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EL ESLOGAN DEL EDÉN

Ecoturismo y otros tópicos de Costa Rica
Marc Angrill Jordà

EN COLABORACIÓN CON EL CICLO «VIAJE AL CENTRO DE AMÉRICA»

 
 

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En el aeropuerto de Miami los nervios se disparan. Hay una pelea tras otra: los viajeros contra las máquinas que sustituyen al mostrador de facturación de toda la vida. Es un reemplazo totalmente ineficiente ya que, de todas formas, hay un empleado por aparato para ayudar con el lento y confuso trámite. Introduces tus datos, esperas; respondes a una pregunta, esperas; niegas ser terrorista, te pide que llames a un asistente; desesperas.

Cuando por fin sacamos uno por uno los billetes y etiquetas de equipaje, uno de los trabajadores hispanos nos suelta «No se apuren... ¿Saben?, en Costa Rica dicen “¡pura vida!” ¡Disfruten de su viaje!». Pronuncia «pura vida» como quien revela una gran verdad. Esta famosa expresión costarricense verbaliza, dicen, la filosofía de vida del país, basada en la celebración de la vida, la naturaleza y la calma tropical.

Tres horas de vuelo y una de espera más tarde estamos pasando el control de frontera y la aduana de Costa Rica, sin esperas ni complicaciones, a diferencia de los paranoicos EE.UU. En la recogida de equipaje faltan dos de nuestras maletas, toca hacer cola para poner una reclamación. Un empleado del hotel de San José en el que vamos a pasar la noche nos está esperando fuera y tememos que se vaya. Media hora más tarde de lo previsto salimos y viene hacia nosotros. Lleva una camisa medio desabrochada y paso tranquilo. No hay rastro de espera en su rostro. Antes siquiera de presentarle nuestras excusas nos pregunta: «¿Todo bien?», con una sonrisa que nos sacude las preocupaciones. Mientras nosotros hemos estado ofuscados en nuestra propia prisa, él parece ajeno a lo que nosotros llamamos perder el tiempo.

Tras nuestro primer desayuno en el país partimos hacia el Parque Nacional Tortuguero, una zona selvática atravesada por una red de ríos que dan al Caribe. Para llegar al pueblo homónimo y a los hoteles que salpican las orillas aledañas hay que bajar en lancha desde el embarcadero de La Pavona. Allí contratamos a un barquero freelance, puesto que el transporte del hotel, nos dicen, tardará mucho en volver. Juan Carlos es autóctono, de tez oscura y contornos redondos. Lleva una camiseta deportiva amarilla, una gorra negra y va descalzo aunque tiene unas sandalias andrajosas tiradas por el bote. Es un hombre de monosílabos, muy discreto, flemático a la caribeña. Su alargado bote, sin embargo, es la más veloz de todas las embarcaciones, que en su mayoría son largas lanchas cubiertas, con filas de asientos repletas de turistas.

Bajamos por el río La Suerte a toda prisa en zigzag, adelantando a todos, hasta que llegamos donde desemboca junto con otros ríos en Laguna Penitencia, un ancho canal paralelo al mar, y luego en Laguna del Tortuguero. El recorrido está muy transitado y las continuas olas que genera el vaivén de lanchas azotan y deshacen las orillas de tierra arcillosa, dejando raíces sin sustento. A mis pies, la barca parece que se va a partir en dos en cualquier momento.

Al día siguiente a las cinco de la mañana subimos al taxi acuático que lleva a Tortuguero, donde viven los de aquí entre idas y venidas de turistas, para ir de excursión en el pequeño bote de remos de un guía llamado Alfonso. Hay que salir con la primera luz del día para evitar que el implacable sol nos queme. Puede parecer exagerado pero mis brazos ya sufrieron en menos de una hora de exposición durante el trayecto en barca de ayer.

 

Se desata una lluvia torrencial que ensordece. «En Costa Rica hay solo dos estaciones: la seca y la lluviosa», dice Alfonso con una leve sonrisa. «Y ésta es la seca.» 

