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A la medida de tus viajes

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Web magazine, pdf portátil, el nuevo formato en papel… Con la vuelta al formato impreso puedes disfrutar de los contenidos de Altaïr Magazine de cada vez más modos. Aquí te damos un pequeño resumen de las opciones que tienes para leer nuestros monográficos y contenidos.

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¿Y si lo quieres todo? Entonces quieres la suscripción premium. Los 4 números anuales en papel, el acceso completo a www.altairmagazine.com, 6 monográficos en pdf (más el de regalo) por tan sólo 70 €. El tacto del papel y los mapas interactivos, los videos y las anotaciones al margen… Si quieres ir más allá, ¿por qué obligarte a elegir?

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Villa Factoría. Averly, el tedio y sus flores del mal, un Paso de Berta Jiménez

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En las ruinas crecen las flores como el tedio. Hasta que una sociedad no decide qué hacer con su patrimonio, los recuerdos y los trabajos del pasado son la maleza de esas islas que la revolución industrial fue dejando en nuestras ciudades. En este nuevo Paso de Altaïr Magazine, Berta Jiménez nos describe el limbo particular de la Fundición Averly de Zaragoza, «historia de la industria en Aragón», esperando que se resuelva su incierto futuro.


El paseo María Agustín de Zaragoza es aburrido; una calle más, larga y llena de tráfico que no se sitúa ni en el centro ni en el extrarradio. Jalonada por edificios que parecen tragarse la calzada, es un paseo monótono y gris. «¡Es el tedio! ese delicado monstruo que tú, lector, conoces.» A pesar de todo, el paseo María Agustín es una calle importante. Cuenta con el Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos Pablo Serrano, un edificio que evoca a la película Transformers y ante el que los zaragozanos se polarizan: amor-odio. También se encuentra en esta larga calle la Puerta del Carmen, uno de los ocho accesos de la Zaragoza de antaño, la que sirvió como fortaleza a la resistencia aragonesa durante los Sitios de Zaragoza, por la que entró el ejército en la Primera Guerra Carlista, y contra la que, ya en los noventa, colisionó un autobús urbano. Además está el colegio Joaquín Costa, el centro de especialidades médicas Ramón y Cajal, la plaza de toros; y muy cerca, el nuevo edificio Caixa Forum, la estación de trenes antigua y la salida a la carretera de Logroño. Lo que pocos asociarán a esta calle larga y llena de tráfico es a la Fundición Averly, porque a pesar de ser una industria centenaria y la más antigua de Aragón, las instituciones públicas —tanto regionales como autonómicas— se han esforzado por borrarla del mapa patrimonial.

¡Qué débil y qué inútil ahora el viajero alado!

Él, antes tan hermoso, ¡qué grotesco en el suelo!

Con su pipa uno de ellos el pico le ha quemado,

otro imita, renqueando, del inválido el vuelo. 

Los recuerdos que la dueña —ahora propietaria en precario del inmueble— Carmen Hauke guarda de su infancia en Averly tienen como escenario el jardín. Tras 70 años de vida en la fundición no olvida aquel tiempo ni aquel espacio que configuran el germen, el comienzo: se acuerda de los paseos en bicicleta entre las acacias, y de la búsqueda de los huevos de Pascua; y aún le duele cuando recuerda cómo se rompía la piel con las escorias, sorprendida mientras jugaba por el escozor de los restos del hierro martilleado que, camuflados entre la hierba, se clavaban en sus tobillos. Una imagen que no puede compartir cualquier patrón, porque el diseño de Averly es diferente al de otras industrias; la fábrica para los trabajadores y la vivienda de los dueños están unidas, forman parte del mismo complejo de edificios. Es decir, a la villa burguesa de Carmen, formada por su vivienda de ladrillos roji-blancos y su rincón verde de retiro, hay que sumarle otros 8.000 metros de talleres, entre la carpintería, la fundición, la sala de moldes y las oficinas. Por eso Averly ha sido denominado «villa-factoría», porque aúna los espacios de la bourgeoisie con los de los obreros. Ambas clases convivían; vivían pared con pared, aunque no codo con codo. Es el valor histórico-cultural de un entorno donde los jardines, los huertos y las alfombras de césped y flores silvestres, que tan bella hicieron la vida a los propietarios, se prolongaban hasta la grava sobre la que se fatigaban los obreros. Desde las ventanas de la vivienda a los señores les era posible presenciar la llegada de los trabajadores, que en comparsa atravesaban el portón. Esta unidad de espacios en la fundición guarda un formato similar al de una granja en la que siempre conviven el tipo de villa campestre o vivienda personal con el tipo de villa fabril, o lugar de trabajo. Algo nada habitual en una fundición, por lo que parece que se trata de un modelo importado de Francia que incorporó el fundador Antonio Averly. (Jiménez, F. J.,La industrialización en Aragón. La fundición Averly de Zaragoza, 1987)

Una riqueza exaltada por muchos que hoy exalta a otros.

