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EL SUEÑO FINAL

Del oro negro
Diego Cobo

En el páramo de La Lora está el único campo petrolífero de España, que cerró hace dos años con la esperanza de prorrogar su actividad. El pasado mes de diciembre llegó la peor noticia para una región desolada: la empresa debe desmantelar las instalaciones en los próximos meses. El municipio de Sargentes de La Lora, amenazado por la despoblación, lucha ahora por no morir.

 

Entre las leves ondulaciones del páramo de La Lora aún se asoman los catorce balancines cobrizos. La maquinaria aparece intacta, como si en cualquier momento fuera a volver a la vida, a mecerse, a extraer el petróleo del vientre de la tierra. Este paréntesis, dicen en Sargentes de la Lora, es eterno. 

Durante medio siglo, al aullido del viento, que en esta llanura a 1 100 metros de altura no encuentra barreras naturales, le ha acompañado el interminable chirrido de los caballitos. Hasta que hace dos años las operaciones de los únicos pozos de petróleo de la península ibérica se congelaron, como el viento que rasga las pieles, la vegetación y las banderas. «Las tenemos que cambiar cada dos años», dice Carlos Gallo, el alcalde de un municipio expuesto al aire gélido. «A este paso», bromea, «las vamos a hacer de chapa».

La Lora es una extensa meseta al norte de la provincia de Burgos, limítrofe con Cantabria, atravesada por el río Rudrón, afluente del Ebro; una alfombra de hierba y piedras cuyos costados están bordados de hayas y robles, y apenas habitada por 115 personas en los ocho pueblos —dos abandonados— del municipio. La explotación del campo petrolífero de Ayoluengo, que fue concedida en 1967 a tres empresas —Campsa, Calspain y Texaco—, abarcaba 10 619 hectáreas, pero los 53 pozos que se llegaron a abrir están diseminados en apenas 30 hectáreas. De alguno de ellos no se llegó a sorber ni siquiera un litro y la última prospección fue en 1990, cuando la extracción de petróleo comenzó a ser anecdótica —apenas 25 000 toneladas anuales—. Los empleados se preguntaban cómo se pagarían sus salarios. Tras los cincuenta años de concesión, la empresa cerró. 

 

La Lora es una extensa meseta al norte de la provincia de Burgos, limítrofe con Cantabria, atravesada por el río Rudrón, afluente del Ebro; una alfombra de hierba y piedras cuyos costados están bordados de hayas y robles, y apenas habitada por 115 personas en los ocho pueblos. 

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«Estamos viviendo unos tiempos tristes. Cuando caen las primeras nieves y no se abre la carretera, no llega el pan todos los días, hay una dejadez por parte de todo el mundo…», lamenta Gallo, un hombre amable que se niega a ver morir el territorio. Los 18 empleados de la Compañía Petrolífera de Sedano (CPS) se quedaron sin trabajo el 31 de enero del 2017 y la esperanza de reabrir la empresa se fue desinflando. Sargentes se hundió un poco más.

En marzo del año siguiente, La Lora recibió la noticia que los vecinos querían escuchar: tras más de un año de inactividad, el Estado daba por extinguida la concesión a la empresa. Con un matiz: «A los solos efectos de permitir una convocatoria de concurso». No eran muchos los empleos perdidos ni los que se podrían recuperar, pero sí los suficientes como para mantener el latido de una región que pierde población aceleradamente allá donde había asentamientos humanos hace 5 500 años. 

Carlos Gallo se embarcó en una batalla para ampliar la actividad industrial, y comenzó a movilizar al municipio y alrededores, a recoger casi 3 000 firmas, a organizar manifestaciones, a escribir cartas a diputados, a ministros, al rey. 

 

—¿Y a la actual ministra? 

—Aún no —responde—, pero tengo la carta en la  cabeza. Quiero llegar a su corazón, y para llegar al corazón hay que escribir con mucha calma.

 

Pero el anunciado concurso nunca llegó. 

A cambio, el pasado mes de octubre, Sargentes leyó en el periódico que el gobierno cerraría definitivamente la planta. Nadie les había informado, y aquella acta de defunción quedó confirmada el doce de diciembre, cuando al alcalde abrió su correo electrónico y vio el mensaje de la empresa: iban a desmantelar las infraestructuras. «¡No puedes hacer desaparecer algo que marcó un antes y un después, como si aquí no hubiera pasado nada!», se queja Gallo. «Sargentes de la Lora tiene el único campo de petróleo de España, y forma parte del elemento industrial de este país».

