He pasado la tarde en una plaza mirando una paloma. Estoy solo en Buenos Aires. He intentado hipnotizarla. No ha funcionado. Estoy a 13.000 kilómetros del lugar donde enterraron mi ombligo, metáfora mediante, en Occidente no enterramos los ombligos al nacer. Estoy aquí por trabajo, por la escritura, por el viaje, soy escritor de viajes, una ridiculez. Después de pasar la tarde intentando hipnotizar la paloma ha pasado un perro cojo. Y me ha puesto a caminar. Evito con rigor de quirófano todos los lugares emblemáticos de la ciudad. Un escritor de viajes que se precie no puede perder el tiempo en el Malba ni en la Boca ni en los bosques de Palermo. Un escritor de viajes que se tenga un minúsculo respeto corre en dirección contraria a los siete lugares que recomiendan las guías turísticas. Sigo mi novísimo y antiturístico camino. Voy cojeando, como el perro. A veces cojeo, cuando el clima cambia, y en Buenos Aires cambia cada cinco minutos. “Si no te gusta el clima de Bogotá, espera cin...


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