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LEAVING CARACAS, UN PASO DE JUAN TREJO

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Hoy comienza a colaborar en Pasos de Altaïr Magazine el escritor Juan Trejo con «Leaving Caracas». Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


Esto ocurrió antes de que Hugo Chávez muriera.

Las cosas en Venezuela no habían llegado todavía a convertirse en el trágico simulacro que son hoy en día, pero las circunstancias se desplazaban a toda velocidad hacia el desastre. Podía apreciarse a simple vista.

Caracas me había parecido, nada más llegar, una mole contrahecha y gris, agigantada como un mal presagio. Pasadas las colinas cubiertas de chabolas que flanquean la autopista que lleva a la ciudad, los sucios rascacielos que crecen entre las veloces rondas de circunvalación, apelotonados hasta formar una réplica irreverente al majestuoso Monte Ávila, eran un recordatorio atrofiado de lo que debieron ser los ya remotos años de bienestar económico. No tuve que esforzarme demasiado para entender que los tiempos de gloria de Caracas eran, a esas alturas, poco menos que un ensueño que nadie estaba en disposición de rescatar.

Durante mis días en la ciudad, por otra parte, me hablaron de las espeluznantes cifras de muertos durante los fines de semana, dándome a entender que, a pesar de lo que pudiera parecer, en realidad nos encontrábamos en una zona de guerra. Todos aquellos con lo que entablé relación a lo largo de mi estancia habían vivido directa o indirectamente las consecuencias de la violencia. Conocí al menos a seis personas que habían sido víctimas de robos, a punta de pistola o machete en mano, en los que habían temido por su vida. Dos de ellas, de hecho, habían sido secuestradas en busca de un rescate exprés y habían logrado salvar el pellejo de milagro, pues fueron abandonadas en medio de una de esas zonas suburbanas ajenas a cualquier ley establecida que allí denominan, curiosamente, «barrios».

El mero hecho de salir a cenar fuera de casa implicó durante esos días que tuviésemos que ajustarnos a rigurosos códigos de seguridad, atendiendo a zonas prohibidas y calles marcadas en rojo, propios de una película postapocalíptica de John Carpenter. Si dábamos un paso más allá de las invisibles fronteras, por lo visto, podíamos caer de pleno en el reino del terror.

Sin embargo, la gente seguía viviendo en aquella ciudad abominable. No solo se enamoraban o trabajaban o estudiaban en la universidad, adaptándose a todo tipo de restricciones y amenazas. Me sorprendía mucho más que aún siguiese importándoles comprarse teléfonos móviles de última generación o hacerse implantes mamarios. Ambas cosas podían conllevar una muerte absurda junto a un semáforo o en un descampado. Porque un móvil o unas tetas nuevas implicaban, a ojos de los malandros, un estatus social fatalmente envidiable; a pesar de tratarse de una situación por completo adulterada en la absoluta mayoría de los casos, sostenida en créditos asfixiantes incluso para asuntos de tan escasa relevancia.

Lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor

En pocas palabras, los caraqueños de a pie, entre los que podría haberme contado de vivir allí, me habían parecido mártires, más que héroes, de una guerra que nadie tenía la confirmación de estar librando. Aunque lo más angustiante, por lo que pude entender, era que día tras día aparecían nuevos indicios que llevaban a suponer que el tiempo por venir no iba a ser mejor.

Por todas esas razones, no pude evitar sentirme aliviado aquella mañana al llegar al aeropuerto Maiquetía Simón Bolívar. Me esperaba allí un moderno y confortable aparato de la compañía Lufthansa que pocas horas después habría de llevarme de vuelta a Europa; a Frankfurt concretamente, camino de Barcelona.

Eso no quiere decir que no hubiese estado a gusto durante mi estancia en Caracas, que no hubiese pasado buenos momentos dignos de ser recordados. Después de todo, me había dedicado básicamente a no hacer nada, a reponerme de los atribulados días que pasé en la Mérida andina, invitado a un estrambótico congreso literario. Había compartido mi tiempo con buenos amigos, entre ellos los que se habían ofrecido amablemente a alojarme en su apartamento de la capital, e incluso había disfrutado de varias de esas situaciones inesperadas que pueden llevar a que te sientas, debido a una afortunada alineación de elementos singulares, como la estrella invitada de una teleserie de éxito.

