Iniciar sesión
A
  • Altaïr Magazine en Facebook
  • Altaïr Magazine en Twitter
  • Altaïr Magazine en Instagram
Iniciar sesión
¿Aún no estás registrado?

NOSTALGIA DE JANELAS VERDES

Lisboa es un milagro
Aitor Romero

Cuando tenía 18 años Antonio Tabucchi emprendió un viaje iniciático por Europa. Fue en los alrededores de la estación de Perrache, en Lyon, donde al sentarse en un banco encontró un papel en el que podía leerse una versión manuscrita de la traducción francesa del poema Tabaquería, de Fernando Pessoa, uno de los poemas más importantes de la historia de la lengua portuguesa. Antonio Tabucchi supo entonces, gracias a esa ínfima casualidad, que había encontrado un tema para toda la vida, que había encontrado un destino, y con los años, al escribir su obra y deshacer el camino que le separaba de ese destino, fue poco a poco convirtiéndose en el más portugués de los escritores italianos o en el más italiano de los escritores portugueses, según se mire, aunque en el fondo, como ya se sabe, da igual, porque es lo mismo, poco importa aquí el orden de las patrias, porque tampoco eso altera al escritor.

Muchos años después, cuando ya había entregado a imprenta varios libros, algunos de ellos notables y con una fuerte impronta portuguesa, se le apareció en sueños el fantasma de su difunto padre (toscano como él) y conversaron con naturalidad en portugués, algo que en el interior del sueño no le pareció en absoluto extraño. Al despertar, tras asimilar el desorden lingüístico, Antonio Tabucchi se sintió llamado a escribir en ese idioma. El producto de ese entuerto surreal fue una breve novelita onírica, la deliciosa Requiem. Uma alucinaçao.

En realidad, que un autor con dos patrias como Tabucchi, la de nacimiento y la electiva, la de su lengua materna y la de su pasión, decidiese al fin abrazar el portugués (la lengua elegida) para escribir una de sus novelas es todo un acontecimiento que hace que Requiem sea una de las obras más singulares de la trayectoria narrativa de Tabucchi, una novela que no puede ni merece ser tratada como las demás. En Requiem Tabucchi emprende uno de los viajes más salvajes de la literatura moderna: el que lleva a un escritor a abandonar su propio idioma para escribir en otro, para escribir en una lengua extranjera. El viaje de Becket, de Conrad y de Nabokov. También el de Rodolfo Wilcock. Escribir en otra lengua es tal vez la forma más radical de mantener en permanente tensión esa relación que el escritor tiene con el idioma, como un lugar que le es propio y ajeno al mismo tiempo, espacio público a la vez que privado, la ciudad y la casa, en palabras de Natalia Ginzburg. Esa es la relación que Antonio Tabucchi mantiene a lo largo de toda la novela con la ciudad de Lisboa, y que puede rastrearse sin dificultad en el resto de su narrativa: un lugar que le es extraño y familiar a la vez, un lugar al que pertenece y al que no, siempre a mitad de trayecto entre la realidad material y la alucinación. Es precisamente en esa frontera difusa donde confluyen en un mismo individuo la figura del paseante y la del viajero.

«Lisboa hay que verla en el tiempo exacto de un sollozo. Verla toda entera con la primera luz del amanecer, por ejemplo. O verla bien completa con el último reflejo del sol sobre la Rua da Prata. Y después llorar», escribe Enrique Vila-Matas, que insiste en la idea de que en Lisboa uno siempre tiene la impresión de haber estado antes allí, aunque sea la primera vez que va, como si ya hubiésemos caminado por sus calles antes de haber venido nunca, o como si en realidad nunca nos hubiésemos movido de esas mismas calles, mucho antes incluso de haber llegado. Y es que parece que Lisboa haya que recorrerla con el corazón encogido por los recuerdos, por recuerdos totalmente inventados, o por recuerdos de otros que a nosotros nos han inoculado, como si andar imbuido en esa nostalgia ajena por las calles del Barrio Alto, y por las de la Alfama y por las de Graça, fuese la única forma que tenemos los extranjeros de acceder a la saudade, ese estado íntimo del alma tan portugués, absolutamente intraducible, que en condiciones normales a nosotros nos está vedado. Y ya cerca de la desembocadura del Tajo le entran ganas a uno de cambiar Nueva York por Lisboa para parafrasear a Elisabeth Smart y decir: en la Estación de Cais do Sodré me senté y lloré.

