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LA REALIDAD NO EXISTE

El último anarquista de la puna (I)
Marina Hernández

1

 

A medio camino entre la ciudad de Jujuy y el fin de la Argentina un hombre blanco ha construido un castillo de adobe para vivir entre los indios. Un cráneo de buey cuelga de la puerta de entrada a modo de mascarón de proa. Debajo se evidencian las señas del anarquismo: una A mayúscula que alimenta y rebasa una circunferencia. La única ventana está cerrada porque el viento rojo comienza su andadura de otoño por estas tierras de altura; se avecina el frío otra vez. Es la tercera vez que la ruta me trae hasta esta casa, comuna anarquista, refugio de malabaristas y de soñadores utópicos y de los jóvenes recién graduados que emprenden su ruta hacia el Norte como rito de paso hacia la edad adulta. También de los artesanos que cambiaron capitalismo por vino Toro y cigarrillos de intemperie a la sombra de los cardones abuelos —los cactus de altura— que inundan la quebrada y la puna. Esta vez la puerta está cerrada. Un cartel invita a largarse de allí y no molestar. Toco la puerta. 

 

—¿Raúl?

—Qué carajo, ¿no viste el cartel? —responde una voz desde el interior de esta oscuridad de cueva.

 

El fuego ya está prendido y cruje el serrín chamuscándose bajo los plásticos y papeles de la jornada. Descubro al viejo ocupando la esquina de la mesa de madera frente al hogar, con el gesto en sombra bajo el sombrero de ala que siempre le cubre la cabeza. Tiene ante él una bolsa de coca y se afana en elegir cuidadosamente la próxima hoja que formará parte de ese enorme bolo que ocupa su boca. Una a una, separa la nervadura de la carne verde y fresca y envuelve, con ella, pedazos de llipta, la ceniza que activa los alcaloides de la planta sagrada del originario pueblo inca. Es un hombre exquisito y no cualquier coca le sirve.

 

—¿Qué querés? —me pregunta.

—Escribir tu historia —respondo. Se lo piensa.

—Pero voy a mentirte.

 

Así que supongo que esta es la historia de una mentira narrada a la luz de las lámparas de queroseno un día de fuerte viento en la quebrada roja.

Que cada uno juzgue si merece ser creída.

 

2

 

El día 1 de enero de 1975 Raúl Prchal llegó a Humahuaca, Jujuy, acompañado de su esposa Graciela, sus dos hijas, y una cohorte de compañeros con el objetivo de construir una comunidad autogestiva que les permitiera, de una vez por todas, abandonar la sociedad de consumo circundante. Aquella no era la primera vez que Raúl participaba en un proyecto comunitario ni tampoco la primera vez que fracasaba. Recién volvían de la lejana Francia, en cuya cavernosa costa mediterránea habían participado por dos años en la Comunidad del Arca. Fundada por el discípulo de Gandhi, Lanza de Vasto, esta institución basaba su existencia en la no-violencia, la justicia, la búsqueda espiritual, el autoabastecimiento y el trabajo artesanal. Por su rechazo al gregarismo y a su férrea disciplina monástica, el irreverente Prchal pronto se ganó el sobrenombre de Guanaco —camélido tozudo y salvaje del que desciende la llama— y un billete de regreso a la Argentina con la promesa —que nunca llegó a concretarse— de formar una filial del Arca en el Norte.

 

En la cocina de la Huayra hay una estatuilla africana, dos gatas, velas de queroseno, una pizarrita con palabras en quechua sobre el fogón.

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Eran los años en que la Argentina se manejaba con terrorismo de Estado y aquellos primeros habitantes de la comuna compartían la visión, tal vez romántica, de que podían escapar de la violencia instalándose en el altiplano. Para Raúl la quebrada resultó ser la Tierra Prometida que buscaba pero con los años entendió que había arrastrado a otras personas en su búsqueda. Entre ellas, su esposa Graciela, a quien había conocido en la preparatoria de la universidad, y con quien se había casado antes de terminar el curso de ingreso. «Un buen día quedé completamente solo», dirá. De a poco aquellos primeros miembros se fueron marchando: también ella, tres años más tarde de lo que había debido. Peleó con uñas la herencia de su padre —unas monedas antiguas, de oro, mexicanas— y encontró la vía abierta y bien señalizada de vuelta hacia el sistema. Se fue a dedo, llevándose consigo sus pertenencias y su corazón roto.