En 1999 la asociación Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés (APUDEPA) solicitó, según el Plan de Ordenación Urbana, la protección de Averly como Bien de Interés Cultural. «La respuesta fue que como la industria estaba en uso, la mayor protección de ese bien era la actividad que en él se desarrollaba», recuerda el presidente de APUDEPA, Carlos Bitrián. Un planteamiento que APUDEPA no compartía. Ellos defienden que la Ley de Patrimonio debe proteger el valor de un edificio como Averly, que conforma la base de la historia de la industria en Aragón, independientemente de que continúe o no su actividad, ya que la relevancia de la industria es la misma. Aún así aceptaron la respuesta institucional porque «parecía tener cierta lógica».

Pero a comienzos del 2013 la historia del edificio dio un giro inesperado. Dos noticias, dos titulares: Averly cesaba su actividad y una inmobiliaria, Brial, tenía la intención de adquirir los suelos. De pronto, se quebraron los argumentos que hasta el momento habían asegurado la protección de la fundición. «Alarmados por la situación que parecía avecinarse solicitamos, de nuevo, la catalogación de la industria como bien de interés cultural», cuenta Carlos Bitrián. Una acción de denuncia a la que se sumó la filial española del Comité Internacional para la Conservación y Defensa del Patrimonio Industrial (TICCIH), que también reclamaba la conservación de la centenaria industria y su reconocimiento como patrimonio cultural. Y así comenzó la batalla —burocrática— entre la inmobiliaria y las asociaciones en defensa del patrimonio.


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LA REPÚBLICA BANANERA, por Roberto Herrscher (II)

Costa_Rica_-_workers_cutting_bananas_from_trees_1910-1920LA INDUSTRIA BANANERA TENÍA SU PROPIO VOCABULARIO, SUS PROPIOS TÉRMINOS. UN LENGUAJE DE CONTROL DEBAJO DEL CUAL ESTABAN LOS HOMBRES, DESLOMÁNDOSE POR UN JORNAL MÍSERO. LA SEGUNDA PARTE DEL PASO DE ROBERTO HERRSCHER SOBRE COSTA RICA Y LA REPÚBLICA BANANERA NOS LLEVA A SUS RECUERDOS Y A LA REALIDAD DE UNAS RUINAS AÚN VIVIENTES. 


La lluvia sigue cayendo con furia en el cuadrante de Finca 6. Parece increíble que el cielo guardara tanta agua y no se cansara de escupirla. Es el clima extremo que necesitan estos arbustos para crecer tan rápido y dar sus frutos suculentos, pero no dejo de pensar en la vida durísima de estos hombres, que cada día pasan de chapear y cortar en noche cerrada al sol que baja como cuchillo y al aguacero que anega todo pensamiento.

Henry Rojas ya me llevó a ver el campito de fútbol en medio del cuadrante, la pulpería donde duermen la siesta una veintena de productos de primera necesidad, enmohecidos de tedio, y la escuelita de la plantación, sin ventanas, la misma donde estudió él hace casi medio siglo. Llegamos a ver a otro de sus viejos amigos.

Claudio Barrantes Vargas parece más entero que Chepe Matarrita, con el pelo engominado y azabache. Está flaco y fibroso. Debe estarlo: nos abre la puerta una muchacha que podría ser su hija o hasta su nieta, pero es su nueva pareja. Claudio piensa que ante un periodista tiene que dejar bien parada a la compañía, así que se esmera en decir que lo tratan bien, como si estuviera en un hospital o una residencia.

«Nací en el 43, en Guanacaste, pero me vine pequeñito para Limón», dice Claudio casi en mi oído. Se escucha la lluvia muy fuerte, el viento, las gotas sobre el pasto recién cortado, en el borde de la plancha de cemento que rodea la casita.

