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UN OFICIO DE HÉROES

Argentinas que desaparecen IV
Dani Yako
Martín Caparrós
 

LA BANDA, SANTIAGO DEL ESTERO

 

Uno dice que anoche, en internet, encontró una historia completa de Batistuta y que qué grande el Bati, que ese sí que la hace quedar bien a la Argentina y el otro le contesta que se la tiene que mostrar. Uno dice que claro, que a la tarde cuando terminen el laburo pueden ir y el otro se entusiasma, dentro de ciertos límites:

 

– Qué bueno, chango. A ver si podemos zafar un poco antes.

 

Uno tiene una musculosa que fue roja encostrada de barro, las cejas hechas barro, barro las manos y la cara, el pelo barro, los pies desnudos barro; el otro también parece arcilla cruda: puro barro. Uno y el otro tienen 17 años y los dientes muy blancos bajo el barro, los ojitos vivaces:

 

– Callate, chango, que no te oiga el tío.

– Qué va a decir, aquél.

 

Cada palabra tiene sus lugares: es fascinante el efecto de una palabra fuera de su espacio. Aquí, en el barro de una fabriquita de ladrillos en La Banda, Santiago del Estero, la palabra «internet» es una piedra en el estanque.

 

Cuando llega el mediodía el calor se hace insoportable y todos paran por un par de horas.

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Me emocioné aquella vez, hace tantos años, en la isla Elefantina. La isla Elefantina está en el Nilo, cerca de Asuán: donde se terminaba el Egipto de los faraones y empezaba Nubia, el África negra. La isla era una frontera entre la civilización y la barbarie, o eso creían señores como Herodoto o Manetón, antes de Cristo; aquella mañana, en la isla Elefantina, me impresionaron sobre todo unos morochos con sólo un paño en la cintura que fabricaban ladrillos de barro con el mismo método que usaban, hace 4.000 años, sus ancestros. Era una imagen perfectamente ajena: bien de otra edad, de los primeros días de la Historia. En una época en que el mundo se ha vuelto contemporáneo de sí mismo, se ha unificado como nunca antes, el viajero agradece esos momentos en que el tiempo se confunde: la escena que deshace tantas otras. Jamás imaginé que volviese a encontrarla en la Argentina fin de siglo: la ajenidad suele acechar en lo más propio.

 

– ¿Y cómo fue que lo encontraste?

– No, entré por Yahoo y le hice una búsqueda. No sabés la cantidad de páginas que salieron, con el Bati.

 

Si viviéramos una época de mitos elegantes, hacer ladrillos sería oficio de héroes. 

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Uno y el otro no piensan en los nubios cuando amasan sus ladrillos de barro; tampoco su tío Juanca, el patrón, ni los demás obreros. Pero sí saben que están haciendo algo que ya no hace casi nadie. Salvo las zonas montañosas, la Argentina siempre fue tierra sin piedras: las casas del país se hicieron con adobe o ladrillo y, durante siglos, aquellos ladrillos se fabricaron como éstos. Ahora la producción industrial reemplazó a la artesanal, y las ladrilleras fueron desapareciendo del paisaje. Los ladrilleros de La Banda saben que son el final de muchas cosas.

«Acá fabricamos todo a mano, no con esas máquinas que nadie sabe lo que hacen.»

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Los ladrilleros casi no se quejan: aquí, parece, muchos se quejan poco. 

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– Sí, los demás hacen ladrillos mecánicos, de esos que salen todos iguales, pero estos son distintos. Está la mano, señor, es otra cosa.

 

Estos ladrillos son el primer paso en la transformación de la materia: el grado cero de la industria. Los ladrilleros empiezan por traer, en la carreta con caballo, un montón de tierra que cargan un poco más allá; la descargan y la mezclan con agua y el caballo, ahora, cambia de función: tira de un palo que gira tipo noria para amasar el barro. Después sacan ese barro con las manos y lo van poniendo en moldes rectangulares: la forma del ladrillo. Hasta que vacían esos moldes en el suelo y dejan que el sol los seque durante tres o cuatro días. Y, para terminar, hacen con los ladrillos cuatro paredes que forman un horno; adentro, unos troncos ardiendo terminan de cocerlos, les dan su color rojo ladrillo. Al final, don Juanca los revisa: los que reciban su visto bueno —cuatro de cada cinco, más o menos— estarán listos.