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Usamos unos remos rústicos a juego con la cáscara de nuez de Alfonso, en la que navegamos entre las arterias fluviales del parque. La fauna tolera la intrusión ya cotidiana de los simios vestidos que los observan con gestos y gritos ahogados. Entre los sonidos de la selva destaca el repiquetear de las cámaras. Vemos aves marinas secándose al sol, grupos de monos que saltan de rama en rama; reptiles entre el follaje que pende sobre las aguas; osos hormigueros —o tamandúas— subidos en lo alto y caimanes que asoman entre la vegetación flotante para tomar el sol. Y si vemos todo esto es gracias a los ojos entrenados de Alfonso, porque hasta que no tenemos al animal en cuestión ante los ojos somos incapaces de detectarlo. En cuanto a flora, nos enseña una gran flor que asegura que usaban los rastafaris como champú natural para acicalar sus rastas. «Sí... No hay muchos pero sí hay rastafaris aquí», contesta sin profundizar ante nuestra sorpresa.

Alfonso bromea con que ya huele el tradicional desayuno tico (y también comida y cena si se quiere), el «gallo pinto», que consiste en frijoles negros mezclados con arroz y que se acompaña con huevos, carne o pescado y una crema agria conocida como «natilla». Regresamos a Tortuguero remando con la fuerza que imprime el hambre y nos vemos inmersos en una carrera con otro bote de remos que nos lleva la delantera. Cae una llovizna que va creciendo en intensidad por segundos y que da el toque peliculero. Ya a punto de desembarcar en el pueblo, amaina. Nuestros rivales nos ganan, sus remos son mejores aunque menos auténticos que los nuestros, de madera y acabado tosco.

Son las nueve. Recogido el bote vamos directos al restaurante El Muellecito, aún mojados. La temperatura, sin embargo, es buena, por lo que no nos molesta y dejamos que nuestras ropas se sequen solas mientras desayunamos. El café aquí se toma poco concentrado, chorreado en vez de expreso, filtrando agua hirviendo por una especie de calcetín —chorreador relleno de café molido. Minutos después nos sirven el gallo pinto, que aliñamos con la salsa patria por excelencia, la Lizano. Se echa al gusto del comensal en cualquier comida. Es ácida, dulce y agria a la vez, de sabor fuerte a muchos ingredientes difíciles de identificar; similar a la salsa Perrins. Por cierto, vuelve a llover por unos segundos y luego se calma. Aquí comienza tan pronto como se acaba.

Un comensal de la mesa de al lado se mete en nuestra conversación. Don Victor es un jubilado que vino a vivir a Tortuguero para saciar su vena naturalista y se dedica al avistamiento de animales, con turistas o a solas. Nos cuenta que el año pasado un turista quería que lo llevaran lejos de la zona turística, a lo cual sólo accedió el guía más viejo y osado del pueblo, que todavía anda por ahí. Mientras iban en su delgaducho bote, un cocodrilo mordió al turista por el brazo y lo arrastró al agua. Nada se pudo hacer. A la mañana siguiente encontraron su cadáver medio comido flotando en el agua.

Se desata una lluvia torrencial que ensordece. «En Costa Rica hay solo dos estaciones: la seca y la lluviosa», dice Alfonso con una leve sonrisa. «Y ésta es la seca.» Bajo el porche del restaurante, a la espera de que amaine, Victor retoma el relato de sus experiencias con la fauna local. En su memoria ocupa un lugar privilegiado su primer encuentro con un jaguar y sus crías en plena noche.

Al salir del restaurante encontramos el cadáver de una pequeña tortuga en el suelo. Alfonso comenta que los niños de allí maltratan a las tortugas por diversión, lo cual nos horroriza. Pero esto no es nada comparado con lo que hacían los lugareños hasta hace pocas décadas. Antes del turismo se cazaban a centenares, hasta que unos extranjeros lograron persuadir a la gente de la zona para que dejara de matarlas, asegurándoles que atraerían a turistas. Ahora, vienen miles a ver cómo, por la noche, las tortugas salen del mar para poner sus huevos y cómo, una vez eclosionan, las pequeñas criaturas se arrastran por la playa hacia el agua.

