Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

CONVERSANDO CON (LA) PRIMERA PERSONA

Primera, primerísima persona
María Angulo Egea

El atractivo de lo vivido; la legitimidad de lo experimentado; ese potencial exclusivo de lo personal. Traspasar esa fisicidad sin que por ello deje de interesarnos, de atraernos, de subyugarnos. Conocer el poder de la gramática. Conocer también la fuerza del lenguaje que construye la realidad y se regocija y se revuelca en las palabras hasta enloquecernos. Esto es Primera Persona. 

 

«Un Marx colombiano hubiera dicho que la historia se repite dos veces: primero como poesía, después como retórica» comentaba el escritor y editor Mario Jursich en su crónica El poder de la gramática». Si rescato este comentario es porque me resulta imposible desvincular esta idea de que primero va la historia como poesía y después como retórica. Y en los últimos días lo he reafirmado con un texto: Primera Persona (Tránsito, 2019) de Margarita García Robayo.

Voy a tratar de explicarlo: si en esta extensa crónica en primera persona su autora y protagonista destaca sobre todo por su capacidad introspectiva, de una agudeza que asusta, la fuerza de su escritura no está en el testimonio —poderoso en todo caso—, sino en su capacidad retórica, y su virtud poética. Como en cualquier crónica, la calidad literaria es la que trasciende el hecho, la que eleva el texto y lo convierte en relevante. 

Incluyo solo algunos fragmentos seleccionados con dificultad porque todo el libro está plagado de piedras preciosas, párrafos y párrafos trabajados cual artesana; pulidos como diamantes.

«El primer recuerdo es molesto: el escozor de la sal en las heridas de infancia. Primero te sacude, después te anestesia y el cuerpo queda como curado y limpio. Me caía mucho, me raspaba y encontraba gran placer en sacarme la costra seca de la herida. Mis rodillas son un mapa de cicatrices microscópicas. Entonces había una casa pequeña: paredes de madera húmeda, techo de chapa y piso de arena. Íbamos los domingos, los caseros sacaban las hamacas, un balde de ostras frescas —lo mismo que comían los cerdos por esa época— y cocinaban el pescado. Los adultos se echaban a dormir y a los niños nos mandaban al mar. Jugábamos a pasar largos ratos bajo el agua con los ojos abiertos, irritados y curiosos: peces de colores, corales, aguamalas, algas verdes atravesadas por puñales de luz que caían implacables desde la superficie. Era el cine 3D que todavía no existía. Nunca aprendí a nadar, pero siempre tuve la sensación de que jamás me ahogaría» (p.7).

«El niño aplaude tan rápido que sus manos parecen desintegradas en partículas subatómicas. Hombres de uniforme instalan un televisor de tamaño descomunal en la sala minimalista de tu casa. Se lo compró tu marido. El aparato, si lo miran de perfil, es una lámina; pero de frente es el televisor más grande que existe en el país: entraron siete, se han vendido solo tres. "El universo audiovisual cabe en la pantalla de tu teléfono", eso leíste en la revista del domingo. Tu marido no lo leyó. Estaba ocupado atizando el carbón y quemando unos papeles que despedían una humareda negra» (p. 119).

 

Es tan valiente, que casi diría arrogante, apostarle a un título así teniendo en cuenta la que le está cayendo desde hace tiempo a la «autoficción». Por un lado, tan practicada: todos vivimos en una autoficción constante en nuestro uso diario de las redes; y, por otro lado, tan denostada por los mismos motivos: por ese uso y abuso digital. Lo cierto es que solo el gesto de sacar la cabeza con un volumen titulado Primera Persona, embauca. El autoconocimiento que manifiesta desde una elegante crueldad; por su falta de condescendencia; por la delicadeza con la que sonríe mientras te muestra su herida; por la finura con la que te puede estar clavando un cuchillo en el corazón. No es precisamente melindrosa en sus apuestas literarias.

