Quiel vive a unos diez minutos andando de Little India. El barrio está vestido como si le hubieran llovido los colores. Es el Deepawali, una especie de año nuevo hindú. Las calles y comercios están decorados con pavorreales gigantes y arcos de flores. En una explanada han levantado un animado tianguis en el que exponen artículos para la festividad: lamparitas de aceite, ropa tradicional, joyas, especias, dulces, rangolis… Un escenario anuncia que, al atardecer, todo será danza y música.
El epicentro de la celebración es el templo Sri Veeramakaliamman, cuya fachada impresiona por su intrincada decoración tridimensional de figuras mitológicas. A Arnau y a mí nos absorbe su alegría. Los devotos ofrecen flores, fruta, incienso y briks de leche a la diosa Kali. Esa sinfonía de texturas y rumores es algo completamente nuevo para mí. Y sin embargo, un destello me es familiar. Entre los muchos ramos acomodados al pie de un altar, creo reconocer una flor. Me acerco para olerla. Aunque la amalgama de perfumes que desborda el sitio dificulta la tarea, mi memoria reconoce la fragancia. Pero es sobre todo su radiante color naranja lo que me hechiza.
Un escenario anuncia que, al atardecer, todo será danza y música
De repente estoy a miles de kilómetros de allí, decenas de años atrás, una niña pequeña ante su primer altar. Mi madre, a mi lado, guía mi mano hacia dónde colocar las velas, las calaveras, el pan. Puedo escuchar su voz con claridad: «Con estas flores marcamos el camino de nuestros muertos para que sepan volver a casa».
―Genda ―pronuncia una señora a mi lado. Yo, de súbito, separo mi nariz de las flores. Creo que me regaña por alguna ofensa involuntaria. Repito su palabra con una interrogación, temiendo que quiera echarme del templo―. Marigold ―dice entonces, como si me tradujese un secreto sagrado que ambas compartimos sin saberlo―. It’s a typical Indian flower ―añade.
―¡Ah! ¡Cempasúchil! ―pronuncio yo el nombre con el que la conozco―. ¡Es cempasúchil! ―Me giro, emocionada, hacia Arnau; pero él está hipnotizado por lo que ve a través de su lente.
La cempoalxóchitl o cempasúchil es la inconfundible flor naranja con la que en México veneramos a nuestros seres queridos el Día de Muertos. Su nombre significa «flor de veinte pétalos». La historia trasladó esta planta desde Mesoamérica hasta la India pasando primero por España. Allí la llamaron «clavel de moro». Por su exotismo, mucho tiempo se pensó que provenía de África. El error se transmitió por toda Europa al grado de que en República Checa la llaman afrikán. En la India, su intenso color animó a las personas a utilizarla en sus rituales religiosos hasta que, finalmente, tomó un papel sobresaliente en sus festividades.
La cempoalxóchitl o cempasúchil es la inconfundible flor naranja con la que en México veneramos a nuestros seres queridos el Día de Muertos. Su nombre significa «flor de veinte pétalos»
Singapur siempre fue un puerto clave en las rutas comerciales asiáticas. Los indios de la India ya lo visitaban desde mucho antes de la colonia. Sin embargo, no hubo asentamientos significativos sino hasta el siglo XIX, cuando los ingleses explotaron su geografía. Los británicos, que controlaban la India desde un siglo atrás, traían trabajadores de allí para sectores como la construcción y la seguridad policial. Con ellos, migró a Singapur también el cempasúchil.
Genda, en hindi, significa «flor santa». En la India, evoca el renacer. De allí que abunde durante el Deepawali. Las culturas prehispánicas de Mesoamérica, por su parte, la relacionan con los muertos. Su luz y aroma guían a las ánimas al otro mundo. O al nuestro, cada 1 y 2 de noviembre. Si se mira bien, en realidad, en ambas culturas se trata de tener fe en el renacimiento.
Genda, en hindi, significa «flor santa». En la India, evoca el renacer
―It’s a typical Mexican flower too ―le comparto a la señora. Siento una chispa de agradable sorpresa en su reacción; pero no le explico el origen de la planta. Creo, firmemente, que origen no significa pertenencia.
Fragmento de ‘Dugongo‘
de Ale Oseguera
(Yegua de Troya, 2026)
