Antes de viajar a la Antártida, varias veces imaginé los mitos repetidos por hombres y mujeres que durante días y noches soportaban la soledad.
Leyendas sobre animales insospechados, ágiles y voraces, que, camuflados en la nieve, aparecían para atacar desde la nada.
Historias de marinos que, luego de muertos, seguían recorriendo esa vastedad pálida con los perros polares delante del trineo, azotándolos con furia.
Aves del tamaño de helicópteros, de garras filosas y plumas oscuras y brillantes.
Mujeres de cola de pez verde nácar que, al sentirse vistas, desaparecían en el agua cristalina, refugiándose en la profundidad.
Túneles que llevaban a ciudades ocultas hacía miles de años.
Apariciones traslúcidas, figuras escurridizas.
Hechizos, maleficios, promesas incumplidas: misterios que debían flotar sobre las bases antárticas como las estrellas en el negro.
Sin embargo, al llegar descubrí que en la Antártida no había leyendas ni historias mágicas. No había cuentos ni relatos fantásticos. La naturaleza es tan áspera que quienes viven allí solo se ocupan de sobrevivir.
Descubrí también que, aunque sin sirenas ni monstruos, las anécdotas que militares y científicos repetían en tardes de tormenta eran tan asombrosas que merecían ser narradas.
***
El lunes 2 de febrero de 2014, a ocho cuadras del Obelisco, un prefecto de civil fuma en la calle mientras espera. En Buenos Aires aún no amanece. La brasa del cigarrillo relumbra poderosa. Se va sumando más gente. No nos conocemos. El silencio entre nosotros aparece como algo natural. El micro se detiene a metros de donde estamos, la entrada de la Dirección Nacional Antártica, y el conductor baja. Vamos metiendo nuestros equipajes en la bodega. Yo tengo dos valijas: en una, solo entraron las botas y una campera. En la otra llevo el resto de la ropa. Subo al vehículo y espero. Poco después, el micro arranca y se dirige hacia la base de la Fuerza Aérea de Palomar. Al llegar, bajamos y dejamos los bolsos en una sala de espera. Una mujer vestida con uniforme militar nos dice que nos acomodemos, que en un rato vamos a salir.
—¿No nos dan un pasaje, un papelito? ¿Nada? —pregunta alguien acostumbrado a los vuelos comerciales.
Pero acá no hay fechas ni horarios de partida ni números de asiento ni servicios a bordo. Nos vamos a la base Doctor Alejandro Carlini, una de las siete bases permanentes que Argentina tiene en la Antártida; la que concentra el trabajo científico.
Sin embargo, al llegar descubrí que en la Antártida no había leyendas ni historias mágicas. No había cuentos ni relatos fantásticos. La naturaleza es tan áspera que quienes viven allí solo se ocupan de sobrevivir.
En ella, biólogos, geólogos, glaciólogos e ingenieros desarrollan estudios relacionados con la flora, la fauna y el clima.
Hace unas semanas nos dijeron que saldríamos el 25 de enero; avisaron que preparáramos el bolso y estuviéramos atentos al celular. Pero el llamado no llegó y el vuelo se acabó postergando otra semana.
Y al fin estamos en el Hércules, un enorme avión de la Fuerza Aérea en el que caben sesenta y cuatro paracaidistas con sus equipos. Nada recubre las paredes ni el techo: se ven los cables, las membranas: un avión impúdico de ventanas circulares, sin alfombras ni azafatas.
Pero acá no hay fechas ni horarios de partida ni números de asiento ni servicios a bordo. Nos vamos a la base Doctor Alejandro Carlini, una de las siete bases permanentes que Argentina tiene en la Antártida; la que concentra el trabajo científico.
Lo pilotan dos hombres. En la cabina, junto a ellos, toma mate un mecánico. Hay, además, un segundo mecánico que controla el radar, y un quinto hombre cuya única función parece ser la de mirar al resto. En la parte trasera, dos militares revisan la carga. No vamos directos a la Antártida, sino que haremos una es cala previa en Río Gallegos. Ni siquiera vamos directos a Río Gallegos: también habrá una escala a medio camino para cargar nafta. Llegar a la Antártida no es tan sencillo.
Los cuarenta pasajeros nos sentamos enfrentados, sobre unas redes rojas. Unos junto a otros, brazo contra brazo, pierna contra pierna. Entre los pies, los bolsos. La mayoría dormita o simula dormir. El ruido es infernal. Algunos llevan auriculares industriales; otros, tapones para los oídos; los menos experimentados comparten pedazos de algodón. El Hércules tiene cuatro turbinas con hélices de paso variable. Es decir, que pueden desplazar el aire hacia atrás o hacia delante, lo que permite el aterrizaje en pistas cortas.
