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INLAND GIRONA

Vida portátil (V)
Juan Trejo

Esto podría haber pasado en la famosa habitación roja. 

«Llámame David, por favor», me dijo. Yo había estado hablándole de usted todo el rato, porque su presencia física me imponía un respeto casi reverencial. No soy mitómano, no lo fui ni siquiera durante la adolescencia, pero tener cerca a ese hombre era para mí algo que escapaba de esa clase de valoraciones. He de admitir que estaba un poco turbado.

Iba caminando por las calles de Girona junto a David Lynch. 

Tenía que enseñarle la ciudad. Él había insistido en dar un paseo después de comer. De hecho, había pedido explícitamente que alguien le llevase a los lugares más significativos del barrio judío. Por lo visto, un amigo suyo especialista en cábala le había hablado de lo bien conservados que estaban los edificios antiguos y los estrechos callejones.

Del grupo que habíamos estado comiendo con David Lynch en el restaurante La penyora, no muy lejos del ayuntamiento, yo era el único que conocía bien Girona, pues había vivido en la ciudad durante un año. El resto de comensales, extranjeros en su mayoría, desaparecieron como por ensalmo en cuanto acabó el almuerzo, así que me vi en el compromiso de acompañar durante su paseo al que para mí es, sin ninguna duda, uno de los más destacados directores de cine de la historia. 

Tengo que insistir en que acompañarle, a pesar de todo, era para mí un compromiso más que un honor. Nunca me he interesado realmente por Girona, ni por su historia ni por su supuesta riqueza cultural, nunca he leído libros ni he consultado páginas web para conocer detalles históricos o anécdotas llamativas que le aporten a mi experiencia personal un valor extra. Por eso al regresar allí me siento siempre, en cierta medida, como un turista más, si bien acuciado por un extraño sentimiento de culpa. Una culpa que nace del hecho de no haber llegado a amar la ciudad cuando viví en ella. Porque cuando vives en Girona descubres bien pronto que amar la ciudad, venerar su obvia belleza y su elegancia indiscutible, es dogma de fe. Y no hacerlo, a ojos de los que se consideran sus genuinos habitantes, los de raigambre, es poco menos que un delito o un pecado imperdonable. 

A mí Girona me parece hermosa, es cierto, pero básicamente por lo bien conservado y limpio que está el centro histórico, y por el buen trabajo que hicieron recuperando las casas que dan a la rivera del Onyar. Me encanta, precisamente, que un río la atraviese por la mitad, aunque se trate de un río pequeño, escaso de agua en cuanto empieza el buen tiempo. Me agrada también ese ambiguo aire histórico que puede apreciarse en ciertos barrios, esa huella del paso del tiempo sospechosamente inconcreta, tan similar a lo que transmiten algunos parques temáticos. Así que digamos que Girona me ha gustado siempre como puede gustarle el decorado de una película a un amante del cine. 

He de confesar que en cuanto me establecí allí, en un pequeño apartamento en la plaza Josep Pla, a tiro de piedra del centro, me sentí atrapado, encerrado en una suerte de bucle aséptico, como si me hubiesen incluido en una película meramente descriptiva, sin trama ni desarrollo argumental. Notaba por doquier el hechizado estatismo y la arrogante inmovilidad que flotaba por encima de calles y plazas. Algo similar a lo que creí empezar a apreciar en sus gentes al poco de instalarme, pues me daba la impresión de que estaban inmersas en un ensueño acrítico que colocaba a Girona, sin motivo alguno, en el centro del mundo conocido. 

Pues bien, allí estaba yo, atenazado por la torpeza y la culpa, cruzando la plaza del Vi junto al famoso director de El hombre elefante. Mientras caminábamos ya por el Carrer dels Ciutadans, por donde apenas circulaban coches o personas, mi acompañante no dejaba de mirar a un lado y a otro, fijándose en detalles de las fachadas que yo no era capaz de ubicar ni distinguir. Lo que me llevó a pensar en algo que había leído en El hombre de otro lugar, de Dennis Lim, la biografía de David Lynch que había devorado a toda prisa cuando me invitaron a la charla que iba a dar el director de cine en Girona: «Los papeles ambiguos del que mira y del que es observado son una característica fundamental de muchas películas de Lynch, papeles cuya tensión combinada no pocas veces se desborda en forma de actuación real en un escenario, el más cargado de los espacios lynchianos». 

