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África no es un país, un Paso de Boubacar Boris Diop

Africa

Boubacar Boris Diop vuelve a los Pasos de Altaïr Magazine con «África no es un país. El ideal afectivo, el conjunto físico». En este texto el autor reflexiona sobre africanidad, negrofobia y unidad. Si quieres leer el texto completo lo encontrarás aquí.


En los años 60 hablábamos de buena gana de una África que se extendía del Cairo a Ciudad del Cabo. La expresión hacía referencia en el imaginario colectivo a un continente gigante pero uniforme a pesar de su extrema diversidad cultural. Nuestro profesor de geografía nos decía con orgullo que África podría contener a China, Estados Unidos, la India y Europa del Este, además de Italia, Alemania, España y Francia. Y añadía que por sí sola la propia República Democrática del Congo es tan grande como toda Europa Occidental. 

Es cierto que esta unidad se ha ido agrietando por todas partes a lo largo de las últimas décadas, amputando, para empezar, su componente árabe. Yo mismo viví algún tiempo en Túnez, y pude comprobar que allí me consideraban como un venido de la conocida como África subsahariana, un continente radicalmente distinto. Habría ocurrido lo mismo en otros lugares del Magreb, pero también en Libia y en Egipto. Estos países que muestran con todo su derecho su «sentir árabe», parecen más fascinados por una Europa que, aunque muy próxima, les está prohibida. ¿Este rechazo de su africanidad tiene que ver con el color de la piel? Sin duda, porque la negrofobia continúa siendo virulenta en las sociedades árabes. Las noticias de Catar o de Arabia Saudita nos lo recuerdan a menudo y sigue confirmándose trágicamente en el caos libio. 

Pero no es la única razón, porque los procesos de dislocación son menos raciales de lo que en principio podríamos pensar. En Sudáfrica, por ejemplo, a toda la parte del continente situada al norte de Limpopo (empezando por el vecino Mozambique) se le supone una pertenencia a un universo lejano y extranjero. Una anécdota ilustra perfectamente esta forma de pensar: en agosto de 2010 una sudafricana a quien pregunté en una cena si había tenido la ocasión de visitar Senegal me respondió con total espontaneidad —antes de rectificar— «No, nunca he estado en África». Esto no es todo: ¿quién tiene en cuenta que Madagascar, las islas Mauricio y Cabo Verde son miembros de la Unión Africana?

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Una África diferente

Llega el segundo número en papel de Altaïr Magazine. 200 páginas de un nuevo monográfico que nos invita a visitar una ciudad «recorrida por una corriente subterránea de amor y odio», adorada en la nostalgia, llena de fuerza vital y de entropía y abierta al mundo: Dakar, la capital de Senegal.

Lo dice claro nuestro director, Pere Ortín, en el editorial del monográfico: «las grandes ciudades africanas no existen para formar una suerte de segunda división o liga B de los destinos mundiales. De Ciudad del Cabo a Nairobi o Maputo y de Lagos a Dakar o Douala, existen, también, para ser vividas y disfrutadas más allá de las postales turísticas estandarizadas».Y en este número vivimos y disfrutamos Dakar con la mirada de sus escritores (Boubacar Boris Diop o Ken Bugul), sus activistas (Fadel Barro y Cheikh Fall), sus animadores culturales (Sy Ken Aicha), sus diseñadoras de moda (Adama París)… Repasando la historia de barrios únicos como la Medina de Yossou Ndour y las biografías de líderes que hicieron del Senegal moderno lo que es: Leopold Sédar Senghor y Cheikh Anta Diop. La Dakar, en fin, de la comida tradicional, de la lucha senegalesa que llena estadios, de las fotografías de Mamadou Gomis, que ilustran en exclusiva este número y nos llevan a pie de calle, entre los dakareses.

Dakar, un océano «donde nada millones de personas» y que, por encima de «los clichés del afropesimismo» se levanta como una ciudad fascinante y contradictoria como la propia vida.

¿Cómo conseguir el magazine en papel? Desde ya, en la librería Altaïr y en otras librerías especializadas de toda España*; online, en nuestra tienda virtual, o con una de nuestras suscripciones, creadas a medida de tus necesidades y tus viajes: papel, web magazine y premium.

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En toda España: Casa del Libro, el Corte Inglés, FNAC / En Catalunya: Abacus / En Euskadi: Elkar

A Coruña: 7 mares / Badalona: Saltamarti Llibres /Banyoles: Llibreria Forum / Barberà del Vallès: LLar del Llibre – Baricentro / Barcelona: Al Peu de la Lletra, La Central del Raval, Llibreria Guia, Llibreria Horitzons, Laie, Nollegiu, Llibreria Pau Bosch, Santos Ochoa /Berga: Llibreria Huch / Bilbao: Librería Tintas / Burgos: Música y Deportes, Sedano / Calella: Llibreria La Llopa /Cambrils: Galatea / Cardedeu: Badallibres (Bestiari) /Castellón: Argot / Cerdanyola del Vallès: Llibreria Aranya / Figueres: Viñolas, Llibres & Viatges / Girona: Llibreria Geli, Ulyssus / Granollers: La Gralla (Bestiari) /Hospitalet de Llobregat: Perutxo (Rambla Just Oliveras) / Igualada: Llibreria Aqualata (Bestiari), Llibreria Cal Rabell / La Seu d’Urgell: Fiord Llibreria de Viatges /León: Librería Iguazú / Les Franqueses del Vallès: L’Espolsada Llibres / Lleida: Llibreria Caselles / Madrid: Desnivel, Deviaje, Tierra de Fuego / Málaga: Mapas y Compañía, Librerías Prometeo y Proteo / Manresa: Parcir / Mataró: El Tramvia de Mataró (Bestiari) / Mollerussa: Llibreria Dalmases (Bestiari) / Mollet del Vallès: Llibreria L’Illa (Bestiari) / Palma de Mallorca: Born de Llibres, Embat / Pamplona: Librería Muga / Reus: Galatea, Llibreria Gaudí / Rubí: Llibreria L’Ombra, Racó del Llibre (Bestiari) / Sabadell: Llar del Llibre /Salamanca: Victor Jara / San Sebastián: Librería Hontza / Sant Celoni: Llibreria Alguer Set, Els Quatre Gats /Sevilla: La Extra·Vagante, Ultramar / Sant Cugat del Vallès: Alexandria Llibres (Bestiari) / Santa Coloma de Gramanet: Llibreria Carrer Major (Bestiari) /Tarragona: La Capona (Bestiari) / Tortosa: Llibreria La 2 de Viladrich / Valencia: Librería Patagonia / Valladolid: Librería Beagle / Vic: Muntanya de Llibres / Vilafranca del Penedès: Llibreria Cusco, Odissea Llibres y Música (Bestiari), Llibreria Rafols / Vilanova i la Geltrú: Llorens Llibres, La Mulassa Vilanova (Bestiari) / Vilassar de Mar: Llibreria Index / Zaragoza: Librería Cálamo