Para decirle algo al compañero que uno tiene al lado hay que gritar. La poca luz que se filtra por las ventanas reduce las posibilidades de lectura.
Cuando ya estamos en vuelo, me entran ganas de hacer pis. He visto a varios militares caminar hacia la parte de atrás del avión. Imagino que allí está el baño.
—¡¿El baño?! —grito.
Uno me señala una cortinita bordó, al fondo. Se acerca y hablando en voz muy alta, junto a mi oído, dice:
—¡Andá ahí y envolvete con la cortina!
El proceso de orinar a siete mil pies de altura requiere de una destreza y una disciplina mental asombrosas. Uno debepararse sobre una tarima y apuntar a una semiesfera metálica que tiene el tamaño de un pomelo. No sé si es por el ruido en sordecedor, por la falta de práctica o por la sensación (falsa) de que varias personas me están mirando. Pero a pesar de tener la vejiga hinchada, a punto de explotar, no sale ni una gota. Luego de un tiempo (excesivo) envuelto en la cortina, decido rendirme y volver a mi asiento, pensando en qué técnicas usarán los militares para resolver el asunto.
Llegar a la Antártida no es tan sencillo
En la escala para cargar nafta, constato con una mezcla de alivio y orgullo (por lo concurrido del baño) que mi falta de destreza es común entre los civiles. Unas horas más tarde, ya estamos en Río Gallegos.
El aeropuerto militar de Río Gallegos cuenta con habitaciones. Allí los pasajeros pueden pasar dos, tres o veinte días ilusionados y a la espera de que llegue el clima propicio para despegar hacia la Antártida. Para poder hacerlo tiene que abrirse una «ventana climática»: un agujero entre las nubes, una nada despejada de niebla, de vientos, de huracanes y de tormentas furiosas. Nosotros tenemos suerte: dos días después, nos avisan de que ya podemos partir.
—Pónganse la ropa de abrigo.
—Pero si hace veinticinco grados.
—Pónganse la ropa de abrigo.
Todos tenemos la misma ropa (igual color, distinto talle) prestada por la Dirección Nacional Antártica. La indumentaria la componen un pantalón térmico, unas medias, un pantalón de Gore-Tex, unas botas, una remera térmica, otra más gruesa, un buzo, una campera de polar, una campera rompevientos, unos guantes y un gorro. Unas horas después, transpirados por la calefacción del Hércules y la abundancia de ropa, aterrizamos en la Antártida.
Dos veces, el planeta se cubrió casi completamente de hielo, incluyendo los océanos. La Tierra, como una canica congelada. El fenómeno, que la geología glacial llama «efecto pelota de nieve», ocurrió primero hace 720 millones de años. Y, por segunda vez, hace 650 millones de años.
Por aquella época no existían los continentes que ahora memorizamos en la escuela: todos permanecían agrupados en una especie de supercontinente al que se llamó Pangea. Del griego, «toda la tierra». Pero hace unos doscientos millones de años ese continente mayúsculo empezó a desgajarse en dos: Gondwana y Laurasia. El mundo empezaba a tomar su forma actual, aunque sin prisas, con esa concepción del tiempo tan particular de la geología.
Cambiaba la forma del planeta y, también, el clima. Hace unos 150 millones de años, llegaron épocas cálidas. Los Diplodocus estiraban los cuellos y comían hojas de coníferas y palmeras enanas, y los Ceratosaurus perseguían a otros dinosaurios.
Pasaron más siglos. Y, con una parsimonia tectónica, de Gondwana empezó a despegarse la Antártida. Sin prisa pero implacable. De Australia por un lado, de América por el otro. Entre unos 41 y 34 millones de años atrás, entre América y la Antártida comenzó a abrirse el pasaje de Drake. Uno de esos movimientos provocó que una placa oceánica (la de Phoenix) se deslizara debajo de la placa antártica: las rocas de la que quedaba sumergida fueron sometidas a altas temperaturas y presiones. Esto generó volcanes y magma que dieron su forma al sexto continente.
El fenómeno, que la geología glacial llama «efecto pelota de nieve», ocurrió primero hace 720 millones de años. Y, por segunda vez, hace 650 millones de años
El clima siguió siendo templado durante una buena temporada, pero, al separarse los continentes y conectarse los océanos, apareció la corriente circumpolar antártica, que funciona como un aislante térmico. Hace 34 millones de años, la Antártida empezó a acumular hielo de forma permanente y, con los ciclos fríos posteriores, el casquete fue creciendo hasta alcanzar las dimensiones que conocemos: mayores que Europa y que Oceanía. Hace unos cuatro millones de años —antes de ayer, si nos ponemos el reloj de la geología— unos procesos de fracturación provocaron que algunas islas se separasen del margen norte de la península antártica, formando el archipiélago de las islas Shetland del Sur, donde ahora aterrizamos.