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Así pues, además de la sensación de fracaso y peligro y desasosiego que parecía haberse pegado a mi piel como una lámina de sudor, me llevaba conmigo un buen puñado de recuerdos; así como el CD de Jorge Drexler que me había regalado mi anfitriona y todos los inservibles bolívares que no había podido cambiar debido a las restricciones gubernamentales.

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DESDE LA MESA, UN PASO DE MARTA FERNÁNDEZ

Propuesta cabecera Jaime 1La periodista y presentadora de televisión Marta Fernández nos cuenta un viaje por los eventos informativos más importantes desde la perspectiva de un plató. Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos (para suscriptores).


En aquellos días de la infancia, Londres siempre quedaba eclipsado por una señora con un bolso. Decían que la dama era de hierro. Y parecía posible. Aquella mujer tenía la carne gris y la mirada de plomo. Y por mucho que lleváramos años pintando con la mente el blanco y negro de las pantallas de televisión, ella era inmune al color. Aunque más allá de su contorno macilento, más allá del uniforme negro de los policías que siempre corrían detrás de los manifestantes, se adivinaban los rojos de la ciudad. Las cabinas. Los autobuses de dos plantas que parecían seres quiméricos de un universo superior. «Allí van por el otro carril», decía tu padre. Y confirmabas con asombro que el mundo reservaba muchas sorpresas fuera del hormigón de tu suburbio particular.

En aquellos días de los incipientes colores televisivos, los informativos —que entonces se llamaban telediarios— te brindaban la ilusión de viajar. De acercarte al otro lado del planeta a lomos de un reportero que se aferraba al micrófono como el aventurero a la brújula. Allí estaba la Casa Blanca que nunca era lo suficientemente blanca en la nebulosa del betacam. Y la gomina de Ronald Reagan frente al Capitolio, con las mejillas sonrosadas y la gravedad impostada de falso barítono en su voz. Allí estaba la mancha sobre la frente de Gorbachov. Y la Plaza Roja que más tarde sería noticia porque el rojo de MacDonalds le había quitado el brillo al rojo de la Revolución. Allí estaba esa otra plaza que veíamos una y otra vez en el corazón de la cristiandad: la explanada de San Pedro conmocionada por el disparo de Alí Agca. Aunque las cámaras nos escamotearon la escena del atentado: apenas alcanzamos a ver gentes arremolinadas tras el coche de un Papa que parecía agonizar.

En el mundo siempre pasaba algo. Bueno o malo. Pero algo. Y querías estar ahí. Llorando en Central Park frente a los que amaban a Lennon. Celebrando en Los Ángeles que un hombre llamado Carl Lewis parecía tener el don de volar. Temblando de miedo ante la nube de muerte de Chernóbil. Esperando el destino incierto del último vuelo que acababan de secuestrar. Algún día tú también viajarías en avión. Algún día pasarías al otro lado de la pantalla para ver cómo la historia se elevaba a tu alrededor. O como caía. Como cayó el muro de Berlín.

En aquellos días descubrimos que no sólo queríamos ver el mundo. Lo queríamos comprender. Queríamos preguntar. No nos bastaba la belleza de una postal. Necesitábamos sentir que el globo se movía bajo nuestros pies. Temblar. Y buscando el movimiento, acabamos atrapados en una mole de hormigón: eso que se llamaba Facultad de Ciencias de la Información. Un barco varado que nunca zarpaba. Entonces no sabíamos que aquella era la primera lección. Que nos hacíamos periodistas para ir, pero que muchas veces nos tocaría quedarnos. Convertirnos en eso que con cierta gracia amarga llamamos «quedado especial».

Y nos quedamos. En nuestras mesas. En nuestras redacciones. En nuestros platós. Y aprendimos que el mundo también se podía mirar desde las cámaras de otros. Como cuando éramos pequeños. Para que los nuevos pequeños que estaban al otro lado de la pantalla, tuvieran aquella ilusión lejana de viajar.

Frente a las pantallas multiplicadas hasta el infinito de los controles de televisión, empezamos a sospechar que la realidad era como el fútbol: que se veía mejor con su cadena de cámaras y sus planos ralentizados, que la mirada más enfocada para comprender el mundo era la del gran hermano de la información.

