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NADAR ENTRE UNICORNIOS

Turismo de masas en Canarias
Cristian Segura

El flotador de moda este verano tenía forma de unicornio. De plástico blanco, cabeza de caballito feliz y un cuerno de colorines en la sien, el flotador ha triunfado en las playas de Europa. Su rival directo ha sido el flotador con cuello y cabeza de flamenco, pero lo del unicornio ha sido un éxito tal, que incluso el arquitecto Norman Foster ha aparecido remojándose con uno —tamaño autobús— en su piscina. En la costa del sur de Gran Canaria, el pasado julio, los vi por doquier. Incluso me bañé entre ellos, animales mitológicos, legendarios como el horror urbanístico de la zona, de Maspalomas a Playa Mogán. «Lo más artificial es hoy lo más auténtico», me comentó un amigo tras mostrarle las fotografías que ilustrarían esta crónica. La costa del sur de Gran Canaria es una ficción extraordinaria, como Las Vegas, como Disneylandia o como la réplica que hicieron de Cadaqués en China: lugares tan falsos que se convierten en únicos.

A mi pareja no le hizo gracia que volviera a Gran Canaria. «No comuniques en las redes que estás ahí, por favor», me pidió Paloma. Ella ve ninjas por todas partes. «Ninjas» es la palabra que utiliza para referirse a las personas que por una razón u otra se enfadan con alguno de mis escritos. Paloma se imaginaba a los ninjas acechándome por un reportaje que publiqué el pasado enero en el diario El País. Era un reportaje sobre la desalación de agua de mar en las islas Canarias. Un 80% del agua potable de Gran Canaria procede del mar. El archipiélago canario fue precursor en Europa en desalación, y de ello depende el sector turístico y la agricultura de Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote. Es perfectamente bebible, yo lo hacía, pero me encontré que los canarios no lo hacían, no se fiaban, e incluso muchos utilizaban filtros purificadores para cocinar o ducharse. Titulé el reportaje «Pocos beben el agua que salvó a Canarias». El texto podía interpretarse como un panegírico de la desalación, pero el lobby del agua me martirizó por el titular, con correos electrónicos a los que solo les faltaba adjuntar la imagen de un caballo decapitado. La sabiduría popular dice que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. El reportaje a continuación lo confirma.

 
 

La patronal turística Gran Canaria Blue, especializada en empresas de ocio acuático, invitó a tres revistas europeas de submarinismo y a Altaïr Magazine a descubrir la oferta de sus asociados. Da la casualidad que yo buceaba en mis años mozos, incluso me saqué el Padi, el permiso de buceo internacional, que supongo que ya habrá caducado. Con el cuento del Padi acabé de convencer al director de Altaïr Magazine, Pere Ortín, de que estaba sobradamente preparado para asumir la misión en Gran Canaria. Lo que Ortín no sabía es que no buceo desde hace 20 años, y que aprobé el Padi porque el instructor del curso era amigo de mi padre: durante el mes de preparación me declaré inepto en múltiples pruebas, sobre todo en las de matemáticas —calcular el tiempo necesario de descompresión al finalizar la inmersión. Mantenerme concentrado tampoco era mi fuerte. Recuerdo especialmente un test de emergencia en la bahía de Roses; estábamos sumergidos a unos 10 metros de profundidad: a la señal de nuestra pareja de prueba, teníamos que cerrarle la llave del oxígeno de la botella e, inmediatamente, abrírsela. Mi compañero me hizo la señal y cerré el oxígeno. Me despisté y abandoné el ejercicio, supongo que distraído por algo más interesante. El monitor se dio cuenta y le abrió la llave del oxígeno antes de que cometiera mi primer homicidio.

