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CALABAZAS GIGANTES EN MÉXICO

Vida portátil (X)
Juan Trejo

A Verónica Flores y Alejandra Tapia

 

Esto ocurrió tras ganar el X Premio Tusquets de novela.

Todo el mundo merece ser tratado como una estrella de rock al menos una vez en la vida. Todo el mundo tendría que conocer en alguna ocasión, por breve que fuese, las mieles del éxito, lo que supone ser considerado un triunfador en su disciplina, sea esta cual sea. No me refiero aquí a un reconocimiento sincero y justo por los servicios prestados, porque el éxito nunca es justo y prácticamente nunca responde a los propios méritos. Estoy hablando de la recompensa que entraña lo que consideramos triunfo, ya sea merecido o no, es decir: los halagos, los parabienes, la atención, las prebendas. Es decir: el trato de favor, las ofrendas y, con un poco de suerte, la vida regalada.

Le dediqué nueve años a mi primera novela. Desde mi punto de vista, tuvo una recepción más que aceptable a pesar de que la editorial despidió a la persona encargada del departamento de prensa justo antes de la publicación y durante seis meses nadie ocupó su lugar. En cualquier caso, la editorial quebró al poco de iniciarse la crisis dejándome huérfano y obligándome a empezar de nuevo lo que se suponía que era ya una carrera iniciada. Cinco años después de publicar la primera, finalicé mi segunda novela. Tan orgulloso me sentía de ella y tenía tan poco que perder que, como ya he dicho en alguna otra ocasión, la presenté a un prestigioso premio literario. 

Durante mucho tiempo creí que lo peor que le podía pasar a un escritor era ganar un premio. Una buena obra no necesitaba que la empujasen o la hiciesen visible, pensaba yo. Y todavía lo pienso. Pero en la valoración del hecho de ganar un premio dejaba de lado un detalle fundamental: el factor humano. Es decir: el autor. Porque es cierto que una obra sigue siempre su camino y alcanza el reconocimiento que le corresponde, ni más ni menos; ya sea en su tiempo o en un esperanzador e incognoscible y remoto futuro, como me dijo en una ocasión Juan Villoro. Pero al autor sí le va de maravilla que le den un empujoncito, que lo reconozcan, siquiera de vez en cuando; siquiera una vez en la vida. Y los premios literarios son básicamente eso: una palmadita en la espalda del escritor. 

La llamada del que hoy en día es mi editor para comunicarme que había ganado el premio me pilló en el coche, saliendo de la escuela en la que trabajaba, camino de casa. En el asiento del copiloto llevaba a una de las profesoras de inglés: me había pedido que la acercase hasta la Cruz de Pedralbes para tomar el autobús. Tuve que detener el coche junto al bordillo para poder exteriorizar mi emoción sin arriesgarme a provocar un accidente. Le pedí permiso a mi compañera para abrazarla y la abracé. Tenía que abrazar a alguien. 

A partir de ahí, todo fue muy rápido y apenas tuve tiempo de hacerme a la idea de lo que estaba ocurriendo. Me hicieron las fotos promocionales un día antes de anunciar públicamente el fallo del premio. Al día siguiente me llevaron a comer a un lujoso restaurante de la calle Roselló para el anuncio oficial. En la comida había un montón de periodistas y dos de los miembros del jurado: Juan Marsé y Almudena Grandes. Ambos fueron sumamente amables, casi obsequiosos conmigo. Desplegaron todo su sobrio encanto para intentar hacerme sentir uno de los suyos. Los periodistas, por su parte, me hicieron varias entrevistas y me tomaron un montón de fotos en el restaurante; algunas de ellas francamente inverosímiles.

En cualquier caso, pocas horas después mi cara aparecía en todas las páginas web de todos los periódicos de España y de Latinoamérica. Del anonimato total a la sobreexposición absoluta; sobreexposición literaria, eso sí, que tiene más bien poco que ver con la verdadera fama.