Claudio trabaja para Dole —todavía la llama la Standard, como todos— desde 1968. «Aquello era más diferente, era más barato todo», grita con nostalgia. La lluvia se puso todavía más bíblica. «Uno ganaba poquito, pero todas las fincas estaban llenas, había más gente, más poblado.»

Me cuenta de la llena de 1970, de cómo se inundó todo, y al escuchar el retumbar cercano de los truenos, me temo lo peor. Pero es lo normal aquí.

Pese a su nostalgia del pasado, Claudio Barrantes piensa que «ahora lo consideran mejor a uno, correr era más antes, por contrato, pero ahora a la fruta hay que tratarla como una persona, no se quiere que se maltrate. Y así lo dicen los jefes, y cuanto mejor el banano, más dinero. Gracias a Dios estamos aquí, y contribuimos a que todo sea mejor…»

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LA REPÚBLICA BANANERA, por Roberto Herrscher

En el siglo XIX el fundador de la República Bananera, Minor Keith, tardó dos décadas en construir un ferrocarril para unir estos dos mundos: el centro del país, el eje de su economía cafetalera, y su lejana costa infestada de malaria y paludismo. Con el ferrocarril, Keith se apropió de las tierras circundantes, plantó bananos (lo que en España se llaman plátanos) e inició la United Fruit Company con el dueño de los barcos y el banquero que se encargó de la distribución. En los ochenta el Estado construyó esta carretera y el ferrocarril murió de inanición. Miles de trabajadores, sobre todo negros de Jamaica, habían muerto abriendo montaña y montando sus rieles, y hoy la selva cubre lo que queda de las vías.

De Limón tomo el camino de las playas caribeñas, donde manadas de norteamericanos y europeos viven su sueño rasta y fuman sus porros y se hacen trenzas greñudas en el pelo y se revuelcan riendo en la arena antes de entrar a la vida de verdad. Para los jóvenes negros de la zona la vida de verdad es esta, entre el orgullo de la identidad, la mirada pastosa de la droga y la sonrisa ladeada del turismo.

Camino a Cahuita y Puerto Viejo, los reductos turísticos de carretera ya anuncian el mapa sonoro: cambiaron los viejos casetes por listas digitales, pero siguen repitiendo día tras días los éxitos de siempre de Bob Marley. Con los cansados himnos de la rebelión, llego a un puesto del Ministerio del Ambiente.

El fundador de la República Bananera, Minor Keith, tardó dos décadas en construir un ferrocarril para unir estos dos mundos: el centro del país y su lejana costa

En este puesto me espera el guardaparque Henri Rojas. Yo estuve hace 20 años en la inauguración de esta oficina de control forestal. Todo estaba reluciente, los pickups blancos y los uniformes verdes. El caso es que en los años siguientes el Ministerio, con un presupuesto cada vez más estrecho, fue dejando a este puesto desprovisto de los recursos básicos para operar.
El día que llegué la escuálida delegación casi no tenían gasolina para salir a atender denuncias. Había visto varias veces a Henri en los noventa, y siempre me llamó la atención lo que le preocupaba el cuidado del ambiente, la degradación social de la zona, la corrupción, la burocracia. Y escribía cuentos para concienciar a los niños sobre el medio ambiente, y poemas para mitigar su pena.

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Un diálogo con Jon Lee Anderson, por Paty Godoy y Pere Ortín

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Cuando una persona tiene a las espaldas los años y las experiencias como reportero de Jon Lee Anderson, con tan sólo hablar con ella ya podemos trazar un mapa de la profesión. Que, en este caso, es como trazar un mapa de muchos conflictos patentes y secretos de los últimos veinte años de la historia internacional. Paty Godoy y Pere Ortín se sentaron precisamente a eso, a hablar con el maestro de reporteros y colaborador de The New Yorker, y aquí podéis empezar a leer el resultado, parte de nuestro 360º sobre Cartografías.


«Negociemos… ¿Cuál es el precio de mi ausencia?»

Entre risas, mientras sorbe su habitual café americano y recién llegado de Madrid maleta en ristre, el escritor argentino Martín Caparrós discute con nosotros «el precio de su ausencia» en el encuentro que tendremos al rato con su colega Jon Lee Anderson, el reportero de la revista norteamericana The New Yorker.