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El cazador confuso

Por Sonia Fernández

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Todo en Mia Couto parece escaparse de la extendida imagen que se tiene de los escritores de este continente, para mayor perplejidad de aquellos que acostumbran a mirar desde márgenes estrechos. Es un escritor blanco nacido en el norte de Mozambique e hijo de colonos europeos, que utiliza el portugués mozambiqueño mezclado con otras lenguas de su país natal para escribir. Y frente a la intención de muchos de intentar incluirle o excluirle de la etiqueta de “literatura africana”, el que está considerado uno de los escritores más importantes de las lusofonías, piensa que es parte de un juego de intereses y cuando alguien se lo pregunta responde que se siente más cercano a la literatura brasileña que a ninguna otra.

Escaparse de los marcos y mostrar otras realidades son algunas de las características de este autor. Couto lo vuelve a hacer en cada uno de sus libros, siempre desde una voz poética, transmitiéndonos que el resto del mundo, aquel que no forma parte de nuestra más inmediata cercanía y conocimiento, no es como ninguno de nosotros nos imaginamos. Así, el escritor, un maestro a la hora de alzar universos sobre el frágil suelo de los sueños, nos ofrece atmósferas complejas que rozan el límite entre lo verosímil y lo encantado. Sin embargo, él escribe sobre duras realidades, como la travesía que supuso la guerra civil mozambiqueña (Tierra sonámbula), las herencias del colonialismo o la falta de “una tierra toda entera, un inmenso rapto de esperanza practicado por la ganancia de los poderosos” (como él mismo describe en El último vuelo del flamenco), o los silencios que planean en todas sus obras.

La conjunción mágica y comprimida en doscientas doce páginas de desgarradora belleza y tremenda realidad que es La confesión de la leona (Alfaguara, 2016), está escrita en origen en portugués. Se ha dicho en múltiples ocasiones que Couto reinventa dicha lengua a través de construcciones y deconstrucciones del lenguaje, bien a base de neologismos, juegos de palabras o innovaciones varias. Tal riqueza ha sido traducida en esta ocasión al castellano de manera extraordinaria por Rosa Martínez Alfaro, una gran conocedora del país y del autor. Además, a diferencia del resto de su narrativa hasta el momento, el autor se ha inspirado en hechos y personajes reales.

mia_coutoMia Couto es escritor en sus ratos libres. De profesión es biólogo y por esta razón tuvo acceso a la historia que cuenta en esta novela. En 2008 su trabajo le llevó a una aldea mozambiqueña en la que durante un período de cuatro meses los leones atacaron mortalmente a veintiséis personas. A pesar de que convencieron a la compañía petrolífera para la que trabajaban de que contrataran cazadores que acabaran con los felinos, la tarea de aquellos se tornó baldía cuando se les comenzó a sugerir que se enfrentaban a fuerzas del mundo invisible, ante las que las armas convencionales no servían.

Acceder al universo coutiano es saber de antemano que nos vamos a introducir en un espacio en el que la sensación de confusión será continua. Tenemos que dejar fuera nuestras percepciones occidentales para poder absorber el cosmos mozambiqueño en el que el escritor nos envuelve en La confesión de la leona. Estamos hablando de entregarnos a una continua situación en equilibrio, entre el sueño y la realidad, en la que los muertos tienen incluso más peso que los propios vivos, y en la que, en ocasiones como ésta, los límites entre el mundo animal y el humano se difuminan de manera prodigiosa. Todo lo cual forma parte de la misma realidad, la que se vive de manera natural en Mozambique (y en muchos lugares de África).

Mariamar, una de las narradoras, vive bajo la tiranía de un padre que la somete a una situación asfixiante y sabe que cuando el sol despunta es igual ser gacela o león; tienes que empezar a correr. El terror y el miedo se han adueñado de la aldea de Kulumani que continúa en guerra para las mujeres y en donde todos son infelices, sobre todo ellas, siempre excluidas, apartadas y borradas. Silenciadas bajo el puño ancestral, patriarcal y violento del hombre. Veinte mujeres han sucumbido ya de manera atroz bajo las garras de un león, una leona o un trío de ellos, entre las que se encuentra la propia hermana de Mariamar, la última víctima, en cuya familia se centran las pesquisas. Internados en un bosque de palabras, proverbios y metáforas, iremos comprobando que en esta aldea hay leones de la sabana, leones fabricados por el hombre y hombres leones. Y que todos ellos, para nuestra sorpresa, son de verdad.

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Mia Couto nos introduce en un lugar donde se puede morir devorada por el vacío de no amar y devorar por el deseo de ser amada, donde el cobijo se busca en los antepasados y se utiliza la tradición para violar, y donde los propios seres humanos enseñaron a los leones a transgredir los límites al abandonar los cadáveres tras la guerra civil en las carreteras. Una aldea donde el terror y el miedo a que las situaciones de poder, basadas en la tradición, den la vuelta, urgen a poner fin a los violentos ataques y a la cadena de acontecimientos, sobre todo cuando comienza a sembrarse la duda de si acaso los que los llevan a cabo puedan ser mujeres.

