«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Entre risas, mientras sorbe su habitual café americano y recién llegado de Madrid maleta en ristre, el escritor argentino Martín Caparrós discute con nosotros «el precio de su ausencia» en el encuentro que tendremos al rato con su colega Jon Lee Anderson, el reportero de la revista norteamericana The New Yorker.

Sin cerrar ningún trato y poco antes de las once y media de la mañana, dejamos a Caparrós apurando su café y de camino a un encuentro sobre «periodismo de datos» (sic) y buscamos a Jon Lee Anderson. No ha llegado…

Cuando aparece —casi una hora después y a pesar de que su reloj de muñeca, de correa de cuero roja bien desgastada, parece en hora— nos explica la «confusión»: nos esperaba en su hotel y no en el museo de Barcelona donde, por fin, nos hemos encontrado.

Aclarada la situación entre sonrisas, y tras pelear por otro café con una de esas infernales máquinas suizas que han encapsulado el sabor de la infusión con nombre de antiguo reino etíope (Kaffa), nos sentamos a charlar en un amplio despacho con sillones cómodos que nos presta el director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Cinco Viajes al infierno

Aunque no hay necesidad de romper ningún hielo, le hemos traído a Jon Lee Anderson un regalo que sabemos apreciará: Cinco Viajes al infierno, un libro de la gran cronista norteamericana Martha Gellhorn que, junto a su marido Ernest Hemingway y George Orwell, es una de esas referencias clásicas admiradas por Anderson. Anderson recibe el libro —un ejemplar de la edición en español de la colección Heterodoxos de Altaïr que no conocía— con una sonrisa agradecida. Lo hojea con detenimiento y, aunque tanto él como nosotros sabemos que no dispondrá de demasiado tiempo libre para leerlo, todos ponemos cara de satisfechos.

«Saki»

Jon Lee Anderson, como Gellhorn, también ha descendido a unos cuantos infiernos. Y, como la gran cronista norteamericana, lo ha hecho sin perder una predisposición innata para la sonrisa cómplice. Se siente bien en cualquier lugar del mundo y tiene «por instinto» esa maravillosa facultad humana «de la adaptación».

Alto y fuerte —de joven, en Liberia, le pusieron el sobrenombre de Saki («hombre alto» en lengua kpelle)—, en su conversación se nota que conserva aquella misma actitud curiosa que, según recuerda, tenía cuando, con dos años, empezó a escudriñar el mundo «desde su caja de arena». A pesar de todo lo que ha visto y oído, sigue siendo aquel niño que nunca se ha dejado vencer por esos momentos de la vida en los que el cinismo y la depresión parecen ser las únicas salidas posibles. Perfeccionista, pero sin alardes retóricos, reconoce que sólo necesita «café y una silla cómoda» para escribir y que lo más importante en su trabajo es «tener muy claras cuáles son tus prioridades».

Rigor y veracidad

Hace años —preparando un retrato sobre Gabriel García Márquez— que Jon Lee Anderson dejó de utilizar grabadora y libreta de notas frente a sus entrevistados. No se trataba de imitar el método de Truman Capote en su proceso de creación de A sangre fría, sino de no «intimidar» a las personas con las que hablaba. ¿Método? Pues el más exitoso de todos los que existen: no tenerlo. Su estrategia, reconoce, no es muy ortodoxa. Se trata de entrenamiento y oficio para, primero, propiciar conversaciones con enjundia, diálogos vivos y situaciones coloquiales que, luego, se desarrollarán en un periodismo que usa las herramientas de la literatura para contar historias basadas en hechos reales, explicados con rigor y veracidad.

