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RITOS DE PASO EN NYC

Vida portátil (IX)
Juan Trejo

Esto ocurrió antes de que las Torres Gemelas cayeran.

Llevaba ya unos cuantos años viajando con regularidad. Me sentía particularmente orgulloso porque a pesar de lo exiguo de mis ingresos, conseguidos siempre en trabajos temporales y precarios, sin relación ninguna con mis estudios o mi afán creativo, había convertido el hecho de viajar en algo cotidiano, presente como mínimo en mi planificación anual.

A mis veinticinco años, había recorrido Andalucía en autocar, había atravesado Grecia en un coche de alquiler, conocía buena parte del norte de Italia. Pero, sobre todo, había visitado algunas de las ciudades más grandes y hermosas de Europa.  La primera, como ya comenté, había sido la decepcionante Lisboa, a la que no tardé en regresar para atenuar mi mala conciencia; mucho antes, eso sí, de recuperar el recuerdo del encuentro con Susan Sontag. Pero tras Lisboa llegaron experiencias más gratificantes en Roma, París o Londres. Caminando por sus calles, disfrutando de la historia y del presente, de sus callados rincones y de su frenesí, visitando sus museos y desplazándome en sus transportes públicos, entendí que amaba todo lo que tuviese que ver con la ciudad. 

Por eso llegar a Nueva York supuso para mí una suerte de culminación. Porque a mediados de los años noventa, Nueva York todavía representaba la ciudad en su máxima expresión. Nueva York seguía siendo, al menos a ojos de un joven obsesionado con viajar, el centro del mundo civilizado. 

Nueva York, por otra parte, condensaba también, en un grado superlativo, la segunda de mis obsesiones: la escritura. O, mejor dicho, la ficción. Para un consumidor compulsivo de productos culturales norteamericanos como lo era yo entonces, Nueva York era la Meca, o el Everest si se prefiere. O ambas cosas a la vez. Porque era un lugar al que peregrinar, pero también suponía una conquista. Estaba convencido de que Nueva York sería para mí el lugar en el que, definitivamente y tal como había intuido al cruzar el Puente 25 de Abril en Lisboa, me sería desvelado el Gran Mundo en todo su esplendor. Es decir: me encontraría en el punto exacto en el que la ficción y la realidad se dan la mano y conviven y se mejoran mutuamente. 

En cierta medida, me veía a mí mismo como uno de esos ingenuos e inverosímiles personajes de las novelas de Paul Auster. O incluso como uno de los protagonistas de Rayuela: una suerte de buscador impenitente, un tanto bobo, sometido a los designios del azar. De ahí que fuese un férreo defensor del método que empleaba para viajar.

Porque A., mi pareja de entonces, y yo habíamos desarrollado un método para viajar basado en una drástica política que atañía a todas las fases del viaje. Solíamos escoger destino de un día para otro, basándonos en ocasiones en detalles nimios o muy aleatorios. Como ambos deseábamos, por encima de todo, ver mundo, cualquier lugar podía resultarnos atractivo para seguir tachando nombres de nuestras respectivas listas de lugares importantes. En ese tipo de cuestiones no nos costaba ponernos de acuerdo. En más de una ocasión, por ejemplo, nos montamos en el coche para emprender desplazamientos de mil kilómetros apenas horas después de consensuar el destino. Cuando no alcanzaba con el coche, visitábamos decenas de agencias de viaje, o consultábamos las secciones de anuncios de periódicos, o leíamos con afán hermenéutico todo tipo de folletos publicitarios. Salíamos a la caza de los precios más ajustados, jugándonos a veces el escaso dinero del que disponíamos apostando por oficinas que, en cuestión de semanas o meses, podían desaparecer sospechosamente del mapa sin dejar rastro. Pero lo más destacado de nuestro método era que nunca sabíamos dónde íbamos a alojarnos hasta llegar a la ciudad en cuestión. Llegáramos a la hora que llegásemos. A veces disponíamos de mínimas referencias para orientar nuestra búsqueda sobre el terreno, apuntes tomados de alguna guía no actualizada o copiados de revistas que sacábamos de la biblioteca, pero no siempre era así. A veces ni siquiera teníamos un conocimiento rudimentario de la ordenación de la ciudad en la que caíamos. Pero sabíamos buscarnos la vida. Y siempre encontrábamos algo decente. 

