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UNA CIUDAD CON NOMBRE DE PISCINA

O cómo intentar relajarse entre desconocidos con bañador
Ana Muñoz Padrós

La mañana de mi cumpleaños, a unos metros de mí, hay un hombre desnudo que me mira y no es mi amante. Hace calor y la piel de la espalda me pica en este jacuzzi, pero él, sentado en la esquina de una tumbona, no se mueve y yo tampoco.

Tengo dos sueños que se repiten desde mi infancia como dos llamadas perdidas desde el inconsciente. En el primer sueño estoy en una calle, en un museo, en un autobús repleto de gente y estoy desnuda. En una versión menos violenta del mismo, a los diez años soñaba que entraba en el aula escolar en zapatillas de estar por casa. Aún hoy la duda me acompaña y de camino al trabajo miro mis pies de manera discreta cuando se abren las puertas del ascensor o mientras desciendo las escaleras del metro. El segundo sueño no es sobre mí sino sobre un lugar, un escenario sin acción y sin sentido: con frecuencia sueño con piscinas.

Por supuesto, pensé en mis sueños después y no antes de llegar a este jacuzzi nudista, al frente de la tumbona de este señor, al costado de termas que me recuerdan a las piscinas, en una región de bosques entre Francia, Luxemburgo y Bélgica. La ciudad se llama Spa. Y me pareció divertido haber ignorado durante tantos años el hecho de que los spas se inventaron en un lugar llamado de la misma manera. A tres horas en tren desde la capital hacia el sureste, la ciudad también le presta el nombre a una embotelladora de aguas, natural y gasificada. Se enorgullece de albergar un circuito de Fórmula 1 y el casino más antiguo del mundo, construido en 1763, aunque lo cierto es que el de Venecia es al menos cien años más viejo.

No me decido a salir. Los dos estamos desnudos, pero protegida por las burbujas del jacuzzi, aquel hombre puede mirarme y, sin embargo, no verme. 

 

***

 

Mi vagón se vacía entre Bruselas y Lieja y, una hora más tarde, soy la única persona sobre el andén de Verviers. Hay que hacer transbordo aquí porque no hay un rail directo. En la pequeña estación, los radiadores están fríos y todas las puertas menos una están cerradas. Tomo el autobús 388 que comparto tan solo con el chofer. Ya ha oscurecido, pero el alojamiento es fácil de encontrar: 

 

Une personne?

Oui

 

Respondo a quien me abre la puerta. La habitación está en el último piso de una casa que cruje. Una pensión que otros turistas describieron como «un sueño», «un hermoso viaje al pasado» y también como «entrar en una película antigua». Pero esta noche no hay otros huéspedes además de mí y un insecto primo de las cucarachas que escala de la alfombra a mis sábanas en Villa le Vert-Bois. 

Encontraré más nombres así: villa madera verde, villa de las flores, hotel bosque dormido. Comparten las calles de Spa con un inusitado número de pizzerías con un menú idéntico y peluquerías con rótulos enormes como «Liberty Styling» en el escaparate y boutiques de ropa sin marca y pequeños comercios de grandes cadenas atendidos por chicas con abalorios brillantes bajo el labio y el pelo estirado y teñido. 

Hay más de treinta hoteles en Spa, sin embargo, solo hay tres colegios de enseñanza primaria. Las cafeterías cierran a las seis, los restaurantes a las nueve y, a partir de las diez, algunos hombres —tal vez los mismos hombres todas las noches— fuman en la puerta de las tabernas semi vacías y gritan a la nada en un francés brusco. Ni siquiera en el casino hay bullicio: es el primer casino del mundo en donde encuentro la sala de ruletas cerrada. Quizá por eso, al día siguiente, me sorprende que las termas de Spa, «la fuente original de tu bienestar», estén repletas. 

 

***

 

El hombre debe de tener más de sesenta y menos de setenta. Tiene una barriga prominente y una cadena de oro en el cuello. Una pareja —él sin un pelo en la cabeza y ella sin un pelo en el pubis— entra en mi jacuzzi y se sienta a mi costado. Deben de tener la edad de mis padres y charlan animados como los matrimonios de las películas cuando se preguntan «hola cariño, ¿qué tal te fue en el trabajo?». 