White chink

Aunque no le gusta que le pregunten por su vida personal, el asunto surge de manera natural. Jon Lee Anderson es fruto de una pareja que lloró cuando se enteró por la radio del asesinato de John F. Kennedy en Dallas. Su madre era una «extrovertida y multitalentosa» escritora de cuentos juveniles que también bailaba y pintaba (y a la que Anderson le debe el amor por los libros). Su papá era «un nómada» que se definía como un «socialista de corazón» que se amoldó a la categoría de los «liberales» norteamericanos. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, navegó por los mares del sur antes de trabajar para el servicio exterior norteamericano y construir, junto a su esposa, una familia en mudanza constante.

Jon Lee Anderson vivió en ocho países distintos hasta los 18 años (Taiwan, Colombia y Corea del Sur, entre otros) y eso marca. Nunca ha olvidado, por ejemplo, cómo a los doce años, instalado temporalmente en Estados Unidos, lo llamaban «white chink» («el chino blanco») en el colegio por haber interiorizado tanto sus vivencias asiáticas.

Jon Lee Anderson vivió en ocho países distintos hasta los 18 años y eso marca

Una vez se divorciaron sus padres, siempre ha compartido con sus cuatro hermanos —dos norteamericanos, una china y una costarricense— una vida personal en la que, a pesar de estar separados físicamente en diversos lugares del mundo, siempre «hemos tratado de reunirnos, de volver a estar juntos en el mismo lugar».

—¿Ciudadano del mundo?

—Nací en Norteamérica, pasé mi infancia en Asia, la adolescencia en Europa y mis primeros años de adulto en América Latina. Todos estos lugares fueron cruciales en mi proceso de crecimiento, pero ninguno me conmovió tanto como África.

—Eres un gringo bien raro —reímos.

Mirar y ver con ojos de un niño

Nos damos, literalmente, un «clavado» («buceamos», como diríamos en México) en esa actualidad geopolítica global que Jon Lee Anderson conoce bien: de Siria a Ucrania, de Guinea Ecuatorial a México o Venezuela.

Hablamos mucho, y mucho más allá de la hora prevista, sobre las dificultades con las que uno se topa a la hora de buscar «la realidad». Del «poder transformador de la empatía» y del ingenio necesario para encontrar una «mirada nueva», un enfoque distinto; de las profundas diferencias entre, siguiendo las reflexiones de John Berger, «mirar» y «ver».

—¿Con qué ojos observa el mundo un cronista?

—Con los de un niño que conserva la capacidad de sorprenderse y la dificultad de atarse a una sola realidad.

En sus ojos azulados, Jon Lee Anderson mantiene la expresividad natural de ese gringo que acaba de llegar de la playa de Long Beach (donde nació en 1957). Con su acento colombiano de Barranquilla y su camisa estampada africana, comprada en su amada Liberia, su aspecto se presenta como una curiosa mezcla que define a este hombre que nunca deja de ser «gringo en todas partes» a las que viaja, que vive en Gran Bretaña con su familia y que se ha construido en las últimas décadas navegando por todos los conflictos del mundo e intercambiando miradas, ideas y pensamientos con miles de seres humanos —buenos, malos y ambas cosas a la vez, la mayoría— que le han ayudado a definirse con el paso de los años y el aumento de las canas en su cabellera.

Escenas y detalles

Jon Lee Anderson siempre utiliza «escenas» para contar sus historias. En su opinión, si no hay escenas, no hay pieza periodística. Después, y tras estructurar las diferentes escenas planteadas, el cronista trata de unirlas con una especie de lo que él mismo ha definido como «pegamento» narrativo que le sirve para contextualizar al lector y ponerlo en situación.

Jon Lee Anderson siempre comenta que la información no se obtiene preguntando sino observando. Y lo más importante a la hora de observar es fijarse en ese lugar, el detalle, en el que, según el dicho inglés («the devil is in the details»), se esconde el mismísimo diablo. Detalles, esas claves ocultas o presentes en toda situación.

