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LISBOA, ORIGEN Y FINAL

Vida portátil (VIII)
Juan Trejo

Esto ocurrió cuando el mundo era todavía ancho y ajeno.

Iba caminando por la arena, junto al océano Atlántico, en Cascais, a pocos kilómetros de Lisboa. Cuando la playa acabó me adentré en una zona asfaltada hacia lo que debía de ser el puerto deportivo. Soplaba un viento frontal, contundente, pero que no llegaba a incomodarme. Iba descalzo. Llevaba puesto un bañador azul marino y una camiseta blanca. Era una camiseta muy sencilla, aunque a mis dieciocho años la lucía como si se tratase de una íntima e indescifrable declaración de principios. Tenía un dibujo muy llamativo de lo que se suponía que era una isla y una inscripción en letras negras que decía: Molokai, nada más. Si la playa de Cascais estaba más bien vacía a esas horas, la franja asfaltada que ascendía hacia la punta del saliente de roca estaba desierta. Al fondo, donde la franja se ensanchaba hasta convertirse en una pequeña terraza o mirador, había una construcción, una especie de chiringuito de madera con un curioso voladizo. También había un par de mesas a un lado, junto a la ancha baranda de piedra que evitaba la caída sobre las rocas, con sillas de aluminio alrededor.

Al llegar a la terraza miré hacia la playa intentando ubicar a mi grupo, a mi hermana y a mis primos, pero me resultó imposible distinguirlos porque había caminado mucho más de lo que pensaba y desde aquella distancia nada los diferenciaba de otros pequeños grupos de bañistas. El chiringuito, de un incoherente aspecto futurista, cúbico e inabordable, estaba cerrado. 

Aquel apartado y solitario rincón transmitía una sorprendente sensación de fin de la tierra. Como si todos los caminos que recorrían Europa de una punta a otra acabasen justo allí, en un sereno y merecido anonimato. Porque a partir de ahí, hacia el oeste, se extendía ya únicamente el amplísimo océano Atlántico, ajeno a cualquier clase de anhelo humano.

Me fijé entonces en algo que había encima de una de las mesas del chiringuito. Se trataba de un cuaderno bastante voluminoso cerrado con una goma ancha del mismo color que las tapas; parecía un dietario. Alguien había colocado encima una piedra gris del tamaño de una manzana, seguramente por temor a que se lo llevase el viento. 

Me gustó el tacto de las tapas de cartón del cuaderno, rugosas, secas, como si hubiesen estado expuestas durante muchas horas a la intemperie. Aparté la piedra y tomé el cuaderno en mis manos. Pesaba más de lo que había supuesto. Tal vez se debía a la cantidad de pliegues sueltos insertos entre las páginas y las tapas, o al propio gramaje del papel. Sentí un profundo deseo de abrirlo y leerlo. 

La primera línea que leí decía lo siguiente: «La única manera de aprender a escribir es escribiendo». La grafía era precisa, más alargada que redonda. Aquella frase, como el resto, estaba escrita en inglés, y captó mi atención por completo. Y la siguiente no le iba a la zaga: «De ahora en adelante voy a escribir cada maldita cosa que me pase por la cabeza».

¿Quién podía haber escrito algo así? 

A lo largo de mi último año en el instituto, mientras fingía prepararme para las pruebas de la Selectividad, había decidido que quería ser escritor. Fue una decisión nominal, sin fundamento práctico alguno. Tan solo había escrito dos cuentos hasta ese momento. Dos cuentos motivados, además, por la voluntad de estar a la altura de mi propia fanfarronería, pues había presumido ante mis compañeros de haberlos escrito antes siquiera de haberlos imaginado. 

Abrí de nuevo el cuaderno al azar y seguí leyendo: «¿Qué es pensar sin palabras? Si lo intentas, no puedes. El pensamiento pugna por convertirse en palabras, perversamente». Quienquiera que fuese el responsable de esas afirmaciones sin duda estaba interesado en el hecho en sí de escribir. «Las palabras son la moneda del pensamiento, pero no son el valor al contado del pensamiento». Aunque podía tratarse de alguien interesado simplemente en escribir bien para poder retratar el mundo que se desplegaba a su alrededor. 

Pero al leer lo siguiente me sentí interpelado de manera directa, como si el autor pretendiese sacarme de dudas: «La idea de escribir ha expulsado todas las ideas de mi cabeza».

