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MI NÁPOLES GENIAL

Tras los pasos de Elena Ferrante
Marilena De Chiara
 

All’intrasatta, es decir: de pronto, de repente, inesperadamente. La expresión deriva de la locución latina intra res acta, que se utilizaba para indicar lo que ocurría entre acuerdos, eventos, acciones. En la marcada musicalidad de las consonantes dobles, en la pronunciación rápida y directa, que suele ir acompañada de una mirada y un gesto de sorpresa, se encuentra una característica esencial de la lengua napolitana: la condensación. El idioma partenopeo condensa los significados, los extrema, los exprime hasta sacar todo el jugo: ahora es mo, es el tiempo del presente inmediato, ahora mismo es mo mo, la repetición como truco para ganarle al presente, mañana es dimmane, con la doble «m» que prolonga e incluye el tiempo del futuro. Nápoles es el tiempo de mi pasado y, sin embargo, el de mi presente y mi futuro.

Mi mamá, la última de once hijos, nació y se crió en la colina del Vomero. Mi tía, la primogénita de la familia, me contaba que durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial corría hacia el refugio subterráneo con los vestiditos de domingo que acababa de comprar para sus hermanas menores. Pasé toda mi infancia y mi adolescencia en Castellammare di Stabia, entre Nápoles y Sorrento, viendo el sol que se bañaba en el mar cada día al atardecer, con el golfo y el Vesubio al fondo. A Nápoles íbamos a pasear, a comprar, a comer pizza, a descubrir las calles, las plazas, los cafés que habían sido el escenario de la infancia de mi madre antes de que, en la posguerra, toda la familia se trasladara al pueblo. En casa, en la escuela, en la calle siempre hablábamos en italiano, nunca en napolitano, la lengua que, sin embargo, ya era parte de nosotras, de mi hermana y de mí. Tuve conciencia de ello cuando me fui del pueblo, de mi barrio. Empecé a integrar en mis pensamientos y en mis conversaciones con familiares y amigos expresiones, términos, locuciones propias del napolitano. Aparecían así, all’intrasatta. Y me provocaban, me impulsaban a estudiar aquella lengua, en la literatura, en la música, en el teatro. Y aún más, me pedían entender y respetar mi Nápoles, vivir mi ser napolitana.

Cuando mi pareja y amigos en cuyo criterio confío plenamente empezaron a hablarme de la tetralogía de Elena Ferrante, aconsejándome que la leyera, mi reacción fue escéptica, lo confieso. Y confieso que no conocía a la autora o autor. ¿Cómo un bestseller podía contarme Nápoles, mi Nápoles? Hasta que un día mi marido me trajo L’amica geniale (el primer volumen en la edición italiana). Y empecé a leer. Y así, de nuevo, all’intrasatta descubrí que no podía dejar de hacerlo.

 
 

Sobre Elena Ferrante se ha escrito mucho, la prensa internacional se ha hecho eco del éxito y de la universalidad de su obra adictiva, de las razones y consecuencias de su anonimato, de su representación de Nápoles. Raffaella/Lila y Elena/Lenù (tan dulce es la tendencia que tenemos los napolitanos a abreviar los nombres propios, para que su sabor quepa todo en la boca) son las dos amigas que protagonizan las cuatro novelas. La amistad femenina con toda la intensidad de sus idas y venidas, de sus formas y contradicciones, se sitúa en uno de los posibles núcleos temáticos de la narración. La relación con el paisaje, que adquiere valor y presencia de personaje, es otro de los ejes narrativos: Nápoles y el barrio (que coincide físicamente con el Rione Luzzati, ubicado en la periferia oeste de la ciudad), las casas, la zapatería, las librerías, la Universidad de Pisa, el apartamento en Turín o la isla de Ischia no son solamente escenarios de los acontecimientos, sino parte integrante de la biografía, las decisiones y la personalidad de los protagonistas. Finalmente, como en una piedra de Rosetta, el tercer elemento que permite descifrar los anteriores es la búsqueda de identidad, el proceso que Elena emprende desde niña, con Lila, a través de ella y sin embargo sin ella, reflejándose en ella y admirando o rechazando la imagen que el espejo le devuelve. Una imagen dura y frágil, difuminada y nítida, violenta y delicada, valiente y cobarde, la imagen de la duplicidad: estudiosa y autodidacta, vocación e imposición, italiano y napolitano.