Sin cerrar ningún trato y poco antes de las once y media de la mañana, dejamos a Caparrós apurando su café y de camino a un encuentro sobre «periodismo de datos» (sic) y buscamos a Jon Lee Anderson. No ha llegado…

Cuando aparece —casi una hora después y a pesar de que su reloj de muñeca, de correa de cuero roja bien desgastada, parece en hora— nos explica la «confusión»: nos esperaba en su hotel y no en el museo de Barcelona donde, por fin, nos hemos encontrado.

Aclarada la situación entre sonrisas, y tras pelear por otro café con una de esas infernales máquinas suizas que han encapsulado el sabor de la infusión con nombre de antiguo reino etíope (Kaffa), nos sentamos a charlar en un amplio despacho con sillones cómodos que nos presta el director del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Cinco Viajes al infierno

Aunque no hay necesidad de romper ningún hielo, le hemos traído a Jon Lee Anderson un regalo que sabemos apreciará: Cinco Viajes al infierno, un libro de la gran cronista norteamericana Martha Gellhorn que, junto a su marido Ernest Hemingway y George Orwell, es una de esas referencias clásicas admiradas por Anderson. Anderson recibe el libro —un ejemplar de la edición en español de la colección Heterodoxos de Altaïr que no conocía— con una sonrisa agradecida. Lo hojea con detenimiento y, aunque tanto él como nosotros sabemos que no dispondrá de demasiado tiempo libre para leerlo, todos ponemos cara de satisfechos.

«Saki»

Jon Lee Anderson, como Gellhorn, también ha descendido a unos cuantos infiernos. Y, como la gran cronista norteamericana, lo ha hecho sin perder una predisposición innata para la sonrisa cómplice. Se siente bien en cualquier lugar del mundo y tiene «por instinto» esa maravillosa facultad humana «de la adaptación».

Alto y fuerte —de joven, en Liberia, le pusieron el sobrenombre de Saki («hombre alto» en lengua kpelle)—, en su conversación se nota que conserva aquella misma actitud curiosa que, según recuerda, tenía cuando, con dos años, empezó a escudriñar el mundo «desde su caja de arena». A pesar de todo lo que ha visto y oído, sigue siendo aquel niño que nunca se ha dejado vencer por esos momentos de la vida en los que el cinismo y la depresión parecen ser las únicas salidas posibles. Perfeccionista, pero sin alardes retóricos, reconoce que sólo necesita «café y una silla cómoda» para escribir y que lo más importante en su trabajo es «tener muy claras cuáles son tus prioridades».

Rigor y veracidad

Hace años —preparando un retrato sobre Gabriel García Márquez— que Jon Lee Anderson dejó de utilizar grabadora y libreta de notas frente a sus entrevistados. No se trataba de imitar el método de Truman Capote en su proceso de creación de A sangre fría, sino de no «intimidar» a las personas con las que hablaba. ¿Método? Pues el más exitoso de todos los que existen: no tenerlo. Su estrategia, reconoce, no es muy ortodoxa. Se trata de entrenamiento y oficio para, primero, propiciar conversaciones con enjundia, diálogos vivos y situaciones coloquiales que, luego, se desarrollarán en un periodismo que usa las herramientas de la literatura para contar historias basadas en hechos reales, explicados con rigor y veracidad.

White chink

Aunque no le gusta que le pregunten por su vida personal, el asunto surge de manera natural. Jon Lee Anderson es fruto de una pareja que lloró cuando se enteró por la radio del asesinato de John F. Kennedy en Dallas. Su madre era una «extrovertida y multitalentosa» escritora de cuentos juveniles que también bailaba y pintaba (y a la que Anderson le debe el amor por los libros). Su papá era «un nómada» que se definía como un «socialista de corazón» que se amoldó a la categoría de los «liberales» norteamericanos. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, navegó por los mares del sur antes de trabajar para el servicio exterior norteamericano y construir, junto a su esposa, una familia en mudanza constante.

Jon Lee Anderson vivió en ocho países distintos hasta los 18 años (Taiwan, Colombia y Corea del Sur, entre otros) y eso marca. Nunca ha olvidado, por ejemplo, cómo a los doce años, instalado temporalmente en Estados Unidos, lo llamaban «white chink» («el chino blanco») en el colegio por haber interiorizado tanto sus vivencias asiáticas.

