«Un país muerto pero resucitado en los libros y las ideas de su Guía. Y qué cómodo resultaría aquello: ni realidad que testimoniara en sentido contrario, ni tachas ni evidencia de crímenes. Solamente libros, ideas, lumières».

La hija de Agamenón, Ismaíl Kadaré

La libre pensée, Le meilleur des mondes, Discours sur la méthode, Critique de la… , Leçons sur l’histoire de…

Algunos títulos aparecen cortados, pues no caben en el inventario. Sucedió inesperadamente, cuando el nuevo siglo apenas centellaba. El escritor albanés Bashkim Shehu (Tirana, 1955) se encontraba preparando la exposición Tiran[ía], que, en enero de 2002, diez años después del fin de la dictadura estalinista comandada por Enver Hoxha, acogería el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). La idea inicial de Shehu, hijo del que fuera mano derecha de Hoxha, Mehmet Shehu, era construir una biblioteca especular sobre la censura impuesta en su país durante casi medio siglo, a partir de conceptos acuñados por el entonces prohibido Sigmund Freud. El «superyó» contendría los libros de la propaganda oficial, escritos en buena parte por el propio dictador; el «yo» lo compondrían las obras que, membreteadas con la «R» de reservado, dormían el sueño de la censura en la Biblioteca Nacional; el «ello», sería un mosaico de la libre expresión del pueblo albanés, fijada en las paredes de un urinario. Esta última es la parte que Shehu modificó tras el hallazgo inesperado: «Los tenemos». Mientras escarba entre los ficheros R (la misma inicial que sellaba los informes de los presos políticos reincidentes), su amigo Aurel Plasari le hace llegar un listado con los títulos de la biblioteca privada de Hoxha que la Biblioteca Nacional que él dirige ha adquirido recientemente. No están todos. Se dice que la colección del dictador alcanzaba los 30.000 ejemplares.

L’Existentialisme c’est un humanisme, Della memoria e delle reminiscenze, La fenomenología del espíritu…

Basta con dar un paseo por el animado barrio capitalino del Blloku, antiguo búnker del Partido del Trabajo de Albania. De ningún autor se encuentran más ejemplares en las paradas de segunda mano de Tirana. A las puertas de la casa abandonada donde vivió junto a su esposa Nexhmije, justo enfrente de un reluciente Kentucky Fried Chicken, uno puede hacerse con Los jruschovistas, Hechos, Eurocomunismo es anticomunismo o Sobre la educación juvenil. Estas y otras obras fueron escritas por Hoxha en la década de los setenta. ¿Por qué tan tarde? «Por la proximidad de la muerte y el incremento de las purgas después de un tiempo de cierta estabilidad», dice Shehu. Educado en el Liceo francés de Korçe, breve estudiante de bioquímica en Montpellier y de filosofía en La Soborna, Hoxha quiere trascender como un intelectual de altura. En sus últimos años de vida, el culto a su personalidad se incrementa de forma exponencial, a la par que sus achaques. Sus obras (supervisadas por Nexhmije), como sus bustos y consignas, se encuentran por doquier. Todo lo demás está prohibido. Bueno, casi todo. Se prohibe a Kafka, a Camus, a Sartre, no se representa a Brecht… Está prohibido todo lo que huela a pensamiento crítico en el campo de las humanidades y de las ciencias sociales, incluso en el canon comunista: durante la dictadura, Albania fue el único país de Europa sin contar con las obras completas de Marx y Engels.

Se prohibe a Kafka, a Camus, a Sartre, no se representa a Brecht… Está prohibido todo lo que huela a pensamiento crítico en el campo de las humanidades y de las ciencias sociales, incluso en el canon comunista: durante la dictadura, Albania fue el único país de Europa sin contar con las obras completas de Marx y Engels.