Ese método implicaba una elevada cuota de inseguridad y también de incomodidad y de cansancio, pues durante las primeras horas había que recorrer las calles cargados con las bolsas, entrando y saliendo de hostales y pensiones, negociando como mercaderes hasta dar con algo aceptable. Pero pagábamos con gusto ese peaje porque entendíamos que el proceso entrañaba autenticidad. Viajar así, sin certezas, todavía conllevaba una buena dosis de aventura, de sorpresa. Desde nuestro punto de vista, en cualquier caso, dicho método nos alejaba de lo acomodaticio, de lo previsible; de lo burgués, en definitiva. Entendíamos que lo que nosotros hacíamos no tenía nada que ver con lo que acostumbraban a hacer los turistas. Y eso nos satisfacía enormemente, porque no queríamos considerarnos turistas. Por ingenuo que pueda parecer a estas alturas, tanto A. como yo creíamos en las palabras de Paul Bowles y todavía imaginábamos posible el hecho de ser viajeros. 

A mí, debido a la importancia de la ficción en mi vida, ese método no solo me valía: me identificaba con él. 

Por lo pronto, ahí estaba yo, en el centro del mundo. En esta ocasión, fue en el mismo aeropuerto JFK donde nos dieron la referencia del YMCA cerca del Lincoln Center, en el centro de la ciudad como quien dice, donde acabaríamos alojándonos esa misma noche. Una habitación diminuta, con literas, un pequeño televisor en color colocado sobre una cómoda de madera marrón y una ventana que daba a la parte trasera de varios altísimos edificios anónimos. Al observar desde la habitación aquella explosión de pequeñas ventanas iluminadas que ascendían hacia el cielo me dije: si son así de impresionantes los edificios anónimos, ¿cómo debe de ser encontrarte frente a los rascacielos más conocidos? En el pasillo que llevaba al lavabo y a las duchas, por lo demás, varios ventanales ofrecían una ilusionante panorámica horizontal de Central Park: copas de árboles coloreando la parte baja de un skyline que parecía dibujar los dientes desiguales de una sierra mastodóntica. 

Por la mañana, la fascinación seguía ahí, intacta. Me fascinó que la gente no se saludase al entrar o salir del ascensor. Me fascinó que los tres jóvenes puertorriqueños que atendían tras el concurrido mostrador del hotel, que hablaban en español entre ellos, se negasen tozudamente a compartir su lengua con nosotros y solo nos respondiesen en inglés. Me fascinó pedir un café con leche aguado, malísimo, y llevármelo a la calle en uno de esos vasos de porexpán fino con el logotipo del centro. Me fascinó ver salir vapor por las juntas de las tapas metálicas de las alcantarillas. Me fascinó caminar por Central Park West, junto a la verja metálica del parque, como si fuese a reunirme con Holly Golightly. Todo me fascinaba. Estaba en Nueva York.

Pero el efecto iba a empezar a desvanecerse muy pronto, en cuestión de minutos, como el vapor que salía de las profundidades del subsuelo de la ciudad. Y fue por culpa de Morrissey.

Estábamos llegando a Columbus Circle, donde se encuentra una de las entradas más bonitas y monumentales de Central Park, cuando lo vi. A pesar de la falta de contexto, pues a Morrissey solo podía imaginarlo en Manchester o, como mucho, en Londres; a pesar de estar bajando torpemente de una incongruente furgoneta con los cristales tintados que entorpecía el tráfico; a pesar del séquito que lo rodeaba, unas cinco o seis personas, con dos fotógrafos totalmente pertrechados entre ellas; a pesar de las enormes gafas de sol y del cambio de peinado y de estilo de vestir, no dudé ni un segundo. Esa forma de andar. Esa manera de colocar los hombros. Era Steven Patrick Morrissey. 

