadera, con algunos pozos. La presencia del grupo ha sido casi desde su origen, por lo cual lo protegen, pues no quieren que quede en manos de multinacionales. «Si no fuera por nosotros esta tierra ya estaría muerta. Por eso, con lo que uno sueña es que haya encargados de la tierra al servicio de los pobres o que se declare como reserva para que las próximas generaciones tengan riqueza», dice Jeison.

Hay otro guerrillero, Oscar perteneciente al bloque Yarí, que expresa que en el entorno donde ocurre la Conferencia hay una riqueza mineral que «ni la hijueputa» y que por eso ha habido tanta guerra. Por su parte, Miller sabe que sus límites son el río la Tunia, un lugar cercano al río Apaporis, sobre el cual está el Parque el Chiribiquete, y que no es una zona fértil; también dice que quedan las pistas de Caquetania, que se especula eran de algún mafioso.

Ellos conocen donde están, han estado durante muchos años por ahí. Saben que el «río crece y que se pone caudaloso» y por eso a veces se mueven de esos lados.

Jeison, Oscar y Miller, podría decirse, tienen el mismo perfil. Según cuentan, la guerrilla es como una escuela donde todos tienen acceso al estudio y donde deben regirse por la disciplina. Tienen que estar atentos a su instructor y aprender y dar a conocer la preparación o las capacidades que tengan para desarrollar las tareas que tiene la Organización. Ellos tres estaban relacionados con la parte política, sus palabras y discurso lo evidencian.

Cuando llegan a la guerrilla lo primero que les enseñan son los procedimientos de formación. Los asignan a una escuadra, a una célula política, donde se empiezan a formar políticamente. ¿Pero cómo? Con estudio, porque cuentan que la guerrilla es una organización que se preocupa por la elevación ideológica de los combatientes. Los que más saben o tienen una experticia forman a los demás, y así sucesivamente. Por eso dicen que la universidad más grande que podría haber en el mundo es las FARC, porque allí se aprende de todo y gratis.

 

—Si usted le nace y quiere ser enfermera, pues se le da la especialidad de la enfermería y no le están cobrando, esa es una de las diferencias entre lo civil y la organización. Aquí nosotros tenemos médicos que cuando llegaron a la guerrilla no sabían cómo debían aplicar una inyección y hoy en día son médicos; están en la capacidad de hacerle una cirugía a uno. Aquí en la organización hay muchas especialidades —enfermeros, médicos, artilleros, radistas— porque acá lo analizan a uno: «Bueno, usted tiene que prepararse pa’ político, o usted tiene que preparar pa’ militar», dice Jeison.

 

La sabiduría no la cogen como un mito, les gusta que todo el mundo y todo lo que sepan se le enseñe al otro y así a toda la organización. No tienen tanta teoría, sino práctica. A Jeison nunca le gustó ser instructor, aunque le ha tocado. «Yo ya soy viejito, un ancianito». Actualmente tiene 34 años, y como él, mucho se sienten «viejos» a esa edad.

Tuvo su primer contacto con la guerrilla a los 13 y lleva 21 años en el grupo. Creía que no iba a durar más de dos años, por lo que decía la gente, que pertenecer al grupo era peligroso. Por eso nunca se imaginó llegar hasta esta edad.

 
 

Es natural de Cundinamarca, pero a los cinco años se fue al llano, en la época de la mano negra, ya que su padre trabajaba para al partido comunista y lo amenazaron que lo iban a matar. Podría decirse que su familia y él han migrado por muchas regiones del país como Chocó, Meta y Guaviare, dada sus condiciones políticas. Todo por donde iban, quedaba botado.

Por esas razones Jeison no fue nunca al colegio, por todos los movimientos; a su papá lo tildaban de comunista y dice que por eso no lo dejaron entrar a ninguna escuela. También perdieron todas las fincas donde cultivaban plátano, yuca, maíz, arroz; hasta ajonjolí, con el cual poco a poco fue que salieron adelante.

Fue criado por su padre.

