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CARONTE EN EL LLOBREGAT

Vida portátil (VII)
Juan Trejo

Esto ocurrió once años antes de mi particular cara a cara con la muerte. 

El día 19 de abril de 2005, víctima de un cáncer en la cola del páncreas, murió mi suegro en la séptima planta del hospital de Bellvitge. Entró en coma por la mañana, después de una noche extremadamente agitada, y su cuerpo pasó doce horas esforzándose por aferrase a la vida hasta dejar de respirar poco antes de las once de la noche. Al día siguiente, a la una y media de la tarde, su cuerpo sin vida estaba ya en el tanatorio municipal del Prat de Llobregat, esperando para ser enterrado. 

Durante los cuatro años que traté con mi suegro no mantuve una relación muy profunda o constante con él. Estaba más o menos al corriente de su día a día, también llegué a conocer algunos detalles de su pasado en las diferentes reuniones familiares, gracias, sobre todo, a los comentarios de sus dos hijas. No puedo decir, sin embargo, que lograse hacerme una idea sólida de quién era o quién había sido. 

Sí sabía que junto a su esposa y sus dos hijas, mi suegro se estableció en el Prat de Llobregat a principios de los setenta, proveniente de Madrid, tras una breve estancia en el barrio de Verdún, en Barcelona. 

El Prat es un lugar al que se ha conocido siempre, más allá de sus exiguas fronteras, por dar nombre al aeropuerto, por poseer uno de los barrios más conflictivos de España, San Cosme, por sus alcachofas, sus pollos pota blava y por la fábrica de la Seda. Delimitado férreamente por el río Llobregat, la costa marítima, las instalaciones del aeropuerto y el asfalto de la autovía, El Prat no ha gozado nunca de algo parecido al reconocimiento por los servicios prestados. Con treinta y dos kilómetros cuadrados totalmente planos de territorio y una población estable de sesenta y tres mil habitantes, es un municipio gris, resignado y más bien triste a pesar de los sinceros esfuerzos municipales; feo y contrahecho en pocas palabras, aunque posiblemente no más que cualquiera de las muchas poblaciones que conforman el cinturón industrial de la gran ciudad. Pero por alguna de esas extrañas leyes de la catalogación social, y a pesar de lo que podríamos denominar su importancia estratégica, El Prat siempre ha merecido una consideración inferior a la de casi todas esas poblaciones de base proletaria e inmigrante que rodean Barcelona. Es más, para una gran parte de los vecinos de la Ciudad Condal, El Prat ha sido siempre poco más que un nombre, una entelequia junto a la que pasaban carreteras, vías de tren y aviones, pero donde nadie se quedaba ni iba a pasar el rato.

Llegamos al tanatorio municipal del Prat a eso de las tres de la tarde. Dar con él no fue todo lo sencillo que esperaba. Había obras en la carretera de la Bunyola, que todos allí llaman «El camino de la playa», la vía que lleva directamente al Cementiri del Sud, y nos vimos obligados a dar un enorme rodeo, no demasiado bien señalizado, para retomar dicho camino un poco más adelante, pasando junto a extensos baldíos cercados de aspecto un tanto siniestro, como de base militar secreta. El cementerio está fuera del núcleo urbano, a cosa de un kilómetro de las últimas construcciones, casi en el punto medio exacto en la trayectoria hacia la playa, y está rodeado de campos labrados y sin labrar, y de alguna esporádica formación de árboles anónimos dejados a su suerte. 

Dos cosas llamaron poderosamente mi atención cuando bajamos del coche frente a la puerta del tanatorio. Por una parte, el silencio. Un silencio que parecía presagiar un rugido futuro. Un silencio que se adaptaba a las curvas de la orografía y que ayudaba a dar cohesión a una zona heterodoxa con el aspecto de un territorio intermedio o descampado. 

No soplaba el viento, lucía un espléndido sol de primavera y no había una sola nube en el cielo. No pasaban coches por la carretera y el paisaje al completo estaba sumido en un curioso estatismo; tan sólo unas cuantas figuras humanas se movían. Y ese fue el otro detalle que llamó mi atención: la gente que recorría el camino de la playa por el sendero de tierra paralelo al asfalto. Imperaban los pequeños grupos, dos o tres mujeres u hombres de mediana edad, en ropa deportiva o informal, muy distantes unos de otros y caminando prácticamente al mismo ritmo, un ritmo que podría denominarse de concentrada tranquilidad, como si se tratase de un acuerdo tácito. 