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El control de realización de CNN parecía el refugio de un mago de Oz voyeur. Desde aquel útero hermético, oscuro y recóndito, nos dejábamos iluminar por la realidad convertida en un mosaico de pantallas. Con su rompecabezas de señales en directo. Que no siempre cuadraba. Había que hacerlo coincidir. Darle un sentido. Desde Rusia hasta Chile. Desde Haití a Japón. La vida convertida en hercios incandescentes. Al alcance de un botón. Bastaba con pinchar una cámara o pinchar otra para cruzar de la bolsa de Nueva York a un reportero empotrado en el desierto. Era la película de la Historia desplegándose ante nuestros ojos. Ni en los mejores sueños de aquellos días de la Dama de Hierro podíamos haber imaginado algo así. Y sin embargo, ahí estaba: viajábamos de una conmoción a otra, de una revolución a la siguiente, de una guerra a una tregua, pasando de pantalla en pantalla. Sin salir de aquel agujero que llamábamos redacción. Ya que estábamos condenados a ser quedados especiales, al menos miraríamos el mundo desde nuestras falsas ventanitas tecnológicas. Y saldríamos ganando con el truco: porque lo veíamos todo a la vez.


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ÁFRICA NO ES TRISTE, UN PASO DE JEAN-ARSÈNE YAO

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El analista político marfileño Jean-Arsène Yao, docente de América Latina en la Universidad Félix Houphouët-Boigny de Abidjan, repasa los prejuicios informativos en el tratamiento que el periodismo occidental da de África, poniendo el dedo en la llaga de cómo, para muchas redacciones, hablar de África no interesa porque «es demasiado triste». Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


La visión que se tiene de África es a menudo mucho más cruel que lo que allí ocurre realmente. No lo digo porque la mala representación del continente en los medios de comunicación sea un fenómeno nuevo, sino porque esta se ha convertido en un principio para mucha gente. Esto se debe en parte a cómo enviados especiales, turistas y/o voluntarios de las ONG y demás «aves de paso», consciente o inconscientemente, difunden la decadencia del Hombre africano y hacen triunfar los clichés.

Por esto no sería aventurado atribuir la desinformación del público occidental sobre los problemas de los países africanos a las insuficientes explicaciones y contextualizaciones de la información que, además, suelen teñirse de prejuicios postcoloniales. De este modo, los medios de comunicación propician una producción masiva de la ignorancia social. «África es demasiado triste», me dijo un locutor de radio para justificar la escasez de programas que se le dedican. Ante tal afirmación, me afané por explicarle que si pensaba así era porque nunca le habían enseñado el lado feliz de nuestro continente, ni tampoco le habían contado nuestra prodigiosa capacidad de adaptación. Ausente de los programas educativos europeos, África siempre aparece como el continente «sin». Sin monumentos, sin escritura, y por consiguiente sin historia. Sin innovaciones científicas, sin industrias punteras, sin naciones, sin democracia… Pero con animales fotogénicos, guerras tribales y mujeres fáciles para los turistas y militares. Estos últimos no pasan por su mejor momento desde que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución condenando los abusos sexuales que tan impunemente cometían en la República Centroafricana.

La adopción de esta medida coincidió con las elecciones presidenciales celebradas en Benín y Níger, que, al igual que ocurrió cinco años antes, fueron ejemplares en unos tiempos políticos turbios marcados por constituciones violadas y procesos electorales contestados. Lejos de dar una amplia cobertura a estos comicios, yo, por lo menos, observé un silencio clamoroso por parte de los medios de comunicación que sólo se rompió con una escueta nota de prensa de la agencia EFE, que recogía la felicitación del Gobierno español «a los candidatos, a la administración y a todo el pueblo de Benín por la madurez democrática mostrada en todo el proceso electoral».

Pese a la brevedad del artículo —189 palabras— reconozco que la noticia me sorprendió gratamente y no era para menos. En tres lustros de residencia en España, pocas veces he leído noticias positivas de nuestra África, de la que se habla casi siempre en términos apocalípticos: sequías, hambrunas, epidemias (sida y ébola), golpes de Estado, inestabilidad política y corrupción. Esta concepción infernal se combina con otra que representa al continente como el jardín del Edén por su carácter primitivo, natural, zoológico —¿se acuerdan de la muerte del león Cecil, en Zimbabue?— y premoderno.