Para quien no lo sepa, Morrissey lideró de 1982 a 1987 la que para mí había sido la mejor banda de la historia: The Smiths. Después de dejar tirados a sus compañeros por vacuas desavenencias contractuales, Morrissey inició carrera en solitario. Tuvo algún momento brillante, pero jamás logró las cotas de excelencia que alcanzó con su banda. Mi particular manera de mostrar rechazo ante lo que yo había entendido como un gesto egoísta por parte de Morrissey fue negarme a escuchar sus discos en solitario. Porque durante los últimos años de mi adolescencia y mi primera juventud había escuchado a The Smiths con auténtica devoción. 

Nunca he sido mitómano, nunca he rendido culto a personalidad alguna, aun sintiendo reverencia o admiración por el talento en multitud de ocasiones. A esas alturas de mi vida, por otro lado, todavía era básicamente tímido y silencioso. Pero al ver a Morrissey en Columbus Circle algo se activó en mi interior, un impulso irrefrenable que parecía escapar de las pautas que regían mi comportamiento habitual. Se debería, supongo, a la energía que me transmitía Nueva York.

«¡Morrissey!», grité sin previo aviso y eché a andar hacia donde se encontraba antes de que se volviese hacia mí, dejando a A. a mi espalda, desconcertada. Ni siquiera le di tiempo a reaccionar a su guardaespaldas, que no pudo impedirme el paso. Me encontraba a poco más de un metro de distancia de Morrissey cuando le tendí la mano y le dije: «Qué gran honor conocerte», lo dije sin énfasis, aunque con el poder del reconocimiento más absoluto. Aun a día de hoy me pregunto de dónde salieron esa entereza y esa determinación. Me devolvió el saludo con esa desgana suya que antaño tan atractiva me había resultado. No sé por qué le dije que venía de Barcelona, en singular, sin añadir ni señalar a A., observando mi reflejo en el cristal oscuro de sus enormes gafas de sol. «¿Has venido desde Barcelona para el concierto?», me preguntó mostrando apenas un atisbo de interés. Supongo ahora que le llamó la atención el componente anecdótico, la posibilidad de colgarse la medalla de semejante esfuerzo o sacrificio por mi parte. Yo le dije que no, que había venido a visitar la ciudad. Desde el otro lado de sus gafas noté cómo me observaba, cómo escudriñaba mis gestos y, también, cómo iba ganando terreno en su expresión el desinterés y la desidia. Para contrarrestar ese efecto, sabiendo que podía salirme el tiro por la culata, pues Morrissey llevaba años esforzándose por evidenciar la distancia sideral que lo separaba de su pasado, le dije: «Joder, adoraba a The Smiths». A modo de respuesta, Morrissey miró al suelo, con agobio más que con aflicción, y le hizo un gesto al que debía de ser su agente o el representante de su compañía discográfica al tiempo que echaba a andar hacia la entrada del parque dándome la espalda sin consideración alguna. Dicho agente, un tipo gordo y bajito, con una americana dos tallas más grande de lo que le correspondía, sacó algo de un maletín y me lo tendió con una sonrisa torpe.

Era una postal de la carátula del último disco de Morrissey, Vauxhall and I, en la que se veía la cara del cantante mirando intensamente. Tenía su firma en una esquina.

La comitiva desapareció al atravesar la puerta enrejada que llevaba al interior de Central Park. Observé unos segundos la postal, como esperando que la imagen de Morrissey realizase algún tipo de aclaración. Alcé después la cabeza con la intención de gritar: «¡El verdadero genio de The Smiths era Jonnhy Marr!», pero no dije nada. Me guardé la postal en un bolsillo y regresé donde estaba A., todavía confundida por mi proceder. 

