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Ellas abren sus casas, por Mª Ángeles Fernández y J. Marcos

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El turismo comunitario en Latinoamérica se ha convertido en una herramienta para favorecer la emancipación de la(s) mujer(es). Esta iniciativa no sólo trata de romper con los roles de género, sino también con los de clase, etnia, religión e idioma. «Ellas abren sus casas» como lucha por la independencia económica, el crecimiento personal y la conservación de la cultura. Un trabajo de Desplazados.org para nuestro 360º «A bordo del género», del que dejamos aquí un fragmento.


Calles de arena, de polvo. Sol tan sofocante como vitalizante. Gente de piel morena. Las puertas de sus casas están abiertas. También las ventanas. Cualquier persona es bienvenida. A comer. A beber. A dormir. A hablar y a visitar. A conocer. Ostional, una pequeña comunidad de unos mil habitantes, está lejos de cualquier punto de Nicaragua, país en el que se encaja. Cerca, eso sí, de Costa Rica.

Las impresionantes playas de este rincón del Pacífico, a veces sólo accesibles en barca, aún no han sido pateadas por el turismo masivo. Las tortugas gigantes lo saben y acuden en masa cada año a desovar, sin que nadie les moleste. El hormigón escasea, y la uralita, la madera y el adobe son los materiales utilizados en las escasas construcciones. Personas de avanzada edad miran pasar el tiempo, que camina despacio e incluso retrocede en este meridiano. Los minutos no se miden sólo en segundos.

No hay hoteles que rompan el horizonte ni restaurantes que borren las esencias ni tampoco bares que igualen sabores. En Ostional beben «tibio», una mezcla de maíz tostado triturado con cacao, canela y aroma de clavo; y comen gallopinto, que combina arroz con frijoles. Desayunos, comida y, casi siempre, cena.

Uno de los mejores lugares para degustarlo es el Comedor Blanca Rosa. Ella es una de las mujeres que forma parte del proyecto de la cooperativa que nació hace unos diez años para ofrecer a quienes visitan esta comunidad nicaragüense —perteneciente a la más masificada San Juan del Sur— otra forma de viajar.

La necesidad de ofrecer servicios a quienes visitaban el lugar y lograr así una fuente de ingresos hizo que se organizaran para que sus casas fueran de acogida. Blanca Rosa cocina y ofrece su porche como comedor, Glenda tiene un cuarto con dos camas para las visitas, Eunice hace de guía. La lista es amplia: Comedor Adrianita, Comedor Rosita, Comedor Ana María, Comedor Mi Casita… Todas mujeres. Como las responsables de los hospedajes: doña Alba, Sonia, Marta, Eleodora, Amalia y Blanca.

La cercanía en el trato, la posibilidad de conocer de cerca la vida en una comunidad tradicional de Nicaragua, la belleza del paisaje y también la crudeza de la realidad hacen de la oferta de turismo rural comunitario de Ostional una opción de calidad. Única. Diferente. Singular. Porque ellas son tus madres, tus hermanas, tus amigas, tus maestras, tus hijas, tus tías, tus primas durante unos días. La familia recobra aquí otro valor.

«Las mujeres de la comunidad son las que pasan la mayoría del tiempo en la casa, por lo que son las mejores administradoras y las más interesadas en esta idea, que les permite independencia económica, emancipación y también la oportunidad de aportar a su gente y crecer personalmente», sintetiza Eunice Sánchez, encargada durante un tiempo de las labores de comunicación del colectivo.

El turismo de calidad, potenciado a través de una cooperativa, cambia el horizonte de las mujeres de este remoto rincón. La dificultad de acceso, sólo apta en invierno para automóviles 4×4, hace que los 26 kilómetros que les separan de San Juan del Sur se conviertan en un largo recorrido. Aunque está cerca de la frontera con Costa Rica (en este país hay otra zona con este mismo nombre) la situación del turismo y de la oferta están enormemente distanciadas. La escasez de los servicios en algunos puntos de Nicaragua convierte a este estado en un lugar único y con una naturaleza absolutamente indómita. No es ni siquiera descabellado que paseen tranquilamente cocodrilos por las inmediaciones de Ostional. Tampoco que se coman algún perro despistado.

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El turismo puede ayudar a las mujeres a salir del círculo de la pobreza a través del empleo formal o informal, la iniciativa empresarial, la formación y el bienestar comunitario, recogía en 2010 el Informe mundial sobre las mujeres en el turismo de la agencia de Naciones Unidas OMT (Organización Mundial de Turismo), realizado junto con ONU Mujeres y una de las escasas publicaciones sobre la materia.