Había oído decir que entre las gentes del Prat era habitual hacer ese paseo, recorrer el camino de la playa de ida y vuelta, para pasar la tarde haciendo un poco de ejercicio y conversando con algún amigo. Mi suegro, por lo visto, era casi un adicto a esa práctica. Lo que nadie me había dicho era que ese paseo, al parecer, tenía algo de religioso. No había iglesia alguna al final del trayecto, pero me dio la impresión de que en los que recorrían ese camino se apreciaba la férrea aunque relajada voluntad propia de los que realizan una peregrinación. No sabía qué les reportaba dicho acto, hacia qué estaba enfocado o qué pretendían con ello más allá de desentumecer los músculos, pero en seguida me resultó evidente que aquel sendero encerraba una magia secreta, y que los que lo recorrían la daban por sobreentendida.

Al salir del coche y ponerme la americana negra, sin duda el atuendo más adecuado para un acontecimiento que requería seriedad y apariencia de concentración, me dio por pensar en Fox Mudler y Dana Scully, en las docenas de veces que en Expediente X se les ve salir de coches aparcados frente a todo tipo de construcciones, a veces incluso tanatorios, con aspecto de serios y concentrados; Mudler muchas veces ataviado con americana negra. Y también recordé a Clarice Starling y Jack Crawford entrando en aquella casa de pueblo para examinar a la que resultaría ser la primera de las víctimas de Buffalo Bill en El silencio de los corderos; ellos con aspecto serio y concentrado, rodeados de dolor pero dispuestos a llevar a cabo su trabajo.

Pero las curiosas analogías cinematográficas no acabaron ahí. 

Ascendimos la rampa que llevaba hasta la puerta de cristal y entramos en el tanatorio. Todo parecía nuevo, reciente e impecable como sólo pueden serlo las dependencias municipales con poca historia y poco tránsito. Todo era blanco, con pequeños detalles de color gris azulado y acabados de madera oscurecida; como la del mostrador, tras el que se erguía uno de los funcionarios del centro. Abundaban las cristaleras de enorme tamaño y la luz natural. 

Atravesamos un largo y ancho pasillo flanqueado por puertas a la derecha y ventanas a la izquierda, con vistas a la carretera y al concurrido camino de tierra que lleva a la playa, dejando atrás a una pareja de jóvenes que fumaban sentados en unos silloncitos de imitación de piel, y llegamos a la sala número 3. Las paredes de dicha sala también eran blancas, aunque de un tono crudo, y había unas quince sillas de diseño muy actual, aunque no por ello incómodas, apoyadas en dos de las paredes. También había otra puerta que llevaba a una estancia anexa, de la mitad de tamaño: el lugar destinado al ataúd. 

Cuando llegamos a la sala 3, sólo estaban allí la hermana de mi esposa y su marido. La sensación de vacío físico era palpable. 

En la solemnidad de ese momento triste, justo antes de abrazar por primera vez a mi cuñada tras la muerte de su padre y de tenderle la mano con sobriedad a mi cuñado, me vino a la mente una escena de El Padrino. Posiblemente se debió a la mezcla del silencio que había sentido al llegar, la sensación de inminencia, la calma que transpiraban las dependencias del tanatorio, tan nuevo y aséptico, y sobre todo la soledad y el tenso desamparo que leí en el rostro de la hermana de mi esposa. La cuestión es que recordé el momento en que Michael Corleone va a visitar a su padre al hospital después de haber sido tiroteado y descubre que no han dejado protección alguna, que los policías se han ido, prueba irrefutable de la traición, y decide quedarse para cuidar del cabeza de familia. Es uno de los momentos más tensos de la película, a pesar de que, en realidad, no llega a ocurrir nada. La cuestión es que también yo noté esa extraña tensión al sentarme, tras los saludos, como si alguno de los presentes acarrease sobre sus hombros no sólo el peso de la muerte de un ser querido sino también el peso de la culpa o de la traición, la suya propia o la de otros; como si esperase a que alguien se presentase para hacer algo indeseado, o bien como si no hubiesen llegado aquellos que tenían que llegar.

