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EL CARMEL

A trencadís
Lizette Gratacós Wys

Un confuso baile de luces y sombras atravesaba las hojas de los árboles. Llevaba veinte minutos sin cruzarme con nadie y decidí dar la vuelta y olvidar el encuentro. Fue entonces cuando escuché cascos de caballo golpear sobre el terreno. 

 

***

 

Mañana conoceré a la princesa del Caribe, dijo Lancelot al teléfono.

 

La voz aterciopelada de doblador de películas me gustó. Me dio direcciones imprecisas, comprendí que en el bosque nada puede ser preciso.

 

—Subes por el Carrer de les Alberes a unos diez minutos andando, quizás quince, al lado izquierdo de la carretera verás la señal de Font de la Budellera, más o menos por ahí comienza el camino de tierra… y sigues… la vererda hacia el monasterio... en el claro del bosque… allí, cuando el sol alcance el zenit… te estaré esperando sobre mi fiel Carmelot.

 

***

 

Un par de semanas antes del encuentro con Lancelot había recibido un e-mail de José Gelpí, un poeta poco conocido y profesor retirado de la Universidad de Puerto Rico. Recuerdo cuánto se emocionó cuando supo que me iría a vivir a Barcelona. Contó montones de historias de los años que vivió en suelo catalán. Gelpi tenía un local que ofrecía servicios de fotocopias, faxes, internet y correos —servicios pre-jurásicos vistos al día de hoy—. En el e-mail decía maravillas sobre un catalán que había visitado la tienda. 

Me resultaba fácil imaginar la visita de Marc Sants, alias Lancelot, al local de José Gelpí. El antiguo profesor se habrá desvivido en atenciones. «Está de paso por Puerto Rico, es actor y poeta, todo un caballero», escribió. Mencionó que vivía en el Carmel y fue esa la primera vez que escuché nombrar el barrio del Carmel, a pesar de que vivía cerca de allí. Luego de dos largos y solitarios meses viviendo en Vallvidrera, las vistas espectaculares sobre la ciudad de Barcelona se convirtieron en rutina, el silencio de la montaña se volvió quejumbroso y fantaseaba con un príncipe azul que me rescatara del destierro. 

 

***

 

El  caballo relinchó. Caminé despacio, di cuatro, cinco pasos y se hizo un claro en el bosque. Lancelot señoreaba el picadero del abandonado monasterio, el color de su pelo era tan negro como el de su caballo. La gigantesca Torre de Comunicaciones de Collserola se erguía sobre las ruinas, sacándome del cuento de caballería donde me había insertado.  Al sentir mi presencia el caballo corcoveó embravecido. Lancelot estuvo a punto de caer al suelo. Gritos. Relinchos. Conmoción. El jinete mantuvo su posición y haló las bridas a la vez que presionó los estribos, pero el caballo se resistía. —Ooo, Carmelot, ooo,  decía Lancelot para calmarlo. Carmelot se había hecho daño, las patas traseras salpicaban sangre sobre el terreno. Nunca supe cómo ni por qué sangraba, pero enseguida entendí que era signo de mal agüero. 

 

***

 

Trece años más tarde, un soleado martes de febrero, regresé al barrio del Carmel donde Marc Sants, alias Lancelot, regentaba la Ciudad Condal. Subí desde l’Eixample, donde vivo ahora, con la escusa de narrar mi experiencia en ese pintoresco y sufrido barrio. La intención era escribir acerca del vecindario: historia, atmósfera, intentar captar la esencia. Lo tenía como asignación para un texto de narrativa de viaje sobre barrios de Barcelona, pero confieso que esa no fue la verdadera razón por la que regresé. Algo que nada tenía que ver con la razón me obligaba a subir. Iba impulsada por una misión menos académica y más morbosa, un capricho del inconsciente que necesitaba salir a flote, un sentimiento oscuro e impreciso, que bien podía ser venganza.  

A través de la ventanilla del bus V-17 veía desaparecer el orden elegante y grácil de l’Eixample, atrás quedaban las calles rectas, la gente yendo y viniendo. Decenas de semáforos obligaban al bus a subir en staccato, cuestas, curvas, casonas antiguas, bloques masivos de edificios. Comencé a disfrutar del paseo esa cálida mañana de invierno, pero a medida que avanzábamos se agolpaban en mi estómago recuerdos turbios.