El lento descenso hacia el mar desde la Plaza Marqués de Pombal por una de las aceras centrales de la Avenida da Liberdade tiene algo de ceremonia de despedida de todo un continente, pues en Lisboa late una forma distinta de ser europeo, discreta y al margen, en una esquina, como si esta ciudad fuese el último apeadero de Europa, su punto final. Al llegar a la Plaza del Comercio, asomado a la desembocadura del Tajo, uno empieza a sentir que todo quedó atrás, que a la espalda se extiende entero el viejo continente, y que más allá aguarda la promesa del océano, el sueño de América, la nostalgia de estar lejos. En ese paseo donde sueños y recuerdos (reales e inventados) se enredan con lo observado hasta constituir una espesa argamasa, el cronista se acuerda de la novela de Pedro Mairal, La uruguaya, donde un argentino al caminar por Montevideo tiene la vaga sensación de recorrer una realidad ligeramente alternativa, una alucinación inquietantemente próxima a lo real, como si Uruguay fuese un recuerdo desfigurado de lo que en algún momento pudo ser la Argentina y finalmente no fue. O como si la Argentina fuese la colosal pesadilla de un cuerdo Uruguay que recién despierta de madrugada empapado de sudor. Lo contrario de lo exótico, por decirlo así, la rareza de lo parecido, lo turbador de las pequeñas diferencias. Algo similar le ocurre a este humilde cronista español al recorrer Lisboa, que se le aparece siempre como una eterna y plácida proyección de la España de hace veinte años, anclada en la belleza de ese desfase temporal permanente que sin embargo no es tal, porque es ya otra cosa. Portugal se presenta entonces, exactamente igual que Uruguay, como un minúsculo oasis de digna humildad y cordura, de triste belleza contenida, agraviado por el infortunio de tener que convivir para siempre en un mismo solar con un enorme manicomio al que tiene que soportar no solo como vecino ruidoso, sino incluso como hermano.

Dice el cronista argentino Laureano Debat que toda ciudad es una ficción inconclusa. Un conjunto de textos al que siempre se le están agregando nuevas miradas que transforman no solo a la ciudad que los recibe, sino sobre todo a los escritores que la cuentan. De entre toda la producción de Tabucchi, siempre tan atenta a Portugal y a Lisboa en particular, cuesta distinguir un libro tan apegado a lo urbano como Requiem, una novela que narra fundamentalmente el deambular onírico del narrador-protagonista por Lisboa, un narrador que en realidad sestea bajo una morera en un campo cercano y es en esa siesta veraniega donde brota el sueño de la peripecia de un día por una Lisboa que arde deshabitada en plena canícula. Una ciudad que aquí se construye otra vez como ficción inconclusa. La Lisboa de Pessoa, con cuyo fantasma precisamente el narrador-protagonista ha concertado una cita al atardecer, en el muelle. Y uno no puede dejar de pensar en todas esas ciudades que son también ficciones fantasmales, ciudades inventadas, como el Dublín de Joyce, el Londres de Woolf o el París de Baudelaire, o incluso la Barcelona de Marsé o el México DF de Bolaño, a las que Tabucchi concita porque el arte de inventar ciudades (tan próximo al arte de inventar vidas, al arte de la ficción) es capaz de abolir todas las distancias.

De todos los extraños personajes que pueblan la Lisboa alucinada de Requiem, tal vez el más entrañable sea el barman del Museo de Arte Antiguo, también conocido como el museo de las Janelas Verdes porque está precisamente situado en la rua das Janelas Verdes. En ese bar que desemboca en un jardín desde el que se contempla el Tajo en una vista bellísima, trabaja de barman, según Tabucchi, el señor Manel, que harto de servir refrescos de frutas creó un cóctel en homenaje al museo llamado Janelas Verdes Dream, que consta de vodka, zumo de limón y una cucharada de jarabe de menta piperina, lo que le da el color verde a la bebida. El narrador-protagonista acude el museo a contemplar Las Tentaciones de San Antonio, un tríptico de El Bosco que encierra todos los enigmas del alma portuguesa. El viajero que esto escribe ha ido a Lisboa a pasear, pero, ante todo, ha ido a Lisboa a releer Requiem y a intentar reconstruir por imitación la Lisboa espectral de Tabucchi, algo que es por definición una empresa imposible. Tras contemplar el cuadro de El Bosco el viajero acude a la cafetería del museo, que en nada se parece a la que describe Tabucchi, pues en lugar de un establecimiento señorial es una horrenda cantina universitaria con bandejas de autoservicio, y le pregunta a un camarero al azar por el señor Manel, especialista en la elaboración del cóctel Janelas Verdes Dream. La única respuesta que obtiene a cambio es una mueca de absoluta perplejidad mezclada con indiferencia, que denota que se ha equivocado de tiempo y de lugar, y que el error es además mayúsculo, como si allí nadie hubiese leído nunca a Tabucchi, o como si allí nadie supiera siquiera quién es ese escritor italiano llamado Tabucchi. Al poco, tras abandonar la cafetería para salir de nuevo al jardín que se asoma al Tajo, en un moroso atardecer lisboeta, comprende que la distancia que aleja a las ciudades inventadas de la mediocre realidad de las ciudades reales es una distancia infelizmente insalvable. Y después, como diría Vila-Matas, solo queda llorar.

