Me llamo Zuhaitz Gurrutxaga. En los últimos años he sido músico, actor de teatro, monologuista, presentador de televisión y ahora escritor, pero todavía hay personas que me recuerdan como futbolista: la gente es rencorosa. Aunque parezca mentira, fui futbolista profesional durante quince años, cuatro de ellos en Primera División con la Real Sociedad. Digo que parece mentira viéndome ahora en los escenarios, presentando programas o escribiendo un libro, pero algunos cabrones con memoria te dirían que todavía parece más mentira si me vieras pegarle a un balón. A mí lo que menos creíble me parece es lo de escritor. Por eso quería liarte, Ander, para que me echaras una mano con esta historia. Me parece que no es mal asunto para ti, porque los lectores pensarán que todo lo que no les ha gustado del libro será culpa mía.

Todavía hay personas que me recuerdan como futbolista: la gente es rencorosa

En fin, yo quisiera contarte los altibajos de mi carrera deportiva, aunque en realidad altibajo solo tuve uno: la subida rápida hasta llegar a la Champions League con la Real y a partir de ahí un descenso interminable por los campos de Segunda, Segunda B y Tercera, y más abajo todavía, por las profundidades de los bares nocturnos, cuando me peinaba un tupé, me perfilaba un bigote de moderno y salía a los escenarios a decir que era futbolista, que tenía partido al día siguiente, y a cantar canciones canallitas con mi guitarra y una botella de whisky.

Por el camino me pasaron algunas cosas complicadas que hasta ahora nunca he querido contar.

En 2003, cuando era jugador de la Real Sociedad, estábamos a punto de ganar la Liga, faltaban dos jornadas y yo…

… joder, me cuesta mucho contar esto.

Es que no quiero ni pensar cómo se lo van a tomar algunos. A ver cómo se lo explico a los aficionados, a ver qué dirán de mí esos periodistas que son los mayores forofos de la grada, a ver cómo les cuento que yo era futbolista de la Real y deseaba que perdiéramos la Liga.

Yo no tenía nada contra la Real Sociedad. Al contrario: es el club de mi vida. Me volví loco de contento cuando me llamaron a los trece años para jugar en el equipo infantil y nunca he sentido tanto orgullo como cuando me vestí por primera vez la camiseta txuri-urdin. Subí todas las categorías, en enero del año 2000 debuté en Primera División y durante unos meses fui una estrella, el chico que iba a tomar el relevo de los defensas legendarios de la Real y que iba a marcar una época. La Real me permitió cumplir todos mis sueños. Lo que yo no sabía es que cumplir tus sueños puede ser una manera de arruinarte la vida.

A ver cómo les cuento que yo era futbolista de la Real y deseaba que perdiéramos la Liga

Tres años después de mi debut, cuando viajamos a Vigo en la penúltima jornada de la Liga 2002-2003 con la posibilidad de proclamarnos campeones, yo tampoco sabía que lo mío tenía un nombre, un diagnóstico y un tratamiento. Solo sabía que un año antes, en una noche de verano, toda la presión que se me había ido acumulando estalló y mi cabeza voló por los aires. Nunca volví a ser el mismo. Primero sentí un pánico que no me dejaba ni dormir, luego me fui hundiendo en una tristeza profunda, una angustia permanente, unos miedos y unas obsesiones que me empujaban a hacer cosas extrañas. Ahora cuento todo esto, se lo cuento a mis amigos y hasta lo cuento en este libro, pero en aquel momento no me atrevía a decírselo a nadie, salvo a mi madre. Era futbolista de Primera División y dedicaba todas mis energías a disimular mi locura —porque entonces yo no tenía otra palabra para nombrarlo más que locura—, así que perdí la capacidad de concentrarme en el juego, deambulaba por los campos como un fantasma y el entrenador empezó a dejarme en el banquillo. Yo cada vez pintaba menos en la Real. Y el fútbol se convirtió en una pesadilla.

La Real me permitió cumplir todos mis sueños. Lo que yo no sabía es que cumplir tus sueños puede ser una manera de arruinarte la vida.