La desalación tiene mucho que ver con este reportaje. De no ser por ella, en Playa Mogán no hubiéramos tenido agua corriente. Playa Mogán es un núcleo urbano artificial, expandido a partir de un pequeño barrio de pescadores, a lo largo de un barranco estrecho de un río seco. Remontando el barranco unos 7 kilómetros, lejos del bullicio turístico, se encuentra el municipio de Mogán. El paisaje que más impacta de Gran Canaria son las sierras, áridas, agrestes, hendiduras volcánicas gigantes, que finalizan abruptamente en el mar. En aquella primera ocasión en la isla estuve hospedado en el hotel del golf Bandama, en la cumbre de la caldera de un viejo volcán al noreste de la isla. El golf de Bandama [oficialmente Real Club de Golf de Las Palmas] asegura que es la sociedad de este deporte más antigua de España, fundada en 1891 por expatriados británicos. Hacía frío y la chimenea de la recepción estaba encendida. La vegetación de altura en Gran Canaria es maravillosa y exótica para alguien de la Península. Al caer el sol me sentaba frente al fuego, observando a través de las cristaleras las flores y las luces de las plataformas petrolíferas frente a Telde. A un tiro de piedra comía como los dioses en el merendero Casa Paco y luego paseaba entre viñedos, enraizados en la base de la caldera, hasta un humilde convento de carmelitas en la llamada Cuesta de los lirios.

Carmen Laforet escribió La isla y sus demonios, una discreta historia de amor adolescente durante los años de la guerra civil, ambientada en las villas que hay en Bandama. Mi viaje a Mogán era lo opuesto al mundo bucólico de Laforet. Playa Mogán se compone de un puerto —el puerto tiene su propia urbanización fundada sobre canales artificiales, llamada «la Venecia de Canarias»—, de una pequeña playa con forma de orinal, de restaurantes como el Mogán Bar, sito en la avenida Varadero y «especializado en paella, tapas y mexican food», además de multitud de complejos hoteleros y apartamentos turísticos que triscan las pendientes del barranco. Desde la playa-orinal puede contemplarse cada día de verano un catamarán de gran eslora hasta la bandera de extranjeros hartándose de alcohol y bailando al son del reguetón.

En Playa Mogán se conservan algunos fósiles de la era antes del Turismo (a.T), como la procesión marítima de la Virgen del Carmen o mi favorito, porque pasa desapercibido como un objeto cualquiera del mobiliario urbano: una roca que había estado ubicada en la bocana del puerto y que servía para medir a ojo de buen cubero el nivel de la marea. Desde 1982 está plantada como un extraño monolito al inicio de la playa. Playa Mogán también tiene un atractivo histórico, la Cañada de los gatos. Efectivamente, en la garita de entrada hay un montón de gatos, pero este no es el motivo de interés del lugar: su interés se debe a sus restos arqueológicos, un poblado prehispánico de 1.300 años de antigüedad. El ticket para entrar vale 4 euros, 2 euros con descuento. El hotel en el que me hospedé, Hotel Cordial, miembro de la patronal Gran Canaria Blue, tiene un acceso privado y gratuito a las excavaciones. Yo me colé por el desfiladero en la montaña, jugándomela barranco abajo y tropezando con antiguas cuevas de aquellos nativos canarios convertidas en barracas y vertedero de trastos abandonados.

 
 

El Hotel Cordial es un complejo de 800 metros de longitud, formado por edificios de tres plantas. Su arquitectura parece estar inspirada en un estilo pseudocolonial que recuerda a los suburbios de clase media de Nuevo México que vemos en las series de Netflix. Los puntos fuertes del Cordial son que no tiene la arquitectura de enjambre de la mayoría de hoteles de la zona —rascacielos construidos siguiendo la vertical del despeñadero— y que aprovecha la extensión para ofrecer al huésped un jardín botánico de quitar el hipo. En el recorrido entre la recepción y mi habitación apunté mis plantas favoritas: Wallichia Densiflora (Himalaya), palmera de Macarthur (Nueva Guinea), Metrosidero (Nueva Zelanda); palmera cola de pez (India); acanthaceae (Polinesia). El aspecto menos positivo del hotel es que ese mismo recorrido de flores y canarios, por la noche se convertía en el plató para rodar Indiana Jones y el templo maldito.