Lo que debería haber sido un trayecto de cinco horas termina siendo toda una odisea. La autopista por la que nos manda el GPS está cortada. El maldito trasto insiste en llevarnos una y otra vez por donde no se puede. Tras unos cuantos rodeos frustrantes pasamos al modo analógico de mirar el mapa y preguntar a los paisanos. Ya empieza a oscurecer y nos topamos con la vuelta a casa del Domingo de Resurrección, durante el que muchos ticos aprovechan para ir a la playa.

Después de ocho horas de viaje y unas cuantas vueltas por culpa de la falta endémica de indicaciones, llegamos al hostal de Bijagua de Upala. Las habitaciones son casitas de madera al lado del bosque que se extiende ladera arriba del volcán Tenorio.

Por la mañana vamos de excursión a Río Celeste, a unos 13 kilómetros de Bijagua. Esta zona es parte del Parque Nacional Tenorio, que se extiende alrededor del volcán. El sendero sube y luego empieza a ser más vertical y más accidentado hasta llegar a un cruce para ir a la cascada o al nacimiento del Río Celeste. Tomamos el camino ascendente hacia el nacimiento. Nos llueve encima y se agradece, ya empezábamos a sudar. Norteamericanos y canadienses son el grueso de transeúntes. El suelo se embarra y algunos tramos se vuelven resbaladizos. El bosque lluvioso hace honor a su nombre.

Una leyenda local narra que las aguas del Río Celeste tienen ese color porque cuando Dios terminó de pintar el cielo lavó los pinceles en el agua de este río. En su nacimiento, conocido como Teñidero, se junta el río Buena Vista con el Quebrada Agria y se puede observar claramente una línea divisoria entre el color normal del agua y el celeste. «It's like magic water!», exclama un chico norteamericano. En este punto de confluencia entre las dos aguas, la diferencia de acidez provoca que los aluminosilicatos que lleva el Buena Vista aumenten su tamaño y refracten la luz, generando así el efecto óptico.

Encontramos a un joven mexicano bañándose en una zona menos transitada del río, algo que está totalmente prohibido. Según cuenta, lleva un tiempo recorriendo Latinoamérica solo, siguiendo una ruta de albergues asociados que permiten a los jóvenes intercambiar trabajo por alojamiento y comida.

Volvemos sobre nuestros pasos descendiendo hasta el cruce para, esta vez, dirigirnos al mirador de la cascada, bajando por una larga sucesión de escaleras de piedra con barandillas de madera. El agua cae majestuosamente desde unos treinta metros a una laguna y luego sigue su curso. Hace años se podía nadar, pero un norteamericano saltó desde lo alto de la cascada y se mató. Si hubiera sido un tico, seguramente no habría cambiado nada, pero la embajada presionó mucho y desde entonces está prohibido bañarse en cualquier punto del río.

 

Una leyenda local narra que las aguas del Río Celeste tienen ese color porque cuando Dios terminó de pintar el cielo lavó los pinceles en el agua de este río.

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Dejamos Bijagua por la carretera panamericana rumbo a la costa sureste. Nuestro próximo destino es el Parque Nacional Marino Ballena. Observamos una preocupante costumbre de quemar zonas de vegetación y rastrojos a lo largo de todo el trayecto, y en la costa sobre todo. Cuando ya estamos cerca, siguiendo la línea de playa, hacemos un alto en el camino para comer en una «soda», como llaman aquí a los restaurantes comunes de comida tradicional. Al bajar me doy cuenta de la drástica diferencia de temperatura que hay respecto al lugar de donde venimos. No se puede aguantar ni en la sombra.

La soda es bien auténtica, el equivalente a un Bar Pepe español cualquiera. También aquí nos hacen esperar media hora, y como no venden cerveza, la vamos a comprar en el súper de al lado. He pedido tacos de queso, aunque lo que entienden aquí por taco no es más que queso insípido fundido dentro de una tortilla de maíz frita. El resto de la familia pide casados, un combinado de ensalada, arroz y frijoles con pescado, omnipresente en toda Costa Rica, aunque es más común con carne o pollo en vez de pescado.

Llegamos al hotel, no sin complicaciones achacables a partes iguales a nuestras prisas y a la falta de indicaciones y precisión de éstas. En Costa Rica no hay direcciones como las entendemos en otros lugares, sino descripciones como: «A cien pasos de la gasolinera gira a la derecha y luego veinte todo recto».