Me mantuve sentado todo el tiempo que me fue posible, no mucho a decir verdad, y después me levanté para reunirme con mi esposa en la sala anexa, frente al ataúd. 

Habían vestido a mi suegro con traje y corbata y tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Tal vez debido al aspecto que adquieren los cuerpos tras el paso por la funeraria, cuando alcanzan un estatus cercano al de las figuras de cera de los museos, tuve plena conciencia de que estaba y no estaba ante mi suegro. De él, de quien había sido él, ya no quedaba nada; por eso me sorprendió el hiperrealismo de su rostro. Su espíritu, su personalidad, su memoria o lo que fuese que alberguen los cuerpos más allá de lo estrictamente físico, ya no estaba allí. Quedaba su rostro inerte, su cuerpo tenso, vacío, hueco. 

Empezó a llegar gente. No tardaron en concentrarse en la sala 3 una veintena de personas, en su mayoría vecinos de la hermana de mi esposa. Con la llegada de todos esos conocidos, acostumbrados a tratar con la hija y a conocer al padre a través, cabe suponer, de los comentarios de la hija, la tensión empezó a diluirse; a mi cuñada, como mínimo, se la veía más relajada ahora en el papel de anfitriona del evento, acompañada por fin. Incluso el pesar empezó a diluirse y a dejar paso a la ligereza de conversaciones más o menos formales que se sucedían sin solución de continuidad. 

La que empezó a sentirse incómoda entonces fue mi esposa. 

Yo había pasado por algo similar cuatro años atrás. En aquella ocasión, había sentido que la muerte de mi padre, algo que estaba más allá incluso de la intimidad, se convertía en poco menos que una excusa para que un puñado de personas se encontrasen; algo que no habrían hecho de no tener un motivo de semejante entidad. Noté cómo un momento que yo suponía o esperaba de recogimiento se transformaba en un encuentro social en el que, es cierto, acabaron imperando las risas y los comentarios jocosos. Me costó un tiempo comprender que un velatorio es ni más ni menos que eso: una reunión social. Porque con su presencia viva, los presentes certifican que uno de ellos ya no está, dan fe de su marcha. 

La situación cambió radicalmente cuando aparecieron los amigos de mi suegro. No era aventurado suponer que dichos personajes eran los auténticos garantes de su memoria, pues lo habían conocido en todas las diferentes fases de su vida y con una establecida continuidad, en momentos buenos y en momentos malos, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad. Uno de ellos, y sin que yo llegase a conocer el motivo, se quedó con la familia algo más de tiempo y pudimos oírle relatar varias historias sobre momentos compartidos con el difunto. 

Aquel hombre seguía hablando cuando me levanté y recorrí el pasillo hacia la salida acristalada. Sin duda no había sido consciente de ello, pero lo que aquel hombre acababa de hacer fue transformar al padre, o al suegro, en ser humano, lo personalizó dotándole de una entidad que lo situaba a nuestra misma altura, con sus pros y sus contras, con todas sus insignificantes y valiosas particularidades. De ese modo, su vida y su muerte se convertían en algo que nos atañía directamente, no ya como parientes o familiares, si no como personas. De repente, algo nos unía a todos en un solo magma deforme y en constante tránsito de un estado a otro. Porque el relato de esas anécdotas remitía sin más a la fragilidad que entraña el mero hecho de estar vivo. 

Saqué una botellita de agua de la máquina que había junto al mostrador de entrada y atravesé la puerta para salir al aire libre. Recorrí la fachada de cristal hacia uno de sus extremos, el opuesto al de la rampa de acceso, al pie de la cual habíamos aparcado el coche, y me detuve junto al límite de la base sobre la que descansaba toda la construcción, incluida la capilla de enormes puertas de madera contrachapada en línea con el resto del edificio. Sobre mi cabeza se extendía un ancho voladizo de obra que proporcionaba una buena sombra bajo la que pasear erráticamente, que fue exactamente lo que hice. 