Tengo curiosidad de saber el por qué tan negativa imagen de África. Algunos profesionales me han explicado, siguiendo la teoría del establecimiento de temas («agenda setting», en inglés), que dado el espacio y el tiempo limitados de los que disponen, los medios de comunicación no pueden dedicar la misma atención a todo lo que ocurre en el mundo, y se ven obligados a hacer una selección. Y, al parecer, África tiene tal suerte —lo digo con ironía— que las buenas noticias que vienen de ella rara vez aparecen en la prensa occidental. Y, cuando lo hacen, nunca figuran como el fruto de los esfuerzos de sus propios habitantes, sino como consecuencias de la intervención de un país occidental, la llamada comunidad internacional o la providencia.

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Dicho de otra forma, si África no es una causa perdida, desde luego necesita absolutamente a Occidente para su supervivencia. Situación que ha llevado a algunos malpensados —entre los que está el autor de este texto— a hablar de cobertura ideológica de África, cuya información conforta así los pensamientos neocoloniales, refuerza los prejuicios y justifica el afropesimismo. Es lamentable que casos de éxito africanos, como el de Benín, considerado como el laboratorio de la democracia en el continente, nunca aparezcan en estos medios. Sin embargo, bastaría con que una campaña electoral en este país estuviera marcada por actos de violencia para que ocupara las portadas.

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LIBROS: FALSA CALMA, DE MARÍA SONIA CRISTOFF

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Por Silvia Cruz Lapeña

Cañadón Seco, El Caín, El Cuy, Maquinchao, Las Heras. María Sonia Christoff recorrió esos cinco pueblos y las vías que los enlazan para explicar la Patagonia que no ven los turistas. Falsa Calma (Alpha Decay, 2016) le brotó estando en Tierra de Fuego, donde traducía los diarios de Thomas Bridges, primer habitante blanco de la isla. La tierra que visita y narra Christoff no es nueva para ella. La escritora nació en Trelew y ya había compilado y prologado Patagonia, una selección de relatos en la que algunos escritores sureños del siglo XX retratan sus lugares de origen. Este es un viaje hecho tras veinte años de ausencia pero la autora no vuelve con ojos añorados, ni a explicar su vida allí, ni sus recuerdos. Hay detalles autobiográficos que la ayudan a avanzar, que acercan al lector a la viajera, pero su misión es poner la mirada, explicar lo visto. Y lo visto es una tierra fuera de las rutas turísticas, olvidada, de la que nadie se ocupa, a la que apenas va nadie y de la que nadie huye.

Cuento, embrujo y expulsión. Hay relatos en el libro de Christoff que parecen cuentos. Cuentos con peligro, como ella misma advierte: “Cuando uno realmente quiere llegar al fondo, el cuento completo se quiebra, quedan huecos, incógnitas, un sinsentido del que más vale hacerse amigo.” Dice también la autora que es inevitable sentirse embrujado en la Patagonia. Y también que ese encantamiento se acabe rompiendo: “Para el escritor no siempre es fácil determinar exactamente el instante en el que la malla que conforma al lugar empieza a cercarlo —como la piel que genera un pus alrededor del elemento extraño— antes de expulsarlo definitivamente”. En un lugar desértico, el visitante es bien recibido pero hay un momento, quizás cuando los del lugar descubren que se acabará marchando, en que le hacen el vacío y todos desean que se largue. Christoff se dio cuenta el día en que un perro callejero, hasta entonces parte de una manada tranquila y abúlica, le mordió en la pierna.

Saint-Exupéry, Borges, Thorau o T.S.Eliot. A esos autores y a otros muchos recurre Christoff para acompañar su prosa limpia. Todos ellos, ya sea en referencias o en citas enteras, la invitan a apartar los ojos de lo local y respirar. Y a sacar una lección universal de esos entornos enormes pero limitados. También hay referencias a best-sellers, como es el caso de los libros de Thomas Harris, donde reina el malvado Hannibal Lecter. El asesino se le aparece a Christoff en una pesadilla y le sirve para hablar, de manera ingeniosa y efectiva, del canibalismo que se atribuyó a algunas tribus indígenas de la Patagonia pero también para reflexionar sobre su viaje y su trabajo, con el que a ratos se siente como una invasora: “Que lo que hago metiéndome en la vida, en los cuentos y en la cabeza de la gente es igual a lo que él hace. Que lo que yo llamo una voz bifronte es en realidad canibalismo.”