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Mapamundi de ficciones, por Gabi Martínez

Utopia.orteliusDe la Atlántida a Macondo, de Utopía a la Tierra Media: a lo largo de la historia los escritores y creadores han imaginado mundos diferentes al nuestro, ciudades inventadas, océanos inexplorados, tierras por descubrir. Por cada mundo imaginado por las ficciones, hay una cartografía susceptible de ser hecha, unos mapas que dibujar para trazar los caminos del héroe y para ubicar en el espacio (imaginado) dónde transcurren las aventuras y los sucesos. En el 360º sobre Cartografías el escritor Gabi Martínez investiga sobre esos mapas inventados y ese urbanismo que dibuja otros mundos posibles. Aquí podéis empezar a leer gratis su texto.

Imaginar lugares que no existen es más difícil de lo que parece. «He encontrado un mundo en el que ya no osaba creer», escribió Sophia de Mello Breyner al recalar en Grecia, resumiendo el sentimiento de numerosos escritores y personas con tendencia a soñar. Yo mismo descubrí en el Sudd un espacio natural que hasta entonces sólo había asociado al mundo de los videojuegos. El Sudd, situado al sur de Sudán, es un pantano grande como Gran Bretaña y repleto de islas flotantes. En su interior han perecido cientos de marineros y tripulaciones enteras de los barcos que quedaron atrapados en ese laberinto móvil, tan acorde con los escurridizos tiempos «líquidos» que vivimos. Se trata de una metáfora tan perfecta que se me antojó exclusiva de un sueño. Y entonces, la realidad.

De todos modos, como a ese otro laberinto de neuronas que nos mueve le encantan los desafíos, el empeño de superar al mundo físico a fuerza de fantasías va procurando un mapamundi alternativo que se funde de un modo apasionantemente raro con nuestra normalidad. Desde nuestros orígenes hemos necesitado un espacio para contar y, como aún no conocemos la medida de nuestra imaginación, el mundo siempre se nos queda pequeño. De vez en cuando, a alguien le da por ampliarlo inaugurando paisajes o ciudades de lo más mentales, y nos lleva a plantearnos espacios más allá de cualquier galaxia.

El primer lugar alevosamente imaginado para la literatura del que se tiene noticia fue la Atlántida, el continente que Platón ideó para rivalizar con Atenas. Sofisticado ejemplo de civilización, el mito de la Atlántida perdura por ser el primero de esta clase y porque, al haberla engullido el mar, aún invita a ser un poco Platón, imaginando el diseño de los canales que regaban la descomunal llanura oblonga, las vías abiertas para extraer el preciado cobre, el emplazamiento de las Columnas de Hércules.

La Atlántida, sobre todo, descorcha la posibilidad de una cartografía nacida directamente de la imaginación. Más adelante llegarían los relatos de maravillas de Benedeit, Mandeville o Marco Polo, si bien sus unicornios y gigantes y lotófagos, así como los territorios que describieron, guardan una correspondencia real con seres vivos y lugares que, si los autores no vieron, al menos creyeron ver. Sus relatos intentan apegarse a lo visto más que a lo imaginado, y por eso los pasaremos de largo. Aquí preferimos hablar de la Babel con Biblioteca; de la borgiana Babilonia donde se jugaba a la lotería; la Utopía de Tomás Moro, isla famosa por proscribir tiranías, penas de muerte y guerras; o de las ciudades invisibles con las que Italo Calvino recordó hasta qué punto «un paisaje invisible condiciona el visible».

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Cartógrafos del cielo, por Natalia Ruiz Zelmanovitch

Nuestro 360º sobre Cartografías ha buscado explorar muchas dimensiones. Si nos hemos preguntado por los mapas íntimos, los que nos guían en el terreno de la identidad, ¿cómo no hacerlo por los más grandes, los que sitúan esta roca que es la Tierra en el cosmos infinito? La periodista Natalia Ruiz Zelmanovitch, experta en divulgación de la ciencia, nos explica cómo intentamos entender un poco mejor lo que está a la vuelta de la esquina en nuestro vecindario galáctico.