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La era de la bestia. Un paso de Carolina Reymúndez

Fotografía – (CC) Davide D’Amico

A PESAR DEL TERRORISMO, LOS ACCIDENTES AÉREOS, LAS EPIDEMIAS Y LAS CRISIS ECONÓMICAS, EL NÚMERO DE TURISTAS QUE SE DESPLAZA POR EL MUNDO ESTÁ EN ASCENSO. EL PLACER Y LA EXPERIENCIA; EL CONSUMO EFÍMERO Y LA «SOBRETURISTIFICACIÓN», LOS RASGOS DEL NUEVO TURISMO. CAROLINA REYMÚNDEZ REFLEXIONA SOBRE ELLO EN SU PASO DE ESTA SEMANA PARA ALTAÏR MAGAZINE. AQUÍ DEJAMOS UN ADELANTO.


En los últimos ocho años hubo más de setenta mil muertos por el narcotráfico en México. Michoacán es uno de los estados devastados. Hace unos meses la policía capturó a Servando Gómez Martínez, alias La Tuta, líder del narco en ese estado, primero a través de la Familia Michoacana y luego de los Caballeros Templarios. Muchas muertes fueron en Morelia, la hermosa capital michoacana donde poco después de la captura de La Tuta se celebró el Festival Internacional de Gastronomía y Vino de México.

Hubo mariachis, chefs de renombre internacional y platos tradicionales de un país donde la comida es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Llegaron visitantes que comieron tacos con chile y limón, y brindaron con tequila.

El turismo es una industria millonaria, en millones de personas y de dólares. En 2014 se movilizaron 1.138 millones de turistas, 51 millones más que en 2013, y se gastaron 1,4 billones de dólares.

A pesar de las crisis globales, la violencia del narco, los actos terroristas, las catástrofes aéreas, las guerras y las epidemias, el turismo no deja de crecer. Eso dice el último informe de Tendencias de la feria de turismo más importante del mundo, la ITB de Berlín. Según la Organización Mundial del Turismo, la tasa de crecimiento de los últimos años supera el 4% anual. Crece más que la economía global. Hace seis décadas que el turismo está en expansión y genera uno de cada once trabajos en el mundo. Crece, como un monstruo omnívoro que produce ganancias y se alimenta de lo que sea, incluida la desgracia. O como un prodigio que se recupera de todos los reveses y vuelve a levantar la cabeza. Y sigue vivo. Igual que los malos en las películas norteamericanas. Están en el suelo, los creemos muertos, hasta que los vuelven a enfocar y todavía respiran, se paran y dan pelea.

Guerrero, el estado donde desaparecieron los 43 estudiantes y donde está el balneario en el que en los años cincuenta veraneaban y filmaban películas Liz Taylor y Elvis Presley, se vio afectado por la violencia del crimen organizado. Los hoteles de veinte pisos y miles de habitaciones están medio vacíos en un territorio donde las balaceras y las ejecuciones son parte de la agenda del día.

Cae Acapulco, pero el turismo no muere. Se fortalece el Caribe: Cancún, Playa del Carmen, Cozumel; Puerto Vallarta y Rivera Nayarit. En marzo último llegaron más de cincuenta mil springbreakers, los estadounidenses de diecisiete años que se van una semana de vacaciones y toman margaritas hasta emborracharse, hacen concursos de remeras mojadas y dejan más de setenta millones de dólares. Según los análisis estadísticos de la Subsecretaría de Planeación y Política Turística de México, en 2014 hubo más de 29 millones de turistas internacionales, un 20,5 % más que el año anterior. Y el ingreso de divisas por visitantes extranjeros registró un récord histórico: más de 16.000 millones de dólares. Sigue la fiesta, sigue el show. ¡Viva el turismo!

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Uruguay: un turismo nuevo

Tiene algo de contagioso el optimismo de Doña Liliam Kechichián, Ministra de Turismo de Uruguay, y no cuesta entender su entusiasmo por las perspectivas, presentes y futuras, de la industria turística en este país sudamericano. Ella misma confiesa que costó convencer a los uruguayos, y a sus dirigentes, de que el turismo podía ser parte fundamental del tejido productivo de la nación, que Uruguay tenía mucho que ofrecer desde el punto de vista turístico y que había millones de visitantes que querrían ir a conocerlo. Tanto es así que Uruguay, hoy día, es uno de los pocos países del mundo que cuenta con el mismo número de turistas que de habitantes.