Durante dos semanas todo transcurrió con cierta tranquilidad, porque todavía no estaba impreso el libro. Pero a mediados de octubre empezaron las entrevistas y las reseñas. Por otra parte, al tratarse de un premio internacional, la editorial había optado siempre por hacer público al ganador o ganadora en la mayor de las ferias literarias de habla hispana: la FIL de Guadalajara, en México. A mí también iban a llevarme allí para mantener la tradición, aunque en mi caso llegaría como ganador declarado.

Volé solo. La gente de la editorial ya estaba en la ciudad, esperándome. Al llegar al aeropuerto me comunicaron que mi maleta había sido transferida a otro avión en el tránsito desde Ciudad de México y llegaría una hora y media más tarde. Por lo visto, no fui el único damnificado. Me encontré con otro de ellos en la barra de la cafetería más cercana a las cintas de recogida de equipajes. También venía de Barcelona. Después de charlar unos minutos con él me di cuenta de que me sonaba su cara y le pregunté su nombre. Era Daniel Cassany, el famoso especialista en lingüística y comunicación, profesor de la Universitat Pompeu Fabra, autor de un libro que me había marcado siendo estudiante: La cocina de la escritura. Pagó él los cafés porque llevaba pesos mexicanos.

Una vez en el vestíbulo acristalado, con la maleta a mis pies, me tocó unirme a un grupito de autores pertenecientes al Gran Grupo editorial del que dependía el sello que había publicado mi obra. A los de nuestra tanda, porque los grupitos se formaban y salían de allí con una pasmosa asiduidad, nos metieron en una furgoneta plateada y nos condujeron casi sin mediar palabra al centro de la ciudad. Cuando llevaba unos veinte minutos apretujado en mi asiento, me di cuenta de que la viejecita risueña que tenía a la izquierda era la escritora Elena Poniatowska, Premio Cervantes del año anterior. Cuando se percató de que no le quitaba ojo de encima, se presentó. Sin tenderme la mano aunque con una aplastante naturalidad, como si se tratase de la cajera del supermercado de al lado de mi casa, me dijo con una sonrisa: «Me llamo Elena Poniatowska».

Me alojaron en el Hilton, un lujoso complejo hotelero situado justo frente a uno de los laterales del gigantesco recinto que ocupaba la feria del libro. Apenas iba a tener que cruzar la calle para verme inmerso en la vorágine. De la suite que me tocó en suerte, lo que más llamó mi atención fue la cama, de un tamaño descomunal, en la que perfectamente podrían haber dormido tres personas de tamaño medio sin llegar a rozarse. Horas después acredité la calidad excepcional de las almohadas, mullidas y adaptables; las mejores de las que he disfrutado jamás estando de viaje.

En el Hilton se alojaba buena parte de la nutrida e ilustre comitiva de invitados de la FIL 2014. Tuve ocasión de comprobarlo a la mañana siguiente, durante la estrambótica escena que tuvo lugar antes del desayuno. Debido a la cantidad de clientes que se arremolinaban en el restaurante durante las primeras horas de la mañana, te obligaban a dar tu nombre a una camarera colocada tras un atril junto a la puerta. Tenías que esperar a que te llamasen cuando quedaba libre una mesa. Pocos minutos después, empecé a oír nombres muy reconocibles del panorama cultural en lengua española. «Jorge Herralde», dijo la camarera del atril. Al poco vi al editor entrar en el comedor acompañado por Lali Gubern. «Arturo Pérez Reverte», dijo al rato. «Juan Cruz.» «Luis Goytisolo.» Parecía el desarrollo de un chiste: «En un restaurante se reúnen Jorge Herralde, Pérez Reverte y Luis Goytisolo y entonces…» La camarera iba pronunciando aquellos nombres como quien constata un pedido en una hamburguesería, sin emoción alguna, con un deje por completo atonal. Finalmente pronunció mi nombre y mi apellido y me adentré, todavía impresionado, en aquel espacio destinado a acoger a la flor y nata de las letras hispanoamericanas. 