Nos adentramos en el Call, que es el nombre que en Catalunya se le da a los barrios judíos medievales, por la calle de la Força. Ascendimos despacio; no hay que olvidar que Lynch tiene más de setenta años. Apenas cruzamos un par de palabras durante ese trayecto. Yo pensaba que caminar junto a David Lynch resultaría engorroso, que la gente nos miraría o incluso nos detendrían para hacerle algún comentario o pedirle un autógrafo. Pero o bien a la gente de Girona le dio por comportarse de un modo excesivamente discreto y respetuoso esa tarde, algo perfectamente comprensible, o bien el rostro arrugado, el blanquísimo y enhiesto flequillo y la figura algo desgarbada de Lynch eran menos conocidas por aquellos pagos de lo que yo podría haber supuesto, a pesar incluso de la cargante campaña de promoción televisiva que estaba conllevando el lanzamiento de la tercera temporada de Twin Peaks. En cualquier caso, nadie interrumpió nuestro paseo.

Le llevé por las callejuelas más pintorescas y le hice resoplar subiendo y bajando añosas escalinatas de piedra. Nos acercamos hasta donde se suponía que había sido erigida la primera sinagoga de la ciudad. Le llevé después al patio del museo Bonastruc ça Porta, hasta colocarlo en el justo centro de la enorme estrella de David que hay trazada en el suelo. También vimos un par de patios interiores más, de casas particulares, en los que Lynch se adentró discretamente, intentando que sus pasos no se oyeran. Cuando salió del último de ellos, en la Pujada de la Catedral, le hablé de la estupenda fiesta que se celebra en la ciudad a finales de mayo, conocida como Temps de Flors, en la que se abren al público un buen puñado de esos patios interiores, característicos del Call de Girona, y tanto ellos como buena parte de las calles del barrio se engalanan con flores y plantas de todo tipo. «Es un espectáculo fascinante», le dije. «Merece la pena verlo.» Él me respondió que prefería ver la ciudad así, vacía. 

Cuando estábamos llegando ya a la escalinata de la catedral de Santa María, supongo que acuciado por esa sensación de estar atravesando un decorado de la que he hablado antes, le comenté a Lynch que en esa parte de la ciudad se habían rodado varias escenas de algunos capítulos de Juego de Tronos, y que ese detalle había provocado la llegada masiva de un nuevo tipo de turistas a la ciudad. Creo que Lynch me escuchó, aunque dudo que llegase a computar mis palabras, a otorgarles validez o significación. Se limitó a asentir mirando hacia lo alto del campanario de la catedral. Recordé entonces algo que Isabella Rosellini había escrito sobre el que fue su marido durante cuatro años: «Por la mirada brillante que muchas veces tenía, yo podía deducir cuándo no me escuchaba. Sospecho que vive en otras dimensiones».

Me atreví entonces a comentarle a Lynch la idea a la que venía dándole vueltas desde que habíamos empezado nuestro paseo. Le dije que Girona me había parecido siempre una ciudad plana, sin misterio ninguno. Le dije también, mientras pasábamos por debajo del arco que lleva a la calle del Rei Ferran el Catòlic, que Girona, como ciudad, no posibilitaba una narración propia, que no tenía trasfondo y que, en caso de ubicar en esta ciudad una ficción, uno tendría que aprovechar el entorno casi exclusivamente de manera nominal. Lynch, ahora sí, me escuchaba con esa media sonrisa tan suya de labios ultrafinos. Pero no dijo nada de momento. Pasamos junto a los baños árabes, aunque no hicimos ni el ademán de entrar en ellos, y después giramos a la izquierda dejando a nuestra derecha los jardines que se extienden junto a la catedral. 