Pero escuchemos a la propia Ministra de Turismo de Uruguay hablar del turismo en su país, del modelo español, de aprender de los errores ajenos y de la relación con nuestro país. Hemos hablado con ella y esto es lo que nos dijo:


Mañana, sábado 23 de enero, Doña Liliam Kechichián, Excma. Ministra de Turismo de Uruguay, y Pep Bernadas, co-fundador de Altaïr y editor de Altaïr Magazine, acompañarán a Gustavo Laborde, periodista y antropólogo, en un Viaje por la Gastronomía Uruguaya.

A las 12:30 en la Librería Altaïr de Barcelona. (¡Y degustación al final!)

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Turista y viajero, ¿dos categorías diferentes?

Fotografía de la serie Sardinian Postcards, de Alessandro Toscano, incluida en el 360º de Altaïr Magazine sobre Cerdeña.

¿Quién no ha estado nunca en una playa atestada, en una piscina abarrotada y gritona, tomando plácidamente el sol, animado por el bullicio y la vitalidad?

Se lo pregunta María Angulo en su Paso «Ir allá, de donde no se regresa», una reflexión sobre la genealogía del viajero: caminantes, flâneurs, expedicionarios, científicos, descubridores, corresponsales… y, finalmente, turistas. Y a estos últimos nunca nos queremos parecer, queremos mantenerlos al margen, mirarlos desde fuera y repetirnos que nosotros no somos como ellos. A nosotros nos gusta ir, no estar, el trayecto y no el destino, ser los únicos en el lugar y no parte de una manada. Y sin embargo Angulo se cuestiona, con todo el sentido del mundo: ¿existe realmente una distinción, hoy día, entre viajero y turista, o no es más que la reminiscencia del viajero que fue y que ya nunca podremos ser?

La cronista Carolina Reymundez, en El mejor trabajo del mundo (Südpol, 2013), es taxativa: viajero y turista es lo mismo. Todo forma parte de una industria que mueve millones. Son la misma cosa y hasta la misma persona. Ciertas fórmulas, nos dice Reymundez, envejecen mal y ésta de los que se jactan de ser viajeros en lugar de turistas le chirría demasiado: «El mundo no es una novela de Bowles, mucho menos sesenta años después, donde cada uno viaja como puede». Se refiere, ya saben, a Paul Bowles y El cielo protector (1949) esa obra emblemática que, convertida en película por Bertolucci a finales de los ochenta, consiguió un enamoramiento generalizado por el mundo árabe en aquellos que, por edad o circunstancias, no habían sido cautivados en los sesenta por otro gran filme: Lawrence de Arabia (1962). Oriente como emblema de libertad para los occidentales, para practicar el arte de la fuga, el viaje dislocante frente a la racionalidad del viaje a Europa, señala María Sonia Cristoff en su prólogo a Pasaje a Oriente (FCE, 2009), una antología de cronistas que emprendieron viajes por aquellas tierras.

(…) Un turista piensa desde el momento de su partida en regresar a casa, mientras que un viajero puede no regresar nunca. O algo así decía Bowles, y le creímos, y seguimos sus pasos, o fabulamos con seguirlos. Como Carolina Reymundez. En «Deconstructing Paul», el escritor Jorge Carrión nos cuenta con detalle cómo y por qué se configuró el «mito Bowles» (en Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W. G. Sebald, Iberoamericana, 2009). «A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ése es el punto al que hay que llegar», recoge Reymundez de Bowles, que a su vez lo tomó de Kafka. Y soñamos con que así sea (a veces); con que la vida nos permitiese no regresar, pero solemos ser más pragmáticos. En función de nuestra economía, administramos con prudencia nuestras dosis viajeras y deseos escapistas. El viaje como un lugar sin tiempo, o con un tiempo encapsulado en el espacio y, por lo tanto, sin conflicto. Justamente lo opuesto a la idea de vacaciones como lugar familiar problemático, punto donde confluyen las tensiones que no llegan a ebullición durante los meses de ritmo laboral o escolar.