El resto de mañanas que pasé en el Hilton respondieron a ese mismo ritual: nombre conocido, nombre conocido, nombre conocido y mi nombre. Una vez en el interior del restaurante, donde podías gozar de decenas de variedades alimenticias asociadas a todos y cada uno de los países del continente, había que llevar a cabo el protocolo de los saludos. Cada cual según sus particulares tendencias personales. Y había mucho donde elegir. Rodrigo Fresán, Diego Fonseca, Julio Villanueva Chang o el solicitadísimo Juan Villoro estaban entre los más cercanos a mis preferencias. Aunque también solía detenerme a darle los buenos días a editores independientes como Luis Solano o a agentes literarias como Antonia Kerrigan, con la que tenía buena relación desde tiempo atrás.

Volviendo a la primera mañana en Guadalajara, mi editor me entregó la acreditación justo después de desayunar y entré con él por primera vez en las instalaciones de la feria. Nada más poner el pie en el interior del mastodóntico pabellón principal era sencillo entender que todo allí era excesivo: el tamaño del recinto, obviamente, pero también el número de stands, la cantidad de puntos dedicados a los medios de prensa, las salas para conferencias y presentaciones. Luego estaba el ruido. Por no hablar de las personas que pululaban por los pasillos enmoquetados. Y eso que todavía no era la hora de entrada del público general. Mi sello editorial disponía de stand propio, en un rincón relativamente cercano a la entrada; era muy coqueto, elegante incluso. 

Al llegar allí, mi editor me presentó a una persona que iba a resultar clave durante mis días en México: Verónica Flores, la máxima representante de mi editorial en tierra azteca. Con Verónica el buen rollo fue inmediato. 

Tuve tiempo de pasear por aquel dédalo de pasillos y paneles de separación y carteles anunciadores y gigantescos altavoces antes de que me sentasen en una mesita y me pusiesen a firmar varias decenas de ejemplares de mi novela. Durante esas primeras horas en la feria me presentaron a un montón de hombres y de mujeres vinculados de un modo u otro a mi sello editorial o al Gran Grupo que lo auspiciaba. Para todas esas personas, algunas soldados rasos y otros detentores de cargos intermedios, parecía ser yo el personaje del momento. Pero dado que no habían leído mi novela, ni tenían la más remota idea de quién era yo, se limitaban a mirarme con una suerte de profesional admiración o embeleso fugaz que, con el paso de los días, se me hizo muy familiar. 

De todas formas, el verdadero conocimiento de la feria iba a adquirirlo al día siguiente, cuando empezasen los actos promocionales. Pero antes de eso, esa misma noche, cené en el lujoso y sofisticado restaurante del hotel Westin con Beatriz de Moura, fundadora del sello en el que acababa de publicar mi novela; una leyenda del mundo de la edición. Dos detalles de esa velada me resultaron particularmente asombrosos, a la par que muy agradables. El primero fue darme cuenta de la cotidiana sencillez con la que la célebre editora hablaba de escritores que para mí habían sido mitos hasta entonces. Beatriz, especialmente dotada para acaparar la atención y gestionarla con gracia y poderío, dedicó buena parte de su tiempo a relatarnos encuentros personales, más que profesionales, con algunos de los más conocidos autores de la casa a los que yo, como ya he dado a entender, admiraba profundamente. Nos habló, por ejemplo, de John Irving como quien hablase del conserje de su edificio o de Milan Kundera como si se tratase de un autoestopista al que hubiese recogido camino de Andorra. El otro detalle que me sorprendió para bien fue el darme cuenta de que, a pesar de estar en un restaurante de lujo, o precisamente por eso, podía pedir lo que me viniese en gana sin fijarme en los precios, porque alguien se encargaría de pagar la cuenta sin mediar palabra conmigo.

