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DE CHANCLETAS A BOTAS

El trabajo de CEASPA en Panamá
Montse Erra Ros

Panamá no es sólo el canal ni el sombrero del mismo nombre. Hay más vida detrás de los tópicos que arrastra el país centroamericano. Bien lo saben los miembros del Centro de Estudios y Acción Social Panameño (CEASPA), que desde 1977 luchan para mejorar la vida de las personas que tienen poco o nada. CEASPA es una de las organizaciones decanas de la sociedad civil panameña y una de las más reconocidas de América Central porque investiga, educa y actúa con perspectiva popular. El centro trabaja en tres grandes programas: Género, Democracia Participativa y Desarrollo Sostenible, que desarrollan 16 personas, la mayoría panameñas.

Es cierto que Panamá no es precisamente el país más pobre de Centroamérica, pero la desigualdad en la distribución de la riqueza que produce la república ha provocado que el 20 por ciento de la población total, de cerca 4 millones de habitantes, viva instalada en la pobreza. La zona más perjudicada es el Darién, una provincia selvática ubicada en el Sur, fronteriza con Colombia. Es la más extensa, deshabitada, subdesarrollada y deforestada.

Al Darién fuimos con la actual directora de CEASPA, la panameña Olimpia Díaz Rodríguez, que ha trabajado prácticamente toda su vida en esta organización. Por entonces era la responsable del programa de Desarrollo Sostenible y su objetivo en el Centro Pastoral de Santa Fe era, como tantas otras veces, realizar un taller para enseñar a los darienitas a cuidar el bosque y a mejorar los conocimientos de cómo convivir con él productivamente.

Ir de Ciudad de Panamá, la capital, a Santa Fe, un pueblecito del Darién, no fue tarea fácil, aunque sólo distan 200 kilómetros. Los recorrimos en tan sólo cuatro horas porque íbamos en un buen cuatro por cuatro y con un conductor que se conocía el terreno como la palma de la mano. Una parte del recorrido era por la Panamericana asfaltada y la otra por una pista de tierra, barro y piedras. El vehículo era la coctelera y nosotras los cubitos.     

Unos kilómetros antes de penetrar en el Darién tuvimos que pararnos en un control policial. Un agente pidió al conductor que las «extranjeras» anotáramos en un papel nuestros nombres, apellidos y los números de los pasaportes para asegurarse que no sólo entrábamos en la región sino que, sobretodo, también saldríamos. 

En aquellos tiempos, el Darién era una región conflictiva, especialmente en la frontera con Colombia. Los enfrentamientos entre el Ejército, los paramilitares y los guerrilleros colombianos y las actividades de los narcotraficantes eran un elevado riesgo para los extranjeros. Los mismos darienitas preferían no introducirse en esta zona por si las moscas.

Nuestro destino no era la frontera de Panamá con Colombia sino el Centro Pastoral de Santa Fe, una granja-escuela dependiente del Vicariato del Darién, que tiene como misión mejorar la calidad y condiciones de vida de los  habitantes de las 12 comunidades del área. El Centro Pastoral está regentado por las Hermanas de Maryknoll desde hace más de 25 años y CEASPA continua colaborando con talleres puntuales, como el que iba a impartir Olimpia Díaz. 

En el Centro Pastoral de Santa Fe les enseñan a cultivar la tierra para que sea más productiva, pues es la base de su existencia. Y lo hacen a través de tecnologías sostenibles, como el cultivo orgánico, y de formas distintas de intercambio y comercialización, que incluye la organización y participación en mercados solidarios.

Dos chicos que trabajaban en la granja nos explicaron que les enseñaban a cultivar cebollas, apio, repollos, tomates y otros productos que no fueran sólo frijoles, arroz y maíz. Sin embargo, para conseguirlo debían tener paciencia, ya que los darienitas están acostumbrados a sembrar y recoger los frutos en seguida y sin trabajar demasiado.

Cuando vi a Olimpia Díaz en acción me di cuenta que no es lo mismo que una persona del país trate con los suyos a que un voluntario extranjero trate con los otros, por muy buenas intenciones que haya. Se notaba que le salía del alma cuando decía a sus alumnos que tenían que luchar por su tierra, por el Darién, que no tenían que asociar la pobreza con la selva ni la riqueza con la ciudad. Muchos van a la ciudad a buscar trabajo; al cabo de un tiempo los despiden y algunos encuentran la salida de sus problemas en la droga. Olimpia Díaz les recomendaba que se quedasen en el Darién para trabajar en la agricultura porque si no lo harían las empresas extranjeras y los darienitas tendrían que trabajar para ellos.

La directora de CEASPA me comenta que, en la actualidad, este discurso mantiene su validez y, por desgracia, «se cumplió en buena parte el pronóstico». Hoy por hoy, el Darién está repleto de extensos monocultivos de teca con muchos casos de «dueños anteriores que se transformaron en jornaleros de las plantaciones, en jornaleros de empresas cuyos accionistas seguramente no son nacionales». Olimpia también me habla de deforestación, de extracción ilegal de madera, de casi extinción de especies como el cocobolo y árboles centenarios de caoba, semilleros por excelencia debido a sus condiciones biológicas.