 

—Yo tenía 11 cuando me mataron a mi mamá.

 

Su papá le contó que ella estaba en Villavicencio cuando la mataron. Llevaba seis meses de haber entrado a las filas cuando a su padre también lo asesinaron. Cree que la muerte de su papá fue porque ellos pertenecían al partido y porque Jeison había ingresado.

Ese no era su ideal, al contrario, era tener un hogar, aún lo desea, pero el desamor y la pérdida de la familia fue una de sus motivaciones para vincularse.

La guerrilla permanecía constantemente por su pueblo. «Por ahí pa’ bajo», dice. Estaban cerca y un día les dijo que se iba con ellos. La respuesta que le dieron fue: «Usted para la guerra no me lo llevo… primero que todo usted está muy niño». Le dijeron que cuando tuviera 16 ó 17 años lo recogían. Así, un día pasó una unidad y les dijo que lo llevaran. Se fue con ellos, se les fue detrás hasta su campamento. Le dijeron que se devolviera, pero no hizo caso. 

 
 

Por ser menor de edad, no le dieron el título guerrillero en ese momento, igual se quedó; le dijeron que se quedaba por su voluntad y bajo su responsabilidad. Donde ellos se movían, Jeison se movía, hasta que cumplió la edad que lo haría merecedor del nombramiento.

Cuando obtuvo el título de guerrillero, entró al objetivo militar e ingresó al entrenamiento formal de un año por el Yarí, donde en alguna época fue la Escuela Básica de Destructor. Durante ese tiempo aprenden lo básico: «Girar, marchar, pedir permiso para entrar a una formación, para retirarse, pa´ retirarse pa'l sanitario, pa' retirarse a algún lado, pa' cualquier lado, en todo se tiene que pedir un permiso, o sino no habría orden. Ese es un control que hay en la escuela».

También les dan charlas de reglamento y normas, cartilla militar, ahí aprenden a cargar y portar un fusil y las formas de avanzar y pelear contra el Ejército. Después los sueltan. Ellos terminan y siguen todavía en curso porque en cada frente se sigue el entrenamiento, las charlas y la preparación. Por cada compañía se asigna un profesor que está disponible las 24 horas para enseñarles. Ahora, la preparación no se enfoca en lo militar sino en lo político, por lo que está viviendo el país.

Jeison se vinculó al Frente 44 en el Ariari, de ahí para el Guaviare, donde ha estado todo el tiempo en el mismo frente, y a pesar de que ha salido de la zona a hacer unos trabajos, siempre vuelve otra vez a su lugar.

Durante la conferencia sus armas siempre estuvieron colgadas en las caletas, excepto a la hora de formación, donde se repartían las labores del día siguiente. Ahí se distribuyen el trabajo; en la rancha, guardia, matar la vaca, entre otras.

 

—¡Viva Colombia! —gritan cuando se retiran.

 

Se puede decir que son un grupo muy organizado y coordinado, perspicaz, trabajan en equipo, y eso lo recalcan; el trabajo colectivo, la vida comunitaria y la seguridad al máximo. A simple vista, una gran familia, que como todo en la humanidad hay discordias, pero se ve solidaridad entre ellos y la disponibilidad para ayudar a los invitados al evento.

Los comentarios generales es que se sentían cómodos con los periodistas, que lástima que no hubieran venido antes, que por qué les tenían miedo, si ellos no son terroristas, sino el Ejército del Pueblo, que están allí para la protección de los colombianos, que el vacío después de la Conferencia se iba a sentir. Uno de sus objetivos era cambiar la imagen que el mundo y Colombia tiene de ellos, algo nuevo que querían mostrar.

Cuenta que fue un problema para ingresar por ser menor de edad. Le dijeron: «No queremos que usted ingrese porque es menor, pero si usted quiere quédese que ahí aprenda cosas y ya cuando sea mayor de edad entonces toma la determinación si se queda o se va para la casa».

