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POLE POLE

Un viaje por Uganda (III)
Jordi Brescó
Pere Ortín

Esta es la semana de Uganda en Altaïr Magazine. Hoy publicamos la tercera de las cuatro crónicas de nuestro viaje por la «perla verde» de África, uno de los países más atractivos y diversos del continente. 

¡El viaje continúa!

Despierto aún casi de noche. Antes de echarme un poco de agua fría en la cabeza a modo de ducha, veo que algunas jinetas han removido los restos de nuestra comida. Están ahí, en el borde del bosque. Me miran y las miro. Sus ojos relucen con la luz de la linterna que llevo puesta en la cabeza.

Me acerco al río Ishasha y tiro una piedra que cae en el Congo. Estas tierras y sus gentes, hoy tranquilas al amanecer, han sufrido mucho. Esta parte de Uganda ha sido durante años uno de esos lugares del mundo en los que se sembraba una cosecha de guerra que siempre daba como fruto la guerra.

Al salir del campamento, y como para que no me olvide de dónde estoy, pasamos cerca de un campo militar del ejército ugandés. El retén, más bien humilde, trata de evitar las incursiones de las guerrillas que aún operan por estas montañas en el lado congoleño. Un carro de combate camuflado defiende esta parte de la frontera en el río Ishasha.

Godfrey circula con precaución y mano firme, por las pistas del Queen Elisabeth National Park. A pesar de ello, los caminos del parque son complicados y, en una gran zanja que no se ve, casi volcamos el todoterreno. Buscamos ayuda para recuperar el vehículo, y mientras retomamos la marcha, anoto unas líneas rápidas sobre esto de viajar y contar: intentar ver aquello que casi nadie ve, buscar los detalles casi imperceptibles, insistir en el recuerdo vívido con todo aquello que parece menos útil; compartir y conversar con las gentes del camino sobre todas esas cuestiones que no parecen relevantes.

Pausa. Parada. Mirar...

 
 

Las sabanas del este de África te acobardan con sus dimensiones, te hacen consciente de tu minúscula dimensión humana, te empequeñecen. Son espacios salvajes que te asustan con los números (sólo en este parque, viven 5.000 hipopótamos, 2.500 elefantes y más de 10.000 búfalos); lugares que te opacan con su indecente belleza salvaje.

Gracias a los ojos entrenados de Godfrey, descubro que una águila marcial se posa en la copa de un gran árbol solitario de la sabana y no lejos del pozo en el que unos búfalos se rebozan en barro para protegerse de estas moscas que aquí no sólo molestan sino que también parece que muerden. Un mono de Vervet se pone de pie saliendo entre la hierba alta de los prados y se sorprende ante nuestra mirada. Un antílope acuático, un grupo de antílopes Kob; un mono patas aquí, un Topi allá…

Voy registrando en mi mapa algunos nombres de animales que veo; apunto situaciones, encuentros y lugares por los que circulamos. Luego cotejo la imagen real de los animales con las fotografías que aparecen en las dos prácticas guías de naturaleza que Godfrey lleva en la guantera.

Justo en la salida del parque, casi al borde de la pista que conduce a la carretera que nos llevará al bosque impenetrable de Bwindi, fin de fiesta: dos grupos de elefantes (uno veinte miembros y otro de siete) se cruzan en el camino. Su ritmo es tal vez parsimonioso, tal vez lento. El más grande de los paquidermos, un macho gigante, dirige las operaciones, y activa la marcha de la gran manada.

Al paso de los animales el tiempo se detiene.

¿Cómo puede existir aún en el mundo una criatura como ésta?

¡Chissst! ¡Chissst!

Silencio...

 

Si no fuera porque el clima es agradable, en los huertos se cultivan bananos, las carreteras no están asfaltadas, y la gente sonríe mucho... diría que estamos en Suiza.

