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EL FUTURO EN UN PRADO VERDE

Futuroscope 30 años después
Ana Claudia Rodríguez

CON LA COLABORACIÓN DE FUTUROSCOPE Y VUELING

 
 
 
 

El periodista Plàcid Garcia-Planas decidió un día ir a buscar por Europa qué aspecto tenían los lugares que un día fueron célebres. Y así fue como encontró un McDonalds en el punto exacto donde se había colgado a Mussolini, o un local de música en el mismo sitio en que el Führer apretó el gatillo contra su sien.

En su libro Jazz en el despacho de Hitler, Garcia-Planas juega con el tiempo y con el espacio. Y aunque menos grave, el transformismo que plantea se replica cada día en las ciudades: el orden de las cosas cambia sin parar. Donde antes había una estatua ahora hay un semáforo; donde un cine, ahora una tienda de ropa, un bar, una cerrajería. La cirugía en las urbes es vertiginosa, pero han sido los espacios naturales los que han sufrido las alteraciones más inesperadas.

La Vienne, por ejemplo, este departamento francés que ha convertido desde 1987 sus praderas y sus vacas en un sofisticado parque temático: Futuroscope. Rural en su ADN, la región destina ahora 200 hectáreas a un complejo tecnológico y de diversión por el que han pasado ya más de 45 millones de personas. Aunque por debajo de este trajín de cables y pantallas, sigue la tierra que durante años permaneció silenciosa y quieta.

 

Fotografía de Raquel Aturia.

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La innovación se puede ver sin trabas desde una de sus atracciones más elevadas, el Aerobar. Es primavera y atardece en La Vienne, y un vientito tibio se cuela por los pies suspendidos a 35 metros de altura. Allí arriba hay doce personas en torno a una mesa redonda, atadas con apenas un cinturón de tela alrededor de la cintura. Todos toman cocacola, agua o mojitos sin alcohol, pero la bebida es lo de menos porque en realidad todos los ojos miran hacia abajo: es como si husmearan desde un edificio desnudo de quince plantas, sin paredes ni ventanas.   

Abajo, en 180 grados, están las ideas de Denis Laming, el arquitecto parisino que —con tan sólo 34 años— imaginó el espacio de ese futuro rampante, lleno de realidad virtual y emociones fuertes que es Futuroscope. Las figuras diminutas que desde lejos se mueven como hormigas, esperan vivir —42 euros mediante— la promesa de una «experiencia única»: las 30 atracciones destinadas a todos los públicos.

Abajo, si tuviéramos un zoom, veríamos esto: a dos niños moviendo una bolita sólo con la mente (y algunos electrodos); a una veintena de personas en las manos de robots bailarines de ocho metros de altura; y millones de estrellas y galaxias en pantallas 3D (en Misión Hubble se puede planear en el ciberespacio). Podríamos escuchar los alaridos en Arthur, la aventura 4D, que fue elegida la mejor atracción del mundo en 2012, y donde se vuela sentado en una butaca. Veríamos a una fila de personas que tantean la oscuridad, en un recorrido a ciegas (Ojos que no ven); y si fuera de noche veríamos además proyecciones sobre pantallas de agua (Lady Ô); y un restaurante, Le Cristal, donde tuestan gusanos y fabrican humo con hielo seco (es cocina molecular).

El impulsor y creador de este experimento exitoso fue René Monory, que en los años ochenta ideó el concepto Futuroscope para activar la economía de la zona. Donde soóo pisaban hierba, el por entonces presidente de la diputación de La Vienne vio el futuro del futuro proyectado con luces y colores.

Y acertó.  

 

En el centro, el Aerobar de Futuroscope. 

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En 1984, en una foto sobre la colocación de la primera piedra del complejo, aparece, naturalmente, él. De arriba a abajo, el cuerpo de Monory empieza con un peinando redondo de canas blancas, sigue con un surco negro en el entrecejo y una mirada de águila. Luego están las mejillas fofas, que buscan el suelo con igual énfasis que la comisura de los labios. Y después, poco más: cuelga el cuello. Y corbata, camisa y traje.