Supongo que ya en aquel entonces, y a pesar de que no tenía ni idea de qué suponía ser escritor, el oficio me parecía digno de respeto. Sentía respeto incluso por los que simplemente parecían ser escritores. Por otra parte, ser testigo de semejante pasión, eso de que el hecho de escribir hubiese expulsado todas las ideas de la cabeza de alguien, me resultaba no solo envidiable sino también excitante; quería reconocerme en algo así, sobre todo en esos momentos, en los que mi moral estaba por los suelos debido a mis paseos por Lisboa.

Alcé la vista del cuaderno y observé una curiosa forma en mitad de la solitaria rampa que llevaba hasta la terraza o mirador. Era una forma vertical imprecisa, acuosa, que parecía estar ascendiendo a buen ritmo hacia donde me encontraba sentado. Aquella forma fue perfilándose poco a poco hasta conformar el cuerpo de una mujer madura, de unos cincuenta años. No era muy alta y caminaba con cierta dificultad, como si le doliesen las rodillas. A medida que fue acercándose mejor pude fijarme en su cabellera, que le llegaba hasta los hombros y era tupida, espesa y muy oscura, casi negra por completo a excepción de un curioso mechón blanco que le nacía encima de la frente y se desplazaba hacia su derecha formando una amplia onda. Llevaba puesta una cazadora vaquera de un azul descolorido, pantalones blancos y zapatillas de deporte negras con suela de goma. Se encontraba ya al otro lado de la mesa cuando se detuvo y clavó su intensa mirada en mí. Jadeaba ligeramente. 

Había en la mirada de aquella mujer un toque bíblico, un matiz implacable que dejaba escaso margen a la indefinición. Curiosamente, el gesto de su rostro, a medio camino entre la severidad y una leve y juguetona voluntad de seducir, compensaba el efecto de la mirada. Me fijé en ella mientras recuperaba el aliento, intentando no parecer impertinente, incapaz todavía de decirle nada por temor a incomodarla. Era una mujer de una belleza asentada, mineral, como surgida de la tierra y vinculada a una naturaleza adusta. 

La mujer se sentó en la silla de enfrente y miró hacia el cuaderno. «¿Es suyo?», le pregunté. Ella, a modo de respuesta, lo arrastró suavemente hacia sí sobre la mesa y le colocó de nuevo la piedra encima. El gesto me resultó un tanto violento pero también incontestable. 

«¿Lo has abierto?», me preguntó sin apartar la vista de la libreta. «Solo lo he ojeado. Buscaba un nombre o una dirección», mentí. «Quieres ser escritor», dijo sin tener en cuenta lo que acababa de responderle. Lo dijo como si se tratase de un veredicto, casi de una condena. «Te gusta leer». En esta ocasión la frase sí parecía esconder una pregunta tácita. Pero igualmente no dije nada. La mujer se recostó en la silla, se pasó la mano por el mechón blanco y empezó a hablar despacio, con una voz sofisticada y radiofónica.

«Lo que me hizo ser escritora fue que yo era una lectora apasionada. Empecé a leer a una edad muy temprana y he sido adicta a la lectura desde entonces. He leído todo el tiempo. Probablemente he pasado más tiempo leyendo que cualquier otra cosa en mi vida, incluso dormir». 

Parecía tan segura de sí misma, tan acostumbrada a centrar la atención sobre su persona, que di por supuesto que se trataba de una escritora famosa. Tal vez por eso me vi impelido a decir: «A mí me gusta leer. Me encanta Borges». 

«Hoy no existe ningún otro escritor que importe más a otros escritores que Borges», me dijo. «Muchos dirían que es el más grande escritor contemporáneo. Muy pocos escritores de hoy no han aprendido de él o lo imitan».

«Yo también escribo cuentos», me aventuré a decir, aunque inmediatamente me sentí culpable. 

«Yo empecé a escribir historias, poemas y obras de teatro cuando tenía seis, siete u ocho años. Fue como alistarse en un ejército de santos o algo así. Suena un poco absurdo, pero no sentía que me estuviera expresando, fue como si participara en una actividad noble». 

Me impresionaron esas palabras. Había épica en ellas, algo de lo que mi visión de la escritura carecía por completo; una épica que se veía reforzada por el lugar en el que nos encontrábamos, al borde del infinito océano Atlántico. «Ejército de santos», repetí para mis adentros. 