 

—En este momento uno entiende la preocupación, porque los medios de comunicación en vez de informar, desinforman. No son todos, pero esa es la función fundamental —expresa Oscar, quien decide ingresar a la guerrilla por su lucha, la lucha del poder para que en la sociedad haya igualdad de condiciones.

 

Hasta el momento y a sus 36 años de edad, tomó la determinación de trabajar más con la guerrilla. Nunca se ha arrepentido de lo que ha hecho porque dice que la Organización busca unos cambios que llevarán a la liberación del pueblo, y eso le gusta, por lo que está dispuesto a dar la vida por lo que le toque.

 

—Ahora damos el paso de convertirnos en civiles, porque nosotros estamos aquí en la Organización no porque queramos, sino porque el mismo Estado colombiano nos ha obligado a empuñar las armas, entonces por eso no es justo todo lo que dicen, por lo menos los medios de comunicación: que nosotros somos asesinos, que somos ladrones, que somos violadores, que somos mariguaneros, que somos narcotraficantes. Nosotros consideramos que somos un ejército organizado con una estructura orgánica y una jerarquía de mando, y lo que tratamos es de tener un control en las áreas donde permanecemos.

 

Es diferente a como proceden, a como lo dicen los medios de comunicación. Según él, eso es la guerra psicológica que utilizan: los ponen en contradicción con el pueblo colombiano.

Oscar ha andado muchísimo. Desde que llegó, un 27 de algún mes, salió de representante del Frente, después lo mandaron donde Jorge Briceño, y de ahí a las Unidades de Orden Público, es decir, las compañías disponibles, las que les corresponde moverse a nivel nacional.

 

—Por ejemplo, yo soy el encargado de una compañía de esas que son de 50 unidades y en cualquier momento algún superior dice: «En el Cauca hay que ir a hacer un cubrimiento, hay que ir a regarnos a esa área», entonces nos vamos para allá.

 

Se van para el Cauca, duran un año, dos años, y de allá, después los trasladan para otra zona como Caquetá, Vichada, Guaviare, abajo en el Vaupés. Todo eso lo han andado en actividades de orden público o militar. Se mueven a pie, en carro, lancha, en moto o motor como le llaman. Tienen la orden de marcha; caminan y descansan, y así pueden andar de 6 a 12 km al día.

A Oscar lo que más le gusta de ser guerrillero es que luchan por el pueblo.

 

—Uno no va a decir que no ha cometido delitos, claro, uno los puede haber cometido. En el transcurso de la lucha somos seres humanos y uno tiene fallas, pero si hubo una falla y cometimos algún delito, no es porque nosotros hayamos querido, sino que fue una equivocación, fue un error.

 

A pesar de eso, dice que todo le ha gustado. Cree que todo lo que se hace adentro no es por imposición, sino que es por una necesidad.

En el concierto de salsa, la tercera noche de conferencia, no bailan mucho. Es salsa fusión, pero canciones conocidas. Mientras tanto, unos toman la bavaria, como le llaman a la cerveza, o aguardiente Extra de Caquetá. Se despide el grupo diciendo «nos vemos en la nueva Colombia». Finalmente ponen un rato merengue y ahí sí se prende el baile. Esa noche, cuenta Miller, que le gusta UB40, también los Beatles. Cuando era más joven, le gustaba escuchar la música de Rodolfo Carlos, Laura Pausini, Nirvana, Guns and Roses.

Este guerrillero tiene 38 años, aún no es papá, no ha podido tener hijos. «Quisiera ser padre porque uno muere y no deja nada». Tampoco tiene mujer. A muchos les encantan los niños, quieren tener los suyos, pero su actividad no los deja: quizás por eso los desean tanto.

 
 

Para Miller el momento más complejo que ha vivido en las filas fue un bombardeo en el Frente 43. Era el mediodía, se iban a mover de campamento y madrugaron a hacer el desayuno. Había como 700 guerrilleros en esa ocasión. Se reunió el comando y acordaron que había que moverse de sitio, pero después determinaron hacer el almuerzo. Estaba Miller en el patio de formación junto con otros 10 compañeros, hablaban y reían, cuando se escucharon las bombarderas, los aviones. Miller tenía el fusil en la caleta, y dijo: «la bombardera huevón», y se fue para donde estaba su equipo.

