Una multitud caminando entre la niebla. Desde las tres de la madrugada avanzan con paso firme sobre la grama cubierta por el hielo de la madrugada. Se hunden en un bosque de pinos grandes y antiguos. Es el viejo bosque de Totonicapán. El viejo bosque símbolo de la unidad colectiva; el bosque, lugar sagrado. Es el mes de diciembre del año 2012.

Van cientos de hombres y mujeres con sus mochilas en la espalda y canastos sobre la cabeza. Niñas y niños marchan del brazo de ancianos. Bajan y suben colinas, progresan entre los senderos llenos de maleza. Muchos llevan la nariz roja por el frío, otros mojan sus pies mientras brincan sobre los arroyos. Las autoridades indígenas de los cuarenta y ocho cantones de Totonicapán recorren el bosque. Las que dejan el cargo y las que lo asumirán. Yo soy parte de estas últimas.

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Me llamo Andrea Isabel Ixchíu Hernández, soy una muchacha k’iche’ poco convencional en mi municipio, tengo de mascota una gata, se llama Nube, y un R2-D2, el robot simpático de Star Wars, estudio para ser abogada y soy lectora empedernida. Toco la batería y canto, alguna vez tuve una banda de rock y alguna vez me fracturé un brazo por andar en patineta. Me gusta el grunge, el punk, el grindcore, el metal. Cuando tengo un poco de plata suelo organizar conciertos y festivales, así me hice gestora cultural y visible en Totonicapán. Los caminos del rock and roll me llevaron a trabajar en la defensa del territorio.

Soy una muchacha k’iche’ poco convencional en mi municipio, tengo de mascota una gata, se llama Nube, y un R2-D2, el robot simpático de Star Wars

He crecido en un ambiente colectivo, comunitario, de servicio y de protesta. Y ahora, también, soy la autoridad del bosque. Hace un mes, a mis veinticuatro años, la zona 2 urbana del municipio de Totonicapán, donde vivo, me encomendó presidir la junta directiva de recursos naturales de los cuarenta y ocho cantones. Mi misión es proteger este lugar por un año. Es un gran honor y una gran responsabilidad. Sobre todo porque es la primera vez en la historia de esta organización indígena que dan el puesto de presidencia a una mujer, joven y rockera. Por mi mente jamás había pasado participar en esto. Aunque en el año 2000 mi padre presidió los cuarenta y ocho cantones y le acompañé en cuanto pude (caminatas, reuniones, talleres y asambleas), no esperaba que fuesen a elegirme a mí, puesto que Totonicapán es muy organizado y también muy conservador. Yo encajaba muy poco en el modelo tradicional de joven maya. Desde adolescente tuve problemas en la calle con los vecinos por tocar rock o por andar en patineta. Pero aun así me han confiado el bosque por un año.

Mi misión es proteger el bosque por un año

Y por eso camino entre el centenar de personas, en esta marcha que conecta con nuestro mito fundacional, sumida en la bruma de las cuatro de la mañana. Cada vez nos internamos más en el bosque, y la multitud con la que fluyo en este viaje está conformada por gente de todos los cantones y aldeas que conforman nuestro municipio: las comunidades del norte, las comunidades del sur, las del oriente y del poniente.

Conozco este recorrido desde que era niña y sé que nuestros ancestros lo hicieron religiosamente cada año desde hace más de tres siglos. Es emocionante pensar que piso el mismo sendero que alguna vez abuelos como Atanasio Tzul o Lucas Ak’iral trillaron, antes y después de su travesía a España. Aquel viaje, que ocurrió entre1811 y 1812, llevó a los principales del pueblo, Atanasio Tzul y Lucas Ak’iral, hombres de entre cincuenta y cinco y sesenta años, a negociar en las Cortes de Cádiz la compra de tierras. Adquirieron poco más de veinte mil hectáreas de terreno con cédula real de propiedad. Se beneficiaron de la abdicación de Fernando VII y la división interna de España. Pero pronto, en 1817, Fernando VII, de nuevo en el trono de España, intentó suprimir este derecho y trató de que volvieran a pagar impuestos a la corona. Como resultado, los indígenas de Totonicapán se levantaron en 1820, como relataron Severo Martínez en Motines de indios o Ricardo Falla en Quiché rebelde, y la sublevación, junto a varias otras de keqchíes, ixiles y kaqchikeles, culminó con la firma del acta de independencia de Guatemala.