Un hombre que caza pero no mata (Baleiro) es llamado para tal labor. Le acompaña un escritor, a quien han contratado para poner por escrito la hazaña, y sus propios fantasmas encerrados en su íntima historia, que incluye un fugaz paso, en el pasado, por la aldea del que apenas le queda rastro. La escritura como manera de redimirnos, de sacar fuera nuestros fantasmas y de contar nuestra propia historia ya aparecía en Tierra sonámbula y vuelve a aparecer en este texto de forma doble. El diario que escribe Mariamar es el contrapunto al que acomete el confuso cazador y son las dos caras a través de las cuales nos llega la historia.

Mia Couto lo ha vuelto a hacer, ha conseguido un texto ensoñado que nos encanta y nos horroriza a partes iguales y ha querido mostrarnos que en la historia de la caza la presa es la que tiene más relevancia. Y si “solo los humanos saben lo que es el silencio”, su voz también es la de más valor.

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EL LADO ESTE DE LA ESCASEZ, UN PASO DE JUAN TOMÁS ÁVILA

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El escritor ecuatoguineano Juan Tomás Ávila Laurel nos cuenta cómo es vivir «al otro lado» de Malabo. Una perspectiva, en primera persona, de la escasez urbana desde el lado este. Un nuevo artículo en nuestra sección Pasos (para suscriptores).


Malabo. Sí, Malabo: la capital de un sitio lleno de negros que desde el año del Señor de 1968 se llama Guinea Ecuatorial. Un país sin gentilicio: los académicos no se han puesto de acuerdo en cómo se llaman sus habitantes. Al parecer ser académico guineano es un asunto de holgazanes. Pero no vamos a hablar de estos excelentísimos señores esta vez. Allá ellos con lo que quieran que se diga de ellos.

Un servidor sale de su casa, —cercana a uno de los palacios que el general y presidente Obiang mandó construir «para no vivir como un pájaro»— y toma una calle hacia arriba para evitar pasar delante de una iglesia de culto sospechoso para luego bajar por la cuesta. Este es un barrio nuevo. Antes esto estaba lleno de árboles y había una plantación de café. Pero la zona pasó directamente a los bolsillos de unos suertudos tras ser declarada área urbanizable. Fue cuando aparecieron los chinos y se pusieron a cavar. Pensábamos que los chinos ya habían excavado toda la zona, pero está claro que no. ¿Cómo es posible que se hayan atrevido a repetir lo que ya había en un sitio desgraciado de la capital llamado Campo Yaoundé? —barrio famoso por su nula planificación urbanística—. Es decir, por detrás, en la llanura en la que antes se sembraba un café húmedo que no podía competir con el etíope, sí que hubo ingenieros y gente del poder con intención de poner algo de orden. Nunca pensaron que la avaricia de los dueños de la antigua finca iba a ser tanta, y que lo pondrían todo a vender, o que dijeron que el terreno sobrante ya no estaría a la vista de nadie y lo dejaron de las manos de Dios. Así, a la letra.

Entonces empiezas a caminar y vas pensando en cómo hacen los presumidos habitantes de aquella nueva zona para meter en sus casas los inmensos electrodomésticos que suelen adquirir. Incluso si te pones dramático, piensas en cómo resuelven el asunto de llevar por aquellos diabólicos callejones un ataúd recto con su inquilino dentro. O cómo explicarían a un atareado carpintero que en realidad lo que necesitan es un ataúd flexible, que permita llevar al fallecido por aquellos caminos de manera que su cabeza esté en una esquina mientras sus pies estén en otra, a la vez que los familiares lo lloran. Y ¡ah!, fuego, fuego. ¡Fuego!. ¿Qué harían los vecinos en caso de que, por el despiste de un cocinero cualquiera, se prenda fuego sobre el montón de tablas y chapas de hojalata donde se resguardan de la lluvia? Porque fuego suele haber siempre, y es necesario. Pero en las nuevas formas de instalarse de los convecinos de cierto general, no hay sitio para la manguera: no tendría sentido llamar a los bomberos. ¡Válgame Dieu, Señor, qué ganas de tener una vida complicada!

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Como el sitio sobre el que hablamos hace cuesta abajo, y un servidor tiene cierta información del lugar en que ha nacido, sigue bajando porque sabe que allá abajo está el río. Sí, precisamente uno de los ríos que la familia del general creyó que había que limpiar y canalizar. Pero que todo quedó, como ya dejamos consignado, en un engaño lleno de perfidia. Mientras se baja la cuesta, buscando por dónde te conduciría el callejón, en tu cabeza bullen los entierros en ataúd recto o los doblados en forma de L. También bulle en tu cabeza el fuego imposible de apagar y la memoria de elefante que deben tener los moradores para saber regresar a sus casas de tablas, o a sus casas de cemento con aire acondicionado. Casas metidas en tal maremágnum que se diría que se podía ser rico, pero rico de verdad. De estos de pantalla plana y antena parabólica, y vivir en un sitio que es la nada, pues no llegó allá la ciencia de los ingenieros del Ministerio de Obras Públicas, Vivienda y Urbanismo. (Esto si el ministerio este sigue llamándose así) . ¡Qué barullo!, ¡qué intrincado!, ¡qué barroco en la suciedad de un desorden que verdaderamente asfixia!. Sigues bajando, sabiendo que allí abajo está el río que pretendes cruzar y tener un alivio. Miras a los vecinos con mirada de forastero para que te indiquen el camino; o sea, que te diga cómo salir de la puerta de su casa a otro sitio que no es la misma, al río, por ejemplo. Y es que viendo la manera de vivir y las caras de los moradores, sabes que si no supieran del río y de cómo se llega, serían rastafaris. Pero de los que no tocan el agua o de los que solamente se lavan en un cubo una vez al mes.