La carrera de Anderson está repleta de «detalles», esos momentos deslumbrantes que son la materia prima con la que, en su opinión, se construye toda crónica periodística interesante. Como aquel día en que, entrevistando al ya muy anciano y amargado ex dictador chileno Augusto Pinochet, éste le confesó que, a pesar de que consideraba el comunismo como el más grande de los males de la Tierra, era un «gran admirador» del dictador comunista chino Mao Tse-tung ya que «era un nacionalista, como yo (…) al que las circunstancias le obligaron a definirse como comunista».

Detalles: Pinochet y Mao, unidos en ese lugar en el que se esconde Satanás.

«Adalid» de la renovación del periodismo

Siempre a la búsqueda y captura de «detalles», sus viajes como reportero de The New Yorker desde 1998 lo han llevado por América Latina, Oriente Próximo y África, y lo han convertido en algo así como una referencia internacional en el reportaje y la crónica de «largo aliento».

Jon Lee Anderson confiesa que el hecho de que su nombre aparezca entre el de grandes figuras del nuevo periodismo literario (¿narrativo?) como Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote o Gay Talese es una «errata» que le hace «muy feliz», pero confiesa, con sana autoironía, que «aún es muy joven» para pertenecer una lista tan selecta como esa.

A pesar de la modestia (nada impostada), se le iluminan los ojos de ese niño que nunca ha dejado de ser, y nos pide ojear el libro en español (La palabra facticia de Albert Chillón) del que extraemos la elogiosa referencia al trabajo de Anderson y en el que aparece citado —de modo literal— como uno de los grandes «adalides de la renovación» periodística desde mediados del siglo XX.

 

La guerra

Anderson dice que «escribe porque es lo único que sabe hacer» y se ha convertido en un referente para muchos corresponsales de guerra. Pueden parecer gente rara, difícil de entender: ¿Dónde reside la atracción de sentir el vértigo de un bombardeo o la incertidumbre de caminar entre cadáveres?

Más allá de tópicos y clichés de película de Hollywood, Anderson es hoy, tras muchos años de servicio, de este tipo de periodistas que se siguen acercando al monstruo llamado «guerra» para intentar entender eso que hay detrás de ella: «El exterminio del otro» y todo lo que sucede «cuando no funciona la política».

Cosmopolitismos y nacionalismos

Anderson dice que «escribe porque es lo único que sabe hacer» y se ha convertido en un referente para muchos corresponsales de guerra. Pueden parecer gente rara, difícil de entender: ¿dónde reside la atracción de sentir el vértigo de un bombardeo o la incertidumbre de caminar entre cadáveres?

Más allá de tópicos y clichés de película de Hollywood, Anderson es hoy, tras muchos años de servicio, de este tipo de periodistas que se siguen acercando al monstruo llamado «guerra» para intentar entender eso que hay detrás de ella: «el exterminio del otro», y de todo lo que sucede «cuando no funciona la política».

El peso de la historia

Hace ya un buen rato que esta conversación dejó de ser una entrevista. Alrededor del primer minuto, ya nos habíamos saltado cuatro veces lo que, en algún momento, pretendió ser un guión que condujera la conversación, pero no ha habido forma, así que hemos decidido dedicarnos a una de las cuestiones que, junto al bipedismo, nuestra capacidad para el uso de un lenguaje complejo y nuestro dedo pulgar oponible, nos diferencian del resto de nuestros primos primates: la sofisticada capacidad que tenemos los humanos para especular sobre el destino universal.

Irak, Siria, Ucrania, Venezuela, Libia, Afganistán, Congo, Liberia. Reflexionamos sobre cómo en muchos conflictos actuales (¿todos?) asistimos siempre a nuevas representaciones de ese antiguo drama —tan viejo como el ser humano-— ese combate eterno entre nacionalismo y cosmopolitismo. «Aunque no lo sepamos reconocer», confirma Anderson, «el peso de la historia lo es todo».