La Compañía Petrolífera de Sedano había informado que en el vientre de la Lora quedaban 93 millones de barriles, que solo se había extraído el treinta por ciento del petróleo, que invertirían 90 millones de euros para volver a los niveles de producción de los años ochenta. Pero esta primavera se cumple el plazo que el gobierno ha otorgado para presentar el proyecto y desarmar las instalaciones, taponar los pozos y restaurar los terrenos ocupados.

 

Sargentes leyó en el periódico que el gobierno cerraría definitivamente la planta. Nadie les había informado, y aquella acta de defunción quedó confirmada el doce de diciembre, cuando al alcalde abrió su correo electrónico y vio el mensaje de la empresa: iban a desmantelar las infraestructuras. 

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Los catorce balancines —dos de ellos junto a los depósitos, aún sin extirpar—, el manojo de carreteras de tierra, las naves donde se enredan remolques cisterna, aparcamientos, un entramado de tuberías y balancines, dejarán de existir. 

En unos meses, si no cambia nada, nadie sospechará que en el subsuelo de un páramo pedregoso y apenas habitado había —hay—petróleo.

 

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El primer censo, realizado en 1768, indicó que Sargentes de la Lora tenía 947 habitantes. Un siglo después vivían 1 155 personas. Cuando brotó el crudo, 807 personas. Fue el 6 de junio de 1964 y Ramón Arce, que tenía ocho años, estaba en la escuela. Alguien dijo que había salido petróleo. «No sabíamos ni lo que era petróleo, siquiera», recuerda en su casa de Valdeajos, uno de los seis pueblos habitados del municipio y donde sus raíces se hunden muchas generaciones atrás.

 

«No sabíamos ni lo que era petróleo, siquiera», recuerda en su casa de Valdeajos, uno de los seis pueblos habitados del municipio y donde sus raíces se hunden muchas generaciones atrás.

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En el sondeo número 101, después de muchos años de exploraciones en el norte del país —especialmente a partir de 1958, con la ley de hidrocarburos— y a 1 380 metros de profundidad, hallaron petróleo. Un chorro de cincuenta metros salió a presión en Valdeajos y empapó los campos de trigo de alrededor, que estaban listos para cosecharse. Ramón se acercó al pozo y vio una hilera de veinte coches en el camino, una legión de periodistas y un torbellino de personas –«gente importante», aclara–. Las fincas estaban teñidas de negro junto al pozo, donde se festejaba el descubrimiento. «Brindaba con champán», recuerda, «y aquí nunca se había visto el champán».

La prensa compartió la euforia de un país ensimismado. El periódico El Alcázar desplegó una doble página con una enorme fotografía: «Este páramo puede convertirse en el Oklahoma español». «¡Oro negro!», titulaba con letras enormes el semanarioSábado Gráfico. «Nace la era del petróleo», decía La Voz de Castilla mientras El Diario de Burgos escribía en portada: «Gran sensación en toda España ante la aparición de petróleo en Valdeajos». El diario ABC, por su parte, publicó en la portada una foto del alcalde donde le daban la enhorabuena. Y añadía que se preveía un auge y prosperidad para el pueblo, aunque entre medias, el 8 de junio, El Alcázar advertía que era «necesario evitar un optimismo exagerado».

Aquella promesa nunca llegó a aterrizar del todo, pero la realidad justificaba los extremos. Al sueño alimentado por el régimen franquista, que veía en el hallazgo un motor de desarrollo, le siguieron 200 000 toneladas de producción en 1969 —la máxima registrada—, aunque cinco años después había caído a 70 000. El nuevo siglo amaneció con menos de 10 000, y bajando.

En el pozo número 1 ahora solo queda una silueta metálica que recuerda la imagen de aquel día: un grupo de hombres que lanza los sombreros al aire honrando la hazaña bajo la torre de perforación y una placa con la noticia del No-Do, el noticiero de propaganda que los cines estaban obligados a proyectar antes de las películas: «El petróleo ha puesto en el páramo palpitaciones de corazón mecánico. Grandes depósitos están ya dispuestos para recoger el líquido que entregue esta tierra generosa y que ha permanecido oculto desde el período geológico secundario».