«Otra vez vuelvo a verte, Lisboa y Tajo y todo», escribió Álvaro de Campos, uno de los heterónimos más fértiles del múltiple Pessoa, en un poema titulado Lisbon revisited. Y pienso ahora que también yo volví a Lisboa a revisitarla, a recorrerla esta vez con una novela onírica bajo el brazo como único mapa y, claro, me perdí sin remedio, única forma tal vez de encontrarme, de revisitarme a mí mismo. Hallé una ciudad levemente cambiada respecto a la última vez, acaso algo más erosionada por la presencia cada vez más masiva de ese turismo que entiende las ciudades —y el mundo en general— como un inmenso parque temático para su propio recreo. Y también por una especulación que empieza siempre por limpiar los lugares para pulirlos de esa suciedad que, paradójicamente, suele protegerlos de una suciedad en apariencia invisible, más profunda y a largo plazo mucho más devastadora. No me fue difícil, sin embargo, encontrarme de nuevo con la vieja Lisboa, tras perderme por las callejuelas que bordean el centro y escapan del aún limitado circuito turístico. O tras perderme por barrios como Graça, que permanecen aún ajenos a la inundación kitsch, o por los rincones que aún perduran en la Alfama, donde uno puede percibir todavía al ubicuo fantasma de Amália Rodrigues y los amores quebrados que pueblan sus fados, o por los minúsculos locales de Ginja donde se bebe como si se estuviese en misa solemne, o por los bares de siempre, que afortunadamente todavía son muchos, donde algún heroico borracho de barrio ofrece al viajero su tierna sonrisa desdentada de tullido feliz y uno, ya avanzada la noche y algo afectado por la bebida, puede llegar a pensar por un momento que se trata del viejo rey Sebastián I, que por fin ha decidido cumplir la profecía y regresar entre la bruma del fondo de la Historia para devolver a Portugal su grandeza perdida, pero antes de eso ha dado un larguísimo rodeo y se ha entretenido un poco en los bares, donde se le ha hecho tarde rememorando las últimas proezas del Benfica, una Sagres tras otra, pontificando sobre los extraños vericuetos de la vida y sobre esa Lisboa subterránea que permanece allí, inamovible, bajo la absurda cabalgata de las modas.

Existe una tensión, a menudo irresoluble, entre la ciudad leída e imaginada y la ciudad real; entre la ciudad recordada y la ciudad que en este preciso instante andamos, y que está ya empezando a cambiar. En Lisboa todo eso se confunde y uno no termina nunca de saber muy bien si recuerda o inventa, si anda por primera vez o acaso regresa. La nostalgia es también una forma de invención. Son precisamente unos versos de Pessoa, también atribuidos a su heterónimo Álvaro Campos, pertenecientes a ese mismo poema que un día el joven Tabucchi encontró manuscrito frente a la estación de Lyon, los que, según se mire, clausuran o ahondan el misterio: «hoy estoy dividido entre la lealtad que debo / a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, / y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.» Y es en esa confusión feliz donde reside el verdadero milagro de Lisboa. 

Aitor Romero
Aitor Romero

Barcelona, 1985. Escritor y viajero incansable. Es autor de la novela Deflagración (2015) y colabora habitualmente escribiendo crónicas en distintas revistas culturales como Negratinta o Culturamas. Sigue creyendo que leer y viajar son la misma cosa, y a pesar de su declarada mediterraneidad vive en Madrid con cierto estoicismo. Acaba de publicar el libro de cuentos Fantasmas de la ciudad (Candaya, 2018).