Cada noche aparecían legiones de tres especies de cucaracha: la rubia, la negra y la cucaracha autóctona, un bello insecto con franjas claras de un tamaño espectacular. El hotel estaba limpio, no era una cuestión de suciedad. En prensa descubrí un montón de artículos advirtiendo de la proliferación de estos insectos en verano en la zona de Mogán. Cito un artículo de agosto de 2016 en ABC: «Así es la temible cucaracha de Canarias y que reaparece por verano. Donde más fácil es tropezarse con ellas es ciudad de Las Palmas, Mogán y Arucas. La Symploce microphthalma forma parte de la biodiversidad de las islas».

 

Hubo una noche en el Hotel Cordial que me quedé a dos velas. Serían la una y media de la madrugada cuando un ruidito persistente, muy próximo a mi oreja, me despertó. Mi cabeza estaba a la altura de la mesita de noche, a no más de 20 centímetros de esta. Me temía lo peor porque ya había detectado cucarachas en la habitación, en el pueblo y en el hotel: cada mañana coincidía con un empleado que barría decenas de estos bichos muertos en los jardines, por la fumigación que se aplicaba diariamente. Encendí la luz de la mesita y, efectivamente, allí estaba una cucaracha rubia, tan asustada como yo. Su reacción fue saltar, cayendo encima de la almohada. Me pasé las dos siguientes horas dando vueltas por los jardines. Conté once cucarachas en quince minutos hasta que me aburrí de aquel safari. Me tiré en una de las múltiples piscinas del hotel para que el frescor del agua me hiciera olvidar la marabunta cucarachil, pero lo que había olvidado es que el agua de las piscinas del hotel es un caldo que se mantiene a la temperatura del pis, entorno a los 28 grados, según me explicó un socorrista, porque es la favorita de los turistas: «Si baja un grado, hay clientes que se quejan». 

No podía dormir y fui a recepción a matar el rato. La recepcionista me dijo que no tenía constancia de que hubiera tantas cucarachas; justo en aquel momento, a unos 10 metros de nosotros, cruzaba una negra, enorme, preciosa. Le advertí que allí mismo había una, señalando al insecto, lo que ayudó a que admitiera que sí, que hay un montón, que le dan un asco tremendo, que por suerte en Las Palmas, donde vive, no hay tantas, y que hay huéspedes noveles que se quejan pero que los veteranos ya se han habituado.

El hotel Cordial tiene una oficina de contratación de actividades, está al otro lado del hall de recepción y se llega por un puente que cuelga sobre unas cascadas y grutas artificiales, y sobre un bar. Es el marco idóneo para adentrarse en un mundo de aventuras vacacionales, con un cámara filmando a una familia feliz que sonríe a un empleado de la agencia todavía más sonriente. La tarde que visité la oficina había una madre y una niña que viajaban solas y que no sonreían: su paseo en el Golden shark se había cancelado por la mala mar. El Golden shark es la principal atracción náutica de Mogán; es un submarino de color amarillo, modelo Mark III, de fabricación finlandesa. Por 31,5 euros, el Golden shark te sumerge a 20 metros de profundidad en la bocana del puerto, donde la fauna marina ha hecho nido en un arrecife artificial de 150 metros de largo y formado por 350 piezas de hormigón que recrean la Atlántida: columnas griegas, cabezas de guerreros, esqueletos de ballenas, cofres y ánforas. La ruta se completa con un pecio, un pesquero hundido en 2002, el Cermona II, para fomentar el turismo submarino. La Atlántida de Mogán ya es un emblema de Gran Canaria. Los submarinos de Mogán llevan casi 20 años en funcionamiento y en el puerto se exhibe el Golden Salmon, el predecesor del Golden shark, un aparato Mark II que «realizó 20.000 inmersiones y transportó a 600.000 personas sin ningún percance», según informa una cartela conmemorativa.