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(Imagen de cabecera de Wapster)


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ÁFRICA NO ES TRISTE, UN PASO DE JEAN-ARSÈNE YAO

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El analista político marfileño Jean-Arsène Yao, docente de América Latina en la Universidad Félix Houphouët-Boigny de Abidjan, repasa los prejuicios informativos en el tratamiento que el periodismo occidental da de África, poniendo el dedo en la llaga de cómo, para muchas redacciones, hablar de África no interesa porque «es demasiado triste». Un nuevo artículo de nuestra sección Pasos.


La visión que se tiene de África es a menudo mucho más cruel que lo que allí ocurre realmente. No lo digo porque la mala representación del continente en los medios de comunicación sea un fenómeno nuevo, sino porque esta se ha convertido en un principio para mucha gente. Esto se debe en parte a cómo enviados especiales, turistas y/o voluntarios de las ONG y demás «aves de paso», consciente o inconscientemente, difunden la decadencia del Hombre africano y hacen triunfar los clichés.

Por esto no sería aventurado atribuir la desinformación del público occidental sobre los problemas de los países africanos a las insuficientes explicaciones y contextualizaciones de la información que, además, suelen teñirse de prejuicios postcoloniales. De este modo, los medios de comunicación propician una producción masiva de la ignorancia social. «África es demasiado triste», me dijo un locutor de radio para justificar la escasez de programas que se le dedican. Ante tal afirmación, me afané por explicarle que si pensaba así era porque nunca le habían enseñado el lado feliz de nuestro continente, ni tampoco le habían contado nuestra prodigiosa capacidad de adaptación. Ausente de los programas educativos europeos, África siempre aparece como el continente «sin». Sin monumentos, sin escritura, y por consiguiente sin historia. Sin innovaciones científicas, sin industrias punteras, sin naciones, sin democracia… Pero con animales fotogénicos, guerras tribales y mujeres fáciles para los turistas y militares. Estos últimos no pasan por su mejor momento desde que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución condenando los abusos sexuales que tan impunemente cometían en la República Centroafricana.

La adopción de esta medida coincidió con las elecciones presidenciales celebradas en Benín y Níger, que, al igual que ocurrió cinco años antes, fueron ejemplares en unos tiempos políticos turbios marcados por constituciones violadas y procesos electorales contestados. Lejos de dar una amplia cobertura a estos comicios, yo, por lo menos, observé un silencio clamoroso por parte de los medios de comunicación que sólo se rompió con una escueta nota de prensa de la agencia EFE, que recogía la felicitación del Gobierno español «a los candidatos, a la administración y a todo el pueblo de Benín por la madurez democrática mostrada en todo el proceso electoral».

Pese a la brevedad del artículo —189 palabras— reconozco que la noticia me sorprendió gratamente y no era para menos. En tres lustros de residencia en España, pocas veces he leído noticias positivas de nuestra África, de la que se habla casi siempre en términos apocalípticos: sequías, hambrunas, epidemias (sida y ébola), golpes de Estado, inestabilidad política y corrupción. Esta concepción infernal se combina con otra que representa al continente como el jardín del Edén por su carácter primitivo, natural, zoológico —¿se acuerdan de la muerte del león Cecil, en Zimbabue?— y premoderno.

Tengo curiosidad de saber el por qué tan negativa imagen de África. Algunos profesionales me han explicado, siguiendo la teoría del establecimiento de temas («agenda setting», en inglés), que dado el espacio y el tiempo limitados de los que disponen, los medios de comunicación no pueden dedicar la misma atención a todo lo que ocurre en el mundo, y se ven obligados a hacer una selección. Y, al parecer, África tiene tal suerte —lo digo con ironía— que las buenas noticias que vienen de ella rara vez aparecen en la prensa occidental. Y, cuando lo hacen, nunca figuran como el fruto de los esfuerzos de sus propios habitantes, sino como consecuencias de la intervención de un país occidental, la llamada comunidad internacional o la providencia.

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Dicho de otra forma, si África no es una causa perdida, desde luego necesita absolutamente a Occidente para su supervivencia. Situación que ha llevado a algunos malpensados —entre los que está el autor de este texto— a hablar de cobertura ideológica de África, cuya información conforta así los pensamientos neocoloniales, refuerza los prejuicios y justifica el afropesimismo. Es lamentable que casos de éxito africanos, como el de Benín, considerado como el laboratorio de la democracia en el continente, nunca aparezcan en estos medios. Sin embargo, bastaría con que una campaña electoral en este país estuviera marcada por actos de violencia para que ocupara las portadas.

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Los nuevos corresponsales

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(c) CCCB
Por Jordi Brescó

El auditorio del CCCB de Barcelona reunió en un mismo escenario a Xavier Aldekoa, Tania Adam, Pere Ortín, Samuel Aranda y Gemma Parellada. O lo que es lo mismo: un poco de La Vanguardia, de 5W, de Radio África Magazine, de Altaïr Magazine, del New York Times, de Catalunya Ràdio, de CNN o de El País. Así escrito no queda nada mal.

Presentes y futuros periodistas, lectores críticos y otros interesados por África no dejaron pasar esta oportunidad y abarrotaron la sala para escuchar a diversas caras visibles de una nueva y brillante generación de corresponsales.

Ortín actuaba como mediador y abrió fuego sacando al trapo un tema muy espinoso y bastante tabú: el de la ayuda en África. Aldekoa la calificó como «un riesgo», un ámbito dónde «todos los involucrados no tienen por qué tener buenas intenciones». Más tajante fue Samuel Aranda, quién no tuvo reparos en criticar muchas de las organizaciones (teóricamente) humanitarias; fue especialmente duro con Naciones Unidas, que salía perdiendo incluso al ser comparada con los colonos: «Al menos ellos construían cosas». Sin rodeos.

Más tajante fue Samuel Aranda, quién no tuvo reparos en criticar muchas de las organizaciones (teóricamente) humanitarias; fue especialmente duro con Naciones Unidas

El debate empezó fuerte y Gemma Parellada cogió el testigo para hacer una de las autocríticas más compartidas: los medios explican mal los conflictos sobre África, y las historia positivas no aparecen jamás. «Nunca se colocan buenos relatos y así es imposible hacer que el lector conecte —destacó—. Los conflictos olvidados, lo son porque están mal contados».

