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OPORTO

Ultraturismos II
Mar Padilla

Sobre las 12 del mediodía el sol atlántico ilumina las gafas negras de una chica, alma adolescente que observa el agua desde la puerta del Lottus, un after no muy lejos de Centro de Congresos de Alfândega. A su vez, sus gafas negras reflejan la luz del río Duero, río de oro. Murmura unas palabras que suenan a alemán y un par de chicos sonríen a su alrededor. A este lado de la ribera, este domingo en la rua de Monchique, el tum-tum-tum del baile intramuros que transciende las paredes del after confirma que si prestamos atención suficiente, todo es hipnótico. Oporto es un puerto viejo donde en el año 1123 el vibrante comercio fluvial —maderas, vinos— dictaba suculentos pagos de aduanas. Hoy, tantos siglos después, el río, con seis puentes sobre su grupa, prosigue inmutable su camino, pero el comercio ha cambiado lo suyo. Ahora prevalece la movilidad turística, presta al servicio del consumo del mundo.

En estos tiempos en que lo cercano representa la decepción, y lo diferente la esperanza, algunos de los que paseamos por las calles de Oporto, venidos o no del mismo continente, fantaseamos con la idea cambiar de vida y ser, de una vez por todas, otros. Por ejemplo: a mí me gustaría poner hoy una pequeña tienda de frutas en una esquina de la rua do Paraiso, madrugar mucho, vender manzanas y alcachofas, charlar sobre el tiempo —«¡estos días de abril hace un calor casi postapocalíptico aquí en Oporto!»—, ver crecer a los críos de la vecina y subir y bajar la persiana, interminablemente, hasta convertirme en una vieja decrépita. Espero ser un día como esta ciudad, bella, con aristas, mil arrugas y con todo caído. 

Hubo unos años en la década de los 20 del siglo pasado en los que prohibieron poner azulejos en las fachadas de los edificios por peligro de desprendimiento. Hay guías de la ciudad para turistas que no quieren sentirse turistas que te enseñan la retahíla de casas abandonadas y aportan datos sobre la locura de la crisis que empezó hace ya más de una década, cuando un tercio de la población activa abandonó Oporto huyendo de un presente negro de desempleo. Y aún años antes, como sucedió en tantas ciudades en el mundo, durante un tiempo el centro urbano quedó abandonado, el corazón helado y fantasmal, mientras las familias con posibles huían en busca de nuevas construcciones y nuevos barrios, en su caso en las poblaciones cercanas al mar. En 2005, un estudio de Porto Vivo, una asociación de rehabilitación urbana, llegó a la conclusión de que apenas un 4% de los edificios de la parte vieja de la ciudad estaban en un estado razonable de conservación. Los demás estaban para el arrastre. Exactamente un 46% necesitaban obras de gran calado y el 50% restante eran considerados irreparables. El Financial Times explica que ahora todo va a mejor: una serie de leyes incentivaron la compra y la rehabilitación de edificios, y en unos años el 69% volvieron a estar en condiciones para vivir en ellos, sea como porteños de este otro lado del Atlántico, turistas de fin de semana, estudiantes de largo recorrido, freelances en busca de un aire de libertad o emprendedores con visión de futuro. 

En cualquier caso, algunos moradores de la ciudad —estos días, yo entre ellos— parecen seguir la máxima de Kingsley Amis: prefieren beberse dos vasos de un oporto apenas decente que uno de cosecha especial. La bebida conocida con el nombre de la ciudad, todo el mundo lo sabe, no es una cosa cualquiera. La diferencia entre este y el resto de vinos es el aguardiente que se añade para interrumpir el proceso de fermentación, de manera que conserva la dulzura original de las uvas. La idea aparentemente descabellada de añadir aguardiente se debe a los comerciantes ingleses que en el siglo XVI, enemistados con los franceses y a causa también de la filoxera que sufrieron las cepas galas, se lanzaron de cabeza a comprar vinos portugueses. Lo que pasó entonces es que el preciado líquido no llevaba bien los viajes a las islas británicas, pero descubrieron que si añadían aguardiente el vino se estabilizaba y resistía las temperaturas y humedades de los trayectos marítimos de la época.

Es una copa de oporto, una de las mejores bebidas del mundo, la que despide el último bocado de una de las especialidades de la ciudad: los callos. Cuentan que Enrique el Navegante salió de Oporto para conquistar Ceuta y que se llevó en su barco toda la carne de la ciudad, dejando a sus habitantes solo los despojos. Así nació el sobrenombre de los de Oporto —tripeiros— y así nacieron las tripas á moda do Porto, un plato de callos con chorizo y judías acompañado de arroz. 