 

—Yo vi que venían como muy de frente y había como un hueco, una trinchera, que me quedó a la rodilla y pensé: eso sí es con nosotros. Entonces me metí a la trinchera y los otros compañeros míos se reían, cuando entonces la soltaron. Blum, blum, blum.

 

Dice que fue una situación muy dura después del bombardeo, ahí murieron unos 25 compañeros. En ese momento se le oscureció el mundo, la vida, un momento para realmente hacer un esfuerzo tremendo para no desfallecer.

Cuando pasó el torrente de bombas, abrió un ojo, y dijo: «Estoy vivo». Durante ese episodio, en el 2007, se le cayó la oreja, pero sus compañeros se la pudieron pegar. «Es aterrador, es un terror psicológico. La guerra es difícil, ver a sus compañeros muertos, mutilados, y más difícil superarla».

Siguieron los bombardeos y Miller casi cae en otro.

A los y las compañeras que les dan de baja los entierran en la montaña, les hacen calle de honor y les pagan guardia como combatientes. Brindan honores a ese guerrillero por haber muerto en la lucha, les entierran como héroes de la patria. Es como si falleciera un propio hermano, porque se consideran casi como hermanos de sangre, además de compañeros de lucha.

Hay veces que tampoco se pueden enterrar, pues quedan en combate y los captura el Ejército. Lo mismo ellos con los militares, los cogen como prisioneros de guerra. «Son situaciones complejas. Por eso la guerra no es el camino, es la política», dice Miller.

«La política es el camino porque no debe haber armas en la confrontación», añade. Algunos colombianos piensan que esta es una buena solución, ya que los guerrilleros debatirían en vez de matarse.

 

—Si el Gobierno cumple, vamos a hacer política y vamos a crear condiciones sin armas, sin tener que matar al soldado, ni que el soldado nos mate a nosotros. Yo personalmente al Ejército, a los uniformados, no les tengo rabia porque yo sé que es lo que los ha sometido a vender su fuerza de trabajo al combate. Ellos no lo hacen conscientemente, si lo hacen es por la necesidad de la plata.

 

Se cuestiona si en realidad lo hacen por defender la patria. «O si no ¿qué hacen siete bases norteamericanas en el país?»

Los militares les han dado duro, ellos también les han dado.

Una de las apuestas de la paz es la reintegración de los combatientes, y la reconciliación. Ya es una realidad que víctimas y victimarios tengan que convivir en un mismo escenario. Miller piensa al respecto que es un panorama posible en el que se van a reconocer el uno al otro, en el que se sabrá quién es quién.

 

—Puede haber acercamientos, no todo puede ser odio. ¿Cierto? Aquí viene mucha gente que ve las FARC y nos odia, pero vienen, nos conocen, hablamos, intercambiamos ideas consensuadas y decimos las cosas que sean necesarias tratar. Socializar con los otros puede ser un logro en el proceso, no el resentimiento.

 

«Si el Gobierno hubiera abierto esta puerta antes —expresa— se hubiese ahorrado cuatro millones de muertes». En su desconfianza natural dice que también puede ser una estrategia para robarse las riquezas que quedan por ahí. En resumen, dice que las FARC tienen mucha voluntad de hacer la lucha política, incluyendo al Secretariado.

Con los acuerdos, según él, no iba a pasar lo mismo que con la Constitución del 91, que está bien hecha y escrita, pero que en realidad no se refleja, porque tenían garantes internacionales. Piensa que los acuerdos significan el primer paso de un niño cuando quiere aprender a caminar, un paso para la paz, pero a la vez es consciente que si el Gobierno no cumple, la situación se revuelve y desencadena en conflicto.

Laura Rojas
Laura Rojas

Colombiana, abogada y periodista independiente. Experiencia como investigadora en temas sociales. Atraída por contar historias humanas donde lo invisible se vuelva visible y lo cotidiano extraordinario.