El tema de los restaurantes de lujo se convirtió en una maravillosa rutina durante mi estancia en Guadalajara; y después también en Ciudad de México y en Monterrey. Alguien me llevaba a un restaurante de relumbrón, ya fuese en un taxi o en un transporte asociado a la feria, yo me quedaba boquiabierto ante la decoración del lugar y la calidad de los platos, comía y bebía con catalana moderación y, al finalizar, ese alguien se hacía cargo del pago sin que yo llegase a conocer el importe. Jamás practicar la ignorancia me había resultado tan gozoso.

En Guadalajara estuve en varios restaurantes muy llamativos. Tal vez el más singular de ellos fue el Hueso, regentado por el famoso chef Alfonso Cadena, con una única y larguísima mesa que todos los comensales teníamos que compartir, con las paredes pintadas de un blanco roto cubiertas con representaciones, algunas ficticias y otras inquietantemente realistas, de toda clase de huesos de animales. Esa noche abrieron en exclusiva para la comitiva de la que yo formaba parte, comandada por algunos pesos pesados del Gran Grupo, y que incluía a ilustres invitados como el irlandés John Connolly, que despertó mucho interés entre algunas de nuestras acompañantes, no tanto por su físico como por la duda que generaba no saber qué andaría maquinando su mente retorcida; o el nicaragüense Sergio Ramírez, algo taciturno y obviamente ajeno a los fastos que iba a implicar al premio que le otorgarían en España años después. Pero también me encantó cenar en El Santo Coyote, un par de días después, un local de una folclórica posmodernidad, como podría haber dicho Robert Venturi, donde estuve acompañado por Verónica Flores y Alejandra Tapia, también de la editorial, y por la escritora mexicana que había presentado mi libro esa misma tarde: la brillante y divertida Cristina Rivera Garza. Disfrutamos de «auténtica comida mexicana» y bebimos únicamente tequila. Mientras lo hacíamos, un grupo de mariachis nos agasajó durante un buen rato con un repertorio musical de lo más variado. 

Pero es imprescindible que me centre en el papel que me tocó desarrollar en Guadalajara. Porque yo había ido allí a promocionar mi novela, y a eso me dediqué en cuerpo y alma durante casi cuarenta y ocho horas seguidas. Mi agenda de actos más que nutrida era frenética. Fueron dos días plagados de entrevistas, ruedas de prensa y presentaciones. Televisiones, radios, medios escritos, sesiones de fotos. Es decir: fui de aquí para allí sin descanso diciendo poco más o menos lo mismo a diferentes personas. Como ya he indicado antes, la FIL de Guadalajara era excesiva en todo, también en el uso y consumo sistemático e impersonal de escritores invitados. Porque para los periodistas eras poco menos que una presencia indefinida, el entrevistado número X. Disponían del tiempo justo para leer tu nombre en la portada de un libro o en las páginas del dossier de prensa. Poco más. Trabajaban sobre plantillas de preguntas, remitiendo a tópicos que permitiesen al entrevistado de turno desarrollar las posibles respuestas a su libre albedrío; confiaban ciegamente en su buena voluntad. 

En una de esas entrevistas me ocurrió algo que ejemplifica lo que fue aquel descabellado carrusel. Se trataba de una televisión local. La entrevistadora, una chica muy joven, seguramente en prácticas, se colocó a un lado de la cámara y empezó su perorata. Pronunció mi nombre y, sin mencionar la cuestión del premio, una rareza hasta el momento, dijo: «Esta novela es la segunda entrega de tu trilogía». Me miró esperando a que entrase al trapo. Yo, profesional a tiempo completo, intenté echarle un capote componiendo una mueca de incomodidad tolerable y respondiendo: «Bueno, es mi segunda novela, y guarda cierta relación con la primera, pero yo no la definiría como la segunda entrega de una trilogía». «Bueno», insistió ella, «tratándose de la segunda entrega de tu trilogía de ciencia ficción…». No sé de dónde me salió el impulso para hacer justo lo que hice en ese momento. Le dije: «Para de grabar. Para un momento». Me acerqué a ella libro en mano y con tono profesoral, casi como un entregado y amable maestro de primaria, añadí: «Yo soy este. Y mi novela ha ganado este premio. No soy el de la trilogía, pero no pasa nada». La muchacha, contrariada pero a un tiempo empujada todavía por su mandato robótico, me escuchó con atención, sin replicar. Finalicé diciéndole: «Tú dame la entrada. Pídeme que te hable del título o de cualquier cosa y yo me enrollo. No te preocupes». Y así lo hizo. Y la entrevista salió bien. O como mínimo salió igual de bien que las doce o trece anteriores. 