El viaje de hoy es producto de aquel, pero no su eco.

Es emocionante pensar que piso el mismo sendero que alguna vez abuelos como Atanasio Tzul o Lucas Ak’iral trillaron, antes y después de su travesía a España

Por aquel levantamiento, el bosque es nuestro. El propietario registrado es el Pueblo Indígena de Totonicapán y la propiedad sobre el territorio que comprende el bosque comunal es algo que defendemos con habilidad y sin miedo, ya que en distintos momentos (1871 y la reforma liberal; 1931 y la dictadura de Ubico; 1944 y la revolución; de 1963 a 1987, durante el conflicto armado, y de 1996 a 2013, años de democracia extractivista) se nos ha intentado arrebatar. Pero el bosque es nuestro. Y lo miro y pienso que este bosque es reflejo y realidad de la supervivencia de los pueblos indígenas en Guatemala. Pero ese «nuestro» tiene un matiz distinto del que tiene habitualmente cualquier otro «nuestro» o, peor aún, cualquier «mío». El Alto de Totonicapán, ese es su nombre, representa la posibilidad de espacios comunes. No privados, ni públicos: colectivos. Varias veces al año, las autoridades indígenas de Totonicapán recorremos sus trescientas once mil hectáreas, buscando reconocer los límites territoriales y reafirmar la propiedad colectiva sobre el bosque comunal. Por eso caminan las autoridades. Y portan las varas que les identifican como guías. Las varas, abuelas y símbolo de la autoridad indígena en Totonicapán.

Por aquel levantamiento, el bosque es nuestro.

¿Quiénes son estas autoridades? Son el gobierno indígena del municipio y existe desde antes de 1793. Defienden, administran y cuidan el patrimonio natural del pueblo. Son los representantes de la voluntad de las comunidades. Su historia se relata en el Popol Vuh y en el Título de los señores de Totonicapán.

Cada comunidad tiene su propio alcalde. Cuando se fundó el pueblo, se designó a cuatro familias para cuidar y proteger el bosque, se las ubicó para guardar los límites con Quiché y Sololá, puesto que desde 1920 comunidades externas intentaron apropiarse de porciones del bosque. De esas cuatro grandes familias nacieron las comunidades Tzanixnam, Maczul, Chimente y Pachoc: los cuatro cantones. Distantes del centro del pueblo y con dificultad de transportarse hasta las asambleas, los miembros de los cuatro cantones padecen un sentimiento de abandono y aislamiento, y por eso desde hace diez años litigan para deslindarse del territorio común y convertirlo en propiedad privada, cosa que no ha pasado desapercibida para los partidos políticos. Hoy, entre los que aquí caminan, en este laberinto de coníferas, cipreses, robles, encinos, alisos, faltan los cuatro cantones.

A las cinco de la mañana, nos detenemos ante una enorme montaña. Una enorme roca se impone a la vista, y se oye la voz de las autoridades que dejarán pronto su cargo.

—Hemos llegado —indica la presidenta con un megáfono—. Aquí está el tesoro más grande de nuestro pueblo.

Aquí: tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar, cercanos a la comunidad de Barraneche.

Un niño de mejillas enrojecidas se quita gorra y bufanda:

—Mama, mama, ¿dónde estamos, pues?

La madre baja una canasta de la cabeza, se acomoda el delantal y se sienta en el suelo.

—Estamos entre Pixab’aj y Toto, mijo. A este altar los abuelos le decían María Tecum. La historia de este altar es incierta y hay muchas leyendas al respecto. Se sabe que los ancianos lo llamaban Q’opoj Ab ‘aj o «Muchacha de Piedra», y se dice que le pusieron María, como la madre de Dios, para que tras la conquista española los frailes y los soldados católicos no lo destruyeran. Esta piedra, lo creen todos los pobladores de Totonicapán, alberga un nawal, un protector, que cuida y defiende el bosque. Uno que es capaz de enloquecer o dañar a quienes encuentre talando árboles o de asesinar a quien trate de dañar a los animales.

En este caso el nawal es una mujer.


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‘Criaturas Fenomenales. Antología de nuevas cronistas’ edición a cargo de María Angulo Egea y Marcela Aguilar Guzmán (La Caja Books, 2022)