«Luz me dejaba tocarle las varices de las piernas, que eran como racimos de pelotas duras asfixiadas bajo la piel. O como las cabecitas que empujaban por salir de la barriga de Freddy Krueger cuando alzaba la camiseta, y que abrían y cerraban la boca pidiendo auxilio. Las varices cambiaban de color si las pinchaba, lo que me hacía pensar que estaban vivas. Pero era justo lo contrario: eran venas infladas con sangre estancada, torturada y moribunda» (p. 133).

«Entre él y yo se instala el silencio de bestias que se escrutan con los ojos inflamados. Aparece el holograma laberíntico que se superpone a la pradera y me marca un camino sinuoso de neón. Al costado está el hueco negro, el de siempre, el que no tiene fondo, el que nunca se va; pero al final del camino está esa luz brillante que me enceguece y me impide ver el hueco, o me hace minimizarlo: ahora es un felpudo roto, inofensivo, y no un bicho vivo que terminará chupándome. Así, en esa distracción de la neurosis, es como ocurre el flechazo: los dos nos elevamos y accedemos a esa cápsula radiante como si nunca hubiésemos habitado. Entramos frágiles, blandos, necesitados, desbocados, embrutecidos. Ya estamos heridos sin habernos tocado (pp. 160-161)».

 

Desde siempre, Margarita alza sutil su bisturí letrado y disecciona cuerpos, usos y costumbres. Pensamientos. Tiene la virtud literaria, y no es tarea sencilla la de dejar al lector desasosegado, inquieto, con preguntas, sin certezas, en esa duda, en ese «fracaso» motivador, en el que, sin aspavientos, desde la cotidianidad, parece transitar cómoda esta escritora. Y Primera Persona recoge el fruto de esa calidad literaria que ya desgranan sus títulos anteriores; de esa incomodidad vital por la que indaga desde antaño; por esas temáticas desasosegantes que habitan sigilosas lo diario: el desamor, la locura, la crueldad, la educación sentimental, el asco, la violencia, la conciencia de clase. Pero, sobre todo, en esta última apuesta de esta colombiana radicada en Buenos Aires, se registra la fuerza y franqueza de una voz ensamblada con destreza a las entrañas de un yo que, si no es, se parece muchísimo a la persona que escribe. Es una voz que evita el grito, que susurra, que hiere desde la ironía, que describe a golpes de gentileza y brutalidad, y es en ese contraste donde se encuentra su rotundidad literaria y su credibilidad. Una voz honesta porque evita a toda costa la condescendencia con su entorno, con sus decisiones, con un estar cómodo. García Robayo trabaja en una línea muy fina. Parece que camina como una equilibrista por una cuerda bastante consistente pero que no deja de estar suspendida en el vacío. Un vacío, un agujero negro que aterra y que se nutre de la zafiedad, la ignorancia, la ruindad y la miseria moral que nos habita. Aspectos que siempre están al acecho en el día a día que retrata García Robayo.

«Me miró como si no me reconociera. Tenía los ojos acuosos y un par de legañones viejos. Ya estaba acostumbrada a su aspecto enfermizo y a sus pérdidas repentinas de cabeza, pero esta vez, la vi aplastada y sucia como un almohadón viejo. Mi abuela era bajita, tenía la piel muy blanca y delgada, y los ojos de un marrón desteñido. Y, cuando no se peinaba, los pelos de la frente le hacían un copete de canas hirsutas que le daban un aspecto dejado y triste. Respiraba con un ruido rasposo, como si tuviera callos en las vías respiratorias (pp. 205-206)».   

 

Aunque esta crónica se apoye en la narración, la fuerza de su voz emana de sus reflexiones y argumentaciones. Narración, interpretación, valoración son básicas para la crónica. No se esconde o se esconde poco para desvelar una personalidad inteligente, que conoce sus prejuicios y limitaciones, pero que se reconoce en un saber, como mínimo se reconoce en una escritura que le hace fuerte y que le permite indagar, acotar algunas cuestiones que le preocupan, profundizar en la búsqueda de pequeñas verdades que calmen la existencia y sobre todo, que la saquen de la «estructura dramática» en la que se educó y que tiende a empañar y copar todo.