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Cautiverio, supervivencia, invención. Las palabras también son paisaje en este libro. En la crónica de Christoff aparecen arvejas, mate, avionetas Pipers y lugares con nombres como Pico Truncado. “Pensar que volví por una semana y me quedé para siempre.” Habla un quiosquero que apenas vende unas chucherías cada día y un billete a la semana para un autobús que pasa siempre a una hora aproximada, jamás exacta. “Pensar que volví por una semana y me quedé para siempre.” Repite la frase como si fuera un conjuro, reflejo de una monotonía que provoca que tanto él como sus vecinos se sientan encarcelados. De esa prisión muy pocos huyen y Christoff refleja bien por qué sucede. La imposibilidad no está en las circunstancias, está en el alma. Y todos acaban inventando excusas, historias que justifican su inmovilismo. “Es el desencaje del punto de vista, la distorsión de la mirada que padece el cautivo. Una distorsión que, pareciera, es el precio que se paga en el encierro para no morir”. Esa deformación de la mirada engendra en casi todos los habitantes motivos para seguir allí, enloquece a unos cuantos y mata a otros pocos. “Los chicos de las Heras se ahorcan. A las estadísticas de ese informe citado, hay que agregar los ocho suicidios consumados y los ocho intentados durante el resto del 2003.”

Fantasmas, muertos, cadáveres. “Lo fantasmal no implica el vacío”, escribe Christoff, quien recurre a la Historia para explicar las matanzas de comerciantes a principios del siglo XX en el Paraje de Lagunitas. Es sólo un ejemplo de lo fácil que era desaparecer en la Patagonia no hace tanto. La Historia pone cuerpo, carne, materia a un relato lleno de silencios, de parajes huecos y de supersticiones. Y deja constancia de que a veces en los huecos lo que hay son cadáveres, no fantasmas. La Historia también dice que no hace tanto vivían en Cañadón Seco 2.300 trabajadores. Estaban contratados por Repsol YPF para extraer el petróleo que contiene la tierra. Cuando Christoff publica por primera vez este relato, en 2005, sólo quedan diez personas en ese pueblo. Tampoco esos que no ya viven allí son fantasmas, son despedidos, y reflejan el abuso que se ha hecho sobre una tierra de la que las autoridades, nacionales y extranjeras, han visto sólo el suelo y sus posibles. Casi nunca a sus hombres y mujeres, tampoco sus necesidades. “Tradición de reclamos no atendidos que la Patagonia siempre tuvo con el gobierno central”, escribe la autora sin aspavientos. Pero su calma, como la del título, es aparente. Porque detrás de ese fluir de anécdotas, datos, historias y rostros hay un aullido: el que lanza Christoff contra el olvido.

Falsa Calma. Un recorrido por los pueblos fantasmas de la Patagonia

María Sonia Cristoff

Alpha Decay, 2016. 256 páginas.

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7 DÍAS PARA VIAJAR Y LEER GRATIS

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Sí, tal como suena: si te registras ahora en www.altairmagazine.com e invitas al menos a un amigo a hacerlo, podrás acceder gratis a los contenidos para suscriptores (nuestros Pasos y monográficos 360˚) durante 7 días (naturales, a contar desde el momento de invitación). Si invitas a más amigos, se añadirán otros 7 días por cada uno de ellos que se registre.

Y si ya estabas registrado o eres suscriptor, también podrás mandar invitaciones (desde la pestaña «Mi perfil») y así conseguir el acceso gratis o que se extienda tu suscripción 7 días más por cada amigo registrado.

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Los rituales de México, la identidad de Cerdeña, las innovaciones de Dakar, las junglas de Paraguay, el mundo de los mapas, las músicas de Medellín… 7 días no alcanzan para dar la vuelta al mundo (¿o quizás sí?). Tampoco para leer los 48 artículos de nuestros Pasos o los más de 100 capítulos de los 6 monográficos que tendrás a tu disposición al registrarte… Pero en algún puerto hay que empezar cada viaje, ¿no? ¡Acompáñanos!

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Un diálogo con Jon Lee Anderson, por Paty Godoy y Pere Ortín

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Cuando una persona tiene a las espaldas los años y las experiencias como reportero de Jon Lee Anderson, con tan sólo hablar con ella ya podemos trazar un mapa de la profesión. Que, en este caso, es como trazar un mapa de muchos conflictos patentes y secretos de los últimos veinte años de la historia internacional. Paty Godoy y Pere Ortín se sentaron precisamente a eso, a hablar con el maestro de reporteros y colaborador de The New Yorker, y aquí podéis empezar a leer el resultado, parte de nuestro 360º sobre Cartografías.