De repente, los callejones por los que circulábamos camino del río se oscurecieron. Tal vez se cubrió el cielo sin que me diese cuenta, porque a veces en Girona el clima puede variar de un modo imprevisible. La cuestión es que bajando por la calle Trasfigueres, junto a la impresionante mole gótica de la basílica de Sant Feliu, me dio la impresión de que todo eran sombras y claroscuros, como si transitásemos por una película expresionista alemana de los años treinta. También me fijé en un detalle curioso: hacía ya un rato que David Lynch parecía ir siguiendo los pasos de alguien, si bien de manera muy discreta, prácticamente imperceptible. 

Se trataba de un hombre bastante bajo y contrahecho, que caminaba renqueante, arrastrando el pie izquierdo. Portaba un bastón consigo. Su mano derecha era deforme; desde la distancia parecía un muñón sobredimensionado, con la forma de una inverosímil pinza de langosta cubierta por una venda sucia. Aunque lo que más llamó mi atención fue que aquel personaje parecía llevar cubierta la cabeza por una suerte de bolsa de tela blanca coronada por una gorra gris con visera rígida. 

Le seguimos un rato más, ambos conscientes ya de lo que estábamos haciendo. Dejamos atrás la escultura de la Lleona, de la que se dice popularmente que si besas su culo volverás a la ciudad, y recordé entonces el caso de un turista que se partió el cuello y murió intentando cumplir con ese ritual. Cuando llevábamos recorridos unos diez metros de la calle Calderers, vimos que el hombre de la bolsa en la cabeza se detenía frente a un portal viejo, con aspecto de abandonado, y cruzaba la puerta para meterse dentro del edificio.

Nos detuvimos también y yo le dije a David Lynch, en lo que apenas fue un susurro: «Se parecía a Merrick, ¿no crees?». Lynch no se volvió hacia mí. Con la mirada fija en aquel portal y haciendo uso de una voz ronca, matiz que hasta el momento no había apreciado en su manera de hablar, me dijo: «Hay misterios en todas partes». 

Al poco de mudarme a Girona fui testigo de una escena que se grabó en mi memoria sin que haya sido capaz en todos estos años de inscribirla en el conjunto de la experiencia que supuso vivir allí.

Me había instalado, como he dicho antes, en un pequeño apartamento de la plaza Josep Pla, junto a la que tiempo después se convertiría en mi esposa y en madre de nuestros hijos. El apartamento pertenecía a un extraño edificio muy nuevo y moderno con escasa o nula relación, por su estilo y su cometido, con el resto del viejo casco histórico de la ciudad en el que estaba enclavado. 

Nosotros ocupábamos uno de los apartamentos de la penúltima planta. Para acceder a él subíamos en un ascensor de limpísimas paredes metálicas y atravesábamos un pasillo blanco y aséptico en el que dejábamos atrás las puertas de los otros dos vecinos de planta. Aunque hablar de vecinos no tiene mucho sentido en este caso, pues nunca, en los meses que vivimos allí, llegamos a cruzarnos con nadie a quien pudiésemos aplicarle ese calificativo. 

La que iba a ser mi mujer y yo trasnochábamos bastante. Por aquel entonces no teníamos televisión, así que solíamos salir con frecuencia, ya fuese al cine o a cenar o a tomar una copa. Una noche, poco después de llegar del bar Excalibur, cuando nos disponíamos a meternos en la cama, oímos ruido en el pasillo del rellano. Cuando nos acercamos a la puerta descubrimos que se trataba de la voz de un hombre. Hablaba en castellano y parecía desesperado. No paraba de repetir un nombre: «Laura», decía, o bien «Laurita». Y añadía a ese nombre ruegos y peticiones: «Ábreme, Laurita, por favor. Ábreme», o: «Déjame entrar, anda, Laura». 

A través de la mirilla de la puerta no podía verse apenas nada del pasillo, solo un ángulo más bien cerrado frente a la puerta de nuestro apartamento. Y aquel hombre estaba a nuestra izquierda, inalcanzable a cualquier mirada escrutadora. 

Con el paso de los minutos, los ruegos y súplicas fueron variando, adquiriendo un tono amenazador de una violencia extrema. Eran las mismas palabras, pero el hombre parecía colérico, fuera de sí. Se puso a golpear entonces la puerta de la que se suponía que era nuestra vecina de al lado con una rabia descomunal, gritando. Temimos durante un momento que la tirara abajo. Pero luego recuperó la calma y retomó el tono de súplica. 