«Aunque no lo sepamos reconocer, el peso de la historia lo es todo»

Anderson, además de gran reportero, es un destacado retratista de personajes. Sus crónicas y encuentros con dictadores africanos son destacables en este sentido. También se puede observar su capacidad para el retrato humano en su biografía Che Guevara: una vida revolucionaria, un clásico del periodismo contemporáneo.

También en sus descripciones, tan animadas como ácidas y precisas, de los personajes y situaciones que rodeaban al Rey Juan Carlos I de España. Aquel perfil —el primero que Jon Lee Anderson escribió para The New Yorker (27 de abril de 1998)— fue censurado en España y nunca apareció publicado hasta unos cuantos años después, en una reacción que a Anderson siempre dejó «desconcertado». Puede que sea solo una prueba más de ese «peso de la historia» que describe el reportero estadounidense afincado en Inglaterra y que «es todo».

Sufrimientos y víctimas

¿Cómo narrar un sufrimiento que nunca sufrirás? (Reflexionamos sobre esta cuestión que nos aturde desde hace tiempo…)

Hace unos años (2012), en el periódico argentino La Nación, el gringo más raro del mundo comentaba:

«Escribir acerca de las víctimas es difícil porque nos generan muchas reacciones de piedad, misericordia y pena. Lo peor, creo, es que inconscientemente sentimos que son inferiores a nosotros (…) Y, tal vez para compensar esa horrible sensación, las llenamos de virtudes. Pero la verdad es que ser víctima no es ninguna virtud. (…) supongamos que debemos contar la historia de una mujer violada. Ella me da mucha pena, pero eso no la hace buena. ¿O qué ocurriría si esa mujer violada es una persona moralmente compleja y cuestionable? ¿Entonces ya deja de ser una víctima, sólo porque no puedo mostrarla como alguien virtuoso?».

Silencio y minuto de reflexión. Apuntamos una nota: «Martín Caparrós, presente en su ausencia. Recordad el concepto «amabilidad del oprimido»». Pues eso, Martín Caparrós escribe —en su magnífico libro Contra el cambio (Anagrama)— sobre esa amabilidad de la que nunca se puede saber «si es que siglos de sonreír al blanco se volvieron cultura —o la manera de decirte ya vas a ver hijodeputa cuando esto se dé vuelta y yo te agarre y te tajee la boca con un escarbadientes mocho, malparido—».

Silencio.

Para lectores inteligentes y curiosos

Este periodista que parece escritor (¿o es al revés?) no ha perdido la ilusión por lo que no conoce: «Anticipar lo desconocido siempre me emociona».

Anderson busca que los lectores «cuestionen sus sentimientos» y lo hace a través de unas historias de largo formato en el que el lector siempre es tratado con respeto y considerado como un ser humano inteligente y curioso.

Ese es uno de los grandes méritos de su trabajo periodístico, más allá de su excelente prosa, de su personal mirada y de su enorme capacidad para estar en el lugar adecuado con las personas correctas para contar la historia.

De joven y durante sus años de «errante joven aventurero» en el Nueva York de los años 70 del pasado siglo, Jon Lee Anderson leyó a Mark Twain, Orwell, Hemingway, Hersey y Martha Gellhorn y también se sumergió en los libros del periodísticos del joven Naipaul, algo de Capote y McPhee; Michael Herr, Hunter S. Thompson y Seymour Hersh.

Este periodista que parece escritor (¿o es al revés?) no ha perdido la ilusión por lo que no conoce: «Anticipar lo desconocido siempre me emociona»

Puede que debido a aquellas lecturas iniciáticas o a las de los últimos años (Alma Guillermoprieto y Mark Dannersiga; Elizabeth Rubin, Eliza Griswold y Peter Mass, Julio Villanueva Chang, Patricio Fernández, Boris Muñoz y Martin Caparrós, siempre presente en su «ausencia») Jon Lee Anderson haya llegado a la conclusión de que, más allá de su trabajo, el reportaje y la crónica de largo aliento son una de las formas más interesantes de entender la complejidad del mundo más allá de las píldoras de infoentretenimiento que nos venden hoy buena parte de los medios convencionales o no; y mucho más lejos de lo que Jon Lee Anderson define como «haikus» de Twitter, que él mismo utiliza con cierta profusión.