Aprovechando ese instante de silencio, me fijé en otra mujer que había ido aproximándose sigilosamente hasta donde nos encontrábamos. Cargaba con una cámara fotográfica que colgaba de una correa de cuero marrón alrededor de su cuello. Tenía el pelo muy largo y muy claro, casi blanco, y lucía unas gafas de fina montura metálica. Tanto su camisa como su pantalón de pinzas eran de color negro. Apoyó un pie en la ancha baranda de piedra sobre las rocas y enfocó directamente hacia nosotros, sin ninguna clase de reparo. Cuando mi interlocutora se fijó en la fotógrafa entendí al instante que existía alguna clase de relación entre ellas. Tras hacerle un amplio y displicente gesto con la mano, la famosa escritora le dijo con un deje cansino: «Ahora no, por favor. Déjalo un rato».

Pero como la fotógrafa no le hizo caso y siguió a lo suyo enfocándola con descaro, la escritora se colocó unas gafas de sol muy oscuras y volvió su rostro hacia mí.

«Fotografiar personas es violarlas», me dijo, «pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente». 

La fotógrafa, con su larguísima y prístina melena al viento, alta y espigada como una bailarina rusa, seguía revoloteando a nuestro alrededor, con gesto extremadamente serio, enfocando y disparando la cámara cuando lo creía conveniente.

«Las fotografías son quizás los objetos más misteriosos que constituyen, y densifican, el ambiente que reconocemos como moderno. Las fotografías son, en efecto, experiencia capturada y la cámara es el arma ideal de la conciencia en su talante codicioso».

Al oír esas palabras me pregunté si me estaba hablando a mí en realidad. Yo era dolorosamente consciente de mis limitaciones intelectuales, a las que había que sumar mi deficitario uso del inglés, pero aun así me incomodaba que no esperase ni la más exigua respuesta por mi parte. 

«Pero educarse mediante fotografías no es lo mismo que educarse mediante imágenes más antiguas, más artesanales».

A lo que añadió, enderezándose un poco en la silla y colocándose bien las gafas de sol sobre el puente de la nariz:

«El hecho es que toda la conciencia y toda la reflexión occidental sobre el arte han permanecido en los límites trazados por la teoría griega del arte como mímesis o representación. Es debido a esta teoría que el arte en cuanto a tal, por encima y más allá de determinadas obras de arte, llega a ser problemático, a necesitar defensa. Y es la defensa del arte la que engendra la singular concepción según la cual algo, que hemos aprendido a denominar ‘forma’, está separado de algo que hemos aprendido a denominar ‘contenido’, y la bienintencionada tendencia que considera esencial el contenido y accesoria la forma»

Era como si estuviese hablándole a una cámara de televisión, como si estuviese respondiendo a las preguntas de un entrevistador invisible. O bien como si me hubiese tomado por un alumno o discípulo aleatorio y me estuviese agasajando con toda una serie de sentencias que deberían servirme en el futuro. 

Fue entonces cuando me señaló directamente con el dedo índice de su mano derecha, como si pudiese leer mi mente, como si me estuviese dando a entender que era cierto que no sabía gran cosa pero que sí sabía que quería escribir, y me dijo con voz profunda, verdaderamente profética algo relacionado con el poder del arte y con la incomodidad del escritor ante ese poder y sobre la ironía y la inevitable necesidad de interpretar.  

Me dijo varias cosas más antes de agarrar su cuaderno y ponerse en pie. Cosas que yo iba a olvidar durante mucho tiempo y que recordaría en el justo momento en que fueran a resultarme útiles.

Cuando apartó la silla metálica y, con el cuaderno en la mano, se dispuso a darse la vuelta para regresar al pueblo, la fotógrafa se le acercó y le pasó el brazo por encima del hombro. Fue un gesto de afecto y de cuidado. 

Antes de empezar a alejarse, se volvió una última vez hacia mí, y dijo: «Lo que ahora importa es recuperar nuestros sentidos. Debemos aprender a ver más, a oír más, a sentir más».

La fotógrafa soltó una risotada grave, rasgada, y le dijo a su compañera casi en un susurro: «Ahora no, por favor. Déjalo un rato».

Las vi descender por la rampa sin levantarme de la silla. Tal vez algo menos decepcionado entonces por el hecho de estar allí. Notando la potencia del sol en mis antebrazos ya bronceados. Notando también la grandeza del océano a mi espalda, un océano que desde allí llegaba hasta las lejanísimas costas de América. Sabiéndome, en definitiva, en el fin de la tierra.