En ese punto llegó una de las aclaraciones más necesarias: ¿Qué entendemos por «los medios»? Tania Adam se encargó de recordar que hay medios donde las historias positivas en África sí tienen cabida. Las tienen en el medio que dirige, Radio África Magazine, como también las tienen en nuestra revista. Lo que sigo sin entender (y esto es ya una reflexión personal) es por qué la mayoría del público critica los medios de comunicación clásicos pero aun así se mantienen esperando inútilmente a que estos se transformen. ¿No sería más fácil para ellos cambiar sus hábitos y acudir a los medios que SÍ cumplen con sus demandas?

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Xavier Aldekoa, Tania Adam, Pere Ortín, Samuel Aranda y Gemma Parellada. (c) CCCB

La intervención del público asistente dinamizó aún más (si cabía) el debate, dando lugar a reflexiones muy interesantes. Parellada destacó que al tratar África siempre se va de un extremo al otro: «Parece que sólo haya monstruos o Mandelas»; Adam insistió en la capacidad del arte y la cultura africana para transmitir otra imagen del continente al mundo; Aldekoa invitó a convertir aparentes problemas como la falta de presupuesto en una oportunidad para conocer mejor la realidad de un país; y Aranda despertó de su aparente estado de pajareo para abordar un tema delicado en el fotoperiodismo: qué podemos/debemos mostrar. Samuel (cómo no) fue tajante: él transmite la realidad sin tapujos, representa la historia tal y cómo es.

Las dudas de algunos estudiantes de periodismo trasladaron el debate del continente africano al oficio de corresponsal. Qué profesión tan bonita, tan complicada… y me da la sensación que, a veces, tan mal comprendida. Parellada tuvo que aclarar que, al contrario de lo que muchos creen, en la mayoría de ocasiones (y especialmente en África) es el corresponsal quien presiona a sus editores para publicar sobre un tema, y no al revés. Por su parte, Aldekoa desmitificó la figura del corresponsal intrépido que sólo puede vivir buscando historias extraordinarias: «Debemos tener la capacidad de convertir lo mundano en interesante».

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Fue inevitable que llegase el final que tantas veces se ha repetido en todos los coloquios sobre periodismo a los que he asistido últimamente en Barcelona: algunos de los presentes tienen que guardarse sus preguntas para otra ocasión y la sala —llena— se vacía a regañadientes tras el cierre forzado de la sesión. El horario mandaba, pero si hubiera sido por el público, la sesión se hubiera alargado durante mucho más. Así que al menos nos quedamos con la confirmación de la mejor noticia: África y el buen periodismo interesan. Aún hay esperanza.

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La «nueva» literatura africana

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A principios de marzo de 2015, la cadena de televisión norteamericana Fox emitió el episodio número quince de la vigésimosexta temporada de Los Simpsons, de nombre «The princess guide». En él, la hija del rey de Nigeria regala a Moe, el dueño del bar, cuatro libros de su «amada, aunque un poco depresiva, literatura nigeriana». Los libros eran Algo alrededor de tu cuello, de Chimamanda Ngozi Adichie; El camino hambriento, de Ben Okri (ganador del premio Booker); y la novela Todo se desmorona y el ensayo Home and exile de Chinua Achebe.

El hecho de que la literatura nigeriana haya aparecido de forma clara y frontal en la que seguramente es la serie más icónica y fundamental para entender la cultura popular de los Estados Unidos indica que sus autores y sus obras han entrado a formar parte del imaginario colectivo del país. Los Simpsons son un validador mediático y sus referencias tienen valor de certificado cultural popular.

¿Es una cuestión de moda? ¿Está occidente mirando fijamente a la «nueva» literatura africana con una atención desconocida hasta la fecha?

En las Voces de Altaïr Magazine hemos publicado hace muy poco la muy irónica guía del escritor keniano Binyavanga Wainaina sobre cómo se hace un buen libro sobre África: cuidado con su lectura, porque dispara con bala. De hecho le damos la razón en este propio texto a Wainaina, cuando preguntamos por la nueva literatura africana. ¿De qué África? ¿Del África árabe, de la zona del Magreb, de Egipto, de Argelia, de Marruecos? ¿Del África subsahariana, de África Central, de la muy occidental Sudáfrica? ¿De los países que fueron colonia portuguesa, como Mozambique, Angola o Cabo Verde? ¿De la literatura en español producida en Guinea? Y, ¿por qué «nueva»? ¿Nueva para quién? ¿Para occidente? Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

Pero sigue siendo un lugar común: África es un solo sitio. Tan cerca en el tiempo como en el año 2007, la Feria del Libro de Madrid tuvo a África como «país» invitado. Tampoco hubo demasiada gente que se preguntase por qué no podía serlo Senegal, Nigeria o Marruecos de forma independiente.

Es como si las autoras y autores del continente africano hubiesen adquirido tridimensionalidad, entidad, alma al fijarnos nosotros, blancos occidentales, en ellos.

AmericanahLo cierto es que el enorme éxito de Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie, publicado en 2013 y muy premiado por la crítica norteamericana e inglesa, ha hecho que editores, público y medios de comunicación giren la cabeza hacia las letras que se producen en el continente africano, y no solo desde Nigeria. En Americanah se narra el proceso de cómo su protagonista, Ifemelu, llega a convertirse en escritora en los Estados Unidos pero también de cómo llega a tomar conciencia de todo aquello en lo que nunca pensó mientras vivía y estudiaba en Lagos: su raza y su procedencia.

Para muchos, Americanah y en general Ngozi Adichie es la cabeza más visible de los «Afropolitas», ese término que acuñó la escritora ghanesa Taiye Selasi, autora de la novela Lejos de Ghana, para designar a los jóvenes africanos cosmopolitas que tratan de cambiar la percepción occidental sobre el continente y que viven en una constante interrelación y mezcla con Europa y América. Con ella hablamos al respecto hace unos meses también en Altaïr Magazine.