La imagen de Marc Sants llegaba acompañada de una estridencia incoherente, escenas vertiginosas de discusiones, lagunas turbulentas, broncas escandalosas, diálogos ruines. Discutíamos sobre todo y cualquier cosa, sobre nacionalismo, religión, música, restaurantes, estética, flores, peleábamos sobre temas de política, chauvinismo, machismo. Fuimos fragmentos de vidas que no encajaron.

Recordé una botella de Bacardí sobre la mesa de trencadís en una habitación iluminada con velas. La cerámica chispeante distorsionaba formas y creaba sombras en las paredes. La voz seductora de Lancelot me decía que lo nuestro era cosa del destino. Una bruja en las montañas de la Garrotxa le había leído las cartas del Tarot y presagió que conocería el amor de su vida en un país del trópico. Siguiendo el oráculo, el intrépido caballero fue tras una caribeña, una soprano puertorriqueña que vino a cantar al Liceu y que conoció comiendo pintxos en la Taverna Irati, al otro lado del las Ramblas. 

 

—Imagina, princesa, dijo— He cruzado medio mundo y voy hasta San Juan a visitar a la cantante que ni siquiera me recibió. ¡Una loca bipolar!— al contarlo se batía entre la indignación y el dolor. Me tomó de las manos, me miró con dulzura y dijo solemne— Cuando conocí a ese gran poeta de tu país, José Gelpí y me habló de ti, me di cuenta de que la princesa eras tú. ¡La bruja se refería a ti!

 

Tuve la impresión de que el bus llegaba a donde tenía que llegar y cambié el chip. Opté por la razón y la disciplina. Repasé el itinerario con los sitios que me proponía visitar:

 

BAR DE LES DELICIES, donde Pijoaparte, el protagonista de la novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, se reunía con una chica de clase alta, quien en rebeldía contra su círculo social, frecuentaba a un inmigrante andaluz—Tenía la intención de sentarme en la terraza y pedir las famosas patatas suizas del Bar Delicies, pero cuando fui no había, era demasiado temprano. 

BÚNKERS, mirador sobre la ciudad donde están los restos de una batería antiaérea de la Guerra Civil. Está localizado en la cima del Turó de la Rovira, a dos pasos de la casa de Lancelot. Perfecto escenario bajo una noche estrellada, vistas sobre la ciudad iluminada, una de las pocas noches románticas de nuestra violenta historia. Es posible que nos hayamos besado —Abajo hay un museo, está cerrado, veo okupas, grafiti, cinco o seis turistas españoles.

PARC DEL GUINARDÒ sobre la colina del Guinardó se puede admirar el panorama de la ciudad, la Sagrada Familia, las dos torres, MAPFRE-Hotel Arts, y el azul plomizo del Mediterráneo. En lo alto del parque está la fortificación de Lancelot — Logro ver la cruz gaudiana en el tope de la casa y me pregunto, ¿qué coño hago ahí?, ¿por qué insisto en tentar al destino?  

CARRER D’AIGUAFREDA o el barrio de las lavanderas, no estoy segura de que pueda llegar a pie, de todos modos lo apunté como parte del itinerario. El barrio de las lavanderas es una pintoresca calle con piletas y misteriosos portones escondidos, donde en el siglo pasado las lavanderas hacían la colada de la alta sociedad barcelonesa. Actualmente las piletas están sembradas de flores, pero es invierno, no habrá flores— No fui. 

BIBLIOTECA JUAN MARSÉ, nombrada en honor del autor de Últimas tardes con TeresaNo fui.

PONT DE MUHLBERG, queda justo debajo del Búnker y une, de un extremo al otro, lo que eran las antiguas canteras del Guinardò— No fui.

BAR LOS NOVELES, un bar-terraza donde se reúnen pajareros, ojo, significa observadores de pájaros — No fui.

CLUB PETANCA —  Tampoco fui. 

 

***

 

No me di por vencida y la semana siguiente hice un segundo intento de visitar el Carmel. Escogí otra ruta, subiría a través del Parc Güell. Me espantó ver la cola de turistas en la entrada, una cola de dragón que rebasaba los intrincados portones modernistas. Por supuesto que no entré, ya había estado. Me conformé con ver lo que pude, tampoco es que fuera parte de la asignación narrativa. Paseé por los jardines del Güell, experiencia que cae en el espectro psicotrópico: las torres, los puentes, las columnas que brotan de la tierra, tan orgánicos como las palmeras y la hiedra. Aluciné con los hongos de Gaudí, los lagartos, los arcos borrachos, techos de azúcar. La ausencia de rigidez racionalista me reconfortó. Piezas que no pertenecen, pero encajan, trozos de cerámica rotos, picadillos de azulejos acoplados sobre superficies sinuosas crean una nueva composición con la técnica del trencadís. El efecto resultaba maravilloso en el Parc Güell, pero esperpéntico en millones de copias menos logradas, como en la casa de Marc Sants.

