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ATRAPA TU LIBRO

Palabras, audios y contorsiones...
Carolina Reymúndez

...para editar el viaje de otro. Entre el buen criterio y el respeto por la voz autoral, algunas reflexiones empíricas sobre la escritura de viajes. 

 

Una colega con la que no hablo hace tiempo me contacta por un trabajo. Un amigo suyo viajó de Alaska a Ushuaia en una camioneta con su mujer y su hija de diez años y necesita ayuda para terminar el libro del viaje. El amigo —a partir de ahora D. B.— me llama, hablamos una vez, hablamos dos, hablamos tres y me contrata. 

Dice que ya tiene todo escrito, sólo hay que «ajustarlo». En algunos casos, ahora lo sé, ajustar es un verbo amplio y abarcativo como una sombrilla para un batallón. 

A los pocos días recibo un borrador del libro y ahí están las palabras y expresiones que combato en los cursos de crónicas de viajes que doy hace diez años. Todas juntas, más gastadas que los huevos del toro de Wall Street. Las leo seguras de sí mismas, altivas porque tienen un dueño que las defenderá de mí, aunque él me haya contratado. 

«Atrapar los sueños», «magia», «el tiempo se detuvo en…», «cabañas multicolores», «paisaje hipnotizante», «lanzarme a la aventura». Están quietas pero siento que se ríen a carcajadas, como si tuvieran el poder de ser indelebles y con los brazos en jarra me dijeran: no podrás reemplazarnos, él está enamorado de nosotras, jajaja. 

Tengo un borrador en las manos. Es un libro de fotos —D. B. es fotógrafo aficionado— con epígrafes largos, una introducción y un texto final. Las páginas no están numeradas, son alrededor de 200. El libro cuenta el recorrido de 40 000 kilómetros a través de imágenes a veces al corte y sin espacio para texto, otras con tres o cuatro líneas de texto y algunas, un poco más. Tiene además un contenido espiritual: dar un mensaje, me entendés, yo quiero que la gente salga a atrapar su sueño. El autor pronuncia esa frase y me imagino gente corriendo en una colina verde como la de Microsoft blandiendo su atrapasueños de crochet y plumas para que la red capture al menos un resquicio del deseo. ¿Y si le digo que atrapar es una palabra con connotación negativa? La araña atrapa su bichito, el cazador atrapa su presa, la policía atrapa al ladrón. Googleo el origen del atrapasueños porque intuyo que el gusto por esa palabra viene de ahí. La idea, se sabe es que el aro de madera de sauce se cuelga arriba de la cama y funciona como un tamiz que deja pasar los sueños buenos y en las plumas quedan enganchadas las pesadillas. Lo usaron los aborígenes norteamericanos y se popularizó al infinito (seguro que hay atrapasueños made in China). 

«Voy a intentar mostrarte con cada fotografía lo que sentimos en cada amanecer, en cada color que la naturaleza pintó para nosotros…». El autor ve poesía donde yo no, pero él es, justamente, el autor. ¿Debería tragar saliva y dejar pasar ciertas palabras? Si por lo menos se enredaran en el atrapasueños… ¿Intentar convencerlo con los argumentos del curso? ¿Recomendarle autores? A simple vista, este encargo va a ser más difícil de lo que pienso. El título del libro que recibo es: Atrapando los sueños.

Le sugiero que pautemos algunas entrevistas para tener más información sobre el viaje y así poder contar anécdotas y describir paisajes. Información, esa es la llave para reemplazar la «magia».

Me pide que vaya a verlo a su lugar, un espacio creativo en las afueras de Buenos Aires. Voy preparada: el libro leído, el grabador con memoria y el mapa de su viaje en mi cabeza. Llego a un loft con piso de madera, una moto enduro, un skate retro que le regaló el mismísimo Mark González y carteles de madera patinada con colores pastel y mensajes positivos: «Con los ojos cerrados y los sueños despiertos», «Si puedes soñarlo puedes hacerlo», «Every day is a second chance» y así. 

Nos sentamos frente a una computadora y abre la maqueta del libro. Atrás cuelga un corcho con todas las fotos que usó. Una de las primeras frases que me dice es que no va a cambiar ninguna foto, que ya está todo escrito y vuelve a lo de los ajustes. Ajustar en la RAE: acomodar o adaptar una cosa con otra. Pienso que para ajustar el texto primero nos tenemos que ajustar nosotros. 

D. B. es surfer, motoquero, snowboarder, skater. Lo rodea la mística de los deportes de deslizamiento. Viajó de Ushuaia a La Quiaca en moto y de Buenos Aires a Machu Picchu y viajó por Europa en una van. Vivió en Canadá para estar más cerca de las montañas nevadas y recorrió Australia en busca de la ola perfecta. Esa es otra dupla que se repite en el libro: la ola perfecta; durante los próximos días soñaré que una de esas olas perfectas me enrolla y me convierte en maki, el roll de sushi que va con alga nori por fuera. Yo estoy adentro, entre el salmón y la palta. 