 

El periódico El Alcázar desplegó una doble página con una enorme fotografía: «Este páramo puede convertirse en el Oklahoma español». «¡Oro negro!», titulaba con letras enormes el semanarioSábado Gráfico

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Después del primer pozo, empezaron a explorar los alrededores y abrir el número 2, y el 2, y el 4. Los camiones cisterna iban y venían por los caminos de tierra, entre campos de  trigo, cebada, centeno y avena; los operarios llegaban en masa y hasta los príncipes de Asturias vinieron a visitar el campo de petróleo a pesar de que aún no había luz eléctrica, ni carreteras pavimentadas, ni hospedajes. Las familias alquilaban las habitaciones de sus hijos, que dormían a los pies de las camas de sus padres. Mientras tanto, los jóvenes seguían emigrando a las ciudades porque el milagro apenas amortiguó la huida de una generación.

Camilo Ruiz, que trabajó 18 años en la empresa, cree que la despoblación es uno de los grandes problemas de La Lora. «Ahora es cuando más se nota, y se va a notar más al morir nuestra generación: yo y mi esposa tenemos 59 años, y somos los más jóvenes», relata en el salón de su casa de Valdeajos, cuyos anchos muros de piedra repelen el frío. Su esposa trabajó en la cocina del campo, y él ha pasado por casi todos los puestos de la compañía: condujo camiones cisterna a la estación, trabajó en producción, al igual que en la torre que limpiaba los pozos. Tras el cierre de la empresa en el 2017 y a la espera de la continuidad, le suspendieron de empleo. Un año después lo despidieron y actualmente espera su jubilación. «Esto es lo que es, y se pensó que iba a ser mucho más», dice con cierta pesadumbre, aunque admite que muchas familias han vivido muy bien a costa del petróleo.  

Después saca hojas de periódico que se desmenuzan en las manos y dice que los periodistas escriben cosas grandilocuentes. Solo hace falta leer algunos recortes para darse cuenta que a la euforia de los sesenta le siguieron, los siguientes años, otras exageraciones. En un reportaje de 1991, el cronista concentra en tan solo tres párrafos palabras como desolación o pesadilla, se refiere a sueños americanos que no fueron. Habla del futuro dramático, de tristeza, y dice que los más viejos del lugar dormitan al sol. Camilo se ríe y muestra las fotos de aquel seis de junio junto a su padre, uno de esos viejos que tiempo después dormitaban bajo el sol.

 

Camilo Ruiz, que trabajó 18 años en la empresa, cree que la despoblación es uno de los grandes problemas de La Lora. 

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El padre de Camilo llevaba el correo al pozo número 1, donde los ingenieros habían instalado sus viviendas en barracones. Él, hijo del cartero, le acompañaba llevando la correspondencia al pozo y a pueblos como Lorilla, hoy deshabitado. Pero el cartero, y los médicos, y las escuelas, y los cinco restaurantes que había tras el hallazgo del petróleo, y las oficinas bancarias, y cualquier rastro de ajetreo y actividad, ya no existen en Sargentes.

«Había una época en que había que irse de aquí porque había mucha población y no había para todos, pero luego se estabilizó», dice Camilo, que piensa que el tenaz vaciamiento proviene de la desidia «Es que han hecho lo contario, justamente lo contrario», continúa, enfadado, «y ahora ya no hay gente ni remedio. La política era que todo el mundo se fuera a la ciudad». 

Él, después de estudiar en un internado para jóvenes de zonas rurales en la ciudad de Burgos, se fue a Bilbao mientras la despoblación seguía dando dentelladas. Tiempo después regresó al rigor del páramo con los aparatos meciéndose entre las ondulaciones de la tierra. «Para nosotros», expresa con nostalgia y la certeza de que pronto cambiará el paisaje, «el campo de petróleo es como ver el monte: algo natural».

 

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Los servicios en La Lora son mínimos y la despoblación enfría aún más un municipio que, dicen, corre el riesgo de convertirse en un lugar sin ley. En Sargentes de la Lora hay dos niñas, que van a la escuela a 18 y 65 kilómetros de distancia. La oficina bancaria está a 17 kilómetros y abre un día a la semana. La Guardia Civil y el ambulatorio, que cuida la salud del norte de la región, están a otros tantos kilómetros. Las quitanieves aparecen pasado el mediodía, mucho más tarde que cuando funcionaba la empresa. Los días de temporal de nieve, Sargentes queda aislado por unas horas.

En junio pasado, el gobierno de España cambió y el Ministerio de Energía pasó a llamarse Ministerio para la Transición Ecológica. Nada hacía sospechar a Begoña Garrido que las esperanzas abiertas tres meses antes, con el anuncio de un concurso para prorrogar la actividad, acabarían con el cierre y el desmantelamiento total. Ese mes comenzó a regentar el bar Oro Negro, esperando que los pozos se reabrieran.