Sin embargo hay toda una corriente crítica hacia ese «afropolitismo», del que señala que principalmente se preocupa de escribir sobre África sólo desde el momento en que esta se relaciona con occidente, o mirando hacia Europa y los Estados Unidos. Autores como el senegalés Boubacar Boris Diop, con el que hablamos en Altaïr Magazine, en su libro África más allá del espejo; o el keniano Ngũgĩ Wa Thiong’o, con sus conferencias recogidas en el volumen Descolonizar la mente, hablan de una literatura y una cultura tendente al panafricanismo, de una resistencia cultural que empieza por la recuperación del idioma propio, el wólof para Boris Diop y el gikuyu para Wa Thiong’o.

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El periodista Aaron Bady resume bien la contradicción que supone el éxito de Chimamanda Ngozi Achidie para la apertura de la literatura del continente africano en los Estados Unidos y, por extensión, en occidente:

«Ya sea como causa o consecuencia, el propio éxito de Adichie ha sido una parte importante de esta reapertura del mercado de Estados Unidos a los escritores africanos. Pero mientras que algunos verían su notable popularidad como la creación de espacios para otros escritores, otros lo perciben como el cierre de la posibilidad de otros tipos de narrativas: ser un escritor “africano”, después de Adichie, puede significar escribir solo un tipo muy concreto de historia.kintu

(…) Por mi parte, intento entender por qué no puede Kintu, de Jennifer Nansubuga Makumbi, encontrar un editor en Occidente: el libro es una obra maestra, una joya total, la gran novela de Uganda que no sabías que estabas esperando. Pero si nos fijamos en el hueco con forma de Adichie de la literatura africana en el mercado editorial estadounidense, la pregunta se responde sola. Los editores están mucho menos interesados en la gran novela de Uganda que en el último rey de Escocia (o en la película Americanah actualmente rodándose). Sospecho que el primer libro de Jennifer Makumbi que se publicará fuera de África será un libro que trata sobre los inmigrantes africanos en Europa.» (Texto original en inglés).

Y así es: evidentemente ni Achidie, ni Teju Cole, ni Sefi Atta, ni Selasi, ni Dinaw Mengestu, ni Chigozie Obioma, ni la novela negra de Moussa Konaté son responsables de ese viento que sopla solo en una dirección, pero tal vez la oportunidad cultural (y también editorial, por qué no) pase por mirar el otro lado de los afropolitas y empezar a bucear en la literatura creada en África desde África y para África. El debate está abierto


Cómo escribir sobre África, por Binyavanga Wainaina

Dakar en Altaïr Magazine

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Mirada de la semana: Elisabeth Sunday

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© Elisabeth Sunday

Occidente mira a los lugares más remotos de sus capitales y ciudades con asombro y una cierta veneración. «Ellos», aquellos sitios desconocidos que se apartan del orden establecido por la cultura y la civilización que tanto tiempo se ha tardado en construir, piensan. Pero son lugares estáticos y cerrados, son observados como parques temáticos, como espectáculos enjaulados que no varían ni fluctúan con el paso del tiempo. Como si la evolución no fuese cosa de ellos, como si el movimiento nos perteneciera solo a nosotros.

Las fotografías de Elisabeth Sunday no dan por sentado esto en absoluto. De hecho es al contrario: ella fotografía esos territorios lejanos (para nosotros) partiendo de la base de que todas las sociedades están en un estado de movimiento constante y el conflicto y la oposición, los elementos que provocan los avances, están siempre presentes

© Elisabeth Sunday
© Elisabeth Sunday

Dice Elisabeth Sunday que fotografía «a personas que siguen viviendo con los ritmos y los ciclos de la naturaleza en el mismo entorno al que han llamado hogar durante miles de años». Y de eso se trata: de reflejar en sus imágenes cómo se integra el ser humano con su entorno natural. A veces son tuaregs, relacionándose con el cielo y las estrellas que les orientan; a veces son los pescadores que se fusionan con los peces que consiguen, en un vínculo que va más allá del meramente alimenticios.

© Elisabeth Sunday
© Elisabeth Sunday

Ese animismo centra gran parte de su trabajo, donde las figuras se alargan y se vuelven líquidas, por medio de espejos que no son deformantes, sino clarificadores. En palabras de Sunday: «Un tema común en mi trabajo es que se entremezclan formas humanas y animales o vegetales en la base de la imagen para demostrar la interconexión de la vida tan bien entendido por las personas animistas.»


Blog de Elisabeth Sunday

Field Notes, Africa

Studio Notes

The Africa Portfolios

Entrevista en Another Africa (en inglés)

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Martha Gellhorn

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Ana Belén Herrera escribe en nuestro 360º sobre Viajes y Perspectiva de género sobre Martha Gellhorn: escritora, reportera de guerra y torbellino existencial. Escribió un libro magnífico sobre sus viajes más horribles: Cinco viajes al infierno. Aventuras conmigo y ese otro. Siempre se resistió a ser una «nota a pié de página en la vida de otro» y sus horripilantes travesías por China, el Caribe o África demuestran con qué humor, energía y entereza lo consiguió. Aquí dejamos un fragmento.


Martha Gellhorn quería llegar al lugar más desconocido de Creta. Fantaseando con una nueva peripecia, se había fijado en un punto remoto del mapa de la isla, un pueblo solitario en una bahía llamado Kastelli. Ya podía verse nadando desnuda en aguas cristalinas y bebiendo ouzo con los pescadores a la luz de la luna. Martha Gellhorn, que en ese momento estaba en Iraklio, la capital de Creta, cogió tres autobuses y tras un viaje eterno se plantó en Kastelli. La localidad resultó ser «una alcantarilla» de pobladores huidizos, su hotel «un cuchitril» y la bahía «una playita asquerosa». Tomaba el sol rodeada de basura, disfrutando de su horrible destino, cuando empezó a pensar en los viajes más terroríficos que había hecho. Lo de Kastelli no era nada comparado con el viaje a China que hizo llevando casi a rastras a su Compañero Reticente, por ejemplo, o aquel fatal recorrido por África buscando la verdadera África, siempre escurridiza, o la caza de submarinos alemanes que la llevó al Caribe. Martha Gellhorn decidió en ese instante que escribiría un libro sobre los peores viajes de su vida. Y así nació Cinco viajes al infierno. Aventuras conmigo y ese otro (Altaïr,2011).

