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LA COMEDIA QUE DETERMINÓ LA MARCA NYC

Una historia de la ciudad
Cristian Segura

Washington Irving es uno de los nombres de referencia del romanticismo americano. Sus relatos más célebres son Rip van Winkle y la Leyenda de Sleepy Hollow, vendidos a espuertas en su época —primera mitad del siglo XIX— y conocidos por el gran público de nuestros tiempos gracias al cine. La fuerza de la naturaleza romántica chocan en los libros de Irving con humanos ridículos que dan pie al humor que caracteriza su obra. Otro sello de Irving es su devoción por el pasado colonial holandés de la costa Este de los Estados Unidos. Sobre este legado se levanta quizás el más importante de sus best sellers, Una historia de Nueva York (Nórdica Libros, 2016)

Una historia de Nueva York es un libro que hay que leer más por la trascendencia que tiene en la construcción de Estados Unidos que por su valor literario. Su estilo narrativo y el sarcasmo que le acompaña en cada página han quedado desfasados más de dos siglos después —fue escrito en 1808—. Pero los hitos que estableció Irving con Una historia de Nueva York superan la calidad de la narración y aportan un conocimiento clave para la historia de la Gran Manzana y de la literatura. Para empezar, destaca el ingenio con el que Irving promocionó el lanzamiento del libro. El autor simula que Una historia de Nueva York es un manuscrito que un anciano historiador llamado Diedrich Knickerbocker abandona en una fonda de la ciudad. Knickerbocker desaparece del hotel sin que nadie sepa qué ha sido de él. Irving publicó anuncios en prensa con el nombre del propietario ficticio de la fonda, pidiendo información sobre el paradero de Knickerbocker. Luego volvió con la estrategia de los anuncios y haciéndose pasar por el propietario del hotel, informaba a los ciudadanos de Nueva York que, acuciado por las deudas que había dejado Knickerbocker, se veía en la obligación de publicar el manuscrito. El manuscrito es el relato en primera persona que Knickerbocker —es decir, Irving— realiza sobre Nueva Amsterdam, la colonia holandesa que existió antes de ser conquistada por colonos británicos y que pasó a llamarse Nueva York.

Knickerbocker se convirtió así en un icono de Nueva York. La palabra hace referencia a la tradición holandesa de arremangarse los pantalones a la altura de las rodillas. Más de un lector ya habrá vinculado el nombre Knickerbocker con los Knicks de Nueva York, el equipo de baloncesto de la ciudad. La relación es correcta, y la página web de la NBA informa con detalle del parentesco: «El término knickerbocker tiene sus orígenes en los colonos holandeses que vinieron al Nuevo Mundo —y en especial a lo que hoy es Nueva York— en el siglo XVII. Específicamente, se refiere al tipo de pantalones que llevaban los colonos, enrollados justo debajo de la rodilla, y que pasó a ser conocido como knickerbockers knickers. El legendario autor Washington Irving consolidó en 1809 el uso del nombre knickerbocker […] El libro de Irving introdujo el nombre knickerbocker para decir de alguien de Nueva York que puede encontrar sus ancestros entre los colonos holandeses originales. Con la publicación del libro de Irving, el personaje Knickerbocker se convirtió en un sinónimo de la ciudad de Nueva York. El símbolo más popular de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX era el «Padre Knicker», con una peluca de algodón, un sombrero triangular, zapatos con hebilla y, por supuesto, pantalones justo por debajo de la rodilla. Al mismo tiempo, el término knickerbocker se vinculaba a cualquier cosa de Nueva York, desde la cerveza Knickerbocker de Jacob Rupper al musical Knickerbocker Holiday de 1938 o a las famosas columnistas del corazón Cholly Knickerbocker y Suzy Knickerbocker».

Una historia de Nueva York es un libro formalmente humorístico que, sin embargo, sirvió para recuperar la prehistoria colonial de la ciudad, es decir, la de los asentamientos neerlandeses. La publicación del libro generó por primera vez interés académico sobre los antecedentes holandeses de la urbe. El mérito es enteramente del trabajo de documentación de Irving pero también la forma que tiene de transmitir esa historia: la ficción y la primera persona del cascarrabias Knickerbocker plantean constantes dudas al lector contemporáneo sobre la veracidad de los hechos que se relatan. Lo mejor de Una historia de Nueva York es combinar su lectura con el rastreo en internet de los personajes protagonistas, de los gobernadores holandeses, sus desastrosos capitanes generales o incluso algunos de los linajes que son objeto de mofa del autor. Produce satisfacción confirmar que, efectivamente, existieron el último gobernador neerlandés, Pieter Stuyvesant, y su pata de palo bañada en plata. Otra cosa es la caricatura ficcionada que realiza Irving del carácter huraño y colérico de Stuyvesant.