En las colinas de las afueras de Butogota, los braceros recogen el té, a mano y hoja por hoja y con paciencia, para la factoría Kayonza. Estamos en el camino del bosque impenetrable de Bwindi y esta parte alta del suroeste de Uganda fue reconocida por sus grandes bosques, hoy muy deforestados por la presión agrícola, y también por sus plantaciones de té y café.

Al llegar a Bwindi, nos alojamos en un albergue situado en la puerta principal de Buhoma. Después de unos cuantos días durmiendo en una tienda de campaña, la cama de este albergue —también la cerveza muy fría— me sientan mejor que cualquier suite de un hotel de cinco estrellas gran lujo.

Tras el agradable descanso, a la mañana siguiente, iniciamos el trekking por este bosque único. Bwindi es un retazo de selva primaria muy bien conservada de unos 330 km² de superficie situado en medio de un océano de bosques deforestados por la presión de la población y sus necesidades derivadas de la supervivencia.

El gobierno de Uganda declaró esta zona de Bwindi parque nacional en 1991 y su principal valor natural, su gran reclamo internacional, es que aquí sobreviven más de la mitad de la población de los últimos 900 gorilas de montaña que quedan en el planeta. 

 
 

Bwindi es un bosque muy bien protegido y se nota. Después de una divertida charla divulgativa en la sede del parque y con una ranger que nos alegra la mañana, recorremos durante horas las sendas bien trazadas de este espacio natural. Vamos acompañados de dos rangers armados y de una guía que nos protegen de... no se sabe bien qué. Es una de esas obligaciones que impone el acceso a este restringido y exclusivo parque, icono de la biodiversidad mundial: la entrada cuesta unos 600 dólares norteamericanos por persona y se reserva con mucha antelación.

En el interior y por el camino desde Buhoma, el trasiego de habitantes de esta zona rural que utilizan el parque como atajo es constante. No les gusta que les hagan fotos: no lo hago. Durante el tranquilo recorrido por la selva, entre cascadas, arroyos y con el agua brotando por todos los rincones, recibimos el saludo de un colobo blanco y negro, y también de un ejemplar del raro colobo de cola roja.

Tras unas horas de camino y, a la salida del parque después de cruzar un gran puente colgante, me enfrento a una imagen alegórica: los bordes del bosque impenetrable están siendo talados a gran velocidad para cultivar, sacar madera, hacer carbón vegetal; para, sencillamente, vivir. La deforestación es galopante y no es de extrañar cuando nos encontramos en un lugar con una densidad de población en el perímetro del parque de 300 habitantes/km². Una cifra muy por encima, por ejemplo, de las de un país como España con sus 94 hab/km².

Fruto de la necesidad, la presión humana aumenta en las montañas que rodean Bwindi. La salida del parque se realiza por una subida —que discurre entre explotaciones madereras y pequeños huertos de maíz— con un desnivel que podría calificarse, casi casi, de criminal durante poco más de un kilómetro que, seguro, mide mucho más de 1.000 metros. Hay que tomárselo, como dicen por esta parte de África, Pole pole («Despacio», «sin prisas», en swahili). 

 

Al final del camino, medio derrengado, me siento —confieso que también me tumbé— en un cómodo banco de madera que, sólo después de un buen rato allí, reparé estaba a la puerta de un cuartel militar con viviendas de la tropa. Sam Nalubwama, un joven  y atlético militar fuera de servicio de 27 años, se acerca como atraído por la curiosidad irrefrenable de hablar con el mzungu.

Después del bla bla bla típico del inicio de cualquier conversación entre dos personas que se acaban de conocer (procedencia, familia, edad, trabajo…), la charla de verdad, como casi siempre aquí, empieza con ese gran lubricante social compartido globalmente llamado fútbol. No hay debate y, en este caso, estamos de acuerdo.

 

—Messi es mucho mejor que Cristiano. Dice.

—No hay duda de eso —respondo yo pensando en lo que dirían mis amigos merengues.