«En la escuela estudiábamos literatura albanesa y algunos clásicos: Homero, Tolstoi, Shakespeare, Moliere… Dostoievski, no», puntualiza Shehu. «El resto eran soviéticos: Gorki, Maiakosvki y un par de autores menores del gusto de Stalin.» Fuera del aula, algunos escritores salían y entraban de la lista negra en función del endurecimiento de la censura (Lorca, Hemingway, Bradbury) y de la dinámica de alianzas del país, el más aislado de Europa entonces. Que, por alejarse de los preceptos estalinistas, Albania rompiera relaciones con la Yugoslavia de Tito, primero, y con la URSS de Jruschov después, suponía una actualización automática de lo leíble. Que, hasta 1973, China se convirtiera en el nuevo gran aliado, también: la revolución cultural de Mao desató una nueva caza de brujas en Albania, especialmente virulenta en el campo de la cultura. «Ismaíl Kadaré [amigo del joven Shehu, tolerado y vigilado por el régimen] me contaba que hasta entonces, la Liga de Escritores era algo bastante simpático. Por supuesto, no se podía hablar de cualquier cosa, pero mantenía cierto aire europeo de salón literario. Algo más liberal, con cierta autonomía», dice mientras amontona hilachas de tabaco con la punta de los dedos. En aquella Albania, sigue, la literatura tenía una importancia extraordinaria en la vida de la gente. «Cuando se publicaba algún libro de Kadaré, de García Márquez o de Hemingway, las tiradas se agotaban en una semana.» 20.000, 30.000 ejemplares. Shehu palmea con las manos cada vez que hace recuento. En aquel país de apenas tres millones de habitantes, los libros volaban.

Él leyó los prohibidos y los permitidos por ser quien era: el hijo menor de Mehmet Shehu, primer ministro, ministro del Interior, responsable de la temida Sigurimi, el número uno en la cola de sucesión. Además de casetes con la música grabada de frecuencias francesas e italianas (Ray Charles, The Beatles, Rolling Stones, Led Zepellin, Santana) su hermano mayor, Vladimir, le procura literatura prohibida. Bashkim empieza con Kafka y sigue con Camus, Sartre, Joyce y Beckett, con Thomas Mann («no publicado, pero tampoco prohibido»), con Soljenitsin y Benjamin…  «Mi padre veía en mí algunas tendencias sospechosas. Era menos permisivo. Nietzsche no era un problema, porque se le relacionaba con el nazismo. El problema era que leyera a freudianos, existencialistas y neomarxistas.» A escondidas, los hijos de la élite con posibilidades de viajar (hasta el fatídico 1981, Bashkim viaja a Roma y París en diversas ocasiones) intercambian sus lecturas. No son los únicos libros sospechosos que entran en casa de los Shehu. Como directora de la escuela del Partido del Trabajo de Albania (PTA), su madre Fiqiret tiene acceso a obras de teóricos marxistas no estalinistas como Roger Garaudy, Bernard Levi o Lucien Goldmann. Fiqiret los lee para enseñar a sus alumnos cómo se combate el revisionismo, en qué esquina espera la traición.

Les sociétes secrètes, Histoire de l’Inquisition, Policier de Staline, La guerre ultra secrète

«En Albania no había una institución de censura como tal. Había dos editoriales del estado, una de literatura artística y otra de literatura política, cuyos empleados eran nombrados por el gobierno. Para ser publicada, cada obra debía obtener como mínimo dos reseñas o informes favorables de escritores reconocidos. Por encima del redactor estaba el jefe y, más allá, la dirección. Oficialmente no se le llamaba censura. Los redactores tenían que trabajar bajo las consignas del partido y si no lo hacían podían acarrear consecuencias graves: expulsión del trabajo, expulsión del partido, etc. Más dura, sin embargo, era la censura en el cine», dice Bashkim.

En 1979, con 24 años, Bashkim Shehu entra a trabajar como guionista en los estudios cinematográficos Nueva Albania. La cosa, cuenta, funcionaba así: además del informe previo, el guión de las nuevas producciones se discutía en la redacción y, después, en el consejo artístico de los estudios, donde se reunían directores, subdirectores y otros cineastas. Luego, se rodaba la película y tras un visionado interno, se mandaba al Ministerio de Educación y Cultura para que el ministro, el viceministro y un secretario del partido de Tirana sugirieran recortes. Una vez realizados los cambios, el film se mandaba a la sala de cine que el partido tenía en el Blloku, donde un viceprimerministro y el secretario del comité central para la propaganda, Ramiz Alia, daban su veredicto. Al salir de la sala, Alia se lo transmitía al camarero y el camarero al técnico de la proyección. Era éste el que acudía al estudio con el mensaje para el director general. Si la valoración era positiva había fiesta. Si era negativa, «había luto».

