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ZONAS DE ESPERANZA EN LA URBE

Jardines domésticos
Dorelia Barahona Riera

Siempre que trabajo en mi jardín me conecto de nuevo con la red metafórica que existe entre la naturaleza y mi humanidad. Esta conexión tan generosa de la vida ampliada por medio de sistemas de retroalimentación entre flores, hojas, ramas, insectos, gotas de lluvia, tallos y estados del clima…¿Por qué no se repetiría con las demás personas si somos iguales en cuanto a cuerpos sensitivos conectados a una mente? 

El silencio o el sonido natural de algún zumbido, ladrido o canto de pájaro, al igual que el olor del aire, la energía de las manos dentro de la tierra y el saludo discreto que las plantas y yo nos hacemos, me invitan a pensar en que los múltiples efectos estimulantes de cultivar la tierra, no ya para alimentarse sembrando hortalizas y plantas curativas, sino con la única intención de hermosear el entorno y diseñar pequeños mundos en él, son también disfrutados por todos los que cultivamos un jardín.

Cuando lo pensamos, imaginamos jardines planificados entre caminos organizados rodeando rosaledas, sábilas y azaleas. Como mi jardín no tiene más jardinera que yo, mi jardín no es así. Está hecho a mi medida, a salto de mata y con flores y siembros desarrollados por sus propias capacidades y algunas podas. 

Con esa suerte de bendiciones y atropellos que dan mis posibilidades entre plagas de hormigas y especies que se cuidan entre sí cuando yo no puedo hacerlo. 

Las comunidades se expresan de manera similar, con sus recursos y voluntades en cada casa, así que como soy curiosa por naturaleza, decido dar un paseo. No un viaje, ni un tour. Un paseo al modo presocrático, a la deriva, deambulando como Henry David Thoreau lo haría por otros jardines que tienen en común con el mío, el ser jardines sin diseñadores o arquitectos que los planifiquen. Jardines de parroquianos, de empleados públicos y familias que van ampliando sus casas según las necesidades y muchas veces sin que medie plan urbano alguno en su construcción. 

Los llamo jardines domésticos, espacios cuidados por sus propios dueños y cultivados según sus posibilidades de tiempo y dinero. Mi paseo me lleva a los barrios de clase media y clase media baja de la Costa Rica de hoy, donde cada casa muestra su personalidad y es resguardada por rejas ante la posibilidad de un robo. Aunque no dudo de la existencia de jardines traseros cercados, los jardines que puedo observar son los frontales, bordeados por las aceras y con vocación simétrica en sus bordes. Los que paseamos frente a ellos solemos echarles un ojo y disfrutarlos admirando alguna planta en particular. Son pequeños mundos para compartir la belleza en medio de un ambiente muchas veces sin belleza social. Los jardines domésticos nos dan su porción reconfortante de belleza visual, olfativa y táctil restituyéndonos y dando cabida a una microdosis de esperanza en estos barrios. 

Los jardines pueden variar su escenografía según el cultivo anual de las plantas y las celebraciones religiosas y sociales. En semana santa se visten de morado, en navidad de luces, en la independencia con banderas nacionales o cuando juega el equipo de fútbol de la casa con sus colores. Los jardines son zonas de celebración. Allí puede colgar una piñata el padre de un cumpleañero, tocar un trío sus guitarras y adornar con globos el queque de un anciano o anciana que suele mecerse entre sus cultivos mientras se entretiene viendo pasar las gentes. Mención importante es el trueque de semillas y brotes o hijos vegetales entre amigos o parientes. Es muy posible que una especie se propague así entre vecinos y que sea motivo de socialización visitarse para ver como esta creciendo la plantita.

Por lo que un jardín es un mundo bueno dentro de un espacio o mundo familiar que puede ser no tan bueno. Es otro lugar, otro ámbito de Ser, en un mismo lugar que posibilita otras sensaciones y estados de ánimo. 

El ser humano siempre ha vivido construyendo ideas y mitos de sus jardines, así que cuando ya hablamos de jardines portamos con ellos, al imaginarlos, nuestros propios jardines ideales y lo que de bueno conllevan en el imaginario social. 

Desde el jardín del alma como metáfora que existe en muchas religiones, el reflejo del cielo y sus constelaciones en los jardines árabes, al jardín de los amores de Rabindranath Tagore. Ya Epicuro consideraba que la filosofía se debía impartir en el jardín y no en un salón y hacer filosofía de vida cuyos ejemplos se podían observar allí mismo y no solo desde el conocimiento de otras ciencias. Son muchas las culturas que ven en los jardines el paraíso y el sinónimo de la felicidad.

Que mayor ejemplo de jardín como zona de esperanza que el conocido mito del jardín del Rey Midas, o el jardín de las Hespérides. Huerto en medio del desierto que daba frutos, manzanas de oro que algunos traducen como limones maduros, dadas sus cualidades antioxidantes, curativas y alargadores de la belleza y que todos deseaban. Un jardín cuidado por dragones, a veces culebras con torso de mujer, a veces seres transfemeninos que custodiaban las manzanas de oro, y que recuerdan al jardín del Edén o paraíso terrenal, en tanto huerto con manzanas que una mujer ofrece a un hombre muy posiblemente bisnieto de Heracles o Hércules. 

El jardín nos dio desde la antigüedad el mito de la cura y la sanación antes que el de la culpa y el destierro. Una cualidad que me va revelando el paseo por los jardines domésticos de Costa Rica en su vocación de metáfora de los momentos de festejo y placer de la vida cotidiana. El jardín como creación doméstica va evidenciando su rol de esperanza en los habitantes con escasos recursos que viven en los cordones exteriores a las urbes  y que poseen pequeñas porciones de tierra donde hacerlos. 