Solo quedó la casa. Sometida a grandes reformas y cambios de parecer, la comuna ha seguido viva durante todos estos años porque su fundador todavía cree que es posible vivir en los márgenes: no permitirle al capitalismo que nos devore. Un tiempo después Prchal prescindió también de la luz y el gas y comenzó a alumbrarse con velas y calentarse en la orilla del fogón que sigue crepitando. De aquellos primeros días apenas queda algo más que su nombre: Huayra Huasi o «la casa del viento» en la lengua quechua que, creía él, todavía se hablaba en esta parte de los Andes cuando llegó. Se encontraría, en cambio, con que el español del norte se había aderezado con los idiomas originarios, dejando aquí y allá salpicaduras de la africada lengua madre sudamericana. También se encontró con que aquella región que antaño habitaban los Omaguacas en los recovecos del antigal era una de las grandes olvidadas por el Estado argentino. Eso no le costó aceptarlo: practicó y practica la pobreza voluntaria, aunque últimamente ha aceptado la pensión del gobierno y se considera por ello un «cerdo burgués». Para luchar contra el sentimiento de estar traicionando un ideal, Prchal tiene un disfraz: una capa de mugre que le sirve de declaración de intenciones. Cuando la suciedad le pesa, se quita la ropa y la echa al fogón. Arde de tanto polvo, calienta. Así es su lucha: el individuo enfrentándose con el sistema, pero de espaldas.

En la cocina de la Huayra hay una estatuilla africana, dos gatas, velas de queroseno, una pizarrita con palabras en quechua sobre el fogón, un calendario con una foto del Hornocal (el cerro de los siete colores) junto a la pizarrita de quechua, una mesa en cuyos cimientos se encuentra la piedra fundacional de la comuna, bolsitas de especias esparcidas por ahí, un ejemplar muy viejo del I-Ching, dos pavas al fuego hirviendo el agua, hoja de coca seca, mucha yerba mate y muchas sartenes quemadas, algunos libros en las estanterías, una caja de viruta y cuatro o cinco retratos colgados de las paredes: Quiroga, Van Gogh, Lanza de Vasto, Kerouac y, ocupando un lugar de honor, el de La Rufina: la muchachita puneña que terminó siendo su mujer sin que lo eligieran. Me dice que un día descubrió que se había quedado a vivir allí. Al principio ella dormía en el suelo, a los pies de la cama. La Rufina era una india analfabeta de las salinas del norte, la «Sujefa», que cantaba canciones con voz grave y etílica y se sentaba junto a él y los recién llegados en la cocina a beber vino y alcohol 96º diluido en agua. Se las bancaban todas el uno al otro, me llegó a decir, lo que quiere decir que se soportaban hasta las borracheras más neuróticas. Hace dos años que murió y no la extraña:

 

—Es que se suicidó por beber.

 

La Huayra ha sido laboratorio de imágenes, comuna transitoria anarquista, centro de cultura y creación, escenario de película, casa de familia y casa de locos flacos, peña de carnaval y muchas otras cosas, pero lo que más ha sido es refugio: para los viajeros que toman la panamericana hacia el norte y paran aquí porque el nombre del «Prejál» va de boca en boca y algunos quieren conocer al último anarquista de la puna; para los hippies que, como Raúl, tomaron un camino individual lejos de lo pre-establecido: elegir cómo poseer el tiempo que les queda y despreciar el dinero; para los etnógrafos iniciados que andan por ahí en busca de seres en extinción; para los que todavía citan por ahí a Berkman y a Goldman, grandes artífices del anarquismo de este siglo y por cierto novios; para los que aún hablan de revolución mirando la tele; para los que no tienen para pagarse una comida esta noche pero nunca les falta un cigarrillo sin filtro; para los que quieren escapar de sus mujeres y beberse una damajuana con los amigos, inventarse una copla y aguardar el amanecer en la acogedora nebulosa compartida que engendra el alcohol.

 

3

 

En las paredes de la cocina se han salvado del blanqueo con cal muy pocas inscripciones: recordatorios. Una de ellas versa que la realidad no existe. La otra es mucho más concisa: «Escribir, editar, triunfar en vida». Ese es el objetivo que mantiene los motores de Raúl en marcha todavía. Es decir: que su obra literaria se lea —porque sigue vigente, me dice— también en otros continentes.

Cuando era joven y vivía en Buenos Aires Raúl no quería ser escritor. Sus años de adolescencia se dedicaba, más bien, a recorrer las librerías de la Avenida Corrientes y a guardarse algunos títulos al azar bajo el abrigo. Una vez fue Los vagabundos del Dharma, de Kerouac. Otra vez, El lobo estepario, de Hesse. Por entonces era un changuito que vestía mocasines naranjas y corbatas estilo poetas malditos y que se unía a las marchas por una escuela laica y estatal cuando salía de sus clases en la Escuela Adventista. Aquellas lecturas de juventud dejaron profundas huellas en el pensamiento anarquista, marginal, antisistema e individualista que desarrollaría después, con mucha más reflexión que teoría.

