Las Islas Feroe son, sin duda, una buena definición gráfica —o más bien geográfica— de lo remoto. Lo remoto es un territorio de 18 islas en medio del Atlántico; lo remoto son 1.400 kilómetros cuadrados de tierra. Lo remoto es recorrer la carretera principal del país y no cruzarte con ningún coche. Lo remoto es subir a un pico y no escuchar nada más que la naturaleza, los diferentes graznidos de los pájaros autóctonos, el agua de las cascadas y las olas. Lo remoto, también, es un paisaje salvaje de Norte a Sur. Pero todo concepto tiene su colmo, y el colmo de lo remoto en las Islas Feroe se llama Mykines.

Mykines es la isla más aislada. La situada más al Oeste. La más inaccesible de las habitadas. De las menos pobladas de las pobladas. También tiene ovejas pero, a diferencia del resto, en su territorio crecen especies, principalmente de aves, diversas y únicas. De hecho, es popularmente conocida como la isla de los frailecillos. No porque sean los más numerosos o los más característicos, sino por su aspecto: poco más de un palmo de altura, blancos y negros, pico y patas naranjas. Parecen pequeños pingüinos que han mutado para emigrar a zonas un poco —no mucho— menos frías. Pero por muy imposible que parezca, ya que en relación a su regordete cuerpo triangular sus alas son muy pequeñas, los frailecillos vuelan, y planean por los acantilados hasta que se cansan y aterrizan de forma habilidosa cerca de sus nidos. Casi se han convertido en un símbolo nacional; tal vez por eso muchos de los souvenirs que se pueden encontrar en cualquier parada de recuerdos —no en Mykines, no hay tiendas—tienen forma de frailecillo: llaveros, imanes, peluches y figuritas. Pero mientras que los frailecillos pueden verse en otras islas o posados en el océano, los alcatraces —el pájaro nacional feroés— viven exclusivamente en Mykines; para ser más exactos sólo pueden encontrarse en un acantilado concreto de la isla. Una pared rocosa, no muy extensa, en la que se agrupan cientos de alcatraces, sentados en sus nidos o posados en salientes, que parecen expectantes, que miran a la infinidad del océano como esperando algo. Y nunca se han movido de ahí. Nunca.

Mykines es la favorita, la elegida. Johan Holm Simonsen, el guía, asegura que él es de otra isla, que le gustaría defender la suya:

—Pero Mykines es definitivamente la mejor de las islas.

Su encanto no está sólo en el interés ornitológico y en el paisaje. Mucho más que las aves sorprende el número habitantes, que sólo son 8 durante todo el año. Por un lado, se despierta la envidia, la fantasía de lo que supondría vivir rodeado de un paisaje tan espectacular los 365 días del año. Por otro lado, incertidumbre y preocupación: «¿Cómo sobreviven?»

Mykines es popularmente conocida como la isla de los frailecillos.
Los frailecillos se han convertido casi en un símbolo nacional.
Los alcatraces solo pueden encontrarse en un acantilado concreto de la isla.

Actualmente los medios que comunican la isla son complicados. Durante la temporada de verano hay un ferry que hace dos salidas diarias y un helicóptero que vuela miércoles, viernes y domingo. Este horario está principalmente pensado para el turismo. En los meses estivales el barco trae a 88 personas en cada viaje. Llegan por la mañana y vuelven al atardecer. El helicóptero tiene una capacidad para 10 personas, y son los vecinos de Mykines los que tienen prioridad. Si vas de visita, sólo puedes hacer un trayecto en helicóptero: o la ida, o la vuelta.

Johan cuenta una historia sobre la llegada del primer helicóptero a la isla. Dice que en aquel entonces vivían más niños en Mykines —ahora sólo son dos hermanos—. De pronto oyeron un ruido lejano que no sabían reconocer, se acercaron corriendo y cuando vieron el helicóptero con intención de aterrizar, anonadados comenzaron a lanzarle migajas de pan. El colmo de lo remoto es que los niños de Mykines confundieran el helicóptero con un pájaro.