A las nueve del día siguiente partimos hacia la playa de Uvita para hacer snorkel. Para variar, no ha sido fácil encontrar la oficina turística; en la zona todas tienen nombres parecidos que juegan con tres palabras: ballena, tour y aventura.

El sol agrede desde primera hora. Caminamos con nuestro joven monitor Guillermo hasta la playa donde nos subimos a una lancha. Primero ponemos rumbo a unos islotes y nadamos alrededor. El agua está caliente a pesar de ser el Océano Pacífico. Vemos el grimoso coral cerebro, peces y crustáceos de gran tamaño, pero esperábamos un fondo marítimo más colorido y exuberante. Luego navegamos hasta el islote más grande a la vista, conocido como Roca Ballena por tener forma de lomo de ballena emergiendo. Es un sitio perfecto para que las aves marinas aniden; también es el hogar de dos palmeras solitarias. Saltamos de nuevo al agua. Hay olas constantes que amenazan con estamparnos contra las rocas. El agua está turbia, apenas se ven peces, y el coral es monocromático, todo ocre. Nos aburrimos de luchar contra el oleaje y no ver nada nuevo. Además, me he golpeado los pies contra las afiladas rocas que sobresalen del fondo.

Ya de regreso en la lancha, me percato de que tengo tres pequeñas heridas sangrantes. Bajo el toldo y con el viento contra la piel mojada siento frío por primera vez desde que nos acercamos a la costa del Pacífico, una mera ilusión pasajera, pues una vez varados en la playa siento el bochorno imperante de nuevo. El agua de la orilla casi quema; la arena abrasa. Corremos descalzos por las brasas saltando de sombra en sombra.

Vamos al hotel un momento para darnos una ducha rápida y equiparnos para la siguiente actividad popular en la zona: tirolina. Unos cuantos kilómetros más tarde llegamos a la oficina, apartada de la población. Un joven tico de perfecto inglés americano nos atiende después de un grupo de canadienses que también tienen reserva para la una. Lleva unas mangas negras que le protegen del sol —algo muy necesario, como descubriría ese mismo día—. Una vez estamos todos, subimos a una camioneta cual soldados y nos llevan montaña arriba por un camino de tierra cada vez más pronunciado hasta ser casi vertical cerca de la cima. Oímos con preocupación los quejidos del motor, forzado hasta límites imprudentes. Allí arriba nos ponen el arnés y nos dan unas instrucciones básicas y al ataque. Primero saltan los niños de la familia de canadienses, luego un grupo de chicas estadounidenses gritando y luego nosotros, yo el último.

Superada la impresión inicial que provoca dejarte colgar de un cable, la sensación de pasar por entre las copas de los árboles con el viento en la cara es poderosa —o vertiginosa—. La preocupación que sigue de inmediato es cómo llegar sin accidentes al otro lado. Si te mueves te desequilibras y es difícil controlar tu propio movimiento en el aire.

Los monitores, de veintitantos años, nos preguntan con frecuencia a los españoles sobre curiosidades lingüísticas y culturales. Por ejemplo, les hace mucha gracia que digamos «patata» en vez de «papa» y «tío», que equivale a su «mae». Uno nos pregunta qué significa «gilipollas». Dicen que los insultos más frecuentes allí son «carapicha» o «malparido». Otro confiesa que conoce muchas de estas palabras porque sigue al youtuber español Auronplay. Me preguntan por el fútbol español, que aquí se sigue con fervor; siento no poder hablarles mucho de este tema. Comparamos el precio de la vida en cada país y Costa Rica claramente es más cara. Les pregunto cómo han aprendido tan bien el inglés, a lo que me responden: «En la calle, hablando con los turistas». Uno de ellos también reconoce el factor que supone echarse una novia norteamericana.

De camino al hotel mis sospechas acerca de los efectos de la exposición al sol —aunque breve para los estándares mediterráneos— se confirman: me he quemado la espalda. Mucho. Solo el agua fría de la ducha alivia la quemazón. Al final del día me había duchado cinco veces y untado de crema hidratante tres.

 

Siento frío por primera vez desde que nos acercamos a la costa del Pacífico, una mera ilusión pasajera, pues una vez varados en la playa siento el bochorno imperante de nuevo. El agua de la orilla casi quema; la arena abrasa. 