Luto, dice Shehu. Literal, en los casos más extremos. El 15 de diciembre de 1981, su padre —el aguerrido brigadista en la Guerra Civil Española, el adorado y temido sucesor— se revienta el corazón de un balazo. Se suicida. O lo suicidan. Los rumores hormiguean. Tras días de silencio oficial, de la noche a la mañana, Mehmet Shehu se convierte en un poliagente secreto que lleva años tramando el derrocamiento de Hoxha (Le grande conspiration, Agent secret, Le mal américain, Le mal français, Le mal franco-américain). Se especula, sin embargo, que todo empieza con el anuncio de boda del mediano de los Shehu, Skénder, con una chica de familia «inapropiada». Todo lo demás (quién disparó el arma, quién transitó el supuesto túnel que unía las casas de Shehu y Hoxha, qué se hizo con el cadáver una vez enterrado con discreción) queda envuelto en una bruma espesa que Bashkim tratará de deshacer una vez cumpla con diez años de prisión. Toda la familia de Shehu fue castigada. Primero con el confinamiento en aldeas remotas. Luego, con la muerte. Su hermano mayor, Vladimir, se suicida en 1982. Su madre Fiqiret fallece de un infarto cinco años más tarde (¿o fue envenenamiento?). Bashkim es encarcelado en los temidos penales de Burrel y Spatz, junto a las víctimas de su propio padre. ¿Y los libros? Son confinados a los sótanos del Comité Central. (Ya en democracia, Shehu encontrará un par de sus ejemplares en los estantes de un exfuncionario del gobierno. «No le dije nada. Quizá él lo intuía… sabía de dónde había sacado los libros.»)

J’ai rencontré l’Islam, Les moines de la sainte Russie, Les jésuites en Chine, Les origines de la religion, Le Vatican et l’URSS, Histoire des papes

La Biblioteca de Hoxha puede leerse como el reverso de la consciencia escindida (lo ilegible, lo amenazante). Pero también como un gran catálogo de obsesiones. En él figuran decenas de libros sobre religión (en 1967 Albania se declaró oficialmente como el primer país ateo del mundo), biografías sobre dictadores de todo signo (Entre Hitler et Staline, Franco, Duce mon mari, Alexandre le Grand, Auguste et Néron, Le personnage de Napoleon III) o novelas (escasas) que, según Shehu, sólo él podía considerar ficción: La mort dans les nuages, Poirot joue le jeu, Le mystérieux Mr. Quinn (A. Christie), L’espion venait du froid (Le Carré).

Todos los ejemplares que entraban a Albania por vía diplomática —muchos, gracias a un acuerdo bilateral con el gobierno francés— pasaban un control químico «por si contenían algún veneno o substancia bacteriológica que pudiera matar lentamente a los dirigentes», dice Shehu. Ni siquiera el mismo dictador escapaba al control libresco. «En mis búsquedas, encontré una carta de un exministro del Interior pidiendo disculpas a Hoxha por haber censurado un ejemplar que iba dirigido a él y asegurando que la mujer que cometió el error había sido despedida.» Y sonríe brevemente.

Todos los ejemplares que entraban a Albania por vía diplomática  pasaban un control químico «por si contenían algún veneno o substancia bacteriológica que pudiera matar lentamente a los dirigentes»

Bashkim habla con gesto reservado. Espera las preguntas como quien contempla la llegada de un barco sin pasajeros. Responde lo estrictamente necesario, como si cumpliera un trámite ajeno o rubricara el contrato que lo trajo hasta la pequeña, oscura y austera habitación donde traduce La peste. de Camus, en el popular barrio de Llefià, Badalona. Seis años después de su liberación, Shehu dejó atrás una corta etapa de estudio en Budapest y el truncado regreso a una Albania al borde de la guerra civil, para ser acogido por Barcelona en el marco del programa Ciudades Refugio del Parlamento Internacional de Escritores. Lo primero que publicó aquí fue el relato de la búsqueda imposible de los huesos de su padre (Confesión junto a una tumba vacía, 1998); Lo último (Ángelus novus, 2017) es un canto a la literatura como condena y salvación, hilvanado por las reflexiones compartidas con el misterioso preso autodidacta Mark Gjoka, o Mark Shpendi, en el penal de Burrel.