 

Elevar la mirada a los cielos oscuros es casi tan consustancial al ser humano como respirar. Observar los fenómenos de esa oscuridad de un modo científico nos ha llevado a construir instrumentos increíbles, potentes máquinas cada vez más precisas que, como extensiones de nuestros propios ojos, nos desvelan la física, la química, la historia de un universo complejo y variado. Pero, al igual que en la Tierra —nuestro diminuto punto azul pálido, como dijo Carl Sagan—, también buscamos referencias espaciales allá arriba. Hacemos mapas del cielo.No tenemos remedio: necesitamos mojones, carteles, indicaciones, referencias. Necesitamos mapas. Nuestra vida de conductores (y de peatones) ha sufrido un vuelco vertiginoso con el desarrollo de aplicaciones digitales que nos colocan en el mundo. Basta con conocer la dirección para llegar a nuestro destino (con más o menos desvíos, lo que depende de la persona y de sus habilidades —en mi caso, relativas—). Pero eso ya era una actividad común hace siglos: nuestros antecesores escrutaban el cielo y, utilizando sus conocimientos sobre astronomía de posición, navegaban más allá de los mares, viajando de un extremo a otro del mundo. Estudiaban el cielo marcando su movimiento. Cuántas preguntas debió generar esto… Que se lo digan a Galileo, que fue el primero en apuntar un telescopio para observar las estrellas y fue perseguido por afirmar que la Tierra era la que se movía alrededor del Sol, y no al revés.

Ha costado, pero ahora sabemos que la Tierra, esa mota azul e insignificante en el vasto universo, es el tercero de ocho planetas del Sistema Solar, una familia formada por el Sol, nuestra estrella anfitriona. También sabemos que esta pequeña familia monoparental (es muy común que las estrellas vivan en pareja; son las conocidas estrellas binarias) está en un brazo espiral de la galaxia Vía Láctea. Ésta, a su vez, forma parte de un conjunto de unas 40 galaxias llamado Grupo Local, que se encuentra en el denominado Supercúmulo de Virgo, el cual… Bueno, digamos que a partir de aquí las dimensiones se vuelven difíciles de manejar.

Entre quienes estudian el cielo hay una obsesión: hacer (fíjense en que siempre encontrarán esta frase) el mapa del cielo más preciso obtenido hasta el momento. Esa coletilla, «hasta el momento», es nuestra eterna cantinela. Porque, afortunadamente, seguimos mejorando y ampliando nuestra visión del universo.

Dado que la Tierra se mueve, nuestro cielo también se mueve. Este hecho, que parece tan sencillo, supuso un reto para poder elaborar los primeros mapas que situasen a las estrellas en el cielo.

Pero en el antiguo Egipto, en Mesopotamia, en China y en América Central dedujeron su movimiento relativo y empezaron a plasmar lo que veían; dieron a luz mapas donde se pintaban las estrellas que podían verse a ojo. Luego irrumpirían los sabios griegos, revolucionando el mundo con sus teorías.

Siglos después, tras la llegada de la astronomía moderna a Europa de la mano de Nicolás Copérnico, el siguiente gran salto fue la astrofotografía; con ella, los mapas comenzaron a crecer y poblarse. El acoplamiento de cámaras fotográficas a los telescopios supuso un golpe brutal: tanto en lo relacionado al almacenaje de las placas fotográficas (y no es broma) como en lo que atañía a su análisis. De hecho, examinarlas se llegó a considerar una tarea tediosa. Por ejemplo, en el Observatorio de Harvard se contrató a mujeres para esta tarea tan «aburrida», dando lugar a una generación de astrónomas (las llamadas «calculadoras») que revolucionó por completo nuestro concepto de la materia.

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Viaje al centro de Google Earth, por Simon Sellars

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Ver más allá, ver mejor, ver siempre, ver ahora y no perderse nunca. Los nuevos mapas digitales prometen (y han concedido) aplicaciones casi mágicas para nuestras vidas diarias; casi ya no podemos pensarnos sin ellos. En el 360º sobre Cartografías ofrecemos las reflexiones de Simon Sellars, periodista experto en tecnología, arquitectura y la obra del novelista J.G. Ballard —uno de los grandes cartógrafos de un presente indistinguible del futuro—. Aquí podéis empezar a leer gratis su texto, que nos lleva del punto de vista de Dios al recuerdo de nuestros propios fantasmas en una pantalla plana.

«Queremos crear un espejo digital del mundo.»

Karin Tuxen-Bettman, geoestratega de comunicación de Google Earth, a bordo de un barco de Google que mapeaba el Amazonas en 2011.