Años después descubrí, de manera totalmente fortuita, que aquella mujer era Susan Sontag. Tardé algo más en saber que la fotógrafa que la había abrazado con tanto cariño y delicadeza era Annie Leibovitz. Ese desconocimiento por mi parte ayudó a que durante mucho tiempo el recuerdo de ese encuentro quedase relegado a un sector periférico de mi memoria. También ayudó el hecho de que mi capacidad intelectual estuviese por aquel entonces lejos de poder valorar de manera adecuada lo que me dijo la escritora neoyorquina. 

Aunque creo que el principal motivo de que dicho encuentro quedase definido durante años como una especie de efecto secundario o colateral del descorazonador viaje a Lisboa, fue que lo que de verdad me interesaba en aquella época era otra cosa: quería ver mundo. Es cierto que durante mi último año en el instituto había decidido que quería ser escritor, pero en mi consciencia todavía pesaba mucho más ese otro anhelo. En aquellos años estaba convencido de que había que vivir experiencias para poder valerse de ellas a la hora de escribir. Y he de confesar que tardé bastante tiempo en darme cuenta de mi error. 

Por aquel entonces todavía pasaba los veranos en el pueblo de mi madre, Palomas, en Extremadura. Durante mi adolescencia, el pueblo significó una más que deseable alteración de la cotidianidad estival; de hecho, la única alteración posible. Todos los años, los chicos del barrio, agotados ya los escasos placeres del farragoso verano en la ciudad, íbamos desapareciendo escalonadamente en pos de destinos relacionados siempre con nuestras respectivas familias y sus lugares de origen. La mayoría éramos hijos de padres inmigrantes llegados a Barcelona durante los años sesenta, miembros por lo tanto de familias trabajadoras y voluntariosas, así que no podíamos aspirar a nada más. 

Debido precisamente a lo limitado de mis experiencias, para mí el pueblo, hasta los dieciséis o diecisiete años, había entrañado cierta dosis de aventura; si bien una aventura teñida por un creciente tedio monocromático. El pueblo significaba ir de pesca con el mayor de mis primos. Significaba beber cerveza en un puñado de bares diferentes durante la hora del aperitivo. Significaba acudir a las fiestas y ferias de los pueblos de los alrededores e intentar ligar con lugareñas amables de acento pausado. Y significaba, cada vez con mayor intensidad, esperar a la puesta de sol para agarrar la bicicleta y llegar a algún altozano desde el que mirar al infinito en un amago autodidacta de lo que años después sería para mí la meditación. 

Pero el pueblo, inevitablemente, se me había ido quedando pequeño casi sin darme cuenta. Esa clase de vacaciones en casa de mis tíos me sabían ya a comida recalentada. Es cierto que había aprendido a amar el paisaje extremeño, mucho más rico y variado de lo que me había permitido creer siendo niño, pero yo quería ver mundo. Quería verme montar en aviones de línea comercial, volar a grandes ciudades de Europa y América. Quería atravesar el mar o fotografiarme frente a edificios conocidos o escuchar el resonar de mis pasos en los corredores de prestigiosos museos. 

Quería atesorar experiencias, tachar nombres de mi lista de lugares deseables, construir por fin anécdotas valiosas con las que poder presumir de cosmopolitismo. 

Por eso ese primer viaje a Lisboa desde Palomas, propuesto por mi hermana, que estaba allí de paso con su novio, y ratificado por dos de mis primos, iba a suponer para mí un logro mayúsculo; a pesar incluso de la precariedad. Lo entendí al instante como la primera piedra de lo que quería que fuese mi vida a partir de ese momento. Después de todo, y a pesar de no ocupar una posición destacada en mi lista, Lisboa iba a ser el primero de los nombres tachados.

En ese sentido, puedo afirmar ahora, desde la perspectiva que ofrece el paso del tiempo y una vez recuperado el sentido del encuentro con Susan Sontag, que ese primer viaje a Lisboa condensó en su interior todos los viajes que vendrían después. No solo los viajes, a decir verdad, sino también una manera muy concreta de entender el mundo y la vida, la realidad y la ficción, la percepción y la escritura.

Y no fue precisamente por la ciudad de Lisboa. Lisboa me decepcionó. No debido a ningún detalle o dato objetivo, porque yo no tenía conocimiento previo alguno de la ciudad, sino a una cuestión de percepción sumada a mis limitadoras expectativas. Yo deseaba sofisticación, modernidad. Deseaba presente absoluto, futuro inmediato incluso. Así imaginaba yo el gran mundo. Deseaba ver el lugar exacto donde las cosas se cocían y se llevaban a cabo, donde se generaba lo que estaba por venir. Y lo cierto es que cuando cruzamos el Puente 25 de abril, justo antes de entrar en la ciudad, me dije que era eso justamente lo que iba llevarme de Lisboa.