El estilo es el de un político al uso. Y es que Monory, como bien sintetizó un periodista francés, concentró durante su vida 143 años de mandatos en varias administraciones del país: en el ámbito local, regional y nacional (llegó a ser ministro de tres carteras: Industria, Finanzas y Educación).

Hasta su muerte le acompañó su carácter autodidacta y emprendedor. Fue mitad político mitad empresario. Y Futuroscope, la niña de sus ojos. René Monory siempre estuvo vinculado a La Vienne, donde nació en 1921; y dicen que nunca perdió su conciencia campestre.  

Creyó en la transformación de su terruño. Y fue el responsable del cambio y de los datos que ahora arroja, casi treinta años después. Tras superar un fuerte descenso en la asistencia que llevó a la privatización parcial a finales de los noventa, el complejo vuelve a estar en plena forma: registra ingresos anuales de 90 millones de euros; 1.700.000 visitas por año, desde 2010, y una tasa de retorno muy alta, de casi el 60% (debido, en gran parte, a que cada año se reinvierte el 10% de la facturación para renovar el 20% de sus atracciones). 

No sólo eso, La Vienne al completo (400 mil habitantes y la extensión equivalente a la provincia española de Segovia) ofrece hoy día un catálogo exorbitante de actividades para el ocio: complejos de animales (el Planeta de los Cocodrilos o el Valle de los Simios); un parque floral; centros de spa; un espacio de alojamientos insólitos (castillos en las copas de los árboles, casas en forma de caracol); restaurantes con especialidades regionales (el queso de cabra Chabichou); oferta deportiva; festivales y más.

Es la reactivación de la que hablaba Monory a partir del asentamiento de Futuroscope. O dicho con más propiedad, de Futuroscope Technopole, que abarca, además del espacio recreativo, un área de formación y un tercer pilar dedicado a lo económico. Según su página web, se trata de «la zona de actividad más importante de la provincia y su segunda zona de empleo, con 224 empresas innovadoras (multimedia, centros de relación con el cliente, e-business, etc.), 7.000 empleados, 400 investigadores y 2.000 estudiantes».

En un espacio equivalente a 400 campos de fútbol, hay diversión, educación e innovación. La fórmula con la que Monory le dio alas a la zona.  

 

Un rabbid trasteando en la Máquina del Tiempo. 

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Ahora los curiosos llegan por todos lados: en coche, en tren (el de alta velocidad tarda un ahora y media desde París) o en avión. Empieza a caer la tarde y llueve en Futuroscope. Niños y adultos  esperan —todos con el mismo énfasis— para entrar en la Máquina del Tiempo, una de las atracciones más aclamadas. En la cola, una pantalla gigante recrea la invasión de la Tierra por parte de unos conejos animados (los rabbids), que recorren los cinco continentes para cambiar el curso de la historia.

Una vez dentro, el juego es el inverso: hay que transportarse, en cinco dimensiones, a la llegada a la Luna, a los territorios de indios pieles roja, al descubrimiento del fuego. Y allí, reviviendo el pasado desde el futuro ficticio de Futuroscope, uno reflexiona, de nuevo, sobre cómo cambian los lugares con la huella del hombre. Cómo el fuego transformó hábitos antiguos, cómo el descubrimiento de América arrasó colonias y creó en su lugar monstruos urbanos o (el futuro otra vez) qué aspecto tendrá la Luna en quince años.  

Al salir de la Máquina del Tiempo, a pocos quilómetros, mastica hierba una vaca con manchas blancas y negras. En 100 años, ¿qué será de todo esto?

 

FOTOGRAFÍA DE CABECERA DE JEREMY ATKINSON (CC)

Ana Claudia Rodríguez
Ana Claudia Rodríguez
Periodista y antropóloga nacida en Lima (Perú). Colabora, en la actualidad, con grupos de comunicación en España y Argentina. Su corazón se divide entre dos pasiones: las crónicas y el mundo digital.