D. B. Tiene cincuenta años, pelo largo ligeramente canoso y no es alto. Jeans, buzo y zapatillas. Como es invierno no se ven, pero por las fotos del libro sé que tiene tatuajes en los brazos y en las piernas. Ofrece un café y acepto.

Durante las tres horas que siguen no nos levantamos de las sillas y su viaje de seis meses se transforma en nuestro objeto de estudio. Lo diseccionamos como a un insecto. Traigo cada órgano bajo la lupa: la camioneta (van le dice él), los integrantes, los caminos. Pregunto, pregunto, pregunto. 

¿Cuánto duró la planificación del viaje? ¿Cómo mandaron la camioneta? ¿Cuándo salieron? ¿Llevaron seguro? ¿Cómo se mantuvieron? ¿Burocracia en las aduanas? ¿La escuela de la niña? ¿Cómo fue la convivencia en diez metros cuadrados? ¿Se peleaban? ¿Qué comían? ¿Cuánto paraban en cada lugar? ¿Hablaban inglés? ¿Vieron osos?

Contesta todo, está nervioso porque sabe que es un momento clave. Ya intentó hacer este trabajo con tres personas y siempre desistió. Dice que perdió dinero pero el resultado que le entregaban no le convencía. «Sé que con vos voy a llegar hasta el final». Dice que tuvo que ir al psiquiatra porque no puede dormir. «Mi prioridad es el libro. Quiero que sea una poesía de la vida. Quizás es mi único libro, pero le voy a poner todo».

Me cuenta sobre cada foto y siempre parte de leer sus textos en voz alta. Sonríe porque le gustan. Yo por dentro lloro porque no me gustan y pienso en la palabra consenso. También pienso que tengo la posibilidad de mejorarlos y un límite. En ese campo de juego por demás estrecho debo moverme. 

En el curso de crónicas de viajes les suelo pedir a los alumnos que descartemos las frases hechas, el exceso de adjetivos. Juntos acordamos dejarle los sueños a Freud, la magia a David Copperfield y las elucubraciones sobre del tiempo a Proust. El paraíso, les digo, es un árbol o una ubicación en el teatro, la más barata. Es la sede bíblica de Adán y Eva pero sobretodo es un lugar común. El paraíso es un lugar común.  

Me pone feliz cuando leo tareas sin un cardumen de calificativos ni frases hechas, con descripciones esmeradas que permiten ver un lugar. Así vivía en este limbo teórico hasta que conocí a D. B. y ejem el tiempo se detuvo. 

A medida que hablamos se me ocurren ideas para mejorar el libro y se las comento.  

 

—No, pará, no. Pero, estoy trabado, a ver, esto me costó un año y ya no puedo agregar nada. Es lo que hay, tenemos que trabajar con eso. 

 

Más que una editora me siento un rehén con las manos atadas en un lugar oscuro. Veo una luz al final del camino; por momentos creo que podré escapar, pero no será fácil. 

Pasan las páginas y las horas hasta que llegamos al episodio de la raya. Ese es el punto de inflexión del libro. Ocurre más o menos en la mitad, en Panamá, cuando la cola de una raya le perfora la planta del pie con una descarga eléctrica. La anécdota es potente y sin embargo al leer el texto prevalece la lección que «la naturaleza» le da en ese momento: bajar un cambio, hacer reposo. 

De vuelta a Buenos Aires en la autopista escucho su tema preferido del viaje: Vamos a dar la vuelta al mundo, de Calle 13. Me contó que cada vez que sonaba lo cantaban fuerte, mientras los días y los paisajes pasaban por la ventanilla: «[…] El tiempo no me mueve/ Yo me muevo con el tiempo/ Soy las ganas de vivir/ Las ganas de cruzar/ Las ganas de conocer/ Lo que hay después del mar […]». 

La ciudad ya encendió las luces y mientras manejo pienso que mi papel en esta obra es de mano invisible. La mano que modula la voz de otro. La mirada sin voz. La edición, perdóneme el alumno que acaso esté leyendo, tiene algo de mágico. 

Quedan cabos sueltos después de la entrevista y le repregunto por mensaje. A mis preguntas le siguen sus audios con respuestas, precisiones, historias, nombres. El intercambio es fluido y estoy adentro de su viaje. Así como en La rosa púrpura del Cairo Mia Farrow sale de la pantalla, yo me meto en su cine mental. Doy un saltito y entro. Me impregno de sus historias y, como decimos en Argentina, le saco la ficha al personaje. O eso creo. 