Aunque la natación sea un deporte en solitario, una piscina puede ser un lugar de encuentro. Los niños de los barrios españoles saben que el verano solo empieza cuando abren la piscina municipal. En Islandia, sus piscinas son el núcleo de ocio: una ciudad sin piscina bien podría no ser una ciudad. Para mí –piscis hasta la médula– que hasta bajo el sol del desierto sería incapaz de lavarme con agua fría, las aguas termales me regresan al vientre materno y a un cierto malestar. Es un malestar que no tiene que ver con el pudor de Eva y Adán cuando, expulsados del paraíso, corrieron a taparse con ropas, sino, más bien, con otro mito. Para capturar a la ninfa Aretusa, quien había jurado mantenerse virgen, el dios Alfeo, hijo de Océano y Tetis, se convierte en río.

A pesar de ser corta de vista, estoy convencida de que el hombre de la cadena de oro me mira. Quizá no es mi cuerpo lo que ve, me digo, sino la juventud de un cuerpo que ese día cumple 31 años o quizá –pienso– evoco un miedo que conozco bien: estoy desnuda en un lugar público. O quizá no me mira y yo veo fantasmas. Desde más o menos la pubertad, las mujeres nos movemos como funambulistas incómodas entre el escalofrío que anticipa el peligro y el siguiente desconocido que nos dice una cochinada. Pero casi nunca pasa nada: «casi nunca» quiere decir que a veces pasan cosas.

La pareja deja el jacuzzi y le sustituye otra pareja de veintitantos o treinta y pocos. Chico y chica usan bañador, haciendo caso omiso al cartel de la entrada que prohíbe llevar ropa. Mi molestia porque se cumplan las normas es más grande que mis miedos, así que me pongo de pie y les muestro mis ingles mal depiladas, una cicatriz sobre el pezón y una peca enorme en la nalga derecha. Al pasar delante del señor de la cadena de oro mientras me dirijo al vestuario, este no me presta ninguna atención. 

Afuera, en la zona no nudista, la estridencia de la licra mojada, que remite a la arena de la playa, el verde de las palmeras y la fotografía de Martin Parr, me golpea en el ojo.

 

***

 

Le damos un nombre a cada río, cada mar y cada fuente. Sin embargo, aquello que viaja en los ríos, desemboca en los mares y brota de las fuentes es agua y nada más. Podemos asegurar que cada molécula de agua está compuesta de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno; podemos hablar de niveles de calcio, magnesio, sodio; podemos estudiar sus propiedades eléctricas, magnéticas y mecánicas. Pero a la hora de describir el color del agua no se nos ocurre nada mejor que decir que carece de él. Una lata de Coca-cola es más fácil de distinguir de otras sodas que el agua de otra agua. Aunque el cristianismo bautice a sus hijos para otorgarles una identidad, el agua bendita permanece anónima.

Tampoco el agua de las piscinas de Spa posee un nombre propio, pero sí un alto contenido de bicarbonato sódico que sirve, por ejemplo, para sacar astillas de la piel.

El agua del manantial Clémentine en estas piscinas podría calmar, cada día, la sed de 40 000 eucaliptos o de 400 000 personas, casi 40 veces el número de habitantes de Spa. Clémentine no está sola en las termas de Spa; le acompañan el agua Marie-Henriette para las curas de diuresis, y el agua Reine para quienes deberían llevar un régimen bajo en sal. Las fuentes tienen nombre de reina, pero entre los visitantes de hoy nobleza no obliga.

 

 ***

 

Cuando salgo del jacuzzi de la zona nudista, voy a la piscina central, que es tal cual se ve en la página web pero algunas cosas no encajan o la que no encaja soy yo. Por ejemplo, hay algunos hombres solos pero no hay ninguna mujer sola. La mayoría va de a dos y la pasión de los arrumacos en el agua me mantiene a una distancia prudente. Los veo caminar hacia las duchas cogidos del brazo como novios adolescentes en albornoz, también a los que necesitan a su pareja para asegurar el equilibrio sobre las baldosas húmedas.