Ese agotador periplo me llevó a entender que, a pesar del premio, allí yo era un personaje insignificante, una pequeña ruedecita, por completo prescindible o intercambiable, del enorme mecanismo que hacía que funcionase ese monstruo triturador llamado FIL Guadalajara. 

En cualquier caso, en el avión de vuelta a Barcelona, mientras hacía repaso de lo ocurrido durante esos días, me vi obligado a reconocer que no me había enterado de nada, que había ido de un lado para otro como pollo sin cabeza, disfrutando brevemente de los lujos de ser considerado un escritor premiado, pero desubicado por completo respecto a qué posición real ocupaba yo en todo aquel tinglado; un tinglado marcado por la vanidad y lo rabiosamente transitorio. Y el desconcierto se agravó al llegar a mi ciudad, pues allí me esperaba la reseña de mi novela que acababan de publicar en el periódico de mayor difusión del país. Era una crítica demoledora. Que fuese una reseña arbitraria y, sobre todo, mal argumentada me ayudó a entender que en ese mundillo, del que yo ahora formaba parte, la mayoría de movimientos respondían a códigos arcanos que iba a tener que aprender por las buenas o por las malas.

Antes de llegar a Ciudad de México, la promoción me llevó a Bilbao, Madrid y Sevilla. Fue en esta última ciudad donde nació la expresión que da título a esta entrega de Vida Portátil. Porque después de haber sido entrevistado más de una docena de veces a mi regreso de la FIL, me vi obligado a aceptar que lo ocurrido en Guadalajara con la prensa no había sido una excepción sino una costumbre establecida. Es decir: los periodistas culturales no leían los libros antes de entrevistar a los autores excepto en contadísimas ocasiones. Es decir: a pesar de dedicarte una parte de la sección de su periódico o de su programa radiofónico o televisivo, no les interesaba en lo más mínimo aquello que pudieses representar a nivel individual. Lo que les interesaba era el global de su sección o programa, el ritmo, el movimiento. Minutos antes de tu aparición le habían dedicado tiempo a alguien y en cuanto te marchabas se lo dedicaban a otra persona. Y al día siguiente más de lo mismo. Porque un tour promocional consiste precisamente en eso, en lograr que te permitan meter un piececito en la imparable cadena de producción de noticias. Por ese motivo, estando en Sevilla le dije por teléfono a mi mujer que yo era el escritor desconocido que aparecía en el programa de turno justo detrás de la joven promesa del equipo local de fútbol y delante del tipo que había criado en su huerto una calabaza gigante.

Mi paso por Ciudad de México, de hecho, podría reducirse a ese axioma. Sin embargo, he de reconocer que Verónica Flores y Alejandra Tapia se esforzaron por hacerme sentir como una auténtica estrella de rock durante los días que estuve allí. De entrada, enviaron a un chófer muy dicharachero a recogerme al aeropuerto que me llevó al alucinante hotel en el que iba a alojarme: Camino Real, en el barrio de Polanco, cuya colorista entrada aparece en los primeros planos de Quiero la cabeza de Alfredo García, la película de Sam Peckinpah. Aunque tal vez por las vistas de la piscina que tenía desde mi habitación, por la iluminación indirecta de los largos pasillos anaranjados o por el hecho de tener que cenar solo esa primera noche en un restaurante vacío, tuve la impresión de encontrarme más bien en una película de James Bond.