Fotografié el forjado de un balcón que se imponía como la armadura de un caballero medieval. En el cristal de la ventanilla de un coche estacionado en el Carrer Olot me llamó la atención el reflejo de una bruja desgreñada, cámara colgada al cuello: jo mateixa.

Una empinada escalinata de tierra detrás del parque te lleva hasta la Plaça del Vista Parc en el Carrer Mühlberg en el Carmel. Los turistas bajaban por una vereda de Babel donde desfilaban chinos, árabes, hindúes, nórdicos, españoles… Arriba en el Vista Parc estaba reunido un ramillete de jubilados. Se juntaban para matar el tiempo antes de que éste los matara a ellos. El acento andaluz aún taconeaba en el aire limpio de la montaña. Iban vestidos con chaquetas, jerséis y las boinas que protegían las peladas cabezas del sol invernal. Discutían sobre política, fútbol, cotilleaban sin perder la ocasión para burlarse de los turistas. Armados con bastones desafiaban las empinadas cuestas, esas que a lo largo de la vida les habían desgastado las coyunturas. Uno de ellos me vio y gritó, ¡Mira esta, mira esta, llega con la lengua afuera! Al otro lado de la calle estaba el Bar les Delicies. 

En las calles había poca gente y mucha mierda de perro. La casa de Marc Sants quedaba en la parte de arriba del Parque de Guinardó y, como es mi costumbre, me dejé llevar por la intuición sin preguntar direcciones o consultar el GPS. Los enjambres de casas se repetían, camadas de viviendas construidas sin planificación en épocas distintas, colmenas construidas en la ladera de la montaña, algunas casas eran coloridas, otras estaban sin pintar, alguna casona incrustada entre chabolas. Me costaba diferenciar si las escaleras empinadas y los pasajes estrechos eran parte de la comunidad o eran las entradas a viviendas particulares.

El Carmel es el hermano ceniciento de Vallvidrera. Vallvidrera es alta, frondosa, elegante, en cambio el Carmel, encaramado sobre el monte de la Pelona, es seco, obrero, inmigrante, improvisado. Ambos están montados sobre la Sierra de Collserola. A pesar de compartir la misma sierra no hay comunicación entre los dos. Para ir de uno al otro es preciso bajar y atravesar la ciudad. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, tanto el Carmel como Vallvidrera fueron poblaciones de segundas residencias para la entonces burguesía catalana que construía viviendas de verano para disfrutar del fresco y de las vistas, del campo y de los bosques. El destino se encargó de llevar a ambas poblaciones por distintos caminos. Uno de los artífices de ese destino fue Bacardí, tal vez el bisabuelo del que puso la botella de ron sobre la mesa de trencadís en la casa de Marc Sants. 

En el año 1900 Alexandre Bacardí i Janer comenzó a fraccionar las propiedades del Carmel que resultaban poco rentables para la agricultura y las vendía a la creciente clase media barcelonesa. Para el 1900 y 1930 el proceso de urbanización del Carmel fue vertiginoso. Más adelante, acogiéndose a la ley de casas baratas, se promovió la construcción de viviendas de tipo popular. En cambio, Vallvidrera se convirtió en parte del barrio burgués de Sarrià. 

En 1929 la Exposición Internacional de Montjuïc atrajo mano de obra de toda España y el Carmel creció notablemente. Al llegar a Barcelona, los inmigrantes se aglomeraban cerca de familiares y amigos de sus lugares de procedencia. Las barracas se convirtieron en chabolas, que se propagaron por todo el barrio. La población de inmigrantes continuó creciendo después de la Guerra Civil y durante las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. El Carmel sufrió una degradación tremenda no sólo por la precariedad de las construcciones sino por el abandono por parte de las instituciones públicas. 

No sé cuándo Marcos Santos— hoy Marc Sants o Lancelot— llegó a Cataluña. Intuyo que no nació aquí. Lo imagino de pequeño, al Marquitos, jugando por las calles fangosas del Carmel, corriendo entre colmenas de viviendas y subiendo ágilmente por las empinadas cuestas. Puede que aún guardara un tenue recuerdo del pueblo blanco en Andalucía; la brisa tibia que soplaba en el olivar, el olor a aserrín en el taller de carpintero del padre, las faldas largas y negras de la madre, devota de la Virgen del Rocío. Cuando Marquitos corría cuesta abajo, su abundante cabellera negra y rizada ondeaba en el aire helado de la montaña catalana. Sus ojos azules acechaban siempre alerta, absorbiendo cielo y tierra. Habrá sido el jefe de pandillas, el terror del barrio.