Todos los veranos un cadáver aparece en alguna piscina. Hace un par de años, a Demi Moore le llamaron desde Los Angeles porque había uno flotando en la suya. Una piscina transparente puede estar llena de secretos. En 2017 la Universidad de Alberta en Canadá analizó el agua de 31 piscinas y las 31 contenían un endulzante artificial para el que solo había una explicación posible: los adultos también orinamos donde no debemos.

Durante un rato me afano en examinar los pliegues de todas las pieles. No hay mucho más que hacer salvo eso o mirar a ninguna parte mientras a una se le arrugan los dedos a una temperatura constante de 33 grados. Hay un hombre con un escorpión sobre el corazón y un triángulo dentro de otro triángulo bajo la pelvis que hace largos en la piscina. Hay una señora con el pelo cardado como Silvia Pinal en Mujer, casos de la vida real a quien le descubro una pequeña mariposa azul dibujada en el hombro cuando me siento a su costado y frunce el ceño. Hay una chica con un jardín de flores negras entre la rodilla y la cintura, que da saltitos como si el agua estuviera demasiado caliente o demasiado fría sin soltar la mano de un chico muy pálido. 

También aquí hay jacuzzis, que son como grandes ollas de marisco en donde no caben más burbujas. Si un spa fuera una cocina, la parrilla estaría cerca de la ventana, en el espacio de descanso de luz infrarroja. En el baño turco cocinaríamos verduras al vapor. Por ahora, debo conformarme con una cafetería que toca una campana cuando nuestro zumo multi vitamínico está listo. Pido una mesa mientras continúo observando la piscina: 

 

–Une personne?

–Oui.

 

Sobra decirlo, pero vale la pena recordarlo: aquí todas las pieles son blancas. Un señor de lentes redondas y bigote blanco y prolijo, a quien mentalmente le dibujo un sombrero de copa, un señor que a pesar del bañador chillón mantiene un aire distinguido, me sorprende con un tatuaje, que hoy es un borrón, en el antebrazo izquierdo. Y, así, el sombrero de copa se evapora. Siento una repentina urgencia de esconder mis propios tatuajes como algo vergonzoso, pero lo único artificial es pretender estar relajada entre decenas de desconocidos semidesnudos. 

 

***

 

Los recuerdos de las ciudades, como aquellos de los amantes, terminan por parecerse entre sí. Primero, Spa me recuerda a Panticosa, en el Pirineo aragonés, por la altura de los árboles. Luego a Valparaíso, en Chile, por las casonas de recreo en los cerros Alegre y Concepción y, finalmente, a Colonia de Sacramento, en Uruguay, por algunos patios empedrados. Sin embargo, unos días después me doy cuenta de que, de nuevo, intentaba controlar las asociaciones que brotan del inconsciente: lo cierto es que pienso en esas tres ciudades porque las tres están conectadas al agua.

Esa noche elijo una pizzería cualquiera, una que tiene una puerta de madera, plantas de plástico entre plantas que respiran y velas sobre las mesas. 

 

–Une personne?

–Oui.

 

Después, el camarero muy joven y muy sonriente enumera para mí las spécialités de la casa escritas en tiza. Pero la pizza margarita cuesta los mismos diez euros en toda la ciudad. Tengo los músculos cansados como si en lugar de haber pasado el día a remojo hubiera corrido los veinte kilómetros de una maratón. Como es mi cumpleaños, mientras muerdo el pan de ajo y espero mi pizza, ya estoy pensando en si de postre pediré tiramisú o tarta helada de chocolate. 

 

–El caballero de ahí quiere invitarle al postre que usted elija. 

 

Y así se arruinó mi día. 

Ana Muñoz Padrós
Ana Muñoz Padrós

(España, 1988) es periodista y politóloga. Cofundadora y coeditora de Malquerida —una revista digital escrita, editada, producida e ilustrada enteramente por mujeres— es integrante del proyecto de investigación y memoria La Madre, que lucha contra la impunidad de las esterilizaciones forzadas en Perú. En 2017 fue finalista del premio de crónica Nuevas Plumas (México) y actualmente vive en Bruselas (Bélgica).