No sé por qué en tantas ocasiones, estando de viaje, diferentes detalles me han llevado a pensar en las aventuras de 007.

A la mañana siguiente se puso en marcha de nuevo la maquinaria promocional, igual o más farragosa que en ocasiones anteriores. Entrevistas para periódicos, televisiones y, sobre todo, emisoras de radio que me llevaron a saltar de un punto a otro de esa inabarcable urbe que es Ciudad de México. En todas ellas las mismas preguntas: «¿De dónde salió la inspiración para esta novela?» o «¿Hay algo de autobiográfico en el protagonista de la historia?». En todas ellas respuestas formales, sonrisas forzadas y comentarios enlatados que se difuminaban al instante como lágrimas en la lluvia. 

En mis trayectos en coche de una emisora a otra, por lo demás, tuve que aceptar a las pocas horas de estar allí que no iba a captar nada de la urbe, que no iba a poder hacerme la más mínima idea de lo que era o suponía o entrañaba Ciudad de México si me limitaba a cumplir con mis compromisos profesionales. Supe que, sin alguna clase de asesoramiento o guía, iba a pasar por esa ciudad mutante y avasalladora y orgánica y contradictoria como el que realiza un trávelin acelerado y superficial. Por eso mismo intenté centrar toda mi atención en los paseos, en los momentos de descanso o asueto, y dejar de lado todo lo que tuviese que ver con mi novela o con el premio; alejarlo al menos de lo anímico y delimitarlo al ámbito de lo laboral. Quería llevarme algo de allí, no quería irme en esta ocasión con las manos vacías, tal como me había ocurrido en Guadalajara.

Con esa intención visité, por ejemplo, el Zócalo; aunque en mi memoria las imágenes de ese día se mezclan con las de la escena de apertura de la película Spectre. O recorrí la Colonia Condesa, con su aire cool y cosmopolita, una especie de Le Marais a la mexicana. O paseé por San Ángel, el barrio colonial, colorista y lleno de vida, prácticamente intacto desde el siglo XVIII, poco menos que un oasis inverosímil en mitad del caos que ese esa ciudad. Fue en esas calles donde descubrí una de las más llamativas características de esa urbe: la convivencia entre el lujo extremo y la amenaza de la pobreza más beligerante, pues en la puerta de alguna de las villas, que colindaban con calles en las que podías encontrarte un auto desballestado, podías ver a los armados miembros de la seguridad privada. Vi también algo parecido en Polanco, junto a mi hotel, al cruzar el parque del Museo Nacional de Antropología y llegar a la avenida Campos Elíseos: coches todoterreno con los cristales tintados escoltando vehículos de particulares, sin duda blindados también, que llevaban a algún vecino adinerado a su lugar de trabajo o adonde quiera que fuese. 

Pero lo que acabé llevándome de Ciudad de México fueron las dos personas que me acompañaron en todas esas idas y venidas, Verónica Flores y Alejandra Tapia, mi Batman y Robin particulares. Fueron ellas las que supieron transmitirme, saltándose las formalidades propias del ámbito profesional, la justa dosis de magia, siempre oculta y un tanto críptica, que atesora esa ciudad. Con ellas recorrí las rondas de circunvalación interminables en mitad de la noche a velocidad de vértigo escuchando música a todo volumen. Con ellas disfruté de los rincones antiguos y de bares de copas recónditos. Y ellas me llevaron también, la última noche de mi estancia, al mejor restaurante en el que he estado en mi vida, el Antiguo San Ángel Inn, una hacienda y monasterio carmelita del siglo XVII reconvertido en un templo gastronómico, muy cerquita de la Casa Museo de Diego Rivera y Frida Kahlo. Me sentí allí, a las luz de los faroles en los jardines del claustro, como el que se dispone a atravesar el umbral de lo que podía llegar a ser la vida regalada.