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Me despierto definitivamente después de desvelarme unas cuantas veces durante la noche, y lo primero que siento es mi espalda quemada. Dolor. Hoy por fin dejamos este bello infierno. Por el camino de la Panamericana volvemos a ver zonas quemadas y los omnipresentes vendedores ambulantes de frutas y aperitivos. No entiendo cómo puede vivir tanta gente de estar todo el día esperando en cualquier esquina de carretera a que alguien compre lo que ofrecen ellos y todos los demás.

Entrar en San José lleva su tiempo, el tráfico en hora punta colapsa todas sus arterias. Una vez dentro nos movemos por su laberinto de calles intentando encontrar el Gran Hotel Costa Rica. Una norma de tráfico no escrita, pero que enseguida se intuye, es que si el semáforo se pone en rojo y tu vas rápido, no tienes por qué parar —siempre y cuando no vayas a atropellar a nadie, claro—. No hay semáforos para peatones, por lo que hay que estar al tanto al cruzar. En una ciudad sin direcciones, en la que apenas las calles principales del centro están numeradas al estilo yanqui, incluso un enclave tan céntrico y emblemático como éste es difícil de encontrar; más aun la entrada para coches, tan solo indicada por un cartelito de dos palmos de anchura. El Gran Hotel Costa Rica es un edificio ubicado en el centro de San José, de arquitectura colonial y decoración decimonónica de aire aristocrático. Y en decadencia.

Empezamos un nuevo día compartiendo desayuno con las palomas josefinas que entran por los ventanales del salón donde se sirve. Los empleados no se esfuerzan mucho en espantarlas o en recoger las sobras para que no sean un reclamo.

El plan de hoy es subir al volcán Poás, que ofrece vistas espectaculares a su cráter y la laguna que lo llena a una hora del centro urbano. Cuando llegamos a la cima el funcionario de la garita del parque nacional nos advierte con sinceridad: «Si quieren subir, adelante, está abierto, pero ya les digo que no se ve nada desde el mirador, está todo tapado por las nubes». Como alternativa vamos al volcán Barva. Solo encontramos al guardabosques que nos saluda desde la casa de madera en la que vive excepto cuando libra. Es una excursión bastante corta por un paisaje boscoso que parece encantado. La vegetación en el centro elevado de Costa Rica es muy distinta a la tropical cercana al mar, los árboles no alcanzan alturas tan altas y recuerdan a la flora europea. De los gruesos y retorcidos troncos de los árboles más grandes cuelgan infinidad de lianas y musgo, formando caprichosas composiciones dignas de un set de rodaje de fantasía. Al cabo de unos minutos el camino se ensancha y vemos más adelante el punto en que las nubes bajas cubren la montaña. Una vez cruzado este fantasmal umbral, el paisaje cambia ligeramente y se asemeja a los bosques nubosos de Japón. El camino se vuelve más empinado y accidentado, y luego desciende. Al final llegamos a la laguna que llena el cráter, cubierta por un manto de neblina, que mi mente puebla de entidades sobrenaturales.

Penúltimo día. Hemos quedado a mediodía con Pepi y su hija Elena, que nos guiarán por la capital. Pepi es amiga de una vieja amiga de la familia. Dejó Barcelona y se fue a vivir a Costa Rica por amor, y aunque ese amor se torció, se enamoró del país. Lleva más de treinta años aquí trabajando de profesora. Elena trabaja en marketing inmobiliario y ya está casada a sus veintimuchos. Las dos son bastante altas y delgadas, y un tanto hiperactivas. Pepi esgrime un catalán algo oxidado, así como un castellano poblado por el léxico tico pero conservando la pronunciación ibérica con un marcado acento catalán. Su hija habla la modalidad josefina y de vez en cuando va colando vocablos ingleses. Entiende el catalán pero no lo habla, aunque resulta curioso oírle soltar alguna palabra o llamar a su madre «mare».