«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Entre risas, mientras sorbe su habitual café americano y recién llegado de Madrid maleta en ristre, el escritor argentino Martín Caparrós discute con nosotros «el precio de su ausencia» en el encuentro que tendremos al rato con su colega Jon Lee Anderson, el reportero de la revista norteamericana The New Yorker.

Sin cerrar ningún trato y poco antes de las once y media de la mañana, dejamos a Caparrós apurando su café y de camino a un encuentro sobre «periodismo de datos» (sic) y buscamos a Jon Lee Anderson. No ha llegado…

Cuando aparece —casi una hora después y a pesar de que su reloj de muñeca, de correa de cuero roja bien desgastada, parece en hora— nos explica la «confusión»: nos esperaba en su hotel y no en el museo de Barcelona donde, por fin, nos hemos encontrado.

Aclarada la situación entre sonrisas, y tras pelear por otro café con una de esas infernales máquinas suizas que han encapsulado el sabor de la infusión con nombre de antiguo reino etíope (Kaffa), nos sentamos a charlar en un amplio despacho con sillones cómodos que nos presta el director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Cinco Viajes al infierno

Aunque no hay necesidad de romper ningún hielo, le hemos traído a Jon Lee Anderson un regalo que sabemos apreciará: Cinco Viajes al infierno, un libro de la gran cronista norteamericana Martha Gellhorn que, junto a su marido Ernest Hemingway y George Orwell, es una de esas referencias clásicas admiradas por Anderson. Anderson recibe el libro —un ejemplar de la edición en español de la colección Heterodoxos de Altaïr que no conocía— con una sonrisa agradecida. Lo hojea con detenimiento y, aunque tanto él como nosotros sabemos que no dispondrá de demasiado tiempo libre para leerlo, todos ponemos cara de satisfechos.

«Saki»

Jon Lee Anderson, como Gellhorn, también ha descendido a unos cuantos infiernos. Y, como la gran cronista norteamericana, lo ha hecho sin perder una predisposición innata para la sonrisa cómplice. Se siente bien en cualquier lugar del mundo y tiene «por instinto» esa maravillosa facultad humana «de la adaptación».

Alto y fuerte —de joven, en Liberia, le pusieron el sobrenombre de Saki («hombre alto» en lengua kpelle)—, en su conversación se nota que conserva aquella misma actitud curiosa que, según recuerda, tenía cuando, con dos años, empezó a escudriñar el mundo «desde su caja de arena». A pesar de todo lo que ha visto y oído, sigue siendo aquel niño que nunca se ha dejado vencer por esos momentos de la vida en los que el cinismo y la depresión parecen ser las únicas salidas posibles. Perfeccionista, pero sin alardes retóricos, reconoce que sólo necesita «café y una silla cómoda» para escribir y que lo más importante en su trabajo es «tener muy claras cuáles son tus prioridades».

Rigor y veracidad

Hace años —preparando un retrato sobre Gabriel García Márquez— que Jon Lee Anderson dejó de utilizar grabadora y libreta de notas frente a sus entrevistados. No se trataba de imitar el método de Truman Capote en su proceso de creación de A sangre fría, sino de no «intimidar» a las personas con las que hablaba. ¿Método? Pues el más exitoso de todos los que existen: no tenerlo. Su estrategia, reconoce, no es muy ortodoxa. Se trata de entrenamiento y oficio para, primero, propiciar conversaciones con enjundia, diálogos vivos y situaciones coloquiales que, luego, se desarrollarán en un periodismo que usa las herramientas de la literatura para contar historias basadas en hechos reales, explicados con rigor y veracidad.

White chink

Aunque no le gusta que le pregunten por su vida personal, el asunto surge de manera natural. Jon Lee Anderson es fruto de una pareja que lloró cuando se enteró por la radio del asesinato de John F. Kennedy en Dallas. Su madre era una «extrovertida y multitalentosa» escritora de cuentos juveniles que también bailaba y pintaba (y a la que Anderson le debe el amor por los libros). Su papá era «un nómada» que se definía como un «socialista de corazón» que se amoldó a la categoría de los «liberales» norteamericanos. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, navegó por los mares del sur antes de trabajar para el servicio exterior norteamericano y construir, junto a su esposa, una familia en mudanza constante.