 

Tras un repaso completo, bien argumentado, casi enciclopédico y muy concordante, a los por qué de nuestra valoración compartida sobre esos dos futbolistas, y agotado el asunto fútbol, inicio con diplomacia y mucho tacto, una conversación no menos interesante: la cercana frontera con el Congo, las incursiones de las milicias; los problemas que ¿hubo? en ¿años pasados?

 

—Todo eso ya se acabó… Ahora estamos muy tranquilos aquí.

 

¿Optimismo obligado por la disciplina militar o ganas de tranquilizar al mzungu con el que charla? Lo pienso, pero no se lo digo. Nunca lo sabré.

Sam cuenta que viene del norte del país, de la también conflictiva frontera con Sudán del Sur. Le pregunto por los refugiados, pero no «conoce» bien ese asunto. Lleva casi dos años destinado aquí, pero aún no habla (y entiende poco o nada) la lengua de las gentes de aquí.

 

—¿Cómo te comunicas con la gente?

—Es difícil relacionarse

—¿Tienes pareja?…

 

Risas sin respuesta. Sam no parece sentirse demasiado a gusto aquí por lo poco que cuenta. En un inglés muy fluido seguimos conversando como si no nos acabáramos de conocer. Vive aquí, detrás de nosotros, en las viviendas del cuartel, y asegura que le quedan «unos meses más» destinado en esta zona. Luego lo enviarán, ¿quién sabe?, a «otro destino».

 

—¿Dónde?

—Nadie sabe. Esto es el ejército. 

 

Nos reímos cada vez más relajados. Le pregunto por la familia, otro gran lubricante de conversaciones. Me cuenta un poco de sus padres, agricultores, y que él es el segundo de siete hermanos, tres mujeres y cuatro hombres. Se siente preparado para tener hijos y prefiere que sean niños porque, según él, «es mejor».

 

—Yo no tengo hijos. 

 

Me pone cara de póker y noto que me mira las canas. Más risas compartidas entre ambos, y cambio de tercio.

 

—¿Y tu tierra…? Pregunto.

—La ciudad más grande se llama Kitgum. Es muy bonito. Los bosques son muy diferentes a éstos de aquí, pero también hay muchos animales. A los turistas les gustaría mucho, pero aún no van porque las carreteras están mal.

 

Le digo que ya me han hablado de esa parte de Uganda, del valle de Kidepo, y que me han comentado que es una zona muy interesante. Le prometo que la visitaré.

Estamos a la sombra, pero el calor aprieta en el inicio de la tarde. Le ofrezco un trago de mi botella de agua y, educado, la rechaza. Bebo. Un rato de conversación agradable termina con dos hombres que contemplan la selva impenetrable de Bwindi sentados en un banco de madera y en silencio.

Compartir momentos. Hacer preguntas que no tienen respuesta. Reír junto a personas que acabas de conocer. Mirar juntos al horizonte sin hablar. Viajar, ¿no?

El ruido de unos boda boda, esos moto-taxi que se mueven por todos los rincones de Uganda, también aquí en la selva, rompe nuestro silencio y propicia una cordial y rápida despedida de Sam Nalubwama. 

 
 

El siguiente apretón de manos lo intercambio con Michael Gahakwa. Es el condcutor que me llevará en su boda boda «Made in India» hasta las afueras del pueblo de Rubuguri. Desde allí caminaremos hasta un campamento donde dormiremos, en tienda de campaña y junto a un arroyo situado en el límite de Rushaga, otra de las puertas de entrada al parque nacional de Bwindi. 

Montado en la moto de Michael y, mirando a las cercanas montañas del parque nacional de los volcanes Virunga que hacen de frontera con el Congo, circulamos por pueblitos con nombres como Kikomo, Ntungamo, Nyabwishenya, Mushungyero. 

Sonriendo y casi sin hablar —el inglés de Michael es más rudimentario que el mío— recorremos unas cuantas decenas de kilómetros en un camino lleno de baches y con muchas cuestas. Me llama la atención que al borde del camino hay personas que venden unas minúsculas plantitas y flores metidas en bolsitas negras brillantes llenas de tierra oscura que hacen destacar aún más el verde vegetal.