Primero vamos a tomar un café al Teatro Nacional, al lado del hotel, y es que su cafetería es por sí sola un reclamo turístico. Es un edificio neoclásico construido por la burguesía colonial a su gusto y para su disfrute exclusivo durante décadas. Pedimos para llevar y salimos a pasear por las calles principales repletas de gente y en las que la policía tiene instaladas unas torres metálicas para avistar ladrones cual vigilantes de playa. De noche no es recomendable pasear. Atravesamos  calles y plazas hasta el Parque España, desde el cual accedemos al Centro Nacional de la Cultura y salimos por el lado opuesto al Parque Nacional, flanqueado por la Biblioteca Nacional, el Tribunal Supremo de Elecciones y la Asamblea Legislativa. Cerca de ahí, Elena nos lleva a una tienda de ropa que basa sus diseños en frases hechas como «Suave un toque» («Espera un momento»), o «Tuanis» («Genial/guay»). Confiesa que le irrita cuando alguien le suelta «Tenga paz» («no nos estresemos») porque considera que refuerza la holgazanería estereotipada de los ticos, y nos revela lo que ya sospechaba desde que llegamos al país: que «Pura vida» no se dice tanto como vende la publicidad turística.

Tras comer en el hotel cogemos el coche para ir a visitar la parte más rica y moderna de la ciudad. Nada más salir del hotel rozamos la parte trasera de uno de los taxis que esperan aparcados en la entrada. Menos mal que vamos con nuestras amigas paisanas que conocen las reglas del juego. Cuando hay un accidente, no se puede resolver legalmente entre las dos partes mediante el intercambio de datos del seguro y un acuerdo, hay que llamar a una brigada especial de la policía para que resuelva el asunto. Lo más habitual es que ambas partes acuerden una suma que cubra los desperfectos del damnificado y se evite el tedioso trámite. Los taxistas salen todos a apoyarse para exprimir al causante, y si es extranjero, se frotan las manos. Pepi y Elena regatean la suma, pero dicen que aun así hemos dado más de lo justo.

Cuando anochece llegamos a Escazú. El cambio estético es radical, las calles y los edificios son calcos del urbanismo norteamericano. Llegamos al centro comercial más importante, Multiplaza, dónde se celebra una modesta feria de arte y nos codeamos con la otra gente de Costa Rica. Las clases medias-altas se diferencian incluso físicamente a sus compatriotas, ya que casi nadie tiene genes indígenas; en cambio, sí hay afroamericanos y asiáticos, pero mayoritariamente blancos. La diferencia de clase va aparejada con la de raza, por lo visto, y la cultura local es desdeñada en favor de la adopción del American way of life.

 

Entrar en San José lleva su tiempo, el tráfico en hora punta colapsa todas sus arterias.

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De regreso al hotel veo una pintada que conmina a los nicaragüenses a irse: «Nicos fuera». Hace años que llegan muchos inmigrantes del país vecino y, según se dice, muchos de ellos recurren a la delincuencia y «parasitan» el sistema de ayudas públicas. Por ridículo que parezca en un país tropical, la xenofobia también se ha convertido en racismo, hasta el punto de ser discriminados por tener uno o dos tonos de piel más oscura o poseer los rasgos indígenas de Nicaragua.

Costa Rica vive de su imagen exterior de paraíso natural pacífico y seguro. Se ha salvado de las guerras y la sucesión de insurrecciones violentas que tanto han azotado el continente, y es uno de los pocos estados del mundo sin ejército. Basa su economía en el ecoturismo, ya que es el territorio con mayor biodiversidad del planeta por kilómetro cuadrado. Pero a pesar de ser tan verde, libre, multicultural, estable y feliz tiene sus paradojas; como todos.

En la tienda de souvenirs del aeropuerto de San José paramos a comprar algunos productos de café. Me fijo en los imanes de nevera, llaveros y demás merchandising nacional; en casi todos los diseños hay esas dos palabras que, se supone, representan Costa Rica y que cada vez me suenan más a eslogan: «Pura vida».

Marc Angrill Jordà
Marc Angrill Jordà

Nacido en Barcelona, vivió 21 años en Mallorca y regresó. De pequeño en casa pensaban que iba para historiador, luego no se supo, ahora parece que lo suyo es contar historias. Le apasionan la ciencia, la filosofía y todas las expresiones culturales. Intenta vivir de contar cuentos sobre sus pasiones.