No quería pensar en la muerte, no quería pensar en mi padre, no quería pensar en el constante e inevitable declive, por eso eché a andar sin rumbo y acabé apoyado en una columna con los ojos fijos en el descampado que se extendía hacia el sur, una extensa franja de tierra y matorrales. 

Era una amplia cuña de tierra que bordeaba uno de los costados del edificio del tanatorio y corría paralela a la primera verja metálica de las instalaciones del aeropuerto. Se alejaba hacia el sur hasta topar con unos montículos de arena que apenas podían denominarse dunas más allá de los indeterminados límites del cementerio; no había valla alguna, ni muro, ni nada que anunciase dónde se encontraba el fin de los terrenos municipales. Abundaban los hierbajos y las piedras, y hacia el oeste, unos cuatro metros más allá de la primera verja metálica, se extendía una segunda verja con un enorme cartel de AENA ilegible desde donde se encontraba; sin duda alguna clase de advertencia. Entre una y otra verja, corría un canal de agua apenas visible pero flanqueado de hierbajos de escasa altura. Era una zona anónima, anodina incluso, sin historia ni elemento alguno que la hiciese destacar.

Aquel pedazo de tierra era tal vez una de las materializaciones más exactas posibles para un término como periferia: una tierra de nadie entre la civilización urbana y el mar, entre las pistas del aeropuerto y las distantes construcciones industriales de la Zona Franca. En blanco y negro, habría parecido el escenario adecuado para una de las primeras películas de Jim Jarmusch. Sin embargo, todo era en color y estaba a orillas del Mediterráneo.

Cabe suponer que todo lo que hacemos o nos sucede tiene siempre un contexto, físico pero también asociado a unas determinadas condiciones de percepción, a unas circunstancias. Sin embargo, también hay lugares sujetos únicamente a sus singulares leyes de ubicación o a condiciones telúricas o de distribución espacial que los hacen especiales y únicos. Es imposible saber si ese extraño rincón de tierra sin atractivo aparente era uno de esos sitios pero, de repente, por el mero hecho de contemplar aquel pedazo de tierra, dejé de notarme intranquilo y empecé a sentirme extrañamente reconfortado. 

En ciertas ocasiones, las manifestaciones más ostentosas de la vida pueden resultar incluso insultantes. Sin embargo, la vida manifestada según aquellas modestas formas (hierbajos, piedras, una corriente de agua para riego, gorriones urbanos) era como una callada celebración, un recordatorio sobrio aunque poderoso. También precisamente por la carencia de detalles llamativos, la vida en ese sencillo rincón parecía poder captarse con una mayor potencia. La vida parecía allí más contenido que forma, como uno de esos dibujos en los que hay que mirar al sesgo, sin centrar la vista, para poder apreciar lo que se oculta detrás de lo aparente. El mar, por ejemplo, estaba presente, pero más como intuición que como hecho físico. Se intuía tras las dunas, podía olerse incluso y notarse el poso salado que le daba a la brisa, pero algo en el ambiente, algo en los alrededores y en la distribución orográfica del paisaje impedía no sólo su visión sino apreciar el sentido de continuidad entre la tierra y el agua. 

Tal vez resulte difícil de entender, pero solo entonces fui consciente de la presencia de los aviones. 

En todo momento había sabido que estaba junto al aeropuerto, ante sus instalaciones, porque era imposible no tenerlo presente, pero los aviones, incluido su ruido ensordecedor, me habían pasado completamente desapercibidos hasta ese instante. Alcé la vista entonces y vi pasar por encima de mi cabeza la reluciente panza de un DC-I0 de Iberia. Al poco, pasó otro enorme avión plateado. Cada dos minutos, aproximadamente, un nuevo aparato despegaba las ruedas del suelo y, como si su ruta trazase una línea recta desde la pista central, iba separándose poco a poco de su sombra, ganando altura con los motores al máximo, para pasar justo por encima del tanatorio dejando tras de sí un poderoso rugido. 

Ya no pude evitar concentrarme en la interminable rueda de despegues, en el desfile de los diferentes modelos de aeronave y en el abanico de coloristas logotipos de las líneas comerciales. Llegado un punto, el rítmico trasiego se transformó en una especie de lento baile. El tanatorio, el descampado y el despegue de los aviones se convirtió en un todo armónico asociado de forma indisoluble a aquel espacio y aquel momento. 