Jon Lee Anderson vivió en ocho países distintos hasta los 18 años (Taiwan, Colombia y Corea del Sur, entre otros) y eso marca. Nunca ha olvidado, por ejemplo, cómo a los doce años, instalado temporalmente en Estados Unidos, lo llamaban «white chink» («el chino blanco») en el colegio por haber interiorizado tanto sus vivencias asiáticas.

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Cerrando el año entre viajes y crónicas

Ya llevábamos algunas semanas apareciendo en las redes, haciendo Voces, creando Pasos, avisando de que llegábamos. Anunciando que empezaríamos por irnos a México pero que eso solo era el principio. Entonces, un 3 de julio, nos presentamos en sociedad, en la librería de siempre —nobleza obliga— para no olvidarnos de donde venimos, pero con el propósito firme de salir de sus muros y trasladarnos al resto de lugares de habla hispana. Nacía ALTAÏR MAGAZINE y nuestra nueva casa era la Red.

Lo dijimos desde el principio, como base inamovible: el nuestro es periodismo de largo aliento y de gran recorrido, «cada historia es repasada, leída, editada, y puesta en duda varias veces antes de ver la luz. Lo mismo con cada fotografía, con el orden en el que van colocadas para fortalecer la narración; con el audiovisual ocurre del mismo modo. No precipitarnos es una decisión tomada a conciencia: si no trabajamos duro para entregaros las mejores historias, ¿por qué habríais de acompañarnos?».

Y a pesar de ello, en apenas medio año hemos producido tres monográficos completos y complejos sobre tres puntos muy diferentes del globo (México, Cerdeña y Dakar); numerosos Pasos reinventando los géneros, donde mezclamos crónica y reseña, ficción y ensayo, ilustración y prosa; y decenas de Voces de todo el mundo contando sus realidades, publicadas en abierto y gratuitas para todos los lectores. Esto es un pequeño resumen de todo ello, de lo que ALTAÏR MAGAZINE quiere ser y ha ofrecido a sus lectores:

–       En nuestros monográficos hemos ensayado nuevas formas de contar los lugares, usando nuevos formatos, como el mapa interactivo de contenidos sobre Dakar que presentamos en su 360º. También hemos dado la relevancia que se merece a la fotografía, buscando que no sea una simple ilustración sino un modo más de narrar, como la sorprendente historia de los Luchadores del polvo de Lizeth Arauz en nuestro especial sobre México. Y por supuesto no olvidamos a nuestros autores, que cuentan la realidad desde dentro y no como meros visitantes: desde Ana Claudia Rodríguez haciendo una crónica tanto personal como histórica de la emigración sarda en Argentina, hasta Simona Manna, ilustrando todo un territorio a partir de una conversación íntima y familiar. Por no hablar de nuestra apuesta por la producción local en nuestro 360º sobre Dakar, donde por una vez África no está contada desde Europa, sino desde dentro, con las voces de intelectuales como Boubacar Boris Diop, Oumar Ndao, Ken Bugul y muchos otros.

–       En nuestros Pasos hemos tenido el privilegio de contar, entre muchos otros, con dos de las mejores plumas en español a la hora de hablar y reflexionar sobre la literatura de viajes. Jorge Carrión y su serie de «La tradición inquieta», con grandes escritores y viajeros como Juan Goytisolo o Jan Morris; y Gabi Martínez y sus artículos a medio camino entre la narración y la crónica, como aquel texto espectacular sobre el zoólogo Vicente Uríos y la «resurrección» de algunas especies extintas. Eso son los Pasos en ALTAÏR, una revisión de los modos de contar, que tan bien ejemplifica el reportaje que dedicó Ralph Zapata Ruiz a la pobreza en el valle peruano de Lares: directo, preciso y sin melodrama.