No fue decepción lo que conllevó para mí ese encuentro; después de todo, no esperaba nada del traidor de Morrissey. Sí provocó que se instalase en mí, o mejor dicho que despertase en mí una tristeza inabordable que parecía haber estado esperando el momento adecuado para manifestarse con violencia. Porque al ver cómo Morrissey se adentraba en el parque rodeado por su séquito, sentí que una parte de mi pasado, de mi vida, se alejaba para siempre agarrada de su mano. 

A partir de ese momento, todo empezó a desmoronarse con celeridad. No me refiero únicamente a que desapareciese como por ensalmo el sentido de fascinación que había marcado mi estancia en Nueva York durante esas primeras horas. Empezaron a tambalearse, hasta caer con estrépito, una parte esencial de los ejes que habían guiado mi vida hasta ese momento.

Pude disfrutar todavía de la Quinta Avenida, del escaparate de la joyería Tiffany’s, del impresionante perfil del Edificio Chrysler o de la escalinata de la Biblioteca Pública, pero tuve que hacerlo, como quien dice, a toda prisa, porque presentía que iba a ponerse en marcha bien pronto un innegociable efecto dominó. 

La primera pieza cayó esa misma tarde estando en el Whitney Museum. Por una de esas extrañas casualidades que únicamente les suceden a los auténticos viajeros, en el Whitney acababan de inaugurar una gigantesca exposición dedicada al que era por aquel entonces mi pintor favorito: Edward Hopper. Obviamente, yo no lo había tenido en cuenta al planear el viaje, pues me había enterado de la muestra un día antes de subirme al avión. En cualquier caso, pasar por la exposición se convirtió en uno de los puntos centrales de la visita a la ciudad; al menos para mí, pues A. no compartía mi entusiasmo por Hopper.

Había escogido a Hopper como mi pintor favorito años atrás, cuando estaba trazando el mapa estético sobre el que quería moverme como escritor. Para mí, sus cuadros eran básicamente narrativos, contaban historias. Las contaban, además, desde el silencio y la soledad. Sus paisajes y sus personajes, siempre tan bien definidos, transmitían un anhelo inconcreto, una especie de nostalgia por el infinito perdido enmarcada en ámbitos muy delimitados. 

A pesar de la ilusión que me había hecho saber que la exposición coincidiría con nuestra estancia en Nueva York, esa tarde entré en la antigua sede del Whitney Museum, en la Avenida Madison, constreñido por un temor también inconcreto. A medida que recorría las salas, sin embargo, fui sintiéndome más y más agobiado. En un principio pensé que se debía a la cantidad de gente congregada allí, pues siempre me han incomodado las multitudes. Pero al seguir observando todos aquellos cuadros con atención, entendí que no se trataba de eso. El problema radicaba en las propias pinturas, en su relación con mi persona. El mensaje claro y agradable que había encontrado siempre en la obra de Hopper estaba transformándose a ojos vista en otra cosa. Los espacios delimitados, incluso tratándose de amables paisajes, los colores cálidos, las miradas perdidas de aquellos silenciosos y solitarios personajes ya no me reconfortaban. Los cuadros me resultaban claustrofóbicos, angustiantes incluso. Para cuando llegamos a la última de las salas, entendí que no quería seguir allí, que me resultaba desagradable mirar aquellas composiciones, porque sentía que me constreñían, que eran como una especie de jaula para mi percepción. La antigua comodidad estética se había transformado en una especie de cárcel.

Salí del Whitney Museum completamente contrariado. Hopper se había acabado para mí, de golpe, y con él una visión supuestamente metafísica del arte; una visión que, para mi sorpresa, había resultado ser mucho más superficial y reductora de lo que había querido creer. 

La segunda pieza del dominó cayó a la mañana siguiente, cuando íbamos en busca del famoso banco del cartel publicitario de la película Manhattan, de Woody Allen. La primera sorpresa fue descubrir, tras haber pasado ya por varias de las localizaciones de Annie Hall, Otra mujer y Misterioso asesinato en Manhattan, que la foto no fue tomada junto al puente de Brooklyn, sino muy cerca del puente de Queensboro, concretamente en el parque Sutton Place. 