Cuando regresé al interior y atravesé el largo pasillo que llevaba a la sala 3, me topé de nuevo con el amigo de mi suegro; charlaba aun con mi cuñado frente a un ventanal que daba a un diminuto patio con cactus y malas hierbas traídas de dios sabría dónde. Los dejé atrás y entré en la sala, llena por completo ahora de gente. 

Un consistente aunque respetuoso rumor se extendía por todos los rincones, impregnando lo animado y lo inanimado. Todo el mundo hablaba sin parar mientras en la pequeña sala anexa reposaba el cuerpo sin vida de mi suegro.

Me dio entonces la impresión de que todos los comentarios se fundían bajo aquel techo formando una sola conversación. De algún modo, me dije, esa es la función de esta sala: licuar las palabras, disolver las frases y fundirlas para formar una única masa consistente y poderosa. Una masa de lenguaje con un objetivo: transformar actos en recuerdos, el presente en pasado; transformar un ente vivo en palabras. 

Aquella sala, el tanatorio al completo, era un lugar de tránsito entre la vida y la muerte, sin lugar a dudas, pero era incluso más un lugar de tránsito entre lo físico y lo lingüístico. El muerto, con el cuerpo vacío ejerciendo de último testigo, se transforma así en lenguaje para alcanzar lo que tiene que ser sin duda otro estadio de la existencia. 

La sensación de transitoriedad era palpable. La reunión había cambiado definitivamente de significado, alcanzando un poderoso grado de cotidianidad. A esas alturas todos sabían que estaban allí pero que no tardarían en irse, que incluso el cuerpo vacío de mi suegro dejaría en breve de ser cuerpo, de estar allí, de ser visible. 

La distribución y la forma arquitectónica del moderno tanatorio del Prat, de hecho, posibilitaban la evasión. 

En la línea de los últimos proyectos para este tipo de instalaciones, se encontraba a medio camino entre el bungalow y la terminal de transporte de pasajeros. Desde el exterior, en una vista panorámica, parecía la obra de un Mies Van der Rohe mediocre, de alguien que hubiese querido estirar las propuestas del hermoso e improductivo pabellón para la exposición universal de 1929 hasta transformarlas en algo funcional, conservando el carácter apaisado pero eliminando aperturas. 

La visión de la entrada principal, por otra parte, remitía en toda su horizontalidad a los cuadros californianos de David Hockney, sin sus arquetípicas piscinas, pero sí con su blancura y sus enormes cristaleras; el radiante azul celeste del cielo sin nubes en aquella tarde soleada de primavera ayudaba a completar la visión. El interior, de anchos pasillos y despejadas salas, con sus modernas sillas de diseño y sus reconfortantes ventanales, llevaba a pensar, siquiera a pequeña escala, en un aeropuerto o en una de esas asépticas estaciones para trenes de alta velocidad. 

Desde ese punto de vista, no podía negarse que era un lugar agradable. Pero también desde ese mismo punto de vista, no podía negarse que era un lugar excesivamente impersonal. Al entrar allí, me había preguntado si una construcción así, con aire de bungalow en medio de la nada, era el lugar más adecuado para el duelo. Una vez pasado el clímax de la reunión, después de que aquel acontecimiento variase de signo para convertirse en el equivalente de una presentación literaria o la inauguración de una exposición, y a punto ya de marcharnos, volví a preguntármelo. 

Porque ante la muerte, ¿había que concentrarse e intentar captar algo así como un sentido último, o lo más adecuado era dispersar la mente, difuminar los límites con la mayor suavidad posible y entregarse al narcótico fluir del tiempo? ¿Realmente había en aquel acontecimiento un mensaje profundo, de base, o sólo era posible captar una vez más los detalles periféricos e insignificantes, el contorno de un círculo vacío? 