¿De qué raza es el perro que dejaron en Buenos Aires antes de irse? ¿Cómo es el apellido de tu mujer? ¿Hiciste un diario de viaje? ¿Cuántas cámaras te llevaste? ¿Tu hija escribía un diario? Ese perro de la foto, el que nada a buscar el palo frente al hidroavión en Alaska, ¿de dónde salió, ustedes le tiraron el palo, estaban jugando? Sigo preguntando, busco como una perra sabuesa. 

La foto del perro y el palo me gusta, está cerca del comienzo, en la octava página. Hay un lago y un Labrador que nada hacia un palo que está cerca de un hidroavión, y en el horizonte las montañas de Ketchikan. El epígrafe de la foto dice que el tiempo se detuvo y que su hija le hizo saber que las prioridades eran otras. En lugar de «tirar el palo» escribe «lanzarle un pequeño trozo de madera». 

Cuando le devuelva esa página escribiré palo y no le gustará por más que él diga palo no «pequeño trozo de madera». El poder de lo simple es atronador en la escritura, pero eso es para los que escribimos. Los que no escriben cuando lo hacen usan palabras que no les son propias, escriben como si no bastara el propio ser y fuera necesario tomar prestado otro vocabulario. Escriben como si se vistieran para casarse, con ropa que no volverán a usar.

Manejo por la autopista camino a la segunda entrevista y practico formas de decirle que el escritor y poeta estadounidense Henry David Thoreau se pronuncia toró y no turó, pero pasará el segundo encuentro y no se lo diré por temor a incomodarlo. En el comienzo del libro hay una cita de Walden y D. B. dice turó y yo pienso en un turrón o en Justin Trudot o en la directora de mi escuela secundaria que se llamaba Liliana Turón.

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… No fuera cosa que, en el momento de morir, me diera cuenta de que no había vivido».

Turó. En las últimas semanas lo repite bastante, siempre estoy a punto de interrumpirlo para rescatar el honor de Thoreau y a último momento no me sale. Cuando maneje de vuelta a mi casa gritaré con las ventanas abiertas, como una rapera andaluza: toró toró olé toró

En las entrevistas descubro que saltea algunos tramos del recorrido, que la gran pelea del viaje se cuenta sin contarse, que hubo días en los que manejó más de mil kilómetros («Para mí es como meditar», me dijo), que se perdió en Baja California, que le robaron en México («Pero eso no lo quiero contar»), que sintió un terremoto en el desierto peruano, que en Nicaragua se encontró con unos amigos que viajaban en combi y que en Belice tuvo miedo de que el dron se le cayera al mar cuando lo voló desde un kayak. A medida que me acerco el viaje de D. B. cobra una dimensión extraordinaria  y recuerdo eso de que de cerca nadie es normal. Tiene otra textura, se ve menos ideal y más real. Me entero del tamaño del baño de la camioneta y de repente el viaje huele. Cuando habla del swell se emociona y casi puedo escuchar la ola perfecta y me imagino los dos kilómetros de una long wave. A veces siento que estoy viajando y me inspiro y capto perfectamente lo que quiere decir. 

Esta mañana le mandé una versión de la introducción y de las primeras fotos y a las pocas horas recibo audios geniales como respuesta. Debo admitir que D. B. es un tipo expresivo y a medida que pasan los días me encariño con él, con sus audios y con su libro. Sobre la introducción repite: me encanta, me encanta, me encanta, me encanta. Cuatro veces, más que un tartamudo. Dice: Sí, sí, sí. Ahora entiendo por qué cuando escribo las palabras sólo una vez le parece que no alcanzan. 

Su devolución trae peros, claro, peros de palabras que no le convencen porque él no las usa y yo no soy él. «Vos me cortás las alas, yo quiero ponerle poesía ¿me entendés? que haya magia». Peros en los que nos trabamos y que generan idas y vueltas de mensajes. Me intriga cuando me manda tres audios seguidos y los elimina antes de que llegue a escucharlos. ¿Le habrán parecido muy duros? ¿Me hablaría golpeado? ¿Me despediría como a las otras tres personas que trabajaron en su libro? Después de un rato los vuelve a mandar y aclara: «Te borré el audio porque era una ensalada de fruta». Seguimos en carrera. Atrapar un sueño es difícil, atrapar el libro de otro mucho más. 

La flaca es como D. B. llama a su pareja y aunque él repite que es todo, en el libro aparece poco y nada. ¿Quién es la flaca? ¿Qué hace? ¿A qué dedica el tiempo libre? En sus palabras: una tremenda compañera, me acompaña en todo por el simple hecho de estar juntos. Cuando le dije del viaje no dudó ni un segundo. La flaca cocinaba y la van se llenaba de aromas. La flaca habla inglés y me ayudaba con los trámites de las primeras aduanas. La flaca hacía las tareas de la escuela con nuestra hija. La flaca me permite crecer, me enriquece. 

