Cuando decimos piedra no decimos nada: decimos

acantilado, guijarro, decimos cal y mármol.

Cuando decimos piedra no decimos tamaño ni forma

ni color, no decimos fósil, ni cristal, ni arena.

En los libros de geología no está la palabra piedra.

Dario Jaramillo Agudelo

 

Ocupo poco espacio en el mundo

Las cosas que no tengo ensanchan mi riqueza

Saboreo la liviana dulzura de sentirme portátil

Esté donde esté, siempre estoy en casa

Eider Elizeg

Eso que hay ahí fuera es un lago al borde de la desaparición. Vivo en el altiplano andino y la desaparición bien puede ser la noche. Tengo conmigo un libro de Marguerite Duras que se llama Escribir y que es la confesión sobre la muerte de una mosca. A ratos transcribo este libro porque lo voy a abandonar y, así, algo de sus palabras se quedan en las mías.

Hace once meses que Azucena y yo viajamos por la columna vertebral de un continente tan bello como herido. Marché con una muerte prendida en mi vientre. Quería encontrar respuestas alternativas que pudieran darme paz ante todo este miedo. Porque tú me sabes: yo no soy hija del mar. En las olas furiosas de los acantilados y en las profundidades negras en mar abierto solo he encontrado mucho pavor ante la nada. El océano es la nada y nosotras ante ella tampoco somos eso. Por eso acudo a la piedra y ante la montaña digo: oh padre, oh madre. Veo deslizarse la nieve entre las grietas como una miel y pienso en mi hijo. Entonces escribo, oh mundo, como si fuera tu única testigo: este lago que desaparece en la noche. La ausencia de otra luz. La cima del Illampu, rey de reyes, sacrificándose en la madrugada.

En las olas furiosas de los acantilados y en las profundidades negras en mar abierto solo he encontrado mucho pavor ante la nada

Le temo tanto a esta muerte que llevo conmigo, tanto, que no podré morir. No podría. Pienso en ti, querida, en ti mirando el mar y sabiendo que perteneces a las aguas calmas del Mediterráneo. Sientes paz, un vaciamiento del mundo, y te haces de su color verde oscuro.

Entonces escribo, oh mundo, para salvar lo que vi. Una isla se hundió en algún otro lugar como se hunde en mi vientre la vida. Una única pregunta que salir a buscar: ¿se puede escribir un poema después del desastre? Los lugares desaparecen con la gente que insiste en nombrarlos hasta que dejan de hacerlo. Pero las semillas no. Los mapas no tienen memoria y yo salvo la mía.

Creí que partía de viaje para contar lo que vi. Esa idea me emocionaba, pero perdí la ilusión muy pronto. Solo me queda decir que el mundo no soy yo. Y que también de esto dudo. Entonces digo Lago, Mujer, Montaña, porque los nombres me acercan a las cosas que vivo. Me transfiguro en mi herida eterna, la de todas las madres que nunca llegamos a ser.

Los mapas no tienen memoria y yo salvo la mía

Amiga mía, te escribo esta carta para recordar que siempre tuve miedo y que aún así intenté escribirlo. El poema, digo. El poema sobre las ruinas. El desastre desangelado. Y lo que escuché por debajo fue una voz urgente que deseaba seguir hablando para salvar todo lo otro.

Qué otro, me preguntaba. Nunca supe qué responder.

Ese monólogo que une la materia y el sueño.

Escríbeme un poema tú también, uno que hable de un pájaro azul que sobrevuela aquellos mares y que los ve siempre desde arriba, sin tocarlos. Así es como quiero que me recuerdes: siempre en lo infinito, en la superficie de un espejo que revela lo que nosotras aún no podemos ver.


Fragmento del libro, Estudio de aves en vuelo de Marina Hernández (Caminar en belleza, 2023)

Imagen de cabecera, pintura de la portada de Estudio de aves en vuelo