Me estremecía leyendo. Me veía en los pupitres de la escuela primaria, sentada al lado de la maestra. Al final del día ella entregaba una banda tricolor —verde, blanco, rojo— al mejor alumno, salías a la calle como si fueras un alcalde y tu madre te recibía con una sonrisa y tus compañeros te miraban con recelo. Me veía cenando pizza con mis amigos en las noches de verano, comiendo helado en el paseo marítimo mientras se formaban parejas en el grupo. Me veía deseando salir del barrio y estudiar el mundo. Me reconocía. Reconocía las expresiones, las normas, los códigos de conducta, los valores en la base de la sociedad donde crecí y que quiero compartir con mis hijos. Reconocía los colores del cielo y del mar, el ruido del tren, el sabor y el olor de la comida. Una vez me preguntaron si los napolitanos comemos napolitanas. Pues no, ni los bollos rellenos de crema o de chocolate ni las galletas con canela y azúcar.

Friarielli es el nombre intraducible de una variedad de brócoli que solamente se encuentra en Nápoles, solemos cocinarlo como acompañamiento de las salchichas a la brasa. Un plato delicioso. Si vas a Nápoles tienes que probarlos, junto con toda una serie de especialidades, dulces y saladas. Porque entender la cultura napolitana es también saborear su tradición culinaria y encontrar en ella la historia, los rituales, los colores de la tierra que, como canta Pino Daniele en su Napule è, son miles, como los miedos. Y Ferrante destierra estos miedos: Elena aprende a hablar italiano, trabaja su acento, lee, viaja, escribe; Lila diseña zapatos, trabaja en una fábrica de embutidos, aprende el lenguaje de la programación digital, lee. Y finalmente las dos se reencuentran en Nápoles, en el barrio, su barrio, ya mujeres, ya madres, amigas. Vuelven.

 

Bañistas frente al Palazzo Donn'Anna. (c) Never Edit

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Empecé a hablarle de los libros a mi hermana y a mis amigas napolitanas, las que me acompañan desde aquellos pupitres de primaria; quería que leyeran las novelas, que nos encontráramos en aquellas páginas. Y lo hicieron, algunas con alegría e ironía, otras con tristeza y pena, porque aunque hayan pasado cincuenta años desde los hechos narrados en la ficción, los problemas en Nápoles son los mismos. Como idénticas son las barreras físicas, sociales, culturales. Tal vez desde Barcelona y después de diecisiete años sin vivir allí yo no sea capaz de reconocerlas del todo. Lo que sí sé es que al leer las historias de Elena, Lila, de sus familias, de los Solara, de Nino, de Alfonso, me reencontré con algo que había perdido, sin saber que lo había estado perdiendo, lentamente: mi Nápoles.

La de Eduardo de Filippo: dulce y amarga, íntima y ruidosa, hecha de gestos, de humor y de ironía. Nadie como el dramaturgo, poeta, actor y director napolitano supo, a mi entender, recrear en la página y en el escenario el aroma de la cultura y la tradición napolitanas, un aroma a café fuerte e intenso. La Nápoles de San Gennaro, de los rituales y las supersticiones, de los puestos de comida en la calle y de la pizza recién horneada, de los gritos y la ropa tendida entre balcones, del fútbol y de Maradona, de la historia y los castillos, del teatro y de los proverbios, de la bandeja de pastas de los domingos y de las comidas interminables en Navidad, de la generosidad y la simpatía, de las leyendas contadas por Matilde Serao, de la mímica y la voz de Totò, de las canciones y la tarantela. O sole mio.

Y la Nápoles de la Camorra y el subterfugio, del abandono y los proyectos a medio hacer, del tráfico y la falta de respeto por el espacio público, de la inseguridad y el engaño, la de Gomorra —libro, película, obra de teatro y ahora serie de éxito internacional—. La duplicidad de la sirena Parténope (el nombre griego de la ciudad antes del romano Neapolis), pez y mujer.

Gracias, Elena Ferrante, porque en tu Nápoles y en tu búsqueda estamos todos. Y tú, lector, piérdete y encuéntrate en este mapa que hemos preparado, porque yo, como escribió Totò: «Sta Napule, riggina d’’e sirene, / ca cchiù ‘a guardammo e cchiù ‘a vulimmo bbene. / ‘A tengo sana sana dinto ‘e vvene, / ‘a porto dinto ‘o core, ch’aggia fa’?» (Esta Nápoles, reina de las sirenas / que cuanto más la miramos más la queremos. / La tengo entera dentro de las venas / la llevo en mi corazón, ¿qué le voy a hacer?).

Marilena  De Chiara
Marilena De Chiara

Investigadora, profesora y traductora. Le apasionan las palabras —su origen, su valor, su color, su forma—. Ha vertido las de Luigi Pirandello al español y las de Angélica Liddell al italiano. Napolitana de origen y barcelonesa de adopción, viaja a través de los libros y las lecturas.