–       Y nuestras Voces, nuestra cara más visible, textos en abierto y gratuitos para todos los lectores donde caben desde reseñas, como la de Belén Herrera sobre Un dragón latente de Norman Lewis, hasta crónicas de eventos relacionados con Altaïr, como la que dibujó —sí, dibujóPedro Strukelj cuando nos visitó el escritor Marcello Fois. Un espacio para voces del periodismo viajero latinoamericano, como Carolina Reymúndez y su «fin de la veranada» en Chile. Un espacio también para la producción propia de ALTAÏR MAGAZINE, como ese viaje mágico, literario y árido que hicieron nuestras redactoras por la soledad de Sobrepuerto, en el Pirineo aragonés.

Medio año. Seis meses que nos han parecido una vida, la primera de la que vamos a vivir con nuestros lectores y nuestros autores. Porque ALTAÏR MAGAZINE no es solo «una revista de viajes»: es una manera de entender el viaje, el periodismo y la vida.

¡Feliz 2015 a todas y todos!

 

 

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Xavier Aldekoa: contar un continente que no se puede contar

Hacer entrevistas promocionales siempre es algo agotador, por muy emocionado que estés por la salida de tu libro. Xavier Aldekoa sonríe, cansado de responder un poco siempre a las mismas preguntas, pero está contento y se le nota. Hay una entrevista con nuestro director, Pere Ortín, sí, pero primero comparten comida (hummus, guacamole, arenques…) y una conversación larga y tranquila.

Sin nostalgia, intercambian recuerdos y nombres de viejas redacciones donde el periodismo estaba sobre cualquier otra consideración, aunque ahora esté bajo sospecha y vayan marchándose poco a poco los antiguos «maestros» o los «referentes». Donde un «enviado especial» lo era de verdad, y no un corresponsal por cuenta propia que se busca la vida como puede, aunque luego los medios se vanaglorien de sus reportajes.

En seguida se ponen sobre la mesa nombres como René Caillié o libros como El corazón de las tinieblas, pero sobre todo Un capitán de quince años de Julio Verne, quizás el libro que terminó de empujar a Aldekoa hacia África y el periodismo. Un periodismo que solo funciona cuando los demás abren sus puertas y su corazón y cuentan sus historias al reportero.

Ambos quisieron ser periodistas en África, y lo consiguieron, aunque a diario —cada uno a su manera— se encuentra con preguntas que no saben responder: ¿Cómo hablar de aquello que no se puede contar? ¿Cómo hablar de sufrimientos insufribles, de hambres que uno no padece, de mitos que no conoce, de ideas que no comprende? ¿Cómo describir paisajes o situaciones o sentimientos que superan el entendimiento y que se presentan muy a menudo? ¿Se puede combatir el cliché pesimista sobre África? ¿Sirve para algo esto que hacemos?

Entrevistador y entrevistado, o mejor conversadores, llegan a la conclusión de que en el fondo da igual, y que en Níger, en Calcuta, en Hong Kong o en un campo de refugiados del Este de África el cronista se nos presenta como una máquina de hacer y de hacerse preguntas, esa idea que no dejamos de repetirnos en ALTAÏR MAGAZINE.

Siguen hablando Xavier y Pere, antes de encender la cámara, de los compañeros de viaje de Aldekoa, como Júlia, Rodrigo, Barry, Javi o Jordi. De su hija de 8 meses. De otros periodistas, del magnífico trabajo que están haciendo en América Latina. Y también del pap, su plato africano preferido, una especie de pasta de mijo, que es la base alimentaria para millones de familias africanas. Un poco soso, pero «mejora cuando se acompaña con más cosas. Como la vida.»

La entrevista con Xavier Aldekoa en las Voces de ALTAÏR MAGAZINE.

Hoy, jueves 27, a las 19:00, presentación del libro Océano África en la librería Altaïr de Barcelona, en la que Xavier Aldekoa estará acompañado por Jordi Basté y Pere Ortín.

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El reto de la edición digital

El escritor Gonzalo Torné ha dado hoy, día 30 de octubre, el pistoletazo de salida al II Congreso del Libro Electrónico que está teniendo lugar en Barbastro (Huesca). Ponentes de todos los sectores relacionados con el e-book, desde escritores a editores pasando por traductores, correctores, bibliotecarios o libreros, hablarán durante estos dos días de temas como «la biblioteca ante el reto del libro electrónico, la suscripción digital, los cambios en los hábitos de lectura ante la irrupción de lo digital, qué papel juegan los editores en el nuevo panorama, la autoedición o las oportunidades que Internet ha dado a los escritores que publican desde la periferia», según dicen los propios organizadores del encuentro.

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