Islam radical y nazismo

Conversamos sobre cómo «el mal cercano» siempre resulta el más incómodo («los judíos en Europa son molestos porque recuerdan al Holocausto»). Cruzamos referencias a las destacadas crónicas de nuestro admirado Vasily Grossman, autor de la impresionante Vida y destino.

Ahondamos en reflexiones sobre el tamaño (siempre gigantesco) de nuestras ignorancias y de cómo Anderson trabaja —con el apoyo de un gran medio internacional— para «inquietar» a sus lectores, para que «se incomoden con sus propios estereotipos».

—¿Qué es lo que más te preocupa o incomoda del mundo de hoy?

—El islamismo radical.

Las opiniones de Jon Lee Anderson sobre las ideas y actividades del islamismo radical son muy contundentes: «El Islam radical no es una religión, es una ideología violentamente tóxica como el nazismo y debería ser combatido como tal».

Habla, sin ambages, del arraigo actual de un Islam de «violencia, intolerancia y exacerbación» y lo considera «el principal problema del mundo hoy, porque no es una religión de paz». Sabe que lo que dice es «provocativo y políticamente incorrecto», pero considera que hay que hablar claro sobre lo que sucede y sobre cómo los líderes islámicos tienen que plantearse entre ellos un proceso «reformista» basado en un «debate serio y oxigenado» que les ayude a convivir con los demás grupos humanos en el mundo actual porque, según Anderson y más allá de los discursos más o menos bienintencionados, «no se puede tapar el sol con un dedo».

Mundo, mundito, mundón. Este lío…

Hace ya un buen rato que las responsables de comunicación del museo en el que estamos nos apuran para que terminemos. A pesar de sus formas amables, sus gestos enérgicos son bien visibles a través del cristal traslúcido de la puerta del despacho del director.

Han pasado dos horas de una conversación tan larga y profunda como tranquila y distendida. Casi estamos perdiendo las formas: el tono y la atmósfera del encuentro parecen los propios de una charla entre nuevos amigos. Sólo falta cambiar el agua de las botellitas que están en la mesa por vino… Pero no bebemos estando de servicio (si no nos obliga el guión).

Puede que tenga razón (¿quién sabe?) ese dicho que plantea que no importa quién eres, sino lo que haces, porque eso que haces es lo que eres. En el caso de Jon Lee Anderson, lo importante es tanto lo que es (el gringo más raro del mundo), como lo que hace (gran periodismo con las mejores técnicas de la literatura) y en el lugar donde lo hace (la revista The New Yorker), una isla de papel donde la palabra «periodismo» significa: «Herramienta para contar historias que sirven para cartografiar y conocer mejor el mundo y a los seres humanos que lo habitan».

Parece que hoy nos quedaremos sin hablar con Jon Lee Anderson del ¿colapso? de los grandes relatos del siglo pasado, de los europeos cada vez más provincianos y misóginos, de cuándo se jodió México y si tiene arreglo; de las ya no tan nuevas potencias emergentes, de China y su relato del mundo, de los ¿nuevos? líderes africanos, del cortoplacismo global de los políticos; de Nicolás Maduro, disfrazado con su chándal de la selección «vinotinto»; de para dónde va Egipto, de Mugabe o de por qué los dictadores nunca se retiran a tiempo, de lo que va a pasar en Cuba mañana o pasado… De muchas de esas cuestiones de este mundo… «Mundito, mundón. Este lío», como lo describe el periodista argentino Diego Fonseca.

De todos esos asuntos y algunos nuevos que seguro surgirán tendremos que conversar en nuestro próximo encuentro con el gran Jon Lee Anderson, al que asistirá, seguro, Martín Caparrós.