El carbón se acerca en una pila negrísima. Cuando le da el sol, brilla como una joya. Va a remolque de un camión, que frena poco a poco hasta detenerse del todo unos metros más allá de donde esperamos. Martí deja su mochila a mi lado y corre hasta la cabina para hablar con el conductor. Ha parado enseguida, no hace ni diez minutos que hacemos autoestop en el cruce de la carretera principal con la entrada del pueblo, al lado del cementerio islámico. Miro el pueblo: sus casas con tejados de amianto y chapa, tres rebaños de vacas, unos caballos que pastan solos, la mezquita azul turquesa, cuatro calles sin asfaltar y las montañas escarpadas detrás, como una corona de cumpleaños que recorta el cielo.
Martí pega un grito y me dice que sí con la cabeza. Recojo como puedo las mochilas, corro hacia el camión y trepo para entrar en la cabina. El camionero me saluda —un chico joven, cara amable— y señala mis pies para decirme que me quite las zapatillas llenas de polvo antes de adentrarme en su...
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