Cuando abres Google Earth, se sitúa por defecto a una altura de 11.000 kilómetros sobre el planeta. El efecto es de placidez, en parte por el ligero brillo de la panorámica espacial y en parte por la sensación de no estar atado a nada. Las límpidas imágenes, aportadas por la NASA, muestran el mundo con un detalle fotorrealista. Es la expresión definitiva de lo que los cartógrafos llaman el punto de vista de Dios: el deseo de una objetividad visual absoluta en los mapas, presentando cada región del globo en su lugar correcto.

Pero los mapas mienten. Naturalizan los límites y extremos del planeta de modos que responden a razones ocultas. El mapa más popular del mundo, la proyección Mercator, es un modelo cartográfico de la realidad basado en una tergiversación descarada. En el mundo de Mercator, los países no tienen tamaños relativos entre sí. Los tamaños de los países norteamericanos y europeos están tremendamente exagerados, mientras que los de las naciones del Tercer Mundo están muy reducidos. Durante los años 70 y 80 del siglo pasado tuvieron lugar las llamadas «guerras de los mapas», en las que un nuevo modelo de mapa, la proyección Gall-Peters, se enfrentó al Mercator, al que se acusaba de ser un símbolo represor del colonialismo eurocéntrico.

Google Earth es más que el punto de vista de Dios, más que un mortal mirando a través de los ojos de Dios. En Google Earth, nosotros somos Dios. Vemos por encima, por debajo, dentro y afuera. Vemos en el más allá, con una visión extra fuera del alcance de nuestra condición mortal. Vemos los fantasmas de amigos y extraños fallecidos. Nos vemos a nosotros mismos. Si el punto de vista colonial de los mapas Mercator es un modo incómodo de instalarse sobre el planeta (esperando que los salvajes se queden en su lugar y no agiten el orden establecido), entonces Google Earth, con sus derivaciones —Google Maps y Google Street View— es un mundo paralelo que se infiltra en este.

Las «trampas de copyright» son detalles falsos que los cartógrafos insertan en los mapas para pillar a los plagiadores. Se puede demostrar que alguien ha copiado y publicado el mapa sin permiso porque incluye una calle que lleva en la dirección equivocada o un edificio que no existe. En Street View, esos objetos imposibles son el pan nuestro de cada día. Los límites de Google son porosos. Se disuelven. Nunca en mi vida he visto algo tan hermoso como las autopistas fundidas de EEUU, resultado de los fallos técnicos en las proyecciones de Google. Google Earth juntas imágenes tomadas en momentos diferentes del día. A veces se pueden ver las costuras donde el proceso no se ha cerrado del todo. Puede ser una nube de luz separada por colores RGB alrededor de un objeto, o un tornado de píxeles erróneos, amarillos y rosados, ascendiendo hacia el cielo. A veces, cuando la conexión es lenta, al moverse a través de una ciudad con Street View se revela el mecanismo de entrelazado de las imágenes. Puede verse cómo el frente de un edificio se desliza desde el fondo, comprimiendo la arquitectura en una delgada banda de luz, de modo que semeja una fachada delgada como un folio que encaja en su lugar. La realidad se convierte en un escenario y los decorados cambian ante tus ojos.

A veces, el algoritmo de Google Earth mapea una textura sobre otra, produciendo paisajes encantadores. El paso elevado de una autopista, suspendido sobre la tierra, sigue con precisión el terreno ondulado de un amplio valle, produciendo un sistema vial retorcido y fluido de otra dimensión. Las nubes manchan los contornos de una montaña como una manta blanca, esponjosa y ajustada. Hay rascacielos aplastados contra el suelo que, de algún modo imposible, proyectan una sensación tridimensional de altura. Google Earth es un Mercator digitalizado, aplastando las dimensiones desproporcionadas en un sistema totalizador con su propia lógica interna (en realidad, Google Maps está basado en una variante de la proyección Mercator). Cuando también los mapas del iPhone de Apple empezaron —involuntariamente— a escupir extrañas topologías nuevas a toda velocidad, la empresa fue objeto de mofa generalizada, pero yo pensé que eran enormemente poéticas, un mundo en el que me gustaría mucho vivir: el campo de distorsión de la realidad de Steve Jobs.