Sin embargo, las calles de aquella ciudad a finales de los años ochenta transmitían una tristeza palpable, una estática nostalgia imposible de pasar por alto. Mientras paseábamos por la Baixa o el Chiado, todo me parecía sucio y dejado y tendente a la decrepitud. Miraba hacia lo alto y solo veía postigos polvorientos clausurando ventanas de pisos viejos y posiblemente abandonados. Y la cosa no mejoró cuando ascendimos por las cuestas del barrio de Mouraria o atravesamos el laberinto de la Alfama, que olía a legumbres cocidas. Desde mi punto de vista, todos aquellos rincones eran ruinas silenciosas. 

Algunas cosas de Lisboa me gustaron a simple vista, pero lo que mi mirada echaba de menos en todo momento era sofisticación y modernidad. Echaba de menos el frenesí propio de un centro neurálgico. Echaba de menos las multitudes, el tráfico incesante, el ruido de la actividad humana e incluso la contaminación propia de las grandes ciudades occidentales. No quería hermosura decadente, no quería ritmos pausados y bochornosa melancolía. 

En pocas palabras, estaba por fin en el extranjero, en una gran ciudad europea, pero no era el lugar en el que yo quería estar, en el que mi mente y mi sensibilidad querían estar. Ansiaba aprovechar ese viaje porque cabía la posibilidad de que se espaciasen en el tiempo esa clase de desplazamientos y, sin embargo, nada de lo que encontraba a mi paso encajaba en lo más mínimo con las casillas mentales que había destinado para mis futuros recuerdos y anécdotas. 

Nada volvió a encajar desde que cruzamos el Puente 25 de abril. 

Y si he dicho antes que el viaje a Lisboa encerró todos los viajes que vendrían después es también por ese detalle: cuántas veces iba a sufrir estando en el extranjero esa clase de desavenencias entre la realidad y el deseo, entre el ansia y la vivencia. 

Por eso iba a guardarle siempre rencor a Lisboa, por esos primeros paseos que echaron por tierra mis volubles expectativas justo después de haberlas levantado. Porque sí hubo un momento absolutamente excepcional en ese viaje, justo antes de llegar a la ciudad. Un momento sublime. Una revelación imperecedera. Una epifanía. Que he podido recuperar ahora, junto con el encuentro con Susan Sontag. 

No planificamos el viaje, simplemente acordamos hacerlo un jueves por la noche y el sábado por la mañana nos pusimos en ruta. Viajamos en dos coches. Nuestra intención era pasar la noche del sábado en Lisboa y regresar al pueblo el domingo después de comer. La distancia por carretera era aceptable a pesar de la brevedad de la estancia: unos seiscientos kilómetros entre ida y vuelta. 

Podría decirse que nuestro grupo estaba formado por dos bloques bastante bien definidos: aquellos que deseaban por encima de todo ir a la playa y visitar Lisboa les suponía una suerte de trámite y aquellos a los que nos importaba algo menos eso de remojarse en el Atlántico. 

Unos cuantos kilómetros antes de llegar a la ciudad la carretera trazaba una amplísima curva hacia el norte con el fin de superar el estuario del Tajo por el punto más estrecho. En ese punto nos topamos con una imagen absolutamente poderosa, debido en gran medida a lo sorpresivo de la misma: el Cristo Rey, en Almada; esa copia un tanto tosca del Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. En lo alto de su elevadísimo pedestal blanco nos daba la espalda con los brazos abiertos como el que pretende proteger un secreto, pues Lisboa, oculta todavía por los últimos cerros, se mantenía a buen recaudo de nuestra vista. Mientras asimilábamos ese primer mensaje grandilocuente y un tanto críptico de lo que estaba por llegar tuvimos que detenernos en el peaje del puente.

Justo después tuvo lugar la epifanía.

Yo no había oído hablar nunca del Puente 25 de abril, no lo había visto en la televisión ni en ninguna fotografía. Ni siquiera se me había ocurrido pensar que entraríamos en Lisboa por el sur, cruzando el Tajo.

Al tomar el último tramo de la gran curva, el Puente 25 de abril se desplegó ante nuestros ojos como una magnífica aparición sagrada. Parecía una entidad arcaica, casi prehistórica, el último ejemplar de una especie animal de gigantescas dimensiones; algo así como titán sereno, tumbado, capaz de flotar sobre el agua con una incongruente gracilidad. 