 

– Ponelos en la pila, chango, que mañana va a venir el camión.

 

Si viviéramos una época de mitos elegantes, hacer ladrillos sería oficio de héroes. Es casi un chiste sobre lo elemental: se hacen con tierra, agua, aire y fuego y la fuerza del cuerpo. Pero ahora preferimos a los cantantes siniestrados, y está bien: no hay mejor diosecito que el diosecito muerto. El ladrillo es la síntesis de todo lo que es, lo que Natura sí da. La leña –que también es tan primaria– sería el único insumo externo, pero no está muy claro que tengan que comprarla: dicen que sí, pero alrededor hay tanto monte, monte tanto.

 

Se oyen cigarras, una cotorra como por compromiso, el chirrido de una carretilla; la escena se merece el fondo de una guitarra perezosa, pero una radio desparrama cuartetos estridentes. 

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En Santiago del Estero más de la mitad de la población vive del Estado: es lo que suele pasar, ahora que se achicó. La agricultura es mínima, el comercio menor, la industria inexistente, el desempleo tremendo, y están las ladrilleras. Es imposible saber cuántas son: nadie tiene cifras, pero se supone que unos pocos miles de santiagueños viven de esta práctica antigua. Son unidades familiares en que el patrón contrata a parientes y vecinos por 200 o 300 pesos a cambio de jornadas que empiezan muy temprano y no terminan demasiado tarde. Y hablar de patrón es casi un abuso de lenguaje: don Juanca, por ejemplo, vive en un rancho en medio de su terrenito y saca, con mucha suerte, en los meses felices, 600 o 700 pesos. El negocio lo hacen, como casi siempre, los intermediarios: cada dos o tres días hay un señor que viene con un camión, lo carga, y multiplica el precio por tres o cuatro: es, claramente, sapo de otro pozo y otra clase. Don Juanca, en cambio, se parece mucho a sus empleados.

 

– Vamos, changos, a ver si me prenden ese fuego.

 

La diferencia es que don Juanca toma mate o vino y mira: da alguna orden, controla los ladrillos, se seca el sudor y se toma otro más: un gordo tranqui, sentado a la sombra de un arbolito enclenque. Sus empleados le tienen aprecio:

 

– No, es un buen tipo. No jode, si tenés algún problema te lo entiende.

 

En la ladrillera el tiempo pasa lento; cada movimiento es pausado, como si respondiera a un ritmo que no precisa innovaciones: el barro no se escapa, no se apura el caballo, el Sol calienta inmóvil, el fuego crepita sin alardes.

 

– Así como nos ve, estos ladrillos que hacemos nos los buscan mucho, gente rica. Ellos sí que saben apreciarlos.

 

La mayoría de los ladrillos manuales se usan en construcciones pobres de la provincia pero, de tanto en tanto, algún arquitecto sofisticado de Buenos Aires les encarga unos cuantos: han descubierto que esos terrones antiguos pueden tener cierto encanto para revestir una pared. Se les nota que están hechos a mano, y a veces queda bien exhibir el trabajo ajeno, si tiene un toque primitivo. La producción pobre en cadena suele ser sólo berreta, pero ciertas manualidades pobres, al cabo de mucho tiempo, consiguen pasar a la categoría de artesanal o de tradicional: es su triunfo.

 

– Y sí, porque acá fabricamos todo a mano, no con esas máquinas que nadie sabe lo que hacen.

 

Se oyen cigarras, una cotorra como por compromiso, el chirrido de una carretilla; la escena se merece el fondo de una guitarra perezosa, pero una radio desparrama cuartetos estridentes. El folklore nunca aparece donde debe.

 

La lluvia es la enemiga: ellos trabajan de secar, de eliminar el agua.

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– ¿Sabés qué? Ahora el problema es que llueve. Llueve, hermano, imaginate: acá en Santiago llueve. Si a veces parece que alguien lo hace a propósito.