En realidad, a mitad de segunda década del siglo XXI es complicado encontrar esa exclusividad y singularidad del viajero admirado de finales del siglo XIX y primera mitad del XX. El corresponsal ya no es el único conocedor de las costumbres y realidades del sitio ignoto al que su director le ha mandado, ya no hay zonas en el mapa donde se advierta de la existencia de dragones a la espera de la llegada de un explorador occidental y lo cierto es que en la cima del Everest hay, casi siempre, una multitud de personas tomando fotos. El viajero como Bowles o como Conrad se ha convertido en una quimera, y sus viajes son una Arcadia soñada e inalcanzable.

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Lo cierto es que ahora el viajero-turista no abre una senda, sino que sigue la de otros. Un viajero anterior a nosotros que escribió una guía o una crónica o un reportaje y nos ha dibujado un camino de autenticidad y de experiencia única, como si fuésemos sus únicos lectores, un trayecto que nos llevará a los lugares que de verdad hay que conocer. Es una experiencia postergada: no seremos los primeros pero sí seremos los siguientes. Insiste Angulo:

El turismo aparece vendido como «experiencia», en la línea de lo que planteó Rolf Jensen con su «sociedad del ensueño» y los cambios que se han producido en la actividad turística  (Dream Society, 1999) o Erik Cohen en «Principales tendencias del turismo contemporáneo» (Política y Sociedad, 2005, Vol. 42 Núm. 1), que apunta grandes tendencias en la evolución del turismo, marcadas por la modernidad y la postmodernidad, que han ido acompañadas por diversos sistemas teóricos que destacaban alternativamente la búsqueda de la autenticidad, la distinción, la fantasía y las emociones fuertes. Se trata de una racionalización y desmaterialización de la experiencia. Una vuelta de tuerca más. Vender y comprar sensaciones y emociones. Cuestiones poco tangibles, nada físicas, como sí son las opciones turísticas menos sofisticadas de los bañistas de Parr. Este «turismo experiencial» que define Rubio Gil busca vivencias innovadoras, memoriales y sensoriales que suponen un beneficio para el consumidor y una transformación personal. Un mercado emocional que también tiene sus modalidades (aventura, amor y amistad, atención, identidad, paz mental y creencias). ¿Qué experiencia suele comprar usted? ¿Por qué emociones transita y anhela adquirir en vacaciones?

Turismo slow, también lo llaman, al amparo de una filosofía de la lentitud que trata de sosegar el tiempo del consumo. Y esta opción pausada me remite también al periodismo; al también denominado Slow Journalism, periodismo narrativo o crónica, como el que potenciamos y disfrutamos frente al periodismo urgente, monocromo y acelerado de algunos medios convencionales. Y puede que también se pudiera explorar ese sentido de «experiencia» asociada a una cierta emergencia de la crónica viajera que participa del hecho de «vender» experiencias personalizadas y únicas. Se abre un posible campo interesante y fecundo de análisis: ¿Hasta qué punto el interés por los cronistas viajeros se ha visto apoyado, influido, potenciado por el marketing de customer experience que desarrolla —destinos, lugares, experiencias, narraciones, publicaciones— la potente y global industria del turismo? El cronista de viajes como una suerte de coach, de tour operator, de intermediario cultural, si se prefiere, involucrado en la industria del turismo. ¿Y quién no está involucrado en el mercado? ¿Y qué tiene de malo si el trabajo se realiza con rigor y nos ayuda a comprender, a vivir mejor, a facilitarnos la experiencia de vida que merecemos?

Es entonces donde toma sentido pensar en el viaje como un proceso de conocimiento y reflexión sobre el ser humano y no como un mero desplazamiento entre los puntos A y B. Una suerte de persecución constante de la ruptura de las expectativas; lo que nos motiva a viajar no debe ser lo que esperamos encontrar, sino exactamente lo contrario. Así lo expresaba el editor de ALTAÏR MAGAZINE, Pep Bernadas, en la entrevista que le hacía Paty Godoy, cuando él confesaba que su manera de entender el viaje venía de cuando fue muy joven a Florencia en busca del arte renacentista y acabó sumergido en las fiestas locales de los pequeños pueblos de la Toscana: «Si vas por el mundo obligado a cumplir los planes, te perderás prácticamente todo». Es un buen resumen de esa forma diferente de entender el turismo.