Aun así, no abrimos nuestra puerta ni salimos al pasillo para hablar con el desconocido. 

La situación era inquietante, violenta, por los golpes obviamente, pero sobre todo por la voz. Había en esa voz un matiz que parecía conllevar terror, espanto, como si se tratase de una voz grabada, amplificada mediante un distorsionador que la hiciese más penetrante, y emitida por un altavoz. Era, a todos los efectos, una voz sin cuerpo. Y eso daba miedo.

Nunca llegué a ver al dueño de aquella voz, aunque vislumbré mentalmente su cuerpo y su rostro en múltiples ocasiones, a veces en sueños, sin llegar a sentirme satisfecho de mi particular reconstrucción imaginaria. Tampoco llegué a ver nunca a la tal Laura, si es que alguna vez existió. Porque nunca apreciamos movimiento en el apartamento de al lado, no encontramos prueba alguna de actividad humana en su interior o en el balcón colindante.

Slavoj Zizek habla del uso traumático de la voz en algunas de las películas de David Lynch, como en Mulholand Drive por ejemplo. La voz no como sublime medio etéreo para expresar las profundidades de la subjetividad humana, sino la voz humana como un intruso extraño. 

Tal vez por ese motivo esa voz siga todavía ahí, resonando en mi memoria.

David Lynch y yo nos detuvimos un rato en la cafetería La Terra, en la calle Ballesteries. Nos sentamos en una mesita de mármol junto a una ventana que daba sobre el río Onyar. Pedimos café americano. Durante unos segundos pensé que jamás habría sido capaz de imaginarme ahí a David Lynch, en un escenario tan íntimo para mí, pues aquí era donde venía a merendar con la que acabaría siendo mi esposa, y al mismo tiempo tan anodino, tan sencillo al estilo mediterráneo; si uno se para a pensar, es prácticamente imposible situar a Lynch en un escenario que no sea plenamente estadounidense, con un toque retro y aseado tal vez, o bien en un lugar sofisticado y cosmopolita, al estilo de los vestíbulos de los hoteles de lujo de Cannes. Pero ahí estábamos, en La Terra, tomando café aguado.

A pesar de lo que acabo de decir, el director de Corazón salvaje parecía sentirse muy cómodo y relajado. De vez en cuando miraba hacia el interior, fijándose en la decoración y en los demás clientes, y luego miraba por la ventana para contemplar, supongo, las restauradas fachadas de los edificios de la otra orilla del Onyar. Yo no le quitaba ojo de encima, en cualquier caso, si bien intentaba hacerlo de manera discreta.

De repente, dijo: «Todos reflejamos el mundo en el que vivimos. Incluso aunque ruedes una película de época, esta reflejará el momento en el que vives».

Yo no pude evitar replicar casi sin pensarlo, todavía aferrado a mi tesis: «Girona no tiene un relato que la unifique. Girona no dice nada». A lo que Lynch opuso las siguientes palabras: «No se trata de que diga nada comprensible. Si lo sientes, lo sientes». 

Tras unos segundos de silencio, de mirar hacia el interior y hacia el exterior en repetidas ocasiones, David Lynch se volvió hacia mí e inició una perorata, con pequeñas pausas intermedias, con la que parecía tener la intención de transmitirme un mensaje que no sé si llegué a desentrañar por completo. Empezó diciendo: «La vida está llena de abstracciones y la única manera de entenderla es a través de la intuición. Intuición es ver la solución: verla, saberla. Es la unión de la emoción y el intelecto. Algo esencial para el cineasta». Pausa. Continuación: «A veces la gente se queja de que les cuesta entender una película, pero yo creo que entienden mucho más de lo que creen. Porque todos hemos sido bendecidos con la intuición: todos tenemos el don de intuir cosas». Pausa. Respetuoso silencio por mi parte. Continuación: «Si quieres buscar pececitos puedes permanecer en aguas poco profundas. Pero si quieres pescar un gran pez dorado, tienes que adentrarte en aguas más profundas».