Ayer fue sábado, y en la praça da República montaron, a partir de las doce, un mercado de cosas viejas al sol. Familias jóvenes, turistas y abuelitas nos probamos gafas de hace 30 años, admiramos las portadas de discos de jazz de Blue Note, y buscamos ceniceros de colores. No muy lejos de allí, una tienda llamada Máquinas de outros tempos vende Canon y Leicas de segunda mano como rosquillas. No es extraño. La fotografía analógica le sienta como un guante a Oporto: todo parece dulce y decadente, y las esquinas de las calles piden a gritos instantáneas que constaten la inmortalidad de cada momento. Pero no nos dejemos engañar. Como pasa en tantas ciudades —empezando por la mía propia, Barcelona, donde algunos nuevos bares se disfrazan de viejos-bares-de-toda-la-vida y venden vasitos de vermut a precios de vergüenza—  a veces lo que ha sido real ha pasado a ser una copia de sí mismo. 

Debe tener cuidado Oporto, ciudad invicta, en no sucumbir a la invasión de turistas, que son legión. Muchos de ellos sienten que cualquier viaje, por corto que sea, merece una leve inversión en souvenirs, y en esta ciudad también se acata esta máxima, de manera que puedes ir a la al Mundo Fantástico da Sardinhas Portuguesa, a la Loja das Conservas, o a la Casa Oriental y comprar una lata de sardinas a nueve euros. Así, la realidad pasa a ser una realidad turística, aunque el olor a plástico quemado de las sillas de la terraza al sol junto a la Torre dos Clerigos sea una verdad como un templo.

No tan lejos, en la iglesia de la Misericordia, en la rua de las Flores, celebran una misa, y en la puerta asistimos al gesto de decepción de una adolescente que mira a los ojos de un hombre que entra a haciendo fotos en la ceremonia. Alrededor, en calles, plazas y plazuelas, se multiplican los youth hostels. En el distrito de Oporto se registra el 20% del alojamiento privado de todo el país, y entre 2015 y 2016 se dobló la oferta de alquileres de Airbnb. Mientras, a su vez, en una década el aeropuerto de Oporto ha aumentado su volumen de tráfico en un 260%, la mayoría de vuelos low cost. El país ofrece, además, casi 500 playas, 21 islas, 29 regiones vinícolas y 123 escuelas de surf. Una de las campañas más impactantes de turismo internacional la pusieron en marcha cuando cayó la dictadura de Salazar en 1974. Su lema fue Portugal feel free. 

Pero no descubrimos nada: los turistas aquí son viejos conocidos. En 1911, apenas un año después que el gobierno de Francia, Portugal estrenaba su departamento de Turismo. Y en 1880 ya te podías alojar en el Grande Hotel do Porto. En este hotel de la rua de Santa Catarina de tres estrellas hay una sala vetusta, hermosa como pocas, repleta de periódicos en 5 idiomas. Allí dormitan la siesta, boquiabiertos y repantingados sus huesos entre varios sofás chester diez ancianos británicos. Todos roncan felices menos uno, que lucha por mantener los ojos abiertos y seguir leyendo The Independent. Es cierto, pensamos cogiendo la puerta y bajando, una vez más, hipnotizados en dirección hacia el río: hay un aire inglés en estas calles ventosas. Cabinas rojas de teléfonos, jardines de interior, querencia por la bruma y por las ideas de conquista de puertos lejanos entre ceja y ceja.  La alianza luso-británica es una de las más antiguas del mundo. Se estableció el 13 de junio de 1373 y, aparentemente, continua vigente.  

De golpe, leemos en una pared un poema de Pessoa, un lisboeta que en este escrito se nos antoja inspirado en las maneras de Kipling: «aquí al timón, soy más que yo, soy un pueblo que quiere un mar que es tuyo; y más que el monstruo que a mi alma aterra y rueda en las tinieblas del confín del mundo, manda mi voluntad que a este timón me aferra». Pessoa, que a veces firmaba como Horace James Faber, Charles Robert Anon o Alexander Search cuando escribía en inglés, dijo que el carácter de los portugueses se definía por un exceso de disciplina y un exceso de imaginación, una combinación muy británica también. Siguiendo el hilo, aprendemos que el país ofrece muchísimos campos de golf. El primero, de 1890, es uno de los más viejos de Europa y está en esta ciudad.