La posibilidad de tener un espacio propio, con dimensiones materiales donde representar  de manera intuitiva lo que para nosotros es el mundo, es fundamental. Una representación de un no lugar en otro si lugar que lo transfigura constantemente. 

Un espacio donde cultivar un jardín, donde domesticar la tierra, nos hace diseñadores (de un mundo finalmente propio en otro del que nada nos pertenece), de lo que imaginamos como bueno o bello en ese rescate de mundos perdidos  y por lo tanto nos da gozo gratuitamente generando nueva identidad. 

Con los jardines domésticos cultivados en pequeños parajes, también volvemos a darnos cuenta cuando los trabajamos, que la tierra tiene peso, resistencia, olor, etc, reconectándonos con los procesos perceptuales primarios. Volvemos a ser seres sensitivos. Un acontecimiento que en la vida urbana se ha perdido ya que somos básicamente partes de los procesos productivos y no dueños de los medios de producción en su totalidad recordando a Foucault, y que pareciera que solo los artistas y diseñadores tienen permiso de hacer y ser.

Hoy en día tenemos guarderías infantiles que son nombradas como jardines de niños, iglesias que destinan zonas para jardines que inciden en los estados de beneplácito. Palacios que compiten en poder gracias a sus jardines y jardineros y por supuesto especialistas en arquitectura paisajista y diseño de jardines. Pero jardineros en realidad podemos serlo todos  y por lo tanto donde vivimos también podría tener siempre un jardín. Ese pequeño espacio cercado que nos recuerda al paraíso y dónde algún colibrí se posa, es un valioso refugio para sus jardineros.  Una creación que se pierde con la construcción de las soluciones de vivienda en vertical y que no se le da la importancia debida. 

El paseo por estos jardines domésticos me habla de la amabilidad sea de minutos, de segundos o de una mañana,  de quien planta una flor o un hijito y la cuida hasta disfrutar de sus logros como una metáfora de lo que hubiera querido para sí mismo, donde el apego por el bienestar que causa, refuerza su cuido y mantenimiento, cosa que no sucede en un edificio sin zonas para jardinería. En los edificios de pisos populares la personas carecen de estos espacios que llamo zonas de esperanza. Una carencia más dentro de otras carencias sociales que debilita la salud y las relaciones humanas con el entorno.

En Costa Rica como en Centroamérica distan mucho en sus características los jardines de las clases altas, que generalmente están dentro de zonas cerradas con altos muros y poseen especies de plantas importadas según modas y tendencias a cargo de jardineros pagos con experiencia, de los jardines de las clases con pocos recursos por lo que paseamos. Los jardines criollos, los domésticos nacen sin planificación, como el mío y se desarrollan según el guión en construcción del cuidador, jardinero o jardinera  que lo habita y lo que realice con las plantas, medios y recipientes que va adquiriendo. 

Los jardines domésticos son espacios cercados de manera irregular, muchas veces pequeños y desordenados que reflejan la dedicación de quien los habita y por lo tanto, participan como espejos de sus bienes productivos. Pequeñas válvulas de escape ante la presión social y las carencias, que al mismo tiempo y por breves espacios de tiempos repetidos, restauran la psique personal y por ende comunitaria. No solo el jardinero se beneficia con su cultivo y mantenimiento, sino también la comunidad con esta obra de bioarte artesanal y doméstica.

Al hacer un jardín la tierra se transforma y el ser humano que lo domestica se transforma con él. El sujeto se despoja de ser solo una parte de creación de capital para reconocer su cansancio social según concepto del filósofo Byung- Chul Han. El éxito del jardín doméstico es compartido en cada etapa del crecimiento. El manejo de un espacio de tierra convertido en jardín restablece porciones de la identidad y en el caso de Costa Rica, aunque sea entre rejas, encerrado y protegido por la misma autoprotección que sus habitantes construyen alrededor de sus casas, limpia la fachada de esa sensación de autoencarcelamiento disipando la  imagen de inseguridad ciudadana que existe, fusionándola con el mito del paraíso perdido. Así que tenemos un espacio para la esperanza imaginado sobre un paraíso perdido que atenúa y disipa el carácter carcelario en el que tenemos que vivir en estos barrios. El paseo por los jardines domésticos costarricenses se ha ampliado y ahora es un paseo por otros jardines: los jardines dentro de los jardines. Los míticos, los utópicos, los de la esperanza que se generan a partir de los domésticos o bien, en buena teoría platónica, los utópicos, los de la esperanza como movilizadores de la materia, de la tierra y de las plantas para crear los jardines domésticos. 

Sigo mi paseo, gracias a la UNA inicio mi visita a los viveros donde me detengo y espero que también, poco a poco, los almácigos me vayan narrando sus crónicas. 

Dorelia Barahona Riera
Dorelia Barahona Riera

Nace en Madrid y se traslada a vivir a Costa Rica donde estudia Bellas Artes y filosofía. Es Licenciada en Filosofía y Máster Académico en Teoría del Arte por la Universidad de Costa Rica. Viajera constante, es escritora y profesora universitaria de estética y filosofía del arte. Novelista, guionista, articulista, ensayista y pintora. Inaugura su trabajo literario con la premiación de su novela De qué manera te olvido, con el Premio Juan Rulfo. Su prosa es coloquial y sumamente descriptiva en imágenes incluyendo al paisaje como un tercer corpus literario.