China

La escritora y corresponsal de guerra Martha Gelhorn llevaba poco tiempo casada con un novelista juerguista y aventurero llamado Ernest Hemingway, cuando le picó el gusanillo de recorrer China. Ernest no tenía muy buenas referencias de esa esquina tan apartada del mundo, que además estaba en plena guerra (con Japón en la Segunda Guerra Mundial), y la idea de viajar allí le daba más bien pereza, pero Martha se lo cameló y le convenció para que la acompañara. En honor a la desconfianza de Hemingway por esta expedición, Martha Gellhorn menciona a su marido en Cinco viajes al infiernocomo C.R., siglas de Compañero Reticente. Martha y Compañero Reticente tomaron rumbo a Hong Kong y allí se establecieron en el único hotel que había en el centro.

En honor a la desconfianza de Hemingway por esta expedición a China, Gellhorn lo bautiza como C.R., siglas de Compañero Reticente

Mientras C.R. se adaptó rápido al nuevo entorno y pasaba los días bebiendo y contando historias rodeado de una corte de seguidores variopintos, Martha Gellhorn, que era mala bebedora, se impacientaba por salir a explorar nuevo mundo. Así que pocos días después de su llegada, Marta dejó a C.R. con su alegre séquito y se fue a Lashio, en Birmania (Myanmar desde 1989), con la excusa de escribir un artículo. A su regreso, se encontró a C.R. aburrido de tanta parranda, algo preocupado por la epidemia de cólera que campaba por la ciudad y, sobre todo, menos reticente que antes a salir de allí y ponerse en marcha. De nuevo en camino juntos, contemplaron los estragos de la guerra y compartieron sufrimiento en barcos apestosos, hoteles ruinosos infestados de chinches y aviones que eran pilotados con brújula y a ojo en medio de nefastas tempestades. Fue un verdadero viaje horripilante, aunque nunca aburrido. C.R. había tenido suficiente y volvió a casa primero, Martha decidió pasar antes por Singapur y Batavia, en un viaje que le resultó muy grato. Se separaron en el aeropuerto de Rangún, Martha con las manos vendadas por una infección muy contagiosa.

(…)


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En África, una imagen no es real, por Mamadou Gomis

Con motivo del encuentro «Cambio de perspectiva: África en nuestros medios y nuestros medios en África», publicamos en abierto y para todos nuestros lectores este texto que escribió Mamadou Gomis para nuestro monográfico 360º dedicado a Dakar. Una reflexión imprescindible sobre el estado de la fotografía en el continente africano.


 

La imagen fotográfica tiene un gran poder como forma de autoconocimiento y saber, pero ha sido despreciada en la tradición intelectual africana, basada en la oralidad. En un mundo como el actual, dónde las imágenes son un campo de batalla político, es fundamental que los fotógrafos del continente recuperemos nuestro papel como constructores de nuevas Áfricas.

La fotografía (en África) no es una copia perfecta. Es a la realidad lo que el humo al fuego

La fotografía en África siempre ha sido algo marginal, un «accesorio» que acompañaba a una celebración de cierta relevancia y de la que se requería guardar un recuerdo.

Durante decenios (sigue siendo así), los africanos solo hemos acudido al fotógrafo para obtener de él algún «retrato» oficial (una imagen para poder cruzar fronteras o conducir). Solo se llamaba a un fotógrafo para inmortalizar acontecimientos relevantes o ceremonias familiares (bodas, bautizos, fiestas escolares). Este tipo de eventos han sido durante años casi la única escuela de formación de los fotógrafos del continente y una de sus principales fuentes de sustento: se ganaba (aún sucede) más dinero con ese tipo de imágenes que con el periodismo o el arte.

Frente a esa realidad y desde hace ya unos años, muchos «jóvenes» fotógrafos africanos estamos comprometidos  —de una manera más o menos descoordinada— con la idea de sacar el mayor partido a nuestra práctica fotográfica desde posiciones novedosas y puntos de vista diferentes a los de nuestros «maestros» mayores. La calle —ya no el estudio— se ha convertido para nosotros en la principal —casi única— fuente de inspiración. Y toda esa práctica está relacionada con una cierta idea de independencia en la construcción y el uso de nuestras imágenes: atrevidas e inesperadas, en situaciones callejeras no pautadas, sorpresivas e imprevistas.

La fotografía (en África) no es una imitación de la realidad. Es a la realidad lo que la sombra a la presencia

Para un fotógrafo africano, la imagen no representa nunca la realidad; nunca es, ni puede ser, «documental», ni tampoco tiene nada que ver con copiar o imitar el mundo real.

En nuestras sociedades, un fotógrafo tiene más «obligaciones» que en Occidente. No se trata solo de ese «compromiso» más o menos voluntario al que se refieren muchos colegas occidentales, es mucho más: casi una necesidad de ayudar a tu espectador a descubrir el mundo con la naturalidad de lo cotidiano, en un universo en el que todos vivimos en medio de una inspiración caótica, descontrolada y, por tanto, natural. No solo debemos ofrecer una imagen reveladora, sino hacerlo —si se me permite la expresión— de un «modo africano»: relativamente aleatorio e informal, pero con perspectiva social.

Muchos fotógrafos occidentales —forzados o no por dinámicas comerciales y premios globales— acuden a África en busca de nuevas «experiencias» gráficas o para «descubrir nuevos enfoques» sobre los grandes temas. Parece que muchos de ellos siguen empeñados (o forzados) en venir a nosotros para mostrar al mundo una imagen negativa de África que, si bien no deja de ser cierta en algunos aspectos, se convierte en tópica, en un cliché, y, por tanto, se revela ineficaz frente a los espectadores occidentales y resulta odiosa, repugnante, para muchos africanos. Guerras, hambres, miseria, conflictos, emigración y enfermedades siguen siendo casi sus únicos objetivos.