 

La lluvia es la enemiga. Ellos trabajan de secar, de eliminar el agua, y el clima de la provincia ha cambiado, últimamente: nadie sabe bien de qué se trata pero lo cierto es que está más húmeda, más verde, y eso complica las cosas. Los ladrilleros casi no se quejan: aquí, parece, muchos se quejan poco. Los ladrilleros trabajan tranquilos, relajados, entre chistes y silencios largos. Cuando llega el mediodía el calor se hace insoportable y todos paran por un par de horas: la mujer del patrón les ha preparado un guiso con un poco de vaca antigua, maíz y papa. Lo comen a la sombra de un arbolito enclenque: los muchachos interneteros por un lado, los tres peones más viejos por otro. Después, los muchachos se tiran bajo esa misma sombra; los viejos —40, 45 años— se van al fondo del campito, donde armaron su tapera.

 

– Sí, don Juanca nos dejó que nos hiciéramos el rancho allá: un buen hombre, el patrón.

 

Dice uno, y el otro se pone casi pícaro:

 

– No le cuesta nada. Igual tampoco es suyo...

 

La tierra es fiscal, y don Juanca la mantiene por el derecho de la costumbre: hace unos 50 años —nadie se acuerda bien— que la ocupó su padre, y se quedaron. El campito no tiene alambres alrededor, ni tranqueras ni límites: nada allí está guardado.

 

– Es una tierra amarreta, mírela. No da nada, nada quiere crecer. Ella nomás sirve, la misma tierra, para sacarle ladrillitos.

 

Dice don Juanca y uno de sus sobrinos lo mira con afecto y algo de distancia:

 

– El viejo es buena gente pero no va a salir de acá nunca más.

 

El pibe está en cuarto año del secundario: ahora trabaja todo el día porque es verano, pero en invierno viene solamente a la tarde, después del colegio. El otro hace lo mismo:

 

– No, acá si no seguís estudiando no llegás a nada, te quedás pegado al barro para siempre.

– ¿Y estudiando te parece que salimos?

 

Le dice uno con la sonrisa cachadora en la cara embarrada. No están seguros, pero quieren intentarlo. Por eso juntaron plata entre varios para comprarse la computadora con la que se conectan a internet, al mundo:

 

– Nosotros no nos vamos a quedar acá toda la vida. Con la computadora vamos a salir, ya vas a ver.

 

Dice el otro y se mira las manos barro puro.

 

– Estas tienen que servir para algo más que para ésto.

 

Dice, y su tío ladrillero pega el grito: es la hora de volver a palear barro.

Dani Yako
Dani Yako

Buenos Aires, 1955. Abandona la carrera de arquitectura en 1974 para dedicarse al fotoperiodismo, sus primeros pasos son la revista de la juventud comunista, luego el diario La Calle y la Agencia Noticias Argentinas. En 1976, tras ser secuestrado por el ejercito, se exilia en España, donde trabaja para medios europeos y americanos. Regresa en 1983 para incorporarse a la agencia DyN. En 1997 ingresa en Clarín, donde es editor jefe. Ha publicado los libros Extinción, Presagio y 1983, ha realizado numerosas muestras individuales y participado en decenas de colectivas. Fotografías suyas están en colecciones públicas y privadas. Obtuvo la Beca del Fondo Nacional de las Artes, el Premio Banco Ciudad, el mejor Libro de artista en la Bienal de Lima y el Premio Konex en 2012.

 
 
Martín Caparrós
Martín Caparrós
Buenos Aires, 1957. Estudió historia en París, vivió en Madrid y Nueva York, dirigió revistas de libros y de cocina, recorrió medio mundo, tradujo a Voltaire, Shakespeare y Quevedo, recibió el Premio Planeta Latinoamérica, el Premio Herralde de Novela y el Premio Rey de España. Es autor de relatos como A quien corresponda, Los Living y Comí; también de libros de viaje como El interior, y de crónicas como Una luna y Contra el cambio, El hambre, La crónica y Echevarría. Su último libro es Postales.