«Son pigmeos. Batwa.», me dice Michael cuando los señalo. Antes del viaje leí sobre la difícil situación de los pigmeos batwa en esta parte de África. Son el pueblo más antiguo de estas montañas, pero su supervivencia está en peligro. Es un asunto muy difícil de abordar y muy complejo de resolver ya que, a pesar de algunos intentos, los batwa, como tantos otros pueblos originarios de muchas partes del planeta, han sido atropellados, aquí en el caso de Bwindi, por: a) la prioritaria protección de los gorilas de montaña, y b) la presión de las autoridades sumada a las necesidades de supervivencia de las otras poblaciones con las que conviven los pigmeos y que, según me cuentan y en general, desprecian y presionan a los batwa para que cambien y se adapten. Así, los batwa de esta parte de Uganda están en una situación penosa, en una muy difícil encrucijada, y se les nota en las caras con las que me miran al pasar.

La geopolítica del poder global de un cierto tipo de ecologismo conservacionista (¿conservador?) ha convertido la protección de los gorilas de montaña en un gran reclamo mundial y en una prioridad. Debido a esa presión para proteger a los grandes simios, los pigmeos batwa fueron expulsados hace 20 años de los bosques que habían ocupado durante miles de años. Ahora viven en poblados falsos no lejos de los caminos en los que mal venden lo que pueden o, en el mejor de los casos y cuando no caen en el alcoholismo, se ofrecen como reclamo para las visitas de los turistas. Los gorilas de montaña de Bwindi se han convertido en un icono pop de la conservación de la biodiversidad del planeta, pero: ¿salvar a estos maravillosos primates debe suponer destruir la vida de los batwa?

Otra pregunta, una más, para la que no tengo respuesta(s)...

Los niños saludan al paso del boda boda. Gritan «mzungu!» y, algunos, me piden dinero con un gesto de la mano. Los conductores de los boda boda con los que nos cruzamos pitan a Michael, me saludan, sonríen. Uno transporta el colchón de una cama. Otro lleva una bicicleta. Ese que acaba de pasar mueve un saco gigante con la palabra «té» escrita; y éste lleva tres personas en el asiento trasero y a un niño pequeño sentado en el depósito de gasolina de la motocicleta. Muchos boda boda, casi todos los que pasan, cargan ristras de plátanos (matoke). Plátanos, muchos plátanos. Miles, decenas de miles, millones de plátanos moviéndose en moto-taxi para dar de comer a todo un país.

 

Hoy, durante el recorrido por estas carreteras de montaña camino al gran lago Bunyonyi, recupero mis conversaciones con Godfrey desde el asiento del copiloto. Acabamos de comprar el Saturday Monitor en uno de los cruces de la carretera y hablamos de lo que dice la prensa con ese estilo típico de tertuliano «aprendiz de todo, maestro de nada».

Mientras conduce, yo le leo el periódico. Y a Godfrey, además de la disputa ya clásica en la actual Premier League entre Mourinho y Wenger, el asunto que más le llama la atención hoy está en la página 33. El reportero Benjamin Jumbe titula su reportaje a página completa: «El sector del turismo prosperará a pesar de la disminución del apoyo gubernamental». El periodista habla con Jean Byamugisha —representante de los empresarios turísticos— sobre los recortes del presupuesto público de apoyo al turismo; comenta con Doreen Kansiime —del Ministerio de Turismo de Uganda— los buenos datos económicos y el aumento de visitas a los parques del país, pero en el texto también se destacan las duras críticas de los hoteleros del país por la falta de apoyo político a su labor. 

 

—Esto del turismo es lo mismo en todos los países… Digo.

—Todo el mundo quiere ganar más dinero… Dice. 

 

Asentimos. 

Unos cuantos kilómetros más allá, pasado el pueblo de Muko, Godfrey me deja —nos veremos más tarde en la otra punta del lago Bunyonyi— para embarcar en una lancha con la que cruzaremos uno de los lagos más profundos de África, y el único dónde se permite el baño en Uganda, el Bunyonyi.