Yo le dije entonces, tras recapacitar durante unos segundos, que posiblemente tenía razón y que el rencor que sentía hacia Girona tal vez se debiese a que siempre había deseado penetrar en su centro secreto, en sus profundidades, pero no había sido capaz de lograrlo. Con Girona siempre me había quedado en la superficie. De ahí la desagradable sensación de depresión o pena que me causaba estar allí en ocasiones. 

David Lynch respondió a mi explicación como si estuviese leyendo algo escrito por él con anterioridad, tal vez en una de las entradas de su libro Atrapa el pez dorado:  «La depresión, la rabia y la pena resultan bellas dentro de una historia, pero para el cineasta o el artista son veneno. Son como unas tenazas de la creatividad. Y si te aferran, apenas puedes levantarte de la cama, y mucho menos experimentar el fluir de la creatividad y las ideas. Para crear hay que tener claridad».

Dijo esto mirando hacia el exterior. Yo seguí su mirada y creí descubrir en qué se estaba fijando. Al otro lado del río, en una exigua zona de tierra junto a unos matojos, un lugar que no llegaba a ser siquiera un banco de arena, habían tirado algo parecido a un fardo de plástico blanco. Era de poco más de metro y medio de largo, aunque un tanto voluminoso. Voluminoso como podría serlo si bajo esos plásticos hubiese escondido un cuerpo humano. Tal vez un cadáver. Tal vez el cadáver de una chica joven, más bien menuda. 

David Lynch dijo entonces: «El miedo distorsiona la realidad, la cambia».

El 11 de septiembre de 2001 ya estaba instalado en Girona, llevaba allí poco más de un mes. Era martes pero en Catalunya era festivo por la celebración de la Diada. La que iba a ser mi esposa y yo habíamos pasado toda la mañana en el apartamento, retozando. Ya he dicho antes que solíamos trasnochar. Aquel día habíamos desayunado muy tarde y salimos a la calle poco después de las cuatro con la intención de buscar un local abierto en el que poder merendar algo consistente.

Nada más poner el pie en la plaza Josep Pla recibimos una llamada telefónica. Se trataba de la que tiempo después sería mi cuñada. Muy alterada, le contó a su hermana de manera atropellada y estrambótica que dos avionetas, o dos aviones, habían chocado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Mi futura esposa fue relatándome la conversación en tiempo real, detenidos los dos en medio de la plaza. Me dijo que su hermana decía que una de las torres se había derrumbando. Lo primero que yo dije fue que era una exagerada. Lo dije porque recordaba que en 1945 un bombardero se había estrellado contra el Empire State Building sin causar apenas destrozos.

La que no tardaría en ser mi cuñada afirmó entonces, siguiendo alguna clase de deducción personal, que se trataba del inicio de la Tercera Guerra Mundial, porque al parecer se tenía noticia de una explosión más en el Pentágono y también de otro avión derribado en Pensilvania. Ya relaté en otra ocasión mi particular obsesión con la Guerra fría y con la Tercera Guerra Mundial desde que era niño, el miedo que se había instalado en mi psique desde que aprendí qué eran y qué significaban los misiles balísticos intercontinentales. Supongo que ese fue el verdadero motivo por el cual empecé a notar un desagradable sudor frío en la nuca.

Como no teníamos televisor en el apartamento, justo después de colgar el teléfono nos vimos obligados a buscar un bar en el que ver las noticias. Pero los bares que frecuentábamos cerca de donde vivíamos estaban todos cerrados. Sin embargo, eso no era lo más inquietante de la situación. Lo peor fue comprobar que no había nadie con quien poder contrastar la información; no había nadie en ninguna parte. 

Recorrimos las calles a buen paso, intentando evitar echarnos a correr frenéticamente en busca de algún rastro humano. Todas las tiendas y portales y balcones estaban cerrados. El tiempo, a decir verdad, parecía detenido. La ciudad estaba desierta, o tal vez abandonada voluntariamente, porque era posible que los habitantes de Girona conociesen algún detalle clave sobre el desarrollo de los acontecimientos en Estados Unidos que nosotros, encerrados toda la mañana en nuestro nido de amor, ignorábamos por completo.