La temporada 2002-2003 fue la mejor para todos y la peor para mí. Ganábamos un partido detrás de otro, nos pusimos líderes y estábamos ya muy cerca del título de Liga, algo que la Real solo había conseguido dos veces en toda su historia y que parecía que nunca más iba a repetir, por la diferencia estratosférica que habían abierto el Real Madrid y el Barcelona con el resto de los equipos. Pero de repente estábamos ahí, a dos pasos del campeonato, y todo el mundo andaba eufórico: los futbolistas, los aficionados, la prensa, toda Donostia, toda Gipuzkoa. Todo el mundo hablaba maravillas de la Real a todas horas, todo el mundo se entusiasmó, todo el mundo estaba feliz justo cuando yo pasaba el peor momento de mi vida. Me sentí muy solo. Cada vez que la Real ganaba, y ese año ganaba un domingo sí y otro también, todas las personas a mi alrededor lo celebraban, yo era incapaz de alegrarme y eso me hacía sentirme todavía más alejado de los demás, como si flotara a la deriva por el espacio y me alejara de la Tierra hacia una oscuridad cada vez más profunda. Me cuesta mucho decir esto, pero espero que los aficionados me comprendan: cada triunfo de la Real aumentaba mi sufrimiento. Las pocas veces que perdía, el lunes me encontraba con las caras serias de mis compañeros en el entrenamiento y me sentía menos solo. Me daba un poco de alivio. Por eso, cuando viajamos a Vigo, a mí me daba terror la idea de ganar la Liga. Imaginaba las celebraciones, las fiestas, los recibimientos públicos, en un momento en el que yo solo quería encerrarme en mi cuarto y llorar.

Era futbolista de Primera División y dedicaba todas mis energías a disimular mi locura —porque entonces yo no tenía otra palabra para nombrarlo más que locura—, así que perdí la capacidad de concentrarme en el juego

La Real perdió en Vigo. No me alegré, porque en esa época no había nada que me alegrara, pero seguro que fui la persona de toda Gipuzkoa a la que menos le afectó. Sé que muchos aficionados viajaron hasta allí y sufrieron una decepción enorme, no quiero ofenderlos, les pido perdón, pero quiero que entiendan que mi problema no era que la Real ganara la Liga, sino que en esa Real jugaba yo. Y no soportaba la idea de vivir algo que en principio era increíble, maravilloso, algo que ni en el mejor de los sueños de infancia me habría imaginado, la idea de ganar la Liga con el equipo de mi vida, y ser incapaz de alegrarme. No soportaba la idea de ser campeón.

Bueno, pues fui subcampeón, que creo que es lo que siempre he sido en la vida. Tampoco está mal, ¿eh? ¡Zuhaitz Gurrutxaga, subcampeón de la Liga de las estrellas! ¿Quieres saber cuánto aporté al subcampeonato? 91 minutos. Yo ya venía en caída libre. Ese año jugué los 90 de un partido entero contra el Deportivo de La Coruña y luego el entrenador ya solo me sacó en el último minuto de un partido contra el Mallorca para perder tiempo. ¿Te ríes? ¿Te parece poco? Igual tú jugaste 92, ¿no?

Quiero que entiendan que mi problema no era que la Real ganara la Liga, sino que en esa Real jugaba yo

En el partido completo contra el Dépor tuve varias intervenciones decisivas: anulé a Roy Makaay, máximo goleador de la Liga y Bota de Oro aquel año; me tiré al suelo para desviar un tiro de Fran y lo metí en nuestra portería; y provoqué un penalti a nuestro favor. Ocurrió en un córner: el balón venía alto y pasado, corrí a por él y cuando vi que iba a salir del área me rocé con Scaloni y me dejé caer. Todo ocurrió en décimas de segundo, pero creo que no me tiré para conseguir un penalti. Creo que me tiré porque entre mis obsesiones estaba el pánico a cruzar las rayas del suelo primero con el pie izquierdo, me estaba acercando a la del área y vi que no me quedaba otro remedio que simular una caída. El árbitro pitó penalti. Menudo escándalo. En ese momento íbamos empate a uno, un gol podía darnos los dos puntos que nos faltaron para ganar aquella Liga, así que yo agaché la cabeza para no cruzarme la mirada con ninguno de mis compañeros, para que no se les ocurriera preguntarme si quería tirarlo yo, y troté de vuelta a mi campo sin mirar atrás, con una mezcla de vergüenza y alivio.


Fragmento del libro, Subcampeón de Ander Izagirre y Zuhaitz Gurrutxaga (Libros del K.O., 2023)