Hay reflexiones de toda índole: 

 

Simpáticas: «Diría que me gustan [los hombres grandes], también, porque ya perdieron la inocencia y el acné —y la melena en algunos casos, qué le vamos a hacer— y ganaron otras cosas: densidad, cohesión, solidez, espesor. Lo mismo que los caldos cuando hierven» (p. 36).

Lúcidas: «Ahí está. De eso se trata casi todo últimamente. Desde la lactancia materna hasta la nueva fantasía gay de casarse de blanco, adoptar críos y mascotas y formar familia en el suburbio, pareciera que las nuevas generaciones buscan furiosamente matar a sus padres, sus batallas y conquistas, para volver a parecerse a sus abuelos» (p.72).

Ensimismadas: «Hay cosas que tengo claras. Viajar es desorientarse. Estar es orientarse. Orientarse significa mirar alrededor y reconocerse. Como si uno mismo fuera capaz de verse desde afuera (desde una estrella, por ejemplo) con un telescopio y decir: allá estoy, esa soy yo. Ahora en la mira de mi telescopio, hay un espacio vacío. ¿Quién me mira ahora que estoy acá, descolocada? Nadie» (p.84).  

Clarividentes: «Pero hoy sé que sacar ventaja de un hombre cualquiera implica un juego agotador —incluso cuando es inofensivo— de especulaciones, y lo último que quiero es entrar en ese baile» (p. 103). 

«Para ese momento habrás aprendido que ese descuido consciente en el modo de vestirse —jeans gastados, camisetas desteñidas, tenis siempre sucios— es un síntoma inequívoco de esnobismo. Es un modo de decir: "somos demasiado elegantes como para preocuparnos por el aspecto que brindamos a los demás”» (pp. 119-120).

Ácidas: «Piensas que la ecología, el veganismo y el fervor por los animales representan el triunfo de una civilización esteta sobre otra que fracasó en su fijación humanista» (p.120). 

 

Esta Primera Persona pasa por la ironía, las reflexiones y las argumentaciones brillantes; y juega una vez más con los contrastes entre «Historia General» y cotidianidad-fragmentada-y-terriblemente-común-y-alienante que se desarrolla en un relato que se entrecorta para dar paso a una Margarita cabreada con el mundo que le rodea y con el montaje vital en el que se encuentra. Una Margarita que mira al exterior con crueldad pero que también se mira a sí misma sin tapujos. Consigue abordarse como personaje, observarse desde fuera, para describirse rodeada de una fealdad que bien mirada puede ser bella. «Muchas veces, las cosas que te gustan y las cosas que te disgustan son las mismas. Así es como, en cuestión de horas, puedes entender que lo bello se haga feo y lo bueno, malo» (p.123). «Sabes qué es, sabes exactamente qué es, pero jamás saldrá de tu boca» (p. 132). 

También reflexiona sobre el proceso de enamoramiento, y en concreto sobre el enamoramiento adulto: «Hay, sin embargo, un placer especial en el enamoramiento adulto, este mismo, el de ahora, el que ya no es inocente ni desprejuiciado, sino que —aunque jamás renuncia a que el cielo se encienda en cada contacto visual— tiene claras ciertas reglas: 1) dura poco; 2) degenera en algo que, en criterios objetivos, es bastante peor: las palpitaciones decrecen, la sonrisa se diluye, la excitación se estanca, se resigna al mero bienestar o muere; 3) algunos se adaptan al nuevo estado de la relación disfrazándolo con títulos serios como estabilidad, o con otros más disparatados como sentar la cabeza; 4) hay rebeldes que se empeñan en seguir buscando ese estado de felicidad extrema, con la ilusión de perpetuarlo; 5) todos fracasan, pero ninguno se arrepiente» (pp. 162-163). 

