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LOS VIAJES DEL HAMBRE

1. Níger
Martín Caparrós

Entonces, cuando se enfermó, el marabú les dio unos ungüentos para que le frotaran la espalda, me dijo Kadi, y unas hojas para que le prepararan infusiones. El marabú no solo es el sabio musulmán de cada pueblo; también es, con frecuencia, el curandero —que ahora la corrección política llama médico tradicional: un personaje decisivo—. Kadi lo hizo; la diarrea no paraba. Una vecina le habló del hospital y que por qué no lo traía. Kadi vino, hace más de seis días —dijo: más de seis días— y los atendieron, a ella y su bebé, pero lo que no entiende es por qué le dijeron que él se había enfermado porque no había comido suficiente.

 

—Yo siempre le di comida, le di la teta, después empecé a darle su comida. Siempre le dimos su comida. A veces mi marido y yo no comíamos, comíamos muy poquito, pero a él siempre le dimos su comida: nunca se quedaba llorando, siempre tenía su comida.

 

Me dijo Kadi, recelosa, dolida.

 

—Mi hijo come. Si se enfermó será por otra cosa. Será algún mago, una bruja. Quizá sea que tragó mucho polvo el otro día cuando pasó ese rebaño muy grande por el pueblo. O la envidia de Amina, que se le murió su hijito que había nacido al mismo tiempo. Yo no sé qué es, pero por comida no puede ser, él come.

—¿Y qué le dan de comer?

—¿Cómo que qué? La woura.

 

Dijo, tan natural: yo no le dije que la woura, esa especie de bola de polenta sólida de harina de mijo y agua que los campesinos de Níger comen casi todos los días de su vida, no alcanza para alimentar a un chico de año y medio, que le falta casi todo lo que el chico necesita. Kadi estaba molesta, resentida:

 

—Acá me dicen que está así porque yo no le di su comida. Se ve que acá no entienden. Cuando lo escucho me da miedo, me dan ganas de irme. 

 

Me dijo Kadi. Y se fue, horas más tarde, con su bebé muerto a la espalda.

 
 

Para decirlo más o menos claro: comer la bola de mijo todos los días es vivir a pan y agua.

Pasar hambre. 

 

Hambre es una palabra rara. Ha sido dicha tantas veces, de tantos modos diferentes; significa tantas cosas distintas. Conocemos el hambre y no tenemos ni idea de lo que es el hambre. Decimos hambre y hemos oído decir hambre tanto que se gastó, que se volvió cliché.

Hambre es una palabra rara. Del famen latino los italianos hicieron fame, los portugueses fome, los franceses faim; los castellanos hambre, con esa br que también se mezcló en hombre, en hembra, en nombre: palabras muy pesadas. No hay palabra, quizá, más cargada que hambre —y, sin embargo, es fácil deshacerse de su carga—.

Hambre es una palabra deplorable. Poetas de cuarta, políticos de octava y todo tipo de plumíferos fáciles la han usado tanto y tan barato que debería estar prohibida. En lugar de prohibida está neutralizada. «El hambre en el mundo» —como en «¿y qué quieren, terminar con el hambre en el mundo?»— es una frase hecha, un lugar común, una expresión casi sarcástica usada para sintetizar lo risible de ciertas intenciones. El problema con esos conceptos viejos y gastados, limados por el uso fácil, es que de pronto un día algo te hace volver a verlos como si fueran nuevos, y ahí explotan.

Martín Caparrós
Martín Caparrós
Buenos Aires, 1957. Estudió historia en París, vivió en Madrid y Nueva York, dirigió revistas de libros y de cocina, recorrió medio mundo, tradujo a Voltaire, Shakespeare y Quevedo, recibió el Premio Planeta Latinoamérica, el Premio Herralde de Novela y el Premio Rey de España. Es autor de relatos como A quien corresponda, Los Living y Comí; también de libros de viaje como El interior, y de crónicas como Una luna y Contra el cambio, El hambre, La crónica y Echevarría. Su último libro es Postales.