Treinta años más tarde Raúl, plomero de profesión, fontanero de canalones, cañerías y urinarios, ocupó un cuartito solitario y silencioso en la planta depuradora de Humahuaca donde trabajaba. Era el verano, la lluvia desdibujaba la silueta de los álamos afuera y, por supuesto, las aguas fecales apestaban. Graciela acababa de marcharse y la comuna había cerrado sus puertas hasta nuevo aviso. En aquel cuartito fue donde, por fin, la novela ideológica que Raúl llevaba años queriendo escribir fue concebida: El Francotirador. A través de ella Raúl conseguiría explicarle al mundo su decisión de abandonar el sistema económico y político y seguir una nueva vía a solas, en la línea de los anarquistas individualistas del siglo XX: el ser humano como ente autónomo, dueño de sí mismo, que se opone al control estatal o social. En el caso de Raúl y de su alter ego Alfonso Kumovic, protagonista siempre ausente en la novela, la historia se adereza con una tendencia a lo marginal, a habitar los recovecos del mundo donde nadie fija su mirada, los circuitos silenciosos donde la ley, el dinero o la política son símbolos fantasmagóricos de aquello de lo que se huye.

 

4

 

Raúl me dijo que quien escribe autobiografía, miente. Mientras leía El Francotirador y el resto de sus libros (muchos narran sus experiencias a modo de bloc de notas) no he podido sacarme de encima la sensación de que es en la novela donde la verdad aparece más rigurosa, a pesar de sus esfuerzos por darle un escondite. Es decir: la ficción encubre la verdad en los detalles, en los paisajes, en los gestos, en los nombres propios pero al mismo tiempo, allí, de fondo, aparece limpia y dura como una roca de mármol pulido a la que las manchas del tiempo no hubieran logrado cambiar ni sepultar hasta hacerla parecer otra cosa.

«Soy Alfonso Kumovic, el que escupe sobre sus raíces porteñas».

La autobiografía es así. En el grueso de la obra de Raúl, El Francotirador, bajo su condición de invención, se convierte en el lienzo donde las contradicciones y los argumentos, lo que ocurrió y lo que podría haber ocurrido en su propia vida, las ideas muy íntimas y las autoproyecciones se vuelcan y se desarrollan hasta encontrarse con la muerte. En ese experimento alquímico que es la escritura consigue desdoblarse y, sin que se note a simple vista, convertirse en sus propios personajes, vividores de una ficción que podría no haberlo sido. En el relato Alfonso Kumovic, —«imagen arquetípica de mí mismo», me dijo—, es el superhombre que abandona y rechaza el mundo que le circunda y que emprende un camino y lo cierra tras él porque no busca seguidores sino autenticidad y coherencia. Pepe Muchessi es quien narra pero también el espejo de la inercia: un viejo camarada de Kumovic, médico aburguesado que recuerda sus aspiraciones de juventud y se arrepiente de todo aquello que no logró ser. La historia que cuenta es la suya pero sobre todo es la de Kumovic: la de la soledad heroica.

 

La autobiografía es así: disfraza la realidad de hechos y fechas para evitar contar lo que ocurrió debajo de la superficie.

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Sí: la autobiografía miente y, aunque El Francotirador no es una autobiografía ni intenta serlo, es allí donde la memoria de Raúl Prchal ha cristalizado y se ha convertido en otra cosa que aún así sigue siendo él. Al fin y al cabo, la memoria solo existe en el presente, la memoria es constructiva y propensa a errores y alteraciones. Lo que recordamos como cierto pudo perfectamente nunca haber ocurrido. La memoria es como una danza en equilibrio: se acerca y aleja de esos fragmentos de experiencia llamados recuerdos sin llegar nunca a tocarlos, y en esa aproximación los transmuta: aparecen vínculos que no estaban ahí antes, algunos acontecimientos cobran importancia en retrospectiva y otros se olvidan, ciertas anécdotas se tergiversan y exageran y los sentimientos, tonos de la luz y fechas burocráticas, casi siempre de modo involuntario, cambian de orden. El objetivo de la memoria no es otro que contar la propia historia y la de aquellos que nos rodearon un día y para ello tiene sus propias herramientas y son estas:

 

La mirada

El pensamiento

La palabra

Marina Hernández
Marina Hernández

(Madrid, 1989) Es periodista y escritora. Ha sido becada por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Imparte talleres de escritura y edita diarios íntimos de mujeres en Índigo Editoras.