Junto al bar se oxida la vieja gasolinera, ya sin tanques ni mangueras, mientras Begoña, que dejó su negocio en Bilbao para instalarse aquí, prepara la comida. Es una de las pocas mujeres que se ven en Sargentes, acaso la única en estos días ventosos y fríos. «Tenía la esperanza de que se iba a volver a abrir, y si se reabría, intentaría vivir dignamente», asegura. «Nosotros», enfatiza, «nos estamos dejando la piel para que esto se reactive».

 

Junto al bar se oxida la vieja gasolinera, ya sin tanques ni mangueras. 

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Begoña llegó de pequeña al páramo con su padre, que era cazador, y pronto se acostumbró a la aguda melodía de los balancines. Hoy los cazadores vienen de Bilbao y Burgos los fines de semana a cazar jabalíes y corzos, perdices y codornices. Después, en el Oro Negro, cuentan sus penas: cómo ven descender, preocupados, la cantidad de aves en este territorio salvaje. «Es que hay menos insectos por todo lo que los agricultores echan al campo», asegura la propietaria del bar, que recuerda sus veranos en familia, cuando golondrinas, palomas y gorriones se enmarañaban en los pajares. Ya no ve nada, «y eso no es por el petróleo».

Mientras cierran los pozos por cuestiones medioambientales, denuncian en Sargentes, los campos están empachados de químicos. El alcalde dice que en los dos últimos años no se han visto algunas aves habituales. «No nos escondamos diciendo que el petróleo es malo», señala disgustado, «a la vez que no estamos dejando ni una codorniz. Ni  tampoco digamos que esto es malo cuando los eólicos están matando buitres».

Porque en la llanura se agitan dos decenas de molinos cuya electricidad se conduce por la misma red que llevaba la energía producida por el gas de los pozos. Así que las reivindicaciones medioambientales, fáciles de expender, en Sargentes suenan a burla: si España consume más de un millón de barriles al día, de La Lora, en tiempos de esplendor, salían 5 000. En sus últimos años, no llegaba a los 300. Es decir, los 17 millones de barriles de petróleo que las empresas vidrieras y fundiciones se han tragado en medio siglo de actividad —nunca se refinó, debido a su baja calidad— apenas cubriría dos semanas de consumo del país.

Tras la sentencia final, y el huracán de normas que borrará la huella del petróleo en La Lora, la lucha de Gallo consiste ahora en mantener en pie los catorce balancines que motean las ligeras vaguadas. Y así, ha solicitado su catalogación como Bien de Interés Cultural por su valor industrial. Es la única manera de mantener la memoria con visitas, estudios y un lugar de aprendizaje para las universidades que se unan al pequeño museo sobre el petróleo que ya existe.

 

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A las cinco y cuarto de la tarde, las campanas de la iglesia retumban en el pueblo de Sargentes. En media hora empezará la misa: ayer no fue nadie y hoy quizá vaya una persona. Joaquín Cidad, el sacerdote, tiene 74 años y llegó siete años después del hallazgo de petróleo. «Yo he visto hacer 19 sondeos», resume.

Joaquín viste de negro, desde los zapatos hasta las gafas, cuyos cristales se oscurecen bajo los breves parpadeos del sol. Apenas entierra a nadie porque no hay gente ni para morirse, dice mientras camina junto al cementerio, y ya no acude a los demás pueblos a dar misa porque no hay habitantes. Solo los fines de semana, cuando la gente se acerca a los pueblos a descansar, hay suficientes fieles como para predicar.

 

Joaquín viste de negro, desde los zapatos hasta las gafas, cuyos cristales se oscurecen bajo los breves parpadeos del sol. 

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El resto del tiempo transcribe viejos legajos, escribe libros de la historia de La Lora y visita a vecinos de los alrededores. «Como mínimo, voy por los pueblos al menos un día a la semana para convivir con ellos: un día visitas un enfermo, otro día hablas de fútbol, otro de obras». Lejos, muy lejos en el tiempo, queda ya la excitación de los primeros borbotones de petróleo, «ese regalo del cielo», que al final tuvo más de deseo que de realidad. Joaquín Cidad, al menos, cree que sirvió de algo. «Donde pan se come», se ríe, «migas caen».