El colmo de lo remoto también es que dentro de la propia isla una familia viviese aún más aislada que el resto. Eran los cuidadores del faro, por lo que en lugar de vivir junto al resto de casas en la parte baja de la isla, vivían en medio de la montaña. Los niños debían bajar cada día, andar una hora, incluso con nieve, para llegar hasta la escuela. Tal era su aislamiento que un barco les aprovisionaba los alimentos que necesitaban por medio de un montacargas-vía instalado en uno de los acantilados para que no tuviesen que desplazarse.

Su encanto no está solo en el interés ornitológico y en el paisaje, sino también el número habitantes, que solo son 8 durante todo el año.
Tal era el aislamiento de la familia del faro que un barco les aprovisionaba los alimentos que necesitaban por medio de un montacargas-vía instalado en uno de los acantilados.

Andar por Mykines es no dejar de sorprenderse. Lo cierto es que desde abajo, desde las casas, parece que el faro está cercano, sin embargo, el terreno hace que haya que esforzarse: cinco horas de ruta andando, recorriendo subidas y bajadas imposibles, hasta llegar a uno de los cabos de la isla. En el camino esperan sorpresas. Además de ver la fauna de cerca, y de tener que andar con cuidado para no pisar ningún nido de frailecillo, Mykines tiene el único puente sobre el océano Atlántico que hay en el mundo. Una pequeña conexión de madera y hierro entre dos partes de la isla. Cruzar es tener océano a ambos lados, y también una vista privilegiada de las gaviotas de la isla.

Lo que tampoco encontramos ni aquí ni en ningún otro lugar de las Feroe son árboles. Johan tiene la teoría de que están bajo tierra, y algún día, volverán a salir. Quizás no vaya desencaminado o conozca la leyenda de «los bosques de las Feroe»:

«Las islas Feroe estaban antaño cubiertas de bosques; se hallan aún en la tierra grandes raíces de árboles en la turba de las turberas y en el interior de la hulla se ven gruesas ramas y hojas; esto demuestra que han crecido bosques allí antes, pero ahora está todo hundido en la tierra. Se cuenta que cuando el rey Ólavur El Santo gobernaba Noruega, fueron unos mensajeros de las Islas Feroe a su encuentro. Aquel les dijo que creía que eran muy pocos los impuestos que le llegaban desde las islas; les preguntó que crecía en las Islas Feroe. Los enviados le contaron con desdén que allí no había nada excepto pedruscos y guijarros, pantanos y brezos. Cuando el rey oyó esto gritó: «¡Que sea como se cuenta! Que se hunda lo que había encima y que emerja lo que abajo había!» Entonces los bosques se sumieron en la tierra y en aquellas bellas llanuras aparecieron pantanos, lodazales y pedruscos. Por eso las islas ahora son así. Las columnas de basalto que hay en un risco de Mykines parecen árboles; se dice que eran árboles que se convirtieron en piedra cuando el rey Ólavur les dijo “¡Que sea!” a los enviados que le contaron que no crecían bosques en las Islas Feroe».

El colmo de lo remoto es ver un horizonte de 360º.

 

Pero hasta que los árboles resurjan, queda este paisaje de formas abruptas, pero liso.

Mirar al otro lado desde uno de los extremos de la isla es sueño, pero también frustración: este recorrido sólo constituye el 10% de la isla y por el momento no se puede explorar el 90% restante; Por un lado parece más complicado y además no es posible pasar la noche en Mykines. Esto hace que realizar la otra ruta en un día suene improbable. Pero si vuelves por un momento a la realidad y decides vivir tu espacio presente y dejar de envidiar el resto, sentirás lo que es llegar hasta la punta más alejada de esta isla y descubrirás que el colmo de lo remoto es ver un horizonte de 360º.

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