Tampoco es que conozca la procedencia de la familia Santos. Puede que no fueran de Andalucía y vinieran de la Mancha y que Marquitos fuera más bien parco y desconfiado, a penas se mezclaba con los demás niños del barrio y se daba prisa al pasar por las esquinas, que eran todas peligrosas. La Mancha explicaría mejor la agitada imaginación de Lancelot. Las veces que montaba en su Carmelot y arremetía contra la Torre de Comunicaciones de Collserola o su afán por salvar a princesas desamparadas.  

Cambiar el apellido de Santos a Sants le abrió más y mejores oportunidades de negocios, a la vez que le integró a la catalanidad. Marc Sants tuvo éxito en el sector de la construcción, sin embargo, no se limitó al cemento y al ladrillo, también dejó desangrar su vena artística en una novela histórica de 800 páginas, deliciosamente titulada, El dedo en la llaga. La protagonista de la novela es una tal Lizette Gratacós, esclava mulata llegada de Puerto Rico, quien sufrió todo tipo de vejaciones hasta ser asesinada de manera atroz. 

 

***

 

Marc Sants vivía obsesionado con la Guerra de Sucesión Española en Cataluña y los sucesos del 11 de septiembre de 1714, tema de su novela. Le amenacé con demandarle por usar mi nombre y circunstancias de mi vida y lo modificó a Lisette Grattacós, mulata bravía que había llegado de las costas de Puerto Rico a Cataluña en las galeras de un barco negrero. 

La novela comienza cuando un padre y sus dos hijos pequeños van de paseo por los campos de la Garrotxa. Se aventuran a entrar en una cueva donde encuentran un cofre cubierto con un vestido raído. Al mover el cofre una nube de polvo se levanta— la nube de polvo es mi esqueleto pulverizado. Los niños tosen y salen corriendo. El padre queda transfigurado, sabe que ha dado con un valioso tesoro y se propone investigar a fondo. Aparezco, mejor dicho, mi alter ego aparece en cada una de las 800 páginas. Lisette Grattacós sufre torturas despiadadas descritas de manera grotesca. La exhiben desnuda en las plazas para venderla—escenas en las que el autor se regodea con morbo. Amos crueles, brutales, le abren las carnes a latigazos para que no fuese tan respondona. Es humillada por las nobles familias que la compraron hasta que un amo bonachón la adoctrina en la causa catalana. En algunas escenas la subversiva Lisette galopa a toda prisa en su caballo Carmelot desde la Ciutat Vella hasta el pueblo de Gracia para entregar mensajes urgentes a Martí Zuviría y otros altos rangos de la resistencia. Lisette es violada por distintos hombres, desde bandidos de los caminos, carceleros, mercaderes, nobles y el mismísimo Rey Carlos II, quien en un milagroso momento de vigor la deja embarazada. Da a luz al verdadero príncipe y heredero de la corona, quien es asesinado, también es asesinado su otro hijo, igualmente fruto de una violación. Este maltratado personaje carga con todos los clichés de aventuras y erotismo. Finalmente, es enterrada viva por las autoridades borbónicas en una apartada cueva de la Garrotxa, donde dedica sus últimos ¿días, semanas, meses? a escribir sus desventuras con la tinta de su sangre. 

 
 

***

 

Pedacitos de cerámica destellaban al sol esa cálida mañana de febrero. La cruz de trencadís coronaba la casa de trencadís en el barrio de trencadís. Me había enterado que Marc Sants había convertido su casa en bar-restaurante-museo, punto de encuentro de artistas, y que el ayuntamiento le obligaba a cerrar y él siempre volvía a abrir. La puerta de cristal que accede al local parecía abandonada y la película gris que la cubría estaba despegada en hilachas; vi mi reflejo fragmentado. No me decidí a tocar el timbre, pero me quedé allí esperando a que pasara algo, no sé qué. 

Lizette Gratacós Wys
Lizette Gratacós Wys

Periodista puertorriqueña, reside en Barcelona. En 1999 la Universidad de Puerto Rico publicó su libro de cuentos Tortícolis. Colaboró con la revista cultural Domingo del periódico El Nuevo Día y ha publicado en El malpensante. Maneja contenindo en las redes sociales. Y viaja, prepara itinerarios minuciosos, toma notas; luego escribe sobre otras cosas.