 
 

Gran Canaria Blue organizó una inmersión con el Golden shark y sesiones de buceo en la Atlántida canaria para nuestra delegación de periodistas. El grupo lo componían personajes fascinantes: Mr. Crowley, residente en Liverpool, bebedor empedernido, fue diez años monitor de buceo en Egipto y está enamorado de Asia porque vivió en Yokohama durante la adolescencia —su padre era químico de una multinacional de detergentes. Los holandeses Marion y Peter; ella está jubilada, era empleada del servicio de atención al cliente de IBM, y él es técnico de sonido en conciertos en Amsterdam. También estaba Alberto, cirujano plástico de Milán. Alberto parece vivir en una dimensión paralela y de vez en cuando desciende a nuestro mundo. Anda como si estuviera borracho —no prueba pizca de alcohol— y dormita allí donde asienta sus partes traseras. Alberto pasa muchas semanas del año en Ibiza y su Facebook es un escándalo de modelos bailándole el agua. Todos excepto Crowley ejercían el periodismo submarino como afición.

Siendo el único de la delegación que no hacía inmersión, opté por realizar varias visitas urbanas en mis horas libres. Caminé serpenteando la costa hasta el pueblo vecino, Taurito, lugar en el que se concentran varios hoteles-enjambre-mastodonte sobre un minigolf y un parque acuático. Cada hoyo del minigolf está coronado por una réplica de un monumento: la estatua de la libertad, la torre Eiffel, el Big Ben o la torre de Pisa. Para acceder al parque acuático hay una cola constante pero fluida. En medio del parque se ubica la discoteca de Taurito, La Bamba, en la que decir «vamos a la boite» y «hoy moveremos el esqueleto» seguramente no te hará sentir un vejestorio —eso si alguno de sus clientes entiende el castellano—. En un lateral del parque actuático hay una avenida con multitud de tiendas para comprar protector solar, toallas, postales, gafas de buceo y reservar las actividades que se desarrollan en la playa: carreras de motos náuticas, saltos en churros arrastrados por lanchas, parapente arrastrado por lanchas todavía más potentes, party boats y otros ingenios ruidosos que convierten al insensato bañista en un objeto para hacer puntería.

Probablemente solo hay un lugar más auténticamente falso que Taurito en el sur de Gran Canaria: Anfi del Mar. En lo que es hoy Anfi del Mar, como si fuera la base secreta de un villano de James Bond, el noruego Björn Lyng levantó en la década de los 80 una urbanización de apartamentos de piedra y cristal destinada sobre todo a las vacaciones de hombres, mujeres y niños tamaño XXL del norte de Europa, con su playa privada —de arenas importadas de las Bahamas—, una desaladora inventada por el propio Lyng y una isla artificial con forma de corazón que el empresario construyó para celebrar la boda con su quinta esposa.

Junto a la Atlántida de Mogán, la otra actividad estrella entre los afiliados de Gran Canaria Blue sería la «dolphin and whale experience», lo que traducido al castellano significa «experiencia de delfín y ballena» o, hablando en plata, «como dar por saco a un grupo de pobres animales». El puerto de embarque es Puerto Rico. Puerto Rico es un municipio de veraneo de dimensiones apocalípticas, como lo pueden ser Benidorm o Maspalomas. Al lado de Puerto Rico, Salou tiene el encanto de un pueblecito suizo.

En Puerto Rico no hay casco antiguo, el centro urbano son unas galerías comerciales. En Puerto Rico puedes encontrar un pequeño parque temático dedicado a los Angry birds —el popular juego para el teléfono móvil— en el que los padres que dejan a sus hijos en una suerte de colonias en las que se mimetizaran en la vida de una comunidad de pájaros con forma de canica. En la playa de Puerto Rico hay un restaurante especializado en pizza y pollos con patatas que se anuncia junto a la opción, por 10 euros, de masajearte los pies con pececitos que se comen las pieles secas. Los pies hay que sumergirlos en unas peceras como las que tenemos en nuestros hogares, el típico rectánculo de cristal para la tortuga de california o para los peces de colores que has ganado en la tómbola de un feriante. Hay bares de striptease, hay licorerías del tamaño de un hipermercado y hay tropecientos all you can eat chinos, aunque también está el Balcón Canario, un bar de comida local en el que todos los albañiles de la zona se reúnen para almorzar. El Balcón Canario tiene colgada frente a la caja registradora una vieja fotografía de la selección danesa de fútbol, la que ganó la Eurocopa de 1992, con los autógrafos de algunos de componentes, que presuntamente pasan las vacaciones en Puerto Rico.

