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LOS VIAJES DEL HAMBRE

3. Biraul
Martín Caparrós
 

Anita es muy escuálida. Anita tiene 17 años, los dientes desparejos, la nariz chata con su arito de oro en la narina izquierda, el círculo rojo hindú en medio de la frente, su sari azafrán con un toque de verde; Anita mira como un animal acorralado. Su hija Kajal tiene una camiseta verde, los pelos largos y parados; Kajal tiene nueve meses, pesa dos kilos ochocientos y no consigue mantener derecha la cabeza. Anita se la levanta, la acaricia —pero la mira con un hartazgo raro—. Anita mira el mundo con un hartazgo raro:

 

—No, yo nunca fui a la escuela. Nosotros somos pobres, somos casta baja, no vamos a la escuela.

—¿Y cuando veías que otros chicos sí iban, qué pensabas?

—Nada. Yo jugaba con los chicos, o acompañaba a mi mamá al campo cuando iba a cosechar, trabajaba un poco. De la escuela no pensaba nada.

—¿Qué quiere decir ser casta baja?

—Cuando uno no tiene tierras o una casa o comida suficiente, eso es ser casta baja.

 

Dice, y no dice que también quiere decir no poder casarse con personas de otras castas, no poder vivir en medio de otras castas, no conseguir ciertos trabajos ni ser aceptados en ambientes distintos. La Constitución india prohibe estas discriminaciones; la vida india las mantiene y potencia.

 

—¿Cuando eras chica comías todo lo que querías?

—No. A veces sí, a veces no. A veces comíamos dos veces en lugar de tres, algunas veces una. A veces no teníamos ni una, y los chicos lloraban.

—¿Vos llorabas?

—No, yo no lloraba. Para qué vas a llorar. A quién le vas a llorar. Yo sabía que mi papá hacía todo lo que podía para darnos de comer.

—¿Y qué querías ser cuando fueras grande?

—Nada, no quería nada.

—¿Y qué te imaginabas?

—Nada, dejaba pasar el tiempo.

—¿Pensabas que cuando fueras grande ibas a tener linda ropa, una casa grande?

—No, nunca pensé esas cosas. Esas cosas las piensan otras castas. 

 

Me decían que acá el hambre era distinto. Es distinto porque a veces no mata. En la India, el hambre no suele ser agudo: millones de personas llevan muchas generaciones acostumbrándose a no comer lo suficiente, desarrollando, a lo largo de generaciones, la habilidad de sobrevivir comiendo casi nada, demostrando las virtudes adaptativas de la especie. Los humanos sobrevivieron, conquistaron la tierra porque saben adaptarse a tantas cosas: aquí se adaptaron a casi no comer y, por eso, millones son bajos, flacos, módicos, cuerpos que saben subsistir con poco.

Madres así de chiquitas que paren bebes muy chiquitos, nenes que llegan al año pesando cuatro kilos —y nunca caminaron—. Es un fracaso estrepitoso: la adaptación darwiniana en toda su tristeza. La capacidad del hombre para ajustarse a la vida desnutrida y producir, para eso, cuerpos que requieren mucho menos, cerebros que también.

La desnutrición crónica —te explican— no te mata de una vez pero tampoco te deja vivir como debieras: cuerpos disminuidos, mentes deficitarias. Son millones que desperdician sus vidas para seguir viviendo.

Martín Caparrós
Martín Caparrós
Buenos Aires, 1957. Estudió historia en París, vivió en Madrid y Nueva York, dirigió revistas de libros y de cocina, recorrió medio mundo, tradujo a Voltaire, Shakespeare y Quevedo, recibió el Premio Planeta Latinoamérica, el Premio Herralde de Novela y el Premio Rey de España. Es autor de relatos como A quien corresponda, Los Living y Comí; también de libros de viaje como El interior, y de crónicas como Una luna y Contra el cambio, El hambre, La crónica y Echevarría. Su último libro es Postales.