Tal vez la muerte no era ya para nadie algo oscuro y estremecedor, algo que requiriese de un rito consistente y establecido, basado en el respeto y el estremecimiento, mediante el que asimilar la más dura de las imposiciones genéticas. Nada de llantos, de plañideras, de luto negro, de golpes de pecho, de dormir al raso entre los mayores de la tribu o de echarse ceniza sobre la cabeza. Tal vez la muerte no era ya más que una anécdota coyuntural en un mundo regido por la aceleración y la transitoriedad, una contingencia como otra cualquiera, y nadie podía computar ya el deceso de nadie, a menos que se tratase de alguien extremadamente cercano, como algo personal. De ser así, no tenía sentido alguno pensar en un lugar más adecuado para asimilar la muerte, porque cabía la posibilidad de que no hubiese nada que asimilar; o bien nada que quisiese asimilarse. 

Ciertas cosas se vacían de contenido y otras se llenan y adquieren una trascendencia pagana y nadie puede afirmar el porqué de esas mutaciones.

Aun así, me pregunté cómo entendería cada uno de los presentes la muerte. ¿Como un viaje, un camino, un traslado, un establecimiento, una transmutación? ¿Y cómo les afectaría en concreto a cada uno de ellos la muerte de mi suegro, qué supondría en el decurso de sus vidas, en su manera de entender actos concretos o ideas abstractas? ¿Tendría en ellos la muerte, aquella muerte, un matiz íntimo? ¿Les haría llorar por la noche, a solas en el baño, antes de meterse en la cama? ¿Les haría reflexionar sobre su propia existencia y, conscientes de la inevitabilidad del final, proponerse con todas sus fuerzas ser mejores personas a partir de la mañana siguiente y emprender actos bondadosos? 

Me fijé en la cuidada maqueta del tanatorio que se exponía dentro de una urna de metacrilato junto al mostrador de entrada. Era la visión que me faltaba de aquella construcción, como a vista de pájaro, como debían verla los pasajeros de los aviones de líneas comerciales que despegaban del aeropuerto para pasar justo por encima en su trayectoria hacia el cielo. Desde esa perspectiva perdía definitivamente toda singularidad; como la pierde prácticamente todo cuando lo miramos desde las alturas. 

Esa sensación se hizo todavía más patente al salir al exterior de nuevo y mirar hacia el frente. A unos cuarenta metros hacia el norte se iniciaba la zona de pabellones con los nichos. En primer término había una zona que podía denominarse nueva, con unos doce o quince pabellones, pero más allá de un muro de piedra, con una enorme puerta metálica abierta, se extendía la zona antigua, dispuesta en semicírculo, con los pabellones más antiguos. Tanto los pabellones antiguos como los nuevos eran de una sobrecogedora fealdad, una fealdad basada en el aspecto más gris y anodino de lo funcional. Una fealdad repetitiva, carente por completo de cualquier signo de especificidad, que borraba por contraste, como lo hacía la visión a vista de pájaro, los burdos empeños estilísticos del tanatorio.

Aquellos pabellones cuadriculados eran los verdaderos protagonistas, con sus lápidas y sus nombres y sus fechas. Allí se guardaban los cadáveres, los últimos restos físicos en constante desaparición. Pero si semejantes construcciones pretendían transmitir la idea de que todos somos iguales ante la muerte, la sensación de igualdad que destilaban era absolutamente descorazonadora, casi tanto como los trajes grises sin cuello de la China maoísta. 

Caminé hacia la derecha, hacia la rampa de acceso al pie de la cual habíamos aparcado el coche y, todavía desde cierta altura, observé la carretera, «El camino de la playa», los edificios del Prat hacia el oeste, los campos labrados y sin labrar hacia el norte, grupos aislados de árboles anónimos mecidos ahora por una suave brisa, las fábricas y los enormes almacenes de la Zona Franca más al norte todavía.

Asocié entonces ese paisaje a un fragmento de un libro de John Banville que había leído hacía muy poco: «Como si el lugar significara algo (decía el escritor refiriéndose a los turistas esnobs); como si el hallarse en algún lugar exótico y lleno de vida asegurara una automática intensificación de la existencia. No: dadme un trozo de tierra anónimo, con asfalto, y una hoguera de petróleo medio consumida, y borrosas fábricas a lo lejos, un no lugar apestoso, sin nada, en el que pueda sentirme a salvo, donde pueda sentirme como en casa, si es que alguna vez me he sentido como en casa en alguna parte».