Irving retrata a aquellos neerlandeses como una pobre gente, pequeño-burgueses, perdedores incapaces de hacer frente a la invasión yanqui: «La ciudad de Nueva Ámsterdam se vio sumida en un gran abatimiento a causa de tan tristes acontecimientos. El nombre de los yanquis se convirtió en algo tan terrible entre nuestros buenos antepasados como lo fue el de los galos entre los antiguos romanos, y todas las sabias esposas de la provincia —que no habían leído las sugerencias de la señorita Hamilton [la pedagoga Elizabeth Hamilton, en boga en el momento de publicarse el libro] en materia de educación— lo utilizaron como tormento con el que asustar a sus revoltosos mocosos y conseguir que las obedecieran»

El apelativo yanqui lo atribuye Irving a la palabra Yanokies, denominación que los indios de lo que hoy es Massachusetts dedicaron a los europeos que llegaban a sus costas y que significa «hombres callados». Ironías de Irving al margen, el origen de la palabra es incierto: la versión más extendida es que se trata de una adaptación del nombre holandés Jan —Juan—. Otros apuntan a la palabracheroqui eankke —cobarde—. Lo único seguro es que la palabra se consolidó a partir del siglo XVIII como manera despectiva de los británicos para referirse a los independentistas americanos.

Una historia de Nueva York aporta descripciones y reflexiones que ayudan a entender el carácter americano, la libertad que nace de su desarraigo, quemando naves respecto a la metrópolis, a diferencia de la dependencia que mantenían los habitantes de Nueva Ámsterdam con su vieja patria:

«Un agricultor yanqui está en constante estado de migración: se demora ocasionalmente aquí y allá, desbroza la tierra para que la disfruten otras gentes y construye viviendas que otros habitarán; con lo que en cierto modo podemos considerarlos los árabes errantes de América.

Su primer pensamiento al llegar a la edad adulta es el de asentarse en el mundo —que significa ni más ni menos que comenzar su deambular—. Con este fin toma como esposa a alguna elegante soltera del campo, es decir, una moza de mejillas encarnadas y pechos abundantes que pase ante él bien engalanada con cintas rojas, abalorios de cristal, combinación a imitación del caparazón de una tortuga, vestido blanco largo y zapatos de cuero los domingos, y que asimismo cuente con especial destreza en los misterios de la elaboración de dulces de manzana y pasteles de verdura y de calabaza.

Habiéndose equipado de este modo como un verdadero buhonero con su pesado saco con el que entretener sus hombros a lo largo del camino de la vida, emprende literalmente la peregrinación. Su familia, al completo, los muebles de su hogar y los utensilios agrícolas son encaramados a un carro cubierto; sus prendas de ropa y las de su mujer se empaquetan en un barril; y, una vez listo, se echa el hacha al hombro, toma su bastón, empieza a silbar el «Yankee Doodle» y se lanza a caminar por los bosques tan seguro de la protección de la providencia y tan tranquilamente confiado en sus propios recursos como cualquier otro patriarca de antaño cuando se adentraba en un país extraño de gentiles. Ya perdido en plena naturaleza, se construye una cabaña de madera, limpia un espacio para sembrar maíz y patatas y, con la Providencia sonriendo a sus labores, pronto se ve rodeado por una acogedora granja y una decena de golfillos de cabellos de oro, quienes, por su tamaño, parecen haber brotado al unísono de la misma tierra, como una cosecha de hongos venenosos».

Irving es un patriota americano de pies a cabeza y en su sorna, a fuerza de leerla durante páginas y más páginas, se entrevé la admiración que siente por el objetivo de su crítica. Es así como puede entenderse el cinismo que ofrece el libro sobre el poder de la libertad del individuo en América frente a los absolutismos europeos:

«Nada podía someter el indomable espíritu  de independencia que siempre había distinguido a esta singular raza de personas, así que, en lugar de someterse a tan horrible tiranía, todos y cada uno de ellos embarcaron rumbo a las selvas de América, donde podrían disfrutar tranquilamente el inestimable lujo del uso de la palabra. En cuanto pusieron pie en esta locuaz tierra, como si el clima del Nuevo Mundo les hubiera transmitido una enfermedad, levantaron todos sus voces a una y durante todo un año mantuvieron tan alegre clamor que, según leemos, asustaron a todo pájaro y animal del entorno, que huyeron despavoridos […] De esta sencilla circunstancia, por poco relevante que pueda parecer, se originó ese famoso privilegio del que tan sonoramente se jacta todo este país y que se ejerce de forma tan elocuente en periódicos, panfletos, encuentros públicos, comités de taberna y deliberaciones del Congreso; un privilegio que establece el derecho a hablar sin ideas y sin información, a tergiversar las cuestiones de interés público, censurar toda medida política, calumniar a los personajes importantes y destruir a los que no lo son; en resumen, la gran joya de nuestro país, la libertad de expresión, o como se la denomina de modo más vulgar: labia».

