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CARNEÁBAMOS

Oído al pasar
Diego Fonseca

Crecí en pueblos con bailes en los campos. Tocaban tarantella, valses, canzonetti. Había acordeones y mucho piemún cantarín. Carneábamos.

Ese universo, el de los pueblos del interior-interior, medio abandonados por la Historia y por sus propias gentes, era —es— inconcebible para el citadino. Viejos humoristas del costumbrismo ítalo-argentino como Pepe Biondi, Sandrini y Vittori a los pueblerinos de esos territories habitados por piamonteses, lombardos y friulianos, sus hijos y sus nietos, no nos causaban mayor gracia.

La razón de eso: los bares de los pueblos estaban llenos de Biondis Sandrinis Vittoris que competían por la mentira más grande entre Gancias y quesos baratos. Nosotros vivíamos su humor de TV en las charlas de la carnicería y los partidos de truco.

Junto a casa, de niño, estaba el bar de Don Torre, un tipo alto y narigón con voz y ojos de pajarito. Su bar era una broma del tiempo. Sus paredes estaban impregnadas de humo de cigarro bravo; en las mesas resbalaban las manos sobre la grasa que dejaban los salames. Si uno no era local, no entendería la mitad de los diálogos. No sólo por la mezcla de piemún con acentos cordobeses; las complicidades de quienes se conocen demasiado deban por sentados fragmentos enteros de discursos. Las bromas eran intensas y crecían una encadenada a la otra. La chanza y la burla no era para gente sin estómago; ahí se acuchillaba con la lengua. 

El bar de Don Torre era un pedazo de 1920 incrustado en 1975. Había siempre allí un borrachín adormilado con gorra y chaleco de partisano y Pamperos gaucho. 

El partisano dormido estaba anclado al planeta Tierra por un vaso de vino tinto malo con soda. Despertaba, echaba un trago y volvía a dormirse lento. 

El partisano dormido era un tipo inofensivo, uno de esos restos de otro siglo echado en la silla con los brazos cruzados. Un vestigio vivo. 

Cuando alguien entraba, el partisano dormido reaccionaba saludando con un cabezazo corto, parpadeaba dos veces y se dormía mirando al nuevo.

Siempre me llamó la atención ese gesto. Donde otros verían a un borrachito perdido, yo veía a un tipo que controlaba que todo siguiera calmo.

El partisano dormido vigilaba que el tiempo no se rompiera, inventé después. El bar de Don Torre se movía en esa temporalidad viscosa.

Como a las 11, para el vermú, comenzaban a caer gentes en coche, muchas bicis despintadas que apoyaban en la pared y parroquianos de a pie.

También había caballos, que llenaban de bosta el pavimento, atados por la cincha a dos árboles. Los caballos variaban, pero había constantes. 

Un tobiano y un zaino estaban a menudo, por ejemplo. Uno, creo, era del Negro Chanquía, un arriero. Un tipo tranquilo y enorme, musculoso y medio desdentado. 

El Negro Chanquía chupaba con calma, acodado a la barra de Don Torre. Nunca lo ví, como a los demás, meterse en la chanza barata. 

Para el vemú, en el bar de Don Torre se jugaba al truco por plata, corría el Gancia con soda y limón, las aceitunas y el salame en grasa. 

El Negro Chanquía era el otro reposo temporal, el anverso necesario del partisano dormido. El partisano solía prenderse a la timba del truco.

El Negro Chanquía evitaba la suerte del azar. Decían que iba calzado con faca. Como era niño, no me consta. Intimidaba con la presencia. 

Pero aun cuando parecía tremendo, el Negro Chanquía era un relajado como el partisano dormido. Sonreía con una bocota de dientes amarillos.

O sea: un negro arriero en zaino en 1975 en un pueblo de piamonteses y un partisano dormido que sólo despertaba a jugar un naipe de mentirosos. 

Ese universo no era el siglo XIX, no era el XX, era paralelo a todos: un pueblo de la pampa gringa argentina rodeado de tambos y de trigo. 

Un pueblo de cura que morcilleaba en cocoliche y viudas que vestían negro hasta morir mientras comadreaban en lombardo o piamontés.

Un pueblo adonde los colonos entraban en Ford Falcon a comprar suministros: padre-madre-hijo en el asiento de adelante, el de atrás vacío. 

Un pueblo aluvional, hecho de retazos de vidas de todas partes. Un pueblo de grandes mentiras que parían historias fantásticas vueltas verdá. 

Un pueblo inclasificable. Al lado del bar con caballos, Toyotas Celica nuevos; más allá, cancha de bochas y taba atrás de un taller mecánico. 

A la vuelta, una bibliotecaria soltera que te hablaba en francés aunque le hablases en castellano. Tetona, coqueta, de ojos tiernos. 

Algo más allá, un escribano al que trataban como prócer nada más porque había pavimentado treinta cuadras cuando fue alcalde.

Más lejos, una fábrica de tractores gigantes que los hijos del dueño hacían rugir por las calles del pueblo probando motores de madrugada.

En el centro, una municipalidad racionalista levantada por el magnánimo arquitecto siciliano Francisco Salamone, una mole determinante, indestructible, de solidez y arte fascista.

Y un grupo de teatro, Tutti Nui, que escribía y actuaba obras en piamontés, donde dio fau y porca madonna se colaban cada tres frases con madonna vergina y mabáh-nesnún.

Por eso, si me preguntan qué es Argentina, yo sólo puedo responder, tan cierto, que era esa ciudad invisible, tan real antes como inhallable ahora. 

 

Imagen de cabecera, CC Hernán Piñera

Diego Fonseca
Diego Fonseca

 es editor y autor de varios libros de periodismo narrativo, entre ellos Crecer a golpes (Penguin USA), Sam no es mi tío (Alfaguara) o Hamsters (Libros del KO). Su trabajo en ficción incluye la novela La vigilia y los libros de relatos y cuentos El azar y los héroes, El último comunista de Miami y South Beach. También es columnista en The New York Times en español