Yo no podía dejar de pensar en las palabras de mi futura cuñada. No podía dejar de imaginar que, efectivamente, así nos sentiríamos si estuviésemos siendo testigos de los prolegómenos de una contienda termonuclear: abandonados a nuestra suerte en una ciudad vacía a punto de ser arrasada por las bombas. Y, por otra parte, no dejaba de decirme, de manera estúpida e infantil, que no quería que el fin del mundo nos pillase en Girona, que prefería morir en cualquier otro lugar.

Acabamos encontrando un televisor encendido en la calle Anselm Clavé, junto a la plaza de la Independència, pero estaba en el escaparate de una tienda de electrodomésticos, tras una incómoda reja metálica. La calle, obviamente, también estaba desierta. Estuvimos allí plantados durante más de media hora, boquiabiertos y ansiosos porque a la escasez de imágenes concluyentes se sumaba el silencio que generaba la carencia de voces televisivas; la carencia, de hecho, de cualquier clase de voz.

Imperó un tenso silencio durante un buen rato antes de que empezasen a imponerse las palabras de nuevo y nos convirtiésemos en espectadores normales, unidos al resto de habitantes de Occidente por una perplejidad y un temor estandarizados. 

Podría decir al rememorar esta experiencia, bastante banal a fin de cuentas, que entiendo perfectamente unas palabras que David Foster Wallace le dedicó a David Lynch. Dijo que una posible definición de lo lynchiano sería algo que «alude a un tipo particular de ironía donde lo muy macabro y lo muy rutinario se combinan de tal forma que revelan que lo uno está perpetuamente contenido en lo otro».

El resto del paseo con David Lynch por Girona no fue exactamente ya un paseo con David Lynch por Girona. Digamos que a medida que se acercaba el final las cosas que nos rodeaban empezaron a perder contenido a toda velocidad.

Finalmente llegamos al parque de la Devesa. Echamos a andar sin un objetivo concreto por entre los altísimos plátanos, intentando no levantar polvo al desplazar los pies por la tierra seca; Lynch parecía un poco cansado. El sol no penetraba a través del espeso follaje de los árboles, cuyas copas unidas formaban una enorme e imbricada cúpula verde. El rostro de David Lynch, vuelto hacia lo alto, me recordó al del agente especial Dale Cooper al llegar a Montana y descubrir el magnífico olor de los abetos Douglas.

Se detuvo entonces el director de Cabeza borradora, me miró a los ojos y dijo: «En el cine es fundamental la sensación de lugar, porque quieres entrar en otro mundo. Cada historia posee un mundo propio, un ambiente y una atmósfera también propios. De modo que uno intenta aunar toda una serie de cosas, de pequeños detalles, para crear sensación de lugar». Tras esas palabras, apartó de mí su mirada y retomó la marcha sin esperar a que yo me mantuviese a su lado. De hecho, le dejé que se adelantase unos metros pues me vino a la mente otra de las cosas que Foster Wallace había escrito sobre él: «La impresión que uno se lleva después de ver Terciopelo azul o Carretera perdida es que son películas tremendas, pero que David Lynch es la clase de persona que esperas que no te toque a tu lado en un vuelo largo o en la cola del departamento de tráfico o algo así. En otras palabras, una persona inquietante».

Acabé alcanzándolo de nuevo. David Lynch se había detenido junto a una papelera y parecía inspeccionar su interior con obvio interés. Entre latas de refresco y bolsas vacías y arrugadas de aperitivos salados, me dio la impresión de entrever algo impropio. 

Hubiese jurado que era una oreja. Una oreja humana, cubierta de hormigas. Y en su centro había un agujero oscuro, negro como la noche, que parecía abrir una grieta en la percepción del tiempo.

 

Imagen de cabecera, CC Rising Damp

Juan Trejo
Juan Trejo

Nació en Barcelona en 1970. Es escritor, traductor y profesor. Autor de tres novelas, El fin de la Guerra Fría, La máquina del porvenir, que se alzó en 2014 con el X Premio Tusquets Editores de Novela, y La otra parte del mundo (2017)