Irving también demuestra su progresismo en Una historia de Nueva York. El libro incide en una crítica furibunda al maltrato y las matanzas que sufrieron los pueblos indígenas durante la Conquista española y en la posterior sustitución de estos por los británicos; también toma partido puntualmente en un debate especialmente delicado a principios del siglo XIX como es la abolición de la esclavitud. Irving luce apertura de miras al vislumbrar las posibilidades de descubrimiento de las galaxias y de otras formas de vida que el universo pueda albergar: hay cuatro páginas en la primera parte del libro en la que Irving reproduce magistralmente la hipotética conquista de la Tierra por parte de una civilización extraterrestre. No es Irving, ni de lejos, el primero en escribir sobre ciencia ficción pero sí puede ser considerado un revolucionario al utilizarla como forma pedagógica para entender un periodo de la historia humana.

Pese a aportaciones tan valiosas, Una historia de Nueva York padece multitud de pasajes soporíferos, de viejo sainete humorístico, soliloquios al inicio de cada capítulo que es inevitable acabar leyendo en diagonal. «Puedo oír a algunos de mis quisquillosos lectores cuestionar la exactitud de mi planificación, pero no tengo paciencia para estas continuas interrupciones; ¡jamás hubo historiador tan incomodado por dudas, interrogantes y tal tropel de chismosos descontentos! Si continúan molestándome de este modo, nunca seré capaz de alcanzar el final de mi obra. Pido a Apolo y a todo su serrallo de musas que testifiquen que estoy desarrollando la estructura más acreditada y a la moda entre los historiadores modernos y que si mis lectores no consideran de su agrado mi materia ni mis maneras, por Dios santo, que despeñen mi trabajo, tomen una pluma y escriban la historia que les plazca. Por mi parte, estoy cansado de sus incesantes interrupciones y ruego, de una vez y por todas, no encontrar ninguna más». Párrafos como este son constantes, hoy no aportan nada y frenan el ritmo al que está acostumbrado el lector contemporáneo. Pero si se es paciente con Una historia de Nueva York, aparecen piedras preciosas, retratos de un momento que Nueva York y Estados Unidos habían olvidado y que Irving recuperó para el ciudadano del siglo XIX y para el de hoy, como esta lograda descripción de las reuniones sociales en la Nueva Ámsterdam del siglo XVIII que finaliza con el renacimiento de los donuts:

«Estas fiestas a la moda se limitaban habitualmente a las clases más altas, la noblesse, es decir, quienes tenían sus propias vacas y conducían sus propios carros. Los invitados por lo común se reunían a las tres en punto y se marchaban a las seis, a menos que se encontraran en la estación invernal, en la que los relojes se adelantaban ligeramente para que las damas pudieran regresar a casa antes del anochecer. No he encontrado referencia alguna a que los invitados fueran agasajados con helados, gelatinas o tartas de licor ni obsequiados con almendras húmedas, pasas enmohecidas o naranjas amargas, como sucede tan habitualmente en la presente era de la sofisticación. Nuestros antepasados disfrutaban de viandas más sólidas y sustanciosas. La mesa del té estaba coronada con un gran plato de barro bien dotado de lonchas de tocino frito y requemado, cortado en grandes bocados y ahogado en sopa o salsa. Los invitados, sentados en torno a la cordial mesa y cada uno equipado con un tenedor, mostraban su habilidad al lanzarse a por las piezas más gruesas de tan contundente plato —muy a la manera en que los marinos arponean marsopas en el mar o los indios alancean salmones en los lagos—. En ocasiones la mesa se veía embellecida con inmensos pasteles de manzana o platillos llenos de melocotones y peras en conserva, mas siempre se garantizaba la presencia de enormes fuentes de unas bolas de masa azucarada, fritas en manteca, que eran conocidas como oly koeks o dough nuts —un tipo de dulce delicioso, si bien apenas conocido en la actualidad en nuestra ciudad, excepto en las genuinas familias neerlandesas, pero que conserva su posición en las mesitas de té de Albany—». De nuevo, lo mejor de Una historia de Nueva York es sumergirse en Internet y comprobar —por ejemplo en los archivos Smithsonian— que incluso con los donuts, Irving estaba en lo cierto.

 
 
 

UNA HISTORIA DE NUEVA YORK

WASHINGTON IRVING 

NÓRDICA LIBROS, 2016

Cristian Segura
Cristian Segura

Periodista y escritor catalán. Actualmente trabaja en El País. El 2011 ganó el premio Josep Pla de narrativa por El cau del conill. Su último libro La sombra de l'ombú es un reportaje sobre las razones del suicidio.