En Monterrey todo fue diferente. Estar allí supuso retomar la dinámica propia de las ferias literarias, aunque en este caso, al estar organizada por la Universidad Autónoma de Nuevo León, todos los actos tenían un aire bastante más distendido, a medio camino entre lo académico y lo lúdico. De hecho, yo iba a allí, además de a promocionar mi novela, a impartir un curso de narrativa breve de tres días. En cuanto entrabas en las instalaciones de la UANL, por lo demás, te sentías uno más, te sentías parte del evento, y notabas a los asistentes, la mayoría de ellos estudiantes, muy cerca de ti a la par que muy respetuosos. La mayoría de actos se celebraron en una especie de patio cubierto de gran tamaño que servía para conectar los diferentes bloques, de ese modo la gente pasaba de un lado a otro mientras se llevaban a cabo las presentaciones o coloquios o charlas; algunos protagonizados por personajes destacados. Uno de los reclamos de la feria, precisamente, era una propuesta que podía leerse en diferentes carteles colgados de todas los rincones de las instalaciones y que afirmaba que allí iban a reunir a cuatro premiados (supuestamente) relevantes: el ganador del Nobel Jean-Marie Gustave Le Clézio, el ganador del Pulitzer David Finkel, el ganador del premio Planeta de ese mismo año Jorge Zepeda y un servidor. Con Le Clézio llegué a conversar en una cena que organizaron para nosotros, y pude oírle hablar en su oxidado castellano; lo cierto es que me pareció muy mayor y no solo cansado sino como fuera de lugar. Con el mexicano Zepeda trabé una relación algo más intensa pues nos habíamos conocido en Guadalajara, en el stand del Gran Grupo, y habíamos intercambiado ejemplares de nuestros libros. En Monterrey Zepeda y yo nos alojábamos en el mismo hotel, el Crowne Plaza y, debido a que no nos costó conectar, pasamos varias noches, ya a última hora, justo antes de retirarnos a nuestras habitaciones, charlando en el lobby como desencantados colonos en ultramar en compañía de algún que otro invitado a la feria. A Finkel solo lo vi en la distancia. Apenas le dediqué una inclinación de cabeza.

Una noche que nos llevaron a un restaurante en el que degustar todo el sabor local, en el que notar la peligrosa y amenazadora cercanía de la frontera con los Estados Unidos, conocí también a la inolvidable Wendy Guerra y al no menos inolvidable William Navarrete, el cubano más afrancesado que he conocido jamás. Mientras escuchábamos corridos y bebíamos mezcal, nos resultó sencillo colocar la primera piedra de lo que iba a ser una afectuosa amistad que la distancia no iba a poder diluir. Desayuné todas las mañanas con William y gracias a él descubrí las maravillosas ventajas regeneradoras del jugo verde en ayunas.

Por todo lo que he dicho hasta ahora, podría pensarse que mi estancia en Monterrey fue una balsa de aceite, días tranquilos en los que dejarse mecer por el azaroso vaivén de los acontecimientos. Y podría haber sido así de no haber estado tan presente en mi percepción una cuestión que, en tanto que ingenuo y temeroso europeo, me marcó casi desde mi llegada a la ciudad: la seguridad. El primer día no me fijé en la obsesión de los organizadores de la feria, presentes tanto en las instalaciones de la universidad como en el hall del hotel, por tener controlados a los invitados, por asegurarse de que fuesen de un sitio a otro en transportes oficiales de la propia feria. Tanto para salir del hotel como para salir de la universidad, jóvenes voluntarios se encargaban de constatar que montabas en las furgonetas o automóviles que correspondía. En la segunda jornada, ese detalle sí me resultó llamativo. Me fijé entonces en las calles que atravesábamos en nuestros desplazamientos, en lo estridente que resultaba todo lo relacionado con la UANL; estridente por elegante y bien organizado. Por no hablar de lo mucho que destacábamos extranjeros como yo, siempre trajeados. Lo cierto era que no apetecía ir andando a ningún sitio. Desde la planta del hotel en la que se encontraba mi habitación tenía unas vistas impresionantes de lo que podría denominarse el «fenómeno urbano» que era Monterrey, pero a pie de calle la sensación era a partes iguales desoladora y amenazante. Entre otras razones, porque las avenidas y las calles parecían pensadas en exclusividad para los grandes autos yanquis que corrían de un lado para otro y para personas que daban la impresión de haber quedado arrellanadas en los márgenes del desarrollo social. Es decir: mis temores, no sé si totalmente infundados, negaron mi habitual necesidad de callejear para conocer un poco el lugar al que viajo. Es decir: me fui de Monterrey sin tener la más mínima idea del tipo de ciudad que había visitado.