No sorprende entonces que aquí el futbol, gran invento inglés, diera pronto sus frutos. El Boavista ya funcionaba en 1903, y el Porto FC se fundó una década antes, en 1893. Al año siguiente se enfrentó al que sería uno de sus eternos rivales, el FC Lisbonense, en un partido que se jugó en un campo de cricket y en el que Amelia de Orleans, última reina consorte de Portugal, entregó el trofeo ganador a los de la capital. Algo más tarde, 110 años después, José Mourinho aterrizó en la misma ciudad para ejercer de traductor de Bobby Robson, el nuevo entrenador del FC Oporto. Allí se empapó de la sabiduría del inglés de Sacriston, al que siguió hasta Barcelona, y donde se quedó cuando llegó Louis Van Gaal. A Oporto volvió Mourinho en 2002, con quién el equipo ganó la Liga, la Taça de Portugal y la Copa de la UEFA en esa misma temporada. Al año siguiente, ganaron la semifinal de la Champions contra el Deportivo de la Coruña, el Superdepor de Javier Irureta, y en la final disputada contra el Mónaco los Dragones de Oporto se llevaron la Copa de la Champions. Una gesta que aún sobrevuela el espíritu de la ciudad. Con este trinufo Mourinho se vengó de una herida en forma de historia futbolística que ha explicado alguna vez: cuando era un niño de 10 años vivió la humillación de que su padre, un entrenador llamado José Mourinho, fuera despedido por teléfono mientras toda la familia se reunía alrededor de la mesa, listos para comer. Era el día de Navidad de 1973.

Otro de los regalos que ofrece esta ciudad son los libros. En la librería In-Libris venden rarezas, en el Mundo Fantasma tienen casi todos los comics, en TimTim por TimTim puedes comprar tebeos y libros de segunda mano, en Utopia venden libros libertarios y feministas, y te quieres quedar a vivir dentro de sus paredes. En Utopia hay una nota que advierte: padres polacos queimam libros da saga Harry Potter. «Onde se queimam libros, acaba-se queimar pessoas». Heinrich Heine.

Oporto es, además, la única ciudad del mundo donde una de sus principales atracciones turísticas es una librería. Entrar en la livraria Lello, en la rua Carmelitas, es hoy imposible: demasiada cola y poca paciencia. Otra vez será, pero queda claro que hay que volver y visitar este lugar. Con más de 60 000 libros, Lello es un sueño Art Nouveau ubicado entre paneles de aire retrofuturista. Una obra de arte de cristal, piedra y madera en pie desde hace más de un siglo. Cuentan que hace unos años la librería estuvo a punto de cerrar por falta de clientes, y ahora es un negocio espectacular. Se venden un millar de libros diarios y cada día pagan cinco euros de entrada para visitarla más de 2 000 personas, la mayoría menores de edad acompañados de adultos. Un milagro libresco gracias a una leyenda urbana sobre un cuento. Desde 2012 diversos blogs y artículos de periódicos empezaron a apuntar el parecido razonable entre la arquitectura de la livraria Lello y algunos espacios —la biblioteca, la escalera— de la escuela Hogwarts de la saga Potter. Cierto o no, eso bastó para cambiar de arriba abajo los magros designios de esta librería, una de las hermosas del mundo. La leyenda puede ser cierta: la escritora J.K. Rowling trabajó unos años de profesora de inglés en la academia Encounter English de Oporto, y es difícil imaginar que una persona que viva en esta ciudad y con querencia por los libros no visite un lugar como Lello.

Aquí te da por soñar imposibles. Oporto, donde se formó el condado de Portocale, segunda ciudad de Portugal que antes fue la primera, volcada al río, invoca el fantasma del mar abierto. De sus astilleros nacieron hace cinco siglos los barcos que dieron la primera vuelta al mundo. Aquí malvivieron en tierra firme marineros que si alcanzaban los 30 años eran considerados grandes veteranos por conocer la vida, y la vida del mar, hecha de soledad, de enfermedad, de brutalidad, y de algo de camaradería y heroísmo. «Una vida de una deshonestidad e insensibilidad persistente», apuntan en el museo del Mundo de los Descubrimientos.

Ciudad aireada, que sube y baja —esas son las mejores—, la gente mayor usa poco el móvil, nadie parece padecer lo que en otros lugares pomposamente se llama fatiga social. Hay ropa tendida al sol en los balcones. Y un turista, ojo infalible a la desaparición de la realidad ante nuestras propias narices, fotografía esas ropas. 

 

Imagen de cabecera, CC Olé Volta

Mar Padilla
Mar Padilla

Periodista barcelonesa. Ex miembro de Las Vegas Crypt, una de las bandas de punk rock más malas de la ciudad. Viajera por ilusión y por desesperación, a partes iguales.