A la vez carnaval, fiesta y deporte, la lucha mueve pasiones en todo Senegal, pero tiene un significado especial entre los diola, el grupo mayoritario en la región sureña de Casamance. Corona la temporada de cosecha y ayuda a tejer vínculos más fuertes entre las comunidades; es una razón para volver a casa desde las grandes ciudades. En el viaje con experto a la región que ha organizado Altaïr Viatges se puede conocer la cultura de los diola en profundidad, y esta crónica sobre la lucha adelanta la experiencia de compartir uno de sus eventos más señalados.

Morel se despereza con una nueva sacudida. Abro los ojos, creo que nos hemos parado. Los faros iluminan dos socavones enormes como un cráter y la selva que desborda las cunetas estrechando cada vez más el camino. El conductor baja del coche y examina las ruedas con nerviosismo. Son las tres de la madrugada y nos adentramos en la Baja Casamance, al sur de Senegal, a bordo de algo parecido a un coche, atestado con ocho pasajeros y que se cae a pedazos con cada frenada. En teoría, hace tiempo que la región debería estar en calma, pero los rumores de asaltos en plena noche por parte de los rebeldes son constantes.

Casi nadie se atreve a certificar el final de la Guerra de Casamance. En Senegal, el país más estable de África Occidental, este conflicto supone una anomalía, un forúnculo extraño que infesta su vida desde hace más de treinta años. Comenzó en abril de 1982, cuando miles de manifestantes de Ziguinchor, capital de la Baja Casamance —la fértil región que constituye el granero del país— sustituyeron la bandera nacional del ayuntamiento por una sábana blanca: un gesto que reclamaba la independencia de Dakar. La policía no vaciló en abrir fuego contra ellos. Después llegarían la constitución de grupos guerrilleros, ataques contra Ziguinchor, los  atentados y los secuestros, la vida furtiva del maquis, el sufrimiento y la muerte. Una guerra de baja intensidad que se ha cobrado más de 5.000 bajas y que tiene su germen en el descontento de los diola, etnia predominante en la región, con la mayoría nacional wólof, que acapara, según los primeros, el poder político y económico del país. La mayor parte de Senegal es musulmana; sin embargo, los diola son animistas o católicos, están orgullosos de su singularidad y de una merecida fama de combativos. Hace ya varios años que no se registra ningún atentado y el grupo rebelde MFDC parece haber optado por la vía democrática para cumplir sus ambiciones separatistas. Pero la amenaza del conflicto permanece ahí, y los secuestros y asesinatos aparecen ocasionalmente como una sombra que empaña una de las regiones más bellas de África.

Una zona en la que está prohibido circular de noche: no sólo existe el riesgo de ataques rebeldes, abundan también los coupeurs de route, ladronzuelos con kalashnikov que siembran de alambre de espinos la carretera y provocan accidentes para desvalijar después los cadáveres. Si por casualidad existe algún superviviente no dudan en rematar el trabajo. Estamos en las vísperas de la Fiesta del Tabaski (Eid-al-adha en el resto del mundo musulmán) y todo el país anda escaso de dinero y sobrado de histeria en busca de un carnero lo suficientemente gordo que aportar a la familia. No es el mejor periodo para tentar a la suerte.

La guerra de Casamance comenzó en abril de 1982 cuando miles de manifestantes de Ziguinchor sustituyeron la bandera nacional del ayuntamiento por una sábana blanca

Conocí a Morel hace un par de días, en Tambacounda. Un chico serio, trabaja de camarero en un restaurante y estudia Turismo, quiere montar una agencia de viajes. Un chico listo. ¿Conozco a los diola? ¿Aún no? Pues tengo que saber que los diola son tímidos y orgullosos, no hablan mucho pero después… Cuando un diola te acepta como amigo… ¡Uf, entonces! Entonces jamás te olvida y puedes estar seguro de que no va a abandonarte durante el resto de tu vida.

En cinco minutos ya sabía que él mismo era diola y que si quería ver algo increíble tenía que visitar su pueblo sin dudarlo.