¿Qué lee Bashkim Shehu durante su cautiverio? Thomas Mann, Somerset Maugham, Paul Éluard… Apenas recuerda más. «En Burrel estaba prohibido que la familia te mandara libros, pero si tenías dinero te permitían comprarlos en la ciudad a través de la administración. En el penal había una biblioteca, pero lo que podías encontrar allí era más o menos lo mismo que la censura te permitía encontrar fuera». Otra cosa era la escritura. «Yo me sentí más libre para escribir dentro de la cárcel», dice. «Fuera del penal, la censura no sólo se ejercía sobre el contenido político sino sobre la expresión literaria. Si lo escrito olía a modernismo o simbolismo no podía pasar el corte; tampoco nada que tuviera que ver con el erotismo, lo macabro, los sueños, la mitología o el intelectualismo: las cosas tenían que ser sencillas, transparentes, comprensibles para el pueblo. En la cárcel, sin embargo, sólo se vigilaba si los textos contenían una expresión política abierta. Cada dos semanas, nos sacaban de las celdas para controlar nuestras pertenencias, también los escritos. Si encontraban algo sospechoso se lo entregaban al responsable de la Sigurimi. Algunas veces dejaban pasar algo subversivo. Otras veces, te condenaban por nada».

El relato de Shehu se adentra entonces en una bruma de recuerdos vagos. Como en Angelus novus, fechas y nombres arrastran los pies al compás de las peripatéticas conversaciones sostenidas en el patio del penal. Muchas de ellas fueron protagonizadas por Pjeter Arbnori, el profesor de instituto que se opuso al régimen a inicios de los años 60 y que después de 28 años en la cárcel se convertiría en el primer presidente del Parlamento tras la caída del estalinismo. «Él había escrito una novela con historias de amor entre jóvenes en una fiesta de cumpleaños en Tirana», cuenta Shehu. «Sólo por eso, le sumaron diez años más a los 25 de condena que cumplía. Otras veces, Pjeter disfrazó como traducciones algunos escritos subversivos, por ejemplo una historia sobre la represión nazi que podía leerse como una crítica al régimen albanés y que sorprendentemente pasó el filtro de la censura. El responsable de la Sigurimi le dijo que, en lugar de escribir novelas, sería mejor que se dedicara a la traducción», dice . Y sonríe brevemente.

En la cárcel, Shehu escribe, sobre todo, relatos. Utiliza el almacén de ropa como buzón para intercambiar cartas, textos y discusiones con otro amigo preso. Cuando pasados casi diez años se acerca el momento de salir, éste le aconseja que deje con él dos de los tres cuentos que le ha prestado, por el peligro que podría entrañar una última revisión por parte de la Sigurimi. «Salí con sólo uno de esos relatos y no pasó nada. Pero me confinaron en otra aldea y cuando me volvieron a detener no me dejaron entrar los textos que había empezado a escribir allí por considerarlos subversivos. Pasados unos meses, el juez de instrucción me devolvió los manuscritos. Era 1990, las cosas estaban cambiando poco a poco.»

Shehu vive entre rejas la muerte de Hoxha y la lenta caída del régimen. Sale de la cárcel el 17 de marzo de 1991, cuando el centro de Tirana todavía huele a papel quemado. No hace ni un mes que, después de tumbar su enorme estatua de bronce en la Plaza Skanderberg, las turbas opositoras han saqueado la librería donde Hoxha trabajó de joven. Se levantaron enormes piras con los libros del dictador. Decenas de páginas danzaron trémulas en el aire, al grito de «asesino» y «criminal». Eso cuentan las crónicas.


Imagen de cabecera:  Souvenires de Enver Hoxha en Tirana (Andreas Lehner, CC-by-2.0)

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