Uno de los motivos principales de ese viaje a Nueva York había consistido, precisamente, en confirmar in situ algunos de los paisajes que conformaban mi particular mitología de ficción relacionada con la ciudad, en la cual Woody Allen tenía por aquel entonces un papel preponderante. Sin embargo, debido al proceso que se había puesto en marcha en mi interior, encontrar dichas localizaciones más que un placer supuso una extraña obligación. Fui constatando la realidad de esos lugares como lo habría hecho una especie de topógrafo de la intimidad: con la voluntad de atestiguar que seguían en su sitio, a salvo de cualquier vaivén, los puntos imprescindibles que delimitaban una concepción estética basada en mi particular enfoque de la ficción. 

No sirvió de nada. El chasco que sentí al llegar a Sutton Place fue mayúsculo. Allí no había banco alguno. Al parecer los habían quitado. O tal vez simplemente no habían existido nunca. Cabía incluso la posibilidad de que solo hubiesen colocado allí aquel banco para tomar la fotografía del cartel promocional de la película. 

Me sentí profundamente desencantado, como el que despierta de un sueño delicioso para descubrir que sigue postrado en una cama del Hospital Clínic debido a una grave dolencia cardiaca. De repente, Nueva York al completo, o mejor dicho mi Nueva York, me pareció un decorado de cartón piedra. A pesar de todo, seguí luchando casi hasta el final de mi estancia por mantenerlo en pie. 

La siguiente pieza fue una suerte de extensión significativa de lo ocurrido el día anterior en Sutton Place. Íbamos camino de los Cloisters, situado en el extremo norte de Manhattan, en Inwood. Los Cloisters son una especie de monasterio falso construido a partir de las partes de cinco o seis monasterios medievales europeos; a pesar de la distancia, forma parte de las instalaciones del Metropolitan Museum. Ir allí no había sido iniciativa mía. Si no recuerdo mal, A. creía que se trataba de una verdadera reconstrucción piedra a piedra, al estilo Charles Foster Kane, de un monasterio francés y le hacía gracia ir a dar fe de la excentricidad. 

Tomamos un autobús, como hacia la mitad de Central Park, que debía llevarnos hasta allí. Pero el viaje era muchísimo más largo de lo que habíamos supuesto. Mientras avanzábamos por la avenida Madison todo transcurrió con normalidad, pero a medida que nos adentramos en Harlem empecé a fijarme en un detalle curioso: habían ido bajando todos los pasajeros blancos y ya solo quedaban afroamericanos y latinos. Y luego estábamos nosotros. Yo todavía podía pasar por alguien del barrio, un advenedizo tal vez, pero A. era rubia y tenía los ojos de un llamativo azul claro. Para completar el cuadro, llegados a un punto de Harlem, después de haber visto ya varios grupos de personas alrededor de bidones con alguna clase de material ardiendo en su interior, y de fijarme en la cantidad de ventanas tapiadas en los edificios de ladrillo rojo que flanqueaban las calles, el conductor del autobús, también blanco, se bajó del mismo y dejó el volante en manos de un conductor negro. Esas calles, pensé sin decirle nada a A., no parecían pertenecer a Nueva York. En todo caso, no parecían pertenecer a mi Nueva York.

Llegamos sanos y salvos a los Cloisters y lo visitamos sin descubrir o encontrar nada digno de mención más allá de las vistas, pues estaba situado en una colina elevada que ofrecía una panorámica espectacular no solo de Manhattan sino también de Jersey City, al otro lado del río Hudson. 

El viaje de regreso al Nueva York conocido fue más tranquilo, pero me llevó a pensar de nuevo, ahora con más intensidad, que estaba adentrándome en un decorado. Un decorado que, en buena medida, había construido para mi uso y consumo privado, prescindiendo por completo de cualquier parecido con la realidad. 