 
 

En Puerto Rico también está el Spirit of the sea, el catamarán de Amaya Bilbao. Como su nombre indica, Bilbao es oriunda de Bilbao; allí trabajaba como informática en una multinacional hasta que, con 40 años —y de eso hace ya unos 20 años—, se hartó del estrés de la ciudad y puso rumbo a Gran Canaria. A las diez de la mañana hay medio centenar de personas esperando en el muelle para embarcar en el Spirit of the sea. Hacen cola frente a una mesita en la que un miembro de la tripulación supervisa las reservas frente a un montón de sellos calidad de Trip Advisor. Junto a los cincuenta expedicionarios embarcarán 36 botellas de 1 litro de agua, 81 botellas de 1 litro de Pepsi, 27 de Seven Up y 18 de Schweppes. Durante la dos horas de navegación no dejará de sonar música marchosa por unos altavoces y el bar estará siempre abierto para quien quiera saborear unas patatas fritas mientras otea el horizonte en busca del resoplo de un cachalote.

Tres embarcaciones de avistamiento de cetáceos, de tres compañías diferentes, navegan siguiendo más o menos la misma dirección, hasta que una de ellas descubre un grupo de delfines y avisa a las otras dos. Los tres barcos ponen rumbo a los animales y esperan pacientes su turno. «No podremos estar más de 20 minutos con los delfines», avisa el capitán por megafonía, provocando una reacción generalizada de desaprobación entre la tripulación. Cuando llega el momento del Spirit of the Sea para amorrarse a los animales, la música baja para que el capitán pueda gritar: «It's show time! Hello Flipper!» El capitán informa que en estas aguas del Atlántico pueden observarse 29 especies de cetáceos y que hemos tenido suerte porque hemos encontrado un banco de delfines moteados, que son de carácter juguetón. La tripulación se agolpa en la proa para fotografiar cada movimiento de los animales mientras una marinera pide con autoridad que la gente se distribuya también a babor y a estribor porque si no, corren el riesgo de caer al agua. En ese preciso momento una señora de edad avanzada resbala y se da bruces contra el suelo; en condiciones normales la mujer habría roto la cadera pero la excitación le permite anular el dolor causado por cualquier fractura y levantarse de un salto para volver a enfocar el móvil hacia los delfines.

 
 

Todo el mundo corre por la cubierta excepto un chico inglés y un servidor, tumbados en la popa afectados por el mareo del mar de fondo. La marinera que daba órdenes reparte bolsas para el vómito. El inglés acaba soltando una pota interminable pero yo aguanto como un lobo de mar. Cuando me recupero, me invitan a entrevistar al capitán. Este me explica que en algunos lugares de Canarias se ha limitado la observación de cetáceos porque se ha detectado que allí los delfines sufren estrés, pero que por suerte en el sur de Gran Canaria no hay problema.

Al llegar a puerto, antes de amarrar, ya se identifica la cola de guiris que nos relevará en la segunda expedición del día del Spirit of the sea. Los delfines moteados les esperan a seis millas náuticas, quizá oficialmente no estresados pero probablemente hasta los huevos de que les persigamos en un catamarán. Sonríe Flipper, sales en instagram.

Cristian Segura
Cristian Segura

Periodista y escritor catalán. Actualmente trabaja en El País. El 2011 ganó el premio Josep Pla de narrativa por El cau del conill. Su último libro La sombra del ombú es un reportaje sobre las razones del suicidio.