 Por otra parte, y en el mismo sentido tópico, los fotógrafos turistas o viajeros —con la ayuda inestimable de las publicaciones occidentales— han destruido (en muchas ocasiones con la «colaboración» de los africanos) la imagen de muchas culturas, países y sociedades africanas al encuadrar sus espacios, lugares, costumbres o comportamientos de la forma más tópica, sin el menos interés real por aquello que se retrata, y siempre en un formato susceptible de ser convertido, otra vez, en postales sin el menor valor: desvirtuadas, empobrecidas, impersonales, inválidas.

Unos y otros, profesionales y turistas de la fotografía, han «colaborado» para que en muchos lugares de África, sobre todo en las ciudades, hoy les sea casi imposible hacer una imagen natural. Puede que unos y otros hayan ganado muchas imágenes preciosas, pero han perdido para siempre la mirada de respeto de muchos africanos que hoy, a través de la gran red y de los móviles, contemplan en Occidente las imágenes de una África fake que no les representan, en las que no se reconocen.

Nadie duda de que la visión que los demás tienen sobre ti, lo que eres o cómo vives puede ser interesante; pero también parece muy claro que la visión matinal de uno mismo frente al espejo fotográfico —nosotros y nuestras percepciones, escalas de valores, problemas, sus reflejos con luces y sombras— no puede ser sustituida por nada y será siempre más precisa, menos desenfocada.

En este sentido, creo que es vital que los fotógrafos africanos desoccidentalicemos las imágenes de nuestras múltiples Áfricas, si eso es posible en un mundo como el de hoy y hasta dónde sea posible. Creo que es necesario que proporcionemos a los occidentales imágenes alternativas de otras Áfricas diferentes y hechas con otras perspectivas, conocimientos y percepciones. No se trata de confrontar imágenes (africanas frente a no africanas), el objetivo fundamental sería contrastar y dialogar o discutir, con las imágenes que nuestros colegas y los medios de comunicación occidentales quieren imponer sobre nosotros y lo que somos.

Puede que suene extraño leído desde lejos, pero los fotógrafos africanos aún debemos luchar por construir imágenes para mostrar unas Áfricas diferentes, del siglo XXI, sin las mentalidades coloniales de ese pasado no tan lejano y que, de manera consciente o inconsciente, pervive en la mirada de la gran mayoría de occidentales (y, por desgracia, también en la de muchos africanos).

Tanto si las imágenes son un nuevo y gran campo de batalla político en el mundo de hoy como si es un simple problema comercial de disponibilidad de «productos» en el mercado global, la idea/imagen que los africanos (también los demás) se forjan acerca de su propio entorno y de los cambios que en él se operan debería ser construida a partir de imágenes africanas, hechas por africanos, que dialoguen con el mundo para huir de los tópicos y que no enmarquen la realidad solo en función de ideas preconcebidas y clichés más o menos colonizadores.

Aunque pueda ser un sueño imposible en un mundo hiperconectado como el actual, los fotógrafos africanos tenemos que reivindicar el papel que nos corresponde en la creación de un estilo extraviado en el corazón de lo que es de aquí y de ahora.

La fotografía (en África) es fuente de conocimiento del mundo. Es a la realidad lo que la vida a la muerte y la luz a la oscuridad

Occidente y sus fotógrafos (profesionales o no; de gran calidad o no) han creado y crean su particular imaginario sobre el continente africano. En ese paradigma histórico, sus sociedades les reclaman material fotográfico cuando sobreviene la «necesidad» de tenerlo. Así, las portadas, páginas y webs se siguen llenando, hoy como ayer, con fotografías de enfermos de ébola, niños malnutridos, inmigrantes persiguiendo una pesadilla; o bien de masais saltarines, rincones naturales imposibles y preciosas jirafas al atardecer.

Justo ahí empieza el nuevo viaje…

Aunque muchos occidentales parecen empeñados en no darse cuenta, el mundo cotidiano de los africanos ha cambiado enormemente en los últimos años. Necesitamos pensar en unas nuevas Áfricas modernas, buscarlas y encontrarlas, sin obviar, por supuesto, los problemas que en ellas se presentan. Por desgracia, se trata de unas modernidades que no casan con la idea de uniformidad en la pobreza fuera del tiempo y del espacio que tienen de nosotros en Occidente.

Esta búsqueda nos obliga a desarrollar aún más nuestra creatividad como fotógrafos, asociándola a una nueva mentalidad profesional para traspasar los límites (sobre todo económicos) que nos impone el discurso global sobre quiénes somos y cómo debemos ser representados.

No será un camino fácil porque la fotografía es la guardiana de nuestros instantes y la conservadora de nuestros recuerdos, pero nunca se crea; se busca y, a veces, en muchas ocasiones, no se encuentra.

Esa búsqueda de la nueva fotografía de África podría ser una gran herramienta de afirmación de existencia y de «sentido» para los propios africanos. Podría reactivar el despertador de una nueva conciencia porque, en un continente donde aún se lee tan poco, las imágenes son de las pocas plataformas capaces de estimular una lectura más comprensiva de quiénes somos y, sobre todo, de qué queremos ser.

Puede que muchos africanos aún no hayamos percibido del todo el nuevo y gigantesco campo de batalla político global, en el que vivimos con nuevos actores principales no occidentales, pero sí somos conscientes —al menos muchos fotógrafos— de que necesitamos construir nuevas percepciones de las Áfricas actuales.

Eso requerirá, más que nunca y por encima de palabras más o menos retóricas, de nuevas imágenes (con nuevos sujetos, y nuevos asuntos), hechas por africanos capaces de mostrar al mundo unas Áfricas diferentes que dialogan con los demás de igual a igual; que son relevantes en el nuevo paradigma global de una manera natural y desacomplejada.

Estamos inmersos en ese debate y es muy importante; porque si, como dicen en Benin, «la cultura no se come, se degusta», la fotografía es un alimento principal para el espíritu.


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