Concretamente, en una isla que los argentinos llamamos 25 de Mayo, que los rusos conocen como Ватерло́́о́ (Waterloo), los chilenos como Rey Jorge y el resto del mundo como King George.
La isla está a 120 kilómetros de la península antártica, esa lengua de hielo blanco que se ve en los mapas. En los meses más fríos, la temperatura es algo más llevadera que en la Antártida continental. Sin embargo, el viento y las lluvias hacen que el clima sea más húmedo.
En esta isla hay bases de varios países. Además de la base argentina (2602 metros cuadrados), hay una base chilena (la más grande de esta isla), una china (con cancha de bádminton, estaciones de satélite y dormitorios para 150 personas), una surcoreana, una polaca, una peruana, una uruguaya, una brasilera y una estadounidense (en la que solo entran cinco personas). Pero, más allá de los 34.5 kilómetros cuadrados que ocupan las bases y algunas pingüineras, el 80 % de esta isla está cubierta de hielo.
Hielo es todo lo que vemos cuando nuestro Hércules aterriza en la pista de 1300 metros de la base chilena Frei. Apenas llegar, algunos filman la nada que nos rodea; otros tratan de ponerse las camperas y los gorros.
A lo lejos, se ve una construcción que, en este entorno, aparece surrealista. Mide quince metros de altura, está construida con madera y coronada con cúpulas y cruces: es una iglesia ortodoxa rusa. Pero no hay demasiado tiempo para apreciarla porque un militar con anteojos espejados hace gestos ampulosos con las manos y nos grita que lo sigamos.
Desde la base chilena, nos llevan en dos botes Zodiac MK 4 hasta el barco Suboficial Castillo. Subimos al barco. Dejamos los bolsos a la intemperie. Y, temblando en la cubierta, sin escuchar más que sonidos de agua y hielo, quedamos encandilados por el paisaje.
La luminosidad del cielo se difumina en nubes grises superpuestas. No termina uno de saber si son varias, una junto a la otra, o la misma, enorme y suspendida sobre el frío. El mar es casi negro. Mi primera impresión es que la nieve, el agua, el cielo, las rocas, el pingüino que se desliza por el hielo, la gaviota que nos sobrevuela, todo está en la gama de los grises. Salvo en la ropa que llevamos puesta, no distingo colores que escapen a esa paleta.
Minutos más tarde, en otro Zodiac, llega el prefecto que, a ocho cuadras del Obelisco, esperaba fumando. En la cubierta, los bolsos están cubiertos de nieve. A pesar del viento y las gotas heladas, el prefecto fumará tres cigarrillos mirando el horizonte. Se llama Diosnel Villalba, tiene la cara regordeta, los ojos bien oscuros y un trato cálido y amable. Va a quedarse un año en la base.
—Lo mejor para la Antártida es tener paciencia y estar tranquilo —dice cuando le pregunto si no le inquieta pasar tanto tiempo aislado, lejos de su familia.
El barco, aún en marcha, parece detenido: en este contexto blanco las referencias desaparecen.
Mi primera impresión es que la nieve, el agua, el cielo, las rocas, el pingüino que se desliza por el hielo, la gaviota que nos sobrevuela, todo está en la gama de los grises
Cuando llegamos a la base Doctor Alejandro Carlini, situada en otro sector de la isla 25 de Mayo, exactamente a los 62º 14’ latitud sur, a los 58º 40’ longitud oeste, a metros del cerro Tres Hermanos y en la orilla de la Caleta Potter, ya es de noche. Los buzos arrojan por la borda escaleras y sogas. Nosotros bajamos hacia los botes despacio, con temor y respeto. En la orilla, las botas nos protegen del agua helada. A unos metros, en tierra, varios militares y científicos nos esperan.
—Hay un problema —dice el jefe militar, después de darnos la mano, a tres mil kilómetros de Buenos Aires. Lleva un gran camperón verde y el pelo hacia atrás, como engominado—.
En la lista que tengo no aparecen todos sus nombres.
En el silencio de la isla digo tímido:
—Puede que yo no esté anotado.
—¿Cómo te llamás?
Y verifica.
—No. Tu nombre no figura.
—Pero tengo un papel…
—Luego lo vemos —le dice a su segundo—. Ponelo en la segunda habitación del alojamiento nuevo. Escurridiza, la burocracia alcanza lugares insospechados.
Fragmento de ‘Antártida. 25 días encerrado en el hielo’
Federico Bianchini
(Libros del K.O., 2026)