Cuando ya nos habíamos despedido de todo el mundo, mientras me quitaba la americana negra y la dejaba bien extendida en el asiento trasero del coche, me pregunté si, como afirma Walter Benjamin, después de la muerte todo será prácticamente igual y seguiremos realizando eternamente los mismos actos cotidianos, o al menos una selección de los mismos, o bien montaremos en una especie de avión simbólico o metafísico que habrá de llevarnos a otro lugar, diferente e incluso antitético a este mundo nuestro y en el que nada tendrá que ver con lo conocido. 

Sonó entonces el potente rugido de los motores de un 737 que pasaba justo por encima del tanatorio y alcé la cabeza. Debido al reflejo del sol no pude fijarme en el logotipo de la compañía aérea, pero aun así pensé en la gente que iba montada en él: gente en tránsito. 

Después, antes de meterme en el coche, eché un último vistazo al camino de la playa y al flujo de personas que lo recorrían de forma incansable. Me senté y cerré la portezuela. Mi esposa estaba en silencio. El interior del coche estaba en silencio. Aunque era un silencio diferente al que había notado al llegar al tanatorio: era un silencio humano. 

Me habría gustado decirle algo inteligente a mi esposa. Una buena frase. Una frase sencilla aunque cargada de reminiscencias. Una de esas frases esclarecedoras a las que uno puede aferrarse en un momento de soledad o ensimismamiento. Pero lo único que me vino a la mente fue una sentencia de William T. Vollman: «Trato de entender la muerte, de confraternizar con ella y nunca logro aprender otra lección que la de mi propia impotencia». 

Me dije que tal vez fuese cierto que solo podemos captar detalles periféricos y no haya modo alguno de dar con una visión completa y satisfactoria de lo que se extiende más allá de ese momento puntual, de ese actuar y retirarse, al que llamamos muerte. 

Había acudido al velatorio de mi suegro y, sin embargo, lo que más me había llamado la atención había sido un pedazo de tierra anónima, un descampado plagado de hierbajos y pedruscos. Aunque tal vez se debió precisamente a que ese descampado formaba parte del tanatorio, a que esa manifestación de la vida tenía una relación directa con la muerte. Porque la muerte es siempre la muerte de los otros, de seres humanos o de cualquier otra cosa, pero siempre causa un efecto íntimo en aquel que actúa de testigo. Siempre algo íntimo, como si la muerte necesitara de la receptividad e incluso la aceptación de los vivos para alcanzar toda su capacidad de expresión. A pesar de que los testigos no lleguen a entender nada de su puesta en escena. 

Puse el coche en marcha, sin prisa, y me coloqué en fila detrás de los otros coches para recorrer el sendero de tierra que llevaba a la salida de las instalaciones del tanatorio. Pasamos la primera rotonda y la velocidad de la caravana aumentó. En cuanto llegáramos a Barcelona tendríamos que pasar por la casa de mi madre para recoger a nuestros hijos. Después tendríamos que ir al supermercado. No podíamos demorarnos demasiado, había que llegar a casa a tiempo para bañar a los niños, darles la cena y acostarlos temprano. Después mi esposa y yo cenaríamos algo sencillo. Con los niños metidos en la cama sin duda charlaríamos un rato, y seguiríamos haciéndolo al acabar de cenar, sentados en el sofá con el televisor encendido y el volumen al mínimo, sin fijarnos realmente en la programación, hasta el momento de irnos a dormir. 

Pero antes de todo eso, y a medida que el coche avanzaba hacia el Prat por la carretera de la Bunyola, que todos allí conocen como «El camino de la playa», el tanatorio fue empequeñeciendo en el retrovisor hasta que, tras una curva, desapareció definitivamente.

 

Imagen de cabecera, CC Elena Cabrera

Juan Trejo
Juan Trejo

Nació en Barcelona en 1970. Es escritor, traductor y profesor. Autor de tres novelas, El fin de la Guerra Fría, La máquina del porvenir, que se alzó en 2014 con el X Premio Tusquets Editores de Novela, y La otra parte del mundo (2017)