Hasta ese momento, siempre había ubicado las historias que escribía en otras ciudades, ciudades que había visitado pero que apenas conocía, a las que les otorgaba una mitología particular que, precisamente por desconocida, me parecía poderosa y significativa. Si una de mis historias tenía lugar en una ciudad importante, con un montón de anécdotas y un glorioso pasado a sus espaldas, la historia sería importante. Así de ingenuo y de provinciano era. Pero camino de Central Park, cuando dejamos atrás las ventanas tapiadas y los grupos de desocupados alrededor de bidones ardientes, entendí que ya no podría seguir confiando ciegamente en el mero poder de nombres como Roma, París, Londres. O Nueva York. 

Iba a tener que encontrar nuevas mitologías. Y tendría que hacerlo en un entorno conocido, porque era imposible descubrir la esencia de nada, por mucho que uno se creyese viajero y no turista, estando diez días en una gran ciudad. 

Varias noches más tarde, me ocurrió algo extraño en el lavabo para hombres de nuestra planta del YMCA. Había ido a hacer un pipí antes de meterme en la cama. Cuando salí de uno de los cubículos junto a las duchas y me dispuse a lavarme las manos, alcé la vista y vi que alguien había escrito un mensaje en inglés en el enorme espejo que se extendía, de punta a punta, sobre los lavamanos. El mensaje decía lo siguiente: «Si quieres tener sexo seguro, espérame esta noche aquí (y podía leerse la fecha del día) a las 23:30h. Me llamo Mike». Por una de esas extrañas casualidades que únicamente les suceden a los auténticos viajeros, en ese momento eran exactamente las 23:25h. Al constatarlo miré a mi alrededor con inquietud. No había nadie. No se oía ni el más mínimo ruido. El mensaje podía no ser más que una broma de mal gusto, como las pintadas en el interior de las puertas de los urinarios del instituto. Aun así, me apresuré a salir de allí lo antes posible. 

En el largo pasillo de vuelta a mi habitación, me crucé con un chico que se dirigía a las duchas. Supe sin ninguna clase de duda que se dirigía allí porque llevaba un neceser bajo el brazo y porque iba descalzo y estaba desnudo a excepción de la toalla de algodón blanco que llevaba anudada alrededor de la cintura. No olvidaré nunca su torso fibrado y lampiño ni su cabeza casi totalmente rapada. Era bastante más bajo que yo. De su expresión facial no puedo dar cuenta porque creo que con el paso de los años, y debido a la proyección que llevé a cabo casi inmediatamente, he realizado un trabajo de edición mezclando los rasgos de varios actores norteamericanos jóvenes de aquella época. En cualquier caso, antes de cerrar la puerta de la habitación me pregunté si el tipo de la toalla sería el propio Mike o alguien que había respondido a su escueta y explícita convocatoria.

Mientras me desvestía recordé la película Philadelphia, que el año anterior había triunfado en los Oscar convirtiéndose en una poderosa reivindicación de la comunidad gay, habida cuenta del desconocimiento que todavía se tenía respecto al sida y del pavor que despertaba. Durante unos segundos no pude evitar imaginarme al tipo de la toalla cubierto de pústulas oscuras, demacrándose poco a poco como le sucede a Tom Hanks en la película y muriendo finalmente entre horribles dolores. No pensé en ello desde un punto de vista moral, desde el juicio o la condena, sino desde lo sentimental. De hecho, al pensar en la película tenía presente, por encima de cualquier otra cosa, la emotiva escena final con las imágenes de vídeo y el tema de Neil Young. 

Lo que me dije fue: ¿qué empuja a una persona a hacer esa clase de llamamiento? Y también: ¿qué empuja a una persona a responder a esa clase de llamamiento? No podía tratarse simplemente de lujuria, de deseo sexual. O al menos yo no era capaz de entenderlo así. En aquellas palabras sobre el espejo yo había apreciado una desesperada soledad; aunque tal vez se debiese al estado en que me encontraba. Aquellas palabras destilaban una imperativa necesidad de intimidad, de contacto con otra persona, fuera quien fuese. Poder mirarse a los ojos. Reconocerse. Reconocerse para poder dar por buena la propia existencia y las propias necesidades. Una búsqueda universal, sí, aunque marcada en este caso por un toque muy sórdido. 