De niño me fascinaban los mapamundis, que eran siempre los de Mercator. Hasta la adolescencia no me di cuenta de que Groenlandia no era el doble de grande que Australia, como afirma la proyección de Mercator, sino que en realidad Australia era tres veces más grande que Groenlandia. Mi hija tiene dos años y ya está fascinada con mi iPhone, que a menudo, siguiendo mi obsesión, muestra mapas de Google y Apple. Quizás se pase los próximos años pensando que es completamente natural que las autopistas se hundan y doblen en el paisaje como tiras de regaliz. Google Earth puede ser un Mercator digital, pero no miente. No lo necesita. Lo expone todo y puede permitírselo, pues su arma es la seducción.

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Mapas del turismo global, por Yolanda Onghena y Claudio Milano

Turistas ante la famosa Pedrera del Paseo de Gracia, en Barcelona.
En un 360º sobre Cartografías no podía faltar la reflexión sobre cómo cambia el mapa del turismo, cómo y por qué los destinos que atraen a visitantes de todo el mundo cambian o se popularizan, y de qué modo el turismo es o no una posibilidad para un sincero encuentro cultural. Aquí podemos empezar a leerlo de la mano de los antropólogos Yolanda Onghena y Claudio Milano.

Una de cada siete personas del mundo se desplazó por turismo durante 2014. A mediados del siglo XX, un número muy reducido de países acogía a 25 millones de turistas. En 1995 eran 528 millones; en 2014, 1.138. Quien viva en uno de los lugares que reciben a parte de esos visitantes no necesitará que le digamos que el turismo se ha convertido en uno de los sectores de mayor crecimiento de la economía global, tanto en economías avanzadas como en las emergentes. ¿Pero ha cambiado el turismo o sigue sólo la estela de otros cambios globales? Algunos acontecimientos de ámbito mundial —el fin de la Unión Soviética y la transformación de China y Vietnam en economías de mercado, o los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos— han afectado al fenómeno turístico tanto dentro como fuera de Occidente. En palabras de los investigadores Erik y Scott Cohen, lo primero generó «la apertura de estas enormes regiones a la llegada de turismo, sobre todo occidental, mientras que sus florecientes economías liberalizadas hicieron crecer el flujo de turismo saliente hacia sus países vecinos y hacia Occidente»; lo segundo «fue seguido de ataques terroristas contra instalaciones turísticas en otras partes del mundo, acentuando la relación entre turismo y terrorismo, agravando la sensación de riesgo en los viajes y llevando a medidas de seguridad más estrictas en el turismo mundial».

El turismo es el producto de una confluencia de elementos, materiales e imaginarios, subjetivos y colectivos, contextualizados en entornos políticos, económicos, culturales y sociales determinados. Cualquier transformación de uno de los factores modifica la naturaleza del turismo. ¿Cómo generan estas transformaciones un cambio en la demanda, la experiencia, el éxito o el abandono de un destino turístico? ¿Qué análisis crítico podemos inferir del modo en que el sistema turístico se hace cargo de los cambios, en la constante búsqueda para diversificar la oferta?

En este panorama, esos cambios no son cortes tajantes sino procesos de transformación, de un flujo a otro, de una relación a otra, de un destino a otro. Puede sernos de ayuda plantear el cambio del fenómeno turístico a partir de la movilidad —su elemento esencial— y de la seguridad —su condición necesaria—. La pregunta final que se planteará entonces es: ¿El turismo favorece o banaliza la dimensión cultural del encuentro entre personas, entre sociedades?

Hoy en día la movilidad no es sólo movimiento físico sino también de ideas e imágenes, expectativas, paisajes virtuales. «El concepto de movilidades abarca tanto los movimientos a gran escala de personas, objetos, capital e información a nivel global, como los procesos a escala local, como el transporte diario, el movimiento a través del espacio público y el recorrido de cosas materiales dentro de la vida cotidiana», afirman los estudiosos Hannam, Sheller y Urry.

Taleb Rifai, secretario general de la Organización Mundial del Turismo (OMT), lo tenía claro cuando en la reciente ITB de Berlín de 2014, la feria de turismo más importante del mundo, afirmó que «la revolución en el mundo de los viajes, unida a la revolución tecnológica, está reconfigurando nuestra sociedad, mientras las tecnologías están transformando el sector turístico». Dos revoluciones vinculadas con un resultado clave: en una especie como la nuestra, que siempre se ha desplazado, las transformaciones del fenómeno turístico están relacionadas con nuevos tipos de tecnologías que posibilitan viajes más cómodos.


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