Como recordaba Juliana González-Rivera en su Paso «Nace un viajero», sobre eso incide aún más Martín Caparrós en Contra el cambio: «Al turista le ofrecen un menú con dos opciones: visitar restos del pasado humano —ruinas, museos, monumentos varios— o escenarios actuales de la naturaleza —vistas, playas, paisajes—; me gustaría creer que los viajeros quieren saber qué hacen, aquí y ahora, los hombres. El viajero, caramba, sería un humanista». Y la conclusión es esa y no otra: tal vez el viajero y el turista hayan acabado fusionándose en la misma cosa en este siglo XXI. Y tal vez la diferencia entre ellos radique, esta vez, en la posición del propio viajero, que ya no depende del lugar al que va sino de su propia relación con el viaje que ha emprendido.

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Mapas del turismo global, por Yolanda Onghena y Claudio Milano

Turistas ante la famosa Pedrera del Paseo de Gracia, en Barcelona.
En un 360º sobre Cartografías no podía faltar la reflexión sobre cómo cambia el mapa del turismo, cómo y por qué los destinos que atraen a visitantes de todo el mundo cambian o se popularizan, y de qué modo el turismo es o no una posibilidad para un sincero encuentro cultural. Aquí podemos empezar a leerlo de la mano de los antropólogos Yolanda Onghena y Claudio Milano.

Una de cada siete personas del mundo se desplazó por turismo durante 2014. A mediados del siglo XX, un número muy reducido de países acogía a 25 millones de turistas. En 1995 eran 528 millones; en 2014, 1.138. Quien viva en uno de los lugares que reciben a parte de esos visitantes no necesitará que le digamos que el turismo se ha convertido en uno de los sectores de mayor crecimiento de la economía global, tanto en economías avanzadas como en las emergentes. ¿Pero ha cambiado el turismo o sigue sólo la estela de otros cambios globales? Algunos acontecimientos de ámbito mundial —el fin de la Unión Soviética y la transformación de China y Vietnam en economías de mercado, o los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos— han afectado al fenómeno turístico tanto dentro como fuera de Occidente. En palabras de los investigadores Erik y Scott Cohen, lo primero generó «la apertura de estas enormes regiones a la llegada de turismo, sobre todo occidental, mientras que sus florecientes economías liberalizadas hicieron crecer el flujo de turismo saliente hacia sus países vecinos y hacia Occidente»; lo segundo «fue seguido de ataques terroristas contra instalaciones turísticas en otras partes del mundo, acentuando la relación entre turismo y terrorismo, agravando la sensación de riesgo en los viajes y llevando a medidas de seguridad más estrictas en el turismo mundial».

El turismo es el producto de una confluencia de elementos, materiales e imaginarios, subjetivos y colectivos, contextualizados en entornos políticos, económicos, culturales y sociales determinados. Cualquier transformación de uno de los factores modifica la naturaleza del turismo. ¿Cómo generan estas transformaciones un cambio en la demanda, la experiencia, el éxito o el abandono de un destino turístico? ¿Qué análisis crítico podemos inferir del modo en que el sistema turístico se hace cargo de los cambios, en la constante búsqueda para diversificar la oferta?

En este panorama, esos cambios no son cortes tajantes sino procesos de transformación, de un flujo a otro, de una relación a otra, de un destino a otro. Puede sernos de ayuda plantear el cambio del fenómeno turístico a partir de la movilidad —su elemento esencial— y de la seguridad —su condición necesaria—. La pregunta final que se planteará entonces es: ¿El turismo favorece o banaliza la dimensión cultural del encuentro entre personas, entre sociedades?

Hoy en día la movilidad no es sólo movimiento físico sino también de ideas e imágenes, expectativas, paisajes virtuales. «El concepto de movilidades abarca tanto los movimientos a gran escala de personas, objetos, capital e información a nivel global, como los procesos a escala local, como el transporte diario, el movimiento a través del espacio público y el recorrido de cosas materiales dentro de la vida cotidiana», afirman los estudiosos Hannam, Sheller y Urry.

Taleb Rifai, secretario general de la Organización Mundial del Turismo (OMT), lo tenía claro cuando en la reciente ITB de Berlín de 2014, la feria de turismo más importante del mundo, afirmó que «la revolución en el mundo de los viajes, unida a la revolución tecnológica, está reconfigurando nuestra sociedad, mientras las tecnologías están transformando el sector turístico». Dos revoluciones vinculadas con un resultado clave: en una especie como la nuestra, que siempre se ha desplazado, las transformaciones del fenómeno turístico están relacionadas con nuevos tipos de tecnologías que posibilitan viajes más cómodos.


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