Cuánta soledad. Una soledad que crece con la noche, me dije dejándome llevar. Miré entonces a A. que dormía, ajena a mis tristes pensamientos, en la litera de arriba, medio tapada con la sábana, de espaldas a mí. Al mirarla pude sentir y reconocer la profunda soledad que sentía en tantas ocasiones a su lado. Una soledad tan profunda y persistente, tan dolorosa e incomprensible, que provocó que, años después, sin duda demasiados años después, mi consciencia apenas tuviese que esforzarse por borrarla de prácticamente todas las fotografías mentales de nuestros muchos viajes. Un proceso similar, y casi igual de anecdótico, al que explica Milan Kundera en las primeras páginas de El libro de la risa y el olvido en relación a la implantación del comunismo en Checoslovaquia.

Encontré soledad al visitar la Isla Ellis y la Estatua de la Libertad, al pensar en los millones de inmigrantes que habían pasado por allí dejando atrás para siempre sus lugares de origen. Pero también encontré soledad en la ajetreada Wall Street o al verme al pie de las Torres Gemelas; tal vez porque tenía muy presente la versión de King Kong de 1976. La cuestión es que encontraba soledad allí donde miraba. También en lo alto del Empire State.

El Empire State era para mí un mito de la infancia. No solo lo había visto en centenares de películas y series, había leído sobre él y, sobre todo, me había deleitado con las fotografías del libro Maravillas del mundo, de la editorial Salvat; mi libro de cabecera durante años. Me hice fotografías en la puerta del rascacielos, en el pasillo de entrada, en el ascensor. Fotografié los artesonados y todos los brillantes detalles art déco. Pero fue en vano. Tampoco iba a poder quedarme con el Empire State.

Al llegar a la azotea y recorrerla de un lado a otro, intentando trazar una panorámica fiable para el recuerdo de Nueva York; después de situar visualmente, en aquella maqueta a escala real, los puntos que habíamos visitado o dónde nos alojábamos; después de sentir un vértigo inigualable al sacar el brazo a través de la verja metálica que impedía asomarse al vacío; después de todo eso, de pasar allí más de tres cuartos de hora, intenté orientarme espacialmente para trazar la línea recta que desde allí, atravesando el océano Atlántico, llevaba hasta mi ciudad: Barcelona. Cuando di por bueno el ángulo, noté que me invadía una profunda sensación de derrota. De repente, me sentí muy lejos. Aunque no supe decirme de dónde me sentía lejos exactamente. ¿Era Barcelona lo que estaba lejos de aquí o era Nueva York lo que quedaba lejos de Barcelona? 

A lo largo de mi adolescencia y primera juventud había ido trazando una sensibilidad que ahora, en lo alto del Empire State, me parecía ingenua y limitada. Iba a tener que aprender a mirar más allá. Iba a tener que aprender a verme a campo abierto. Iba a tener que esforzarme por lo que quería. Iba a tener que encontrar en Barcelona lo que había ido a buscar a Nueva York. Ya no tenía excusa alguna para no hacerlo. Porque había llegado a la Gran Manzana cargado con una maleta llena de cosas que me habían resultado útiles hasta entonces, pero sabía que iba a regresar a Barcelona con la maleta vacía.

No tenía ni idea de qué iba a hacer a partir de ese momento con mi vida, pero antes de salir de la terraza del Empire State en busca de los ascensores, y casi como el que cruza una frontera irreversible, me palpé el bolsillo trasero del pantalón, saqué de él la postal con la carátula de Vauxhall and I de Morrisey y la tiré a una papelera sin echarle siquiera un último vistazo.

 

Imagen de cabecera, CC Andrés Nieto Porras

Juan Trejo
Juan Trejo

Nació en Barcelona en 1970. Es escritor, traductor y profesor. Autor de tres novelas, El fin de la Guerra Fría, La máquina del porvenir, que se alzó en 2014 con el X Premio Tusquets Editores de Novela, y La otra parte del mundo (2017)