Una primera persona comprometida con el feminismo pero que rechaza eslóganes y adhesiones incondicionales, que pretenden encasillar, desfigurar y empequeñecer el trabajo de una escritora al tratar de insertarlo en un «subconjunto exótico», frágil y digno de observación. Denominado, por ejemplo, «literatura feminista o escrita por mujeres», según los tiempos, según los críticos. Muchas de sus reflexiones nos recuerdan a Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ (Editorial Dos Bigotes y editorial Barret, 2019). Lo que sobresale y atraviesa las entrañas es la historia desgarradora de Luz, la criada de la casa familiar de Margarita. Una historia brutal de apropiación de un cuerpo, de una vida que por desgracia no nos suena extraña, ni lejana, ahora que casi todos hemos visto la película Roma de Alfonso Cuarón. Quizá tengamos ahí un referente cercano, pero de estas historias de vida está plagada la literatura hispana de siempre. En España, en concreto, responden al contexto caciquil y animal de tantas ciudades de provincias y pueblos relatados en los siglos XIX y XX.

«Luz corre por un monte escapando de Papaíto, su patrón, pero los pies se le enredan en una zarza y Papaíto la alcanza, la golpea con un palo hasta dejarla muerta. Después la arrastra hasta el pie de un árbol, le abre las piernas y se le mete adentro empujando con rabia y con lascivia en proporciones idénticas. Cuando termina se levanta y se va y ella queda tirada entre esas raíces gigantes que forman como cuencos o cunitas o ataúdes descubiertos» (p.135).

Y lo crudo de este testimonio es que Luz tan solo tenía 14 años cuando sucedió y encima se quedó embarazada y tuvo un hijo al que ni conoce, ni crío. Pero además esta historia la escucha Margarita con tan solo 6 años, agazapada bajo la mesa de la cocina. Junto a este relato la autora recoge el de la violación múltiple a su compañera de colegio, así como todos los mensajes opusinos y religiosos del colegio en su obsesión por preservar el himen; así como el «conductismo estajanovista» que practican con las escolares, mostrándoles anualmente los vídeos espantosos antiabortistas. 

La educación sexual y sentimental que Margarita García Robayo muestra haber recibido en el colegio y en casa no hace sino reforzar la tesis expuesta por Nerea Barjola en su libro Microfísica sexista del poder (Virus, 2018): estamos ante un sistema de control sexual, el sistema patriarcal, que se ocupa, desde tiempo inmemorial, en disciplinar los cuerpos y las mentes de las mujeres. Estos relatos no son casos aislados, circunstanciales, sino que forman parte de este sistema represivo, que afianza ese terror sexual que mantiene a las mujeres quietas, calladas y a poder ser en casa. Qué difícil escapar de todo esto cuando forma parte de tu educación más primaria y elemental, la que le has escuchado, la que has mamado de tus abuelas, de tus tías y de tu madre en tantas ocasiones.

Esta suerte de autobiografía no sigue un orden cronológico. De hecho, el capítulo de cierre es el que se ocupa de la adolescencia de la autora, de su vida en el colegio y de sus primeras amistades femeninas. Pero con todo se observa una lógica estructural que podría decirse psicoanalítica, que viniendo de una mujer casi ya medio argentina, no parece extraño. Me refiero, sobre todo, a los tres primeros capítulos: «el mar», «amar al padre» y «rapto de locura». Son tres disecciones de lo que pueden conformar las construcciones psicológicas de García Robayo: el mito de origen, la figura paterna, masculina, y la figura materna, femenina. Después emergen vivencias y capítulos que permiten al lector delimitar mejor a la autora como madre, como escritora, como migrante o errante, como esposa, como mujer, como enamorada… Diversos perfiles que encajan en la persona compleja y en la riqueza y variedad narrativa que representa Margarita García Robayo y refleja Primera Persona: «A mí lo complejo me atrae. A mí la simpleza me parece estupidísima» (p.36). Una primera persona única pero que interpela a muchas.

María Angulo Egea
María Angulo Egea
Profesora de Periodismo en la Universidad de Zaragoza. Especialista en Periodismo narrativo y cultura e Historia del Periodismo. Entre sus publicaciones destacan Crónica y Mirada (Libros del KO, 2014) e Inmersiones. Crónica de viajes y  Periodismo encubierto (Universitat de Barcelona, 2017). Ha colaborado en Jot Down, Frontera D, Anfibia e Infobae. Dirige la revista cultural Zero Grados (www.zgrados.com)