El Puente 25 de abril es un puente colgante de acero de casi dos kilómetros de longitud, pintado en su totalidad de rojo y sostenido por dos altísimos pilares. La superficie sobre la que discurre el tráfico está formada por unas rejillas que producen un ruido muy característico. Pero lo que a mí me llamó más la atención en ese momento, la primera vez que lo vi en toda su extensión, fue su alucinante similitud con el Golden Gate. 

El desajuste que produjo en mi consciencia el hecho de encontrarme, en el momento y el lugar más inesperado, con aquella estructura mítica teñida por el inefable esplendor de todas las series y películas que había visto en las que aparecía el puente que franquea la bahía de San Francisco, provocó que mi percepción se ampliase de golpe. 

Mientras cruzábamos el puente, a nuestra derecha, empezó a desplegarse, blanca y dúctil, adaptándose a cada pequeña alteración orográfica, la ciudad de Lisboa. Y durante unos minutos, colapsado por lo que estaba viviendo, llegué a sentirme el protagonista principal de mi propia película.

Fue una experiencia de pura fascinación. El gran mundo, pensé entonces, tenía que ser justo eso: el punto exacto en el que la ficción y la realidad se dan la mano y conviven y se mejoran mutuamente. 

Pero el torrente de emoción duró solo unos minutos. Ya he contado cómo fue toparme con las calles de Lisboa, qué supuso verme en lo que yo entendí al instante como un escenario abandonado. Porque toparme con las calles de Lisboa fue como viajar a toda velocidad hacia el futuro, o hacia el pasado, y comprobar que la trama había quedado borrada y ya nadie allí era capaz de recordar de qué iba la historia que transcurría en aquella ciudad. 

Mi película, la película en la que yo iba a ser el protagonista, había acabado antes de empezar. 

Creo que es comprensible que le guardase rencor a Lisboa durante años. He viajado otras veces allí, pertrechado de material cultural y literario con la pretensión de envolver y enmascarar mi decepción primera. Nunca lo logré por completo. 

Porque Lisboa me indicó en aquella primera visita dónde iba a encontrarse durante mucho tiempo la grieta por la que iba a escaparse el sentido en mis futuros viajes. La fascinación y la frustración se sucedieron sin solución de continuidad lo cual tendría que haberme dado a entender que la perspectiva con la que inicié esa nueva etapa de mi vida iba a comportarme más de un problema. 

Tardé mucho en entender, sin embargo, que yo no era de los que hacen fotografías, de los que pretenden fijar el momento. Tardé tanto en entenderlo como tardé en recuperar las palabras de Susan Sontag. Ella me dijo que «fotografiar es apropiarse de lo fotografiado», que «coleccionar fotografías es coleccionar el mundo», que la fotografía quiere «darnos la impresión de que podemos contener el mundo entero en la cabeza, como una antología de imágenes». Y no era eso lo que yo pretendía. En realidad, no buscaba anécdotas, tal como creía antes de llegar a Lisboa. Yo no aspiraba a la mímesis de la que también oí hablar a Sontag, yo anhelaba que forma y contenido fuesen lo mismo. Porque, en el fondo, y aunque me costase muchos años llegar a esa conclusión, lo que buscaba era la verdad.

Tardé en entender que las cosas cambian y nosotros y nuestra mirada también cambiamos. Por eso, como le oí decir a Susan Sontag cuando ya se alejaba de mí en Cascais, lo que de verdad importa llegado un determinado momento de la vida es «recuperar nuestros sentidos. Aprender a ver más, a oír más, a sentir más». 

Cuando visité por primera vez Lisboa no podía saberlo, pero Susan Sontag regresó tiempo después de entre los muertos para aclarármelo definitivamente. Iba a tener que crear mi propia manera de ver el mundo, personal y posiblemente intransferible. E iba a tener que apropiarme de ese mundo a través de la escritura. Porque yo no iba a seguir nunca el camino de Ernst Hemingway o García Márquez. Yo no iba a tener que vivir experiencias para poder contarlas. Yo iba a tener que contar experiencias para poder vivirlas. 

 

Imagen de cabecera, CC Pam1611

Juan Trejo
Juan Trejo

Nació en Barcelona en 1970. Es escritor, traductor y profesor. Autor de tres novelas, El fin de la Guerra Fría, La máquina del porvenir, que se alzó en 2014 con el X Premio Tusquets Editores de Novela, y La otra parte del mundo (2017)