Al silencio y la paz que otorga el despoblamiento, el sacerdote lo intercala con viajes semanales a Burgos, a 65 kilómetros de aquí, para llenar la despensa y reunirse en la Diócesis. En la ciudad vivían algunos superiores e ingenieros de la empresa, pues pensaban que La Lora era un lugar incómodo. Y allí les visitaba Joaquín para hablar. 

 

—¿De qué?

—Un día del petróleo y otro día del cielo.

 

El sacerdote llegó a ver cómo 35 empleados mantenían la vida de los campos de petróleo —y de la región—, además de las decenas de trabajos temporales que nutrían el funcionamiento de la compañía. De la actividad desenfrenada a la lenta agonía no pasó mucho tiempo, y poco a poco la desazón de quienes huyeron y de quienes se fueron muriendo cambió la alquimia social entre los rigores del páramo. Una dureza que Joaquín lleva contemplando muchos años.

 

—¿Y te gusta Sargentes?

—Si estás a disgusto y sigues aquí es porque estás loco, encarcelado o en una situación irremediable —explica—. El disgusto no es compatible con estar aquí 47 años. Digo yo, ¿no?

 

En un artículo que el catedrático de Geografía e Historia Isidoro Escagués y Javierre escribió en 1949, leemos que «La Lora tiene un invierno durísimo», como si esa simple definición resumiera todo lo demás. Al frío y la nieve se suma un paisaje agreste que siglos de pastos y trashumancia desnudó el horizonte. El geógrafo, unas páginas más adelante, refuerza esa dureza al recordar que, debido a las «desfavorables condiciones climatológicas y su situación, no es lugar apropiado para la celebración de ferias y mercados». Se refería a esos vientos que arrasan las tierras y deshace las banderas. 

 

En Sargentes solo tiembla el silencio y el 2018 será recordado como el año en que se pinchó el sueño de revivir el páramo a costa del petróleo.

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A pesar de la desolación, hay quienes se siguen aferrando al territorio. José Manuel Rodríguez Hidalgo, que trabajó en la planta 27 años, no quiere irse. Al preguntarle por su trabajo en la empresa, dice que estaba muy bien pagado, y que la causa de esa remuneración no solo estaba en un trabajo que no existía en el resto del país, si no en el más severo castigo: el clima. 

«El trabajo era muy duro y los inviernos son muy crudos: tuberías heladas, agua que reventaba, malos ratos, maniobras con ventisca», enumera antes de señalar las bocanadas de los pozos que ardían en verano. «Una temperatura abismal», explica en la cocina de su casa, que calienta a base de leña. Aunque él, con 61 años y una salud intacta, no tuvo ningún accidente de un trabajo donde las manos o las piernas corrían peligro. Las dolencias de la columna, debido a las pesadas cargas, eran comunes. 

 

—¿Tienes alguna…?

—Yo no noto nada, pero esto sale día a día.

 

En Sargentes solo tiembla el silencio y el 2018 será recordado como el año en que se pinchó el sueño de revivir el páramo a costa del petróleo. A cambio, se ha construido la carretera que une la Lora con el Rudrón, un albergue, se han reforestado cien hectáreas de páramo, se han hecho cursos sobre el águila real y la micología y hasta el Arzobispo de Burgos ha venido para festejar los cincuenta años de sacerdocio de Joaquín Cidad. 

Los vecinos piensan en volver a plantar patatas, que alguna vez, antes del petróleo, empacharon las tierras de La Lora. Piensan en atraer turistas a los dólmenes que certifican que La Lora estaba habitada hace milenios. Piensan plantar más molinos eólicos para generar electricidad y ganancias. 

Y José Manuel, que lo ha visto todo, quiere seguir viéndolo: a pesar de la soledad, del clima y de que su familia viva en Burgos, él sigue escuchando el sonido de los balancines en su memoria. «Si puedo», asegura, «no me marcho de aquí para nada».

Diego Cobo
Diego Cobo

Periodista, escribe reportajes y crónicas de viaje sobre historias de interés humano. Ha estado entre mineros de Alaska, con las viudas del terrorismo en la sierra peruana, los apátridas en Haití, los refugiados palestinos o los migrantes en la frontera del sur de México. Para sus crónicas, se interna en el contexto del país y se mueve a pie, en moto, barco o bicicleta durante cientos de kilómetros. Así nacen la mayoría de sus trabajos. Es autor de Huellas Negras. Tras el rastro de la esclavitud.

 
 

www.dcobo.com