Una vez en el taxi que me llevaba al aeropuerto, acuciado por una desagradable sensación de desasosiego, no pude evitar ponerme a pensar en lo que me había llevado hasta allí. Siempre había querido ser escritor. Siempre había querido ser reconocido como tal. Siempre había deseado que al entrar en un acto literario, del tipo que fuese, todos los presentes supiesen que yo era escritor de pleno derecho, que formaba parte del mismo club que John Irving o Milan Kundera o Juan Marsé o Almudena Grandes. Es más, siempre había querido vivir como un escritor, sentir y ver el mundo como un escritor, aunque no había tenido nunca una imagen plenamente formada de qué era lo que eso significaba. Y siempre había esperado que, de algún modo, esa confirmación llegase del exterior; como si no fuese suficiente haber escrito todo lo que había escrito y publicado todo lo que había publicado. En cualquier caso, a partir del momento en que recibí el premio ese reconocimiento exterior llegó de golpe, como si me hubiesen colocado una gran chapa metálica en el pecho en la que podía leerse: escritor. Durante mis días en México, por lo demás, había conocido las mieles del éxito, había conocido los halagos, los parabienes, la atención, las prebendas. Importaba bien poco que fuese un éxito injustificado, sin base sólida en la que apoyarse; es decir: sin grandes ventas y sin miles de lectores. Precisamente en México descubrí lo poco que importaba esa base sólida a la hora de recibir atención, pues la única diferencia en el trato que recibía la superventas María Dueñas, por ejemplo, y un servidor radicaba en la frecuencia, en el número, no en la intensidad: a Dueñas había más personas en más lugares que deseaban agasajarla. Y a mí, como quien dice, en breve se me iba a acabar el chollo. En breve, la centelleante carroza en la que viajaba se convertiría en calabaza.  

Montado en el taxi camino del aeropuerto de Monterrey, pude observar con perspectiva mi situación. Había conseguido lo que soñaba desde el final de la adolescencia, cuando tuve el placer de cruzarme con aquel famoso escritor sudafricano junto al faro de Trafalgar. Incluso había logrado entrever por una rendija lo que podría llegar a suponer el éxito como escritor, algo que en buena medida había marcado, por ejemplo, mi viaje por la campiña inglesa. Sin embargo, constatarlo no me hizo ningún bien. Todo lo contrario. Al igual que le ocurrió a Iván Illich, el personaje de Tolstoi, me pregunté, mientras tiraba ya de mi maleta hacia el mostrador de la compañía aérea, qué había fallado, en qué me había equivocado. 

Porque todavía me faltaba una última estación, mi particular descenso a los infiernos, para entender de una vez por todas que a mí ya no me interesaba ser escritor. Lo que yo deseaba, por encima de cualquier otra cosa, era escribir.

Juan Trejo
Juan Trejo

Nació en Barcelona en 1970. Es escritor, traductor y profesor. Autor de tres novelas, El fin de la Guerra Fría, La máquina del porvenir, que se alzó en 2014 con el X Premio Tusquets Editores de Novela, y La otra parte del mundo (2017)