Vamos rumbo al final del viaje. Navegamos por unas aguas oscuras, que tienen el mismo color que las fértiles tierras volcánicas que rodean el lago. Proa al fondo, se forma un arco iris que dura lo mismo que la fugaz tormenta que me obliga a disfrazarme con un chubasquero de colores chillones. 

 

Navegar por las tranquilas aguas de un lago como éste para acabar un viaje parece (y es) el momento idóneo para repasar mentalmente lo vivido en este pasado cercano. Uganda me ha permitido viajar entre signos de interrogación, construir un viaje que me gusta, como máquina de hacerse y hacerme preguntas. Esta tierra, sus paisajes y sus gentes, es propicia para viajar con idea de suspender el tiempo, de emborracharse de presente continuo. Me recuerdo sentado, feliz, en una acera con Godfrey en la entrada del mercado de Kasese, y comer despreocupados una bolsa de palomitas calentitas, recién sacadas de la cazuela, muy saladas, muy ricas. Me recuerdo confundiendo este país con Suiza en la zona de Kisoro. Me acuerdo, también y mucho, de los problemas, de las muchas desigualdades sociales y económicas, que se ven aquí mientras viajas.

Pienso también en los problemas de mis colegas para el ejercicio de la libertad de prensa; en la homofobia que pervive por ley en amplias capas de esta sociedad. No olvido el triste legado de Idi Amin y de las guerras, pero luego, como para animarme, recuerdo que Uganda puede presumir de tener Makerere, una de las universidades más importantes de África y en la que se formaron grandes intelectuales africanos como el keniano Ngûguî Wa Thion’go. También puede alardear, con orgullo, de tener una naturaleza variada y privilegiada; y, sobre todo, de una población capaz de lo mejor: acoger y ayudar a un millón de refugiados llegados de Sudán del Sur. Ya se sabe que, como escribió Billy Wilder en el final de su guión de Con faldas y a lo loco: «Nadie es perfecto».

 
 

Aún me queda un día de camino hasta llegar al aeropuerto de Entebbe, como su copiloto, pero hoy aquí, a la orilla del lago Bunyonyi y bajo una intensa lluvia, me despido no oficialmente de Godfrey. Hijos que somos de la vida moderna y para comunicarnos de forma digital, intercambiamos nuestros WhatsApp.

 

—Gracias —acierto a decirle con emoción.

—Gracias —consigue responderme. 

—Un abrazo.

 

«Cada tarde es un puerto» escribió Borges. Y, a la orilla del lago Bunyonyi, esta tarde se muere aquí.

Se apaga la luz.

El día se acaba.

El viaje termina.

 

¿Quieres viajar a Uganda como nosotros? 

Aquí tu mapa-guía con información práctica interactiva

 
 

FIN DEL CAPÍTULO 3

LA SERIE SOBRE UGANDA HA SIDO REALIZADA CON LA COLABORACIÓN DE

 
 
 
 

¿Quieres que contemos tus viajes al estilo Altaïr Magazine? 

Escríbenos a: direccion@altairmagazine.com y te explicaremos las condiciones para hacerlo posible. 

Jordi Brescó
Jordi Brescó

Periodista ante todo y pese a todo. Vivir en el extranjero le despertó un gran interés por aquellas historias lejanas y le hizo masterizarse en periodismo político internacional. Ha trabajado en tele, radio y prensa online. Cree que lo más importante es estar en el sitio adecuado en el momento oportuno.  

Pere Ortín
Pere Ortín
«Oficio de periodista, humildad de viajero y mirada de documentalista». Lo escribieron de él en una reseña de prensa sobre uno de sus documentales. Alumno de la vida e investigador de lo humano, tiene claro que solo vemos lo que queremos ver; que la belleza —y la fealdad— está(n) en el ojo del que mira y que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros. Tras sus trabajos en la prensa escrita, la televisión y el documental, hoy dirige Altaïr Magazine.