Pesco una a una esas frases a lo largo de entrevistas y audios y me las llevo como si fueran salmones en temporada de pesca. Ajusto pero antes vuelvo a la copia del libro y miro una vez más a la flaca, cuando juega con su hija y cuando concina un omelette de sardina frente a un glaciar en Canadá. Envuelta en una manta con la vista fija en el horizonte. Trato de descifrarla como si fuera un jeroglífico. Sólo ahí reescribo. 

Ni bien logro un nuevo avance del libro lo adjunto en un correo y hago clic en enviar. Él los lee por la tarde, cuando los empleados se fueron de la oficina y se queda tranquilo una o dos horas. Tampoco tanto para que la flaca no se enoje porque llega tarde. 

Al día siguiente me llegan más correos con marcas de corrección en rojo. En el primero señala que no se siente identificado con la palabra entretener y que a él le gusta la palabra rumbo y que cada vez que marcan un nuevo rumbo en el viaje quiere que se escriba así. Nuevo rumbo: Columbia Británica. Nuevo rumbo: Tijuana. Me cuesta entender el concepto porque en un viaje de 40 000 kilómetros cada día se marca un rumbo nuevo. 

Otra descripción que no va a cambiar es: «[…] rodeados de bosques que enmarcan como postales pequeñas cabañas multicolores». Va debajo de una foto en la que se ve exactamente eso, ¿y si decimos algo distinto? le pregunto, pero no hay caso, esa seguidilla representa exactamente lo que vio y lo que quiere decir. Y no hay tutía ni tueditora. Es la palabra del autor. Alabado seas. 

Quizás para frustrarme menos, me pongo a pensar en las palabras que nos construyen. Una de las preguntas que le hago a D. B. para interpretarlo es qué libros lo marcaron no para el viaje sino en la vida. Me responde por audio que él no lee libros. «No lo vas a creer, pero tengo cinco ediciones de El Principito». Lo que a mí me gusta son los libros de lifestyle

 

—¿Qué es eso? 

—Son libros de surfers, donde muestran sus viajes y su estilo de vida. Libros de gran formato con poco texto, juegos tipográficos y fotos a doble página. Me manda fotos y algunos videos de los que tiene en su casa. Buen papel, con paisajes de horizonte y citas de vida, por ejemplo: «La gente no compra lo que hacés sino por qué lo hacés». Chris Burkard es uno de los autores que admira.

 

D. B. es un hombre de deslizamiento, acción y mirada, esas palabras lo construyen. En cierto punto de este trabajo acepto que será prácticamente imposible no usar en algún momento «atrapar un sueño» o «atrapar el sueño» o «atrapar los sueños».  No importa que ya exista una familia que viaja en auto y escribió un libro que se llama justamente Atrapa tu sueño. Reescribir un libro ajeno y editarlo implica un renunciamiento a la propia construcción.

La instancia de mandar y devolver se extiende por varias semanas. Va y vuelve, me recuerda a las series que hago en estiramiento y donde siempre se puede un poco más. D. B. se estira para aceptar palabras que no le resuenan y yo para dejar pasar otras que me hacen doler la cabeza. Por momentos, el ejercicio se convierte en una pulseada y por la noche me molesta el biceps. Una vez que hablamos me confiesa que una noche, después de dar mil vueltas en la cama y tachar los avances que le había enviado, le dijo a la flaca: «Ella me corta la poesía». 

A la mañana siguiente recibo una página del libro con una nota en rojo, todo en mayúsculas: «ESTO POR FAVOR NO ME LO CAMBIES, DEJALO ASÍ PORQUE ME GUSTA. SI HACE FALTA CORREGÍ LA PARTE TÉCNICA Y DEJALO TAL CUAL».

Siempre quise ser técnica en algo, tener un conocimiento sistemático, sin matices, exacto. No era un sueño, pero me gustaba la idea. Saber abrir una boca de luz, más allá de la expresión hermosa, y arreglar un cable que está en corto. Visitaría las ferreterías más seguido y llenaría de portalámparas, cinta aisladora y llaves una caja de herramientas. Para D. B. soy técnica en palabras. De palabrista de escritorio a electricista, es apenas un prefijo, quizás todavía estoy a tiempo de atrapar mi sueño. Primero ensayaré algunas respiraciones profundas porque veo que entró un correo nuevo de D. B. con el texto final. Lo abro con galera negra, varita y guantes, todo listo para llenarlo de magia. 

 

Imagen de cabecera, CC JS3245

Carolina Reymúndez
Carolina Reymúndez
Periodista de viajes. Licenciada en Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, trabajó en La Nación de Argentina y actualmente escribe para varios medios de Latinoamérica. Enseña en EPP y Periodismo.net y acaba de publicar su primer libro de crónicas de viaje: El mejor trabajo del mundo
 
 

@carolreymundez