Olimpia Díaz ya no realiza aquellos talleres en el Darién porqué su cargo como directora se lo impide, pero mantiene un contacto frecuente con el Centro Pastoral. Ha pasado el relevo y su tarea en Santa Fe la llevan a cabo otras personas de CEASPA. No obstante, los recuerdos de aquellos años son tan potentes que los evoca emocionada. Recuerda las imágenes de unos asistentes que reflejaban su pobreza en muchos aspectos, «menos de esperanza y voluntad», y las más de cinco horas de caminatas en el barro para llegar a los cinco talleres anuales del centro y completar el ciclo. Olimpia rememora el orgullo de los alumnos y alumnas al mostrar las aplicaciones de los aprendizajes en el cultivo realizado en sus casas y me cuenta, indignada, que se le «enciende la rebeldía ante los hechos de corrupción que minimizan los recursos necesarios para cambiar estas realidades, para hacer justicia social». 

La directora de CEASPA piensa en la gran suerte que tuvo de apreciar los cambios en el aspecto de los alumnos: «De chancletas a botas, de gorra a sombrero panameño, de rostros saludables y rosados, de recuperación de peso, de confianza ganada para hablar ante el público y plantear análisis y posiciones sobre qué sí y qué no». Olimpia Díaz recuerda también, pero con dolor, presenciar cómo el alcohol truncó el proceso de formación de algún joven veinteañero que se perfilaba como líder.

En general, los resultados de los talleres, de los aprendizajes, han sido buenos y se ven, asegura Olimpia, en las comunidades «en el cambio en su producción familiar de legumbres e incorporación a su dieta». Además de mejorar su alimentación, este cambio de hábitos también ha beneficiado la vida social comunitaria porque hay más «solidaridad, organización, disminución de la violencia social y especialmente la intrafamiliar».

 

Las fotografías de este artículo, de CEASPA y Mariló C. Castro, muestran diferentes actividades, cursos y proyectos desarrollados por CEASPA y El Tucán. 

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Desde 2014, en Panamá hay un Ejecutivo nuevo presidido por Juan Carlos Varela que ha destapado, según la directora de CEASPA, «una corrupción gigantesca por parte del gobierno anterior» que algunos medios cifran en más 1.500 millones de dólares. 

En el terreno económico, el país tiene un crecimiento de más del 6 por ciento. Con esta calificación «se nos sacó de la lista de países pobres y se eliminó la cooperación para Panamá casi totalmente». Por tanto, la cooperación internacional es casi inexistente y, en cambio, las necesidades son muchas. Olimpia cree que en un planeta globalizado «la cooperación internacional bien intencionada y transparente es deseable» entre otras cosas por los intercambios, aprendizajes y dinero. La cooperación que no interesa es la de «algunas ONG internacionales que responden a intereses geopolíticos y económicos, y por ende son una forma de neocolonialismo». Olimpia Díaz asegura que del exterior necesitan «menos depredación y más responsabilidad empresarial en la explotación de bienes naturales y equidad en los contratos con el Estado».

Una de las fundadoras de CEASPA es Charlotte Elton, una mujer nacida en Londres, de 67 años, que en 1969 se trasladó a Panamá para hacer de voluntaria. Se casó con un panameño y de allí no se ha movido ni se piensa mover. Elton, que estudió Filosofía, Economía y Política en la Universidad de Oxford, fundó el centro en 1977 junto al economista y sacerdote jesuita Xabier Gorostiaga y el sociólogo Raúl A. Leis, ambos fallecidos. 

Los tres crearon CEASPA como el brazo en Panamá de un proyecto jesuítico para «promover la investigación ligada a la acción social en todos los países de Centroamérica». Coincidía en el tiempo con las negociaciones y debates en torno a la ratificación de los Tratados Torrijos-Carter en torno al canal de Panamá. Según Charlotte Elton, se veía como una necesidad la combinación de estas dos dinámicas en momentos en los que «había mucha efervescencia en la región centroamericana por la justicia social y por una mayor autonomía». 

 

Las actividades de bioalfabetización para jóvenes son parte fundamental de las tareas desarrolladas por El Tucán.

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Después de 38 años, una de sus fundadoras hace ahora balance y considera que han sido muchos los aportes de CEASPA en formación de líderes, dirigentes, intelectuales, en empoderamiento de organizaciones de mujeres, en el campo de los derechos de los indígenas, en la importancia de la descentralización municipal, en el cierre de las bases militares de los Estados Unidos, en la participación ciudadana en la toma de decisiones sobre el uso de la ex Zona del Canal… 

Charlotte Elton opina que su generación ha realizado ya un trabajo y confía en la «capacidad de los jóvenes de hoy para tomar la batuta». De otro modo ve la posibilidad de que CEASPA «caiga en un ciclo natural de aumento, de mantenerse y después de caerse». En parte, para Elton, es por la disponibilidad o no de fondos, «pero sin disposición de cambios y actuaciones proactivas, como las que estamos viendo en el caso de El Tucán, nos quedamos donde estamos». 

A parte de ser una de las fundadoras de CEASPA, Charlotte Elton impulsó, hace más de una década, la idea construir el Centro de Capacitación Comunitaria y de Visitantes El Tucán para el desarrollo y la educación ambiental. El centro pertenece a CEASPA, se inauguró en 2004, la gerente es la española Mariló Castro y Charlotte es una de los miembros del comité de dirección.

El Tucán se encuentra en la comunidad de Achiote, en la zona del Parque Nacional San Lorenzo, cerca de la ciudad caribeña de Colón y a treinta minutos en coche de las esclusas de Gatún del canal de Panamá. Es un área de bosque húmedo tropical, cálido y rural, donde viven unas 500 personas, principalmente descendientes de jamaicanos y colombianos que llegaron entre 1920 y 1930 para trabajar en las bananeras. 

Charlotte Elton me explica que el objetivo de El Tucán es «abrir las puertas a la alegría de vivir en un ambiente tropical, a través de experiencias y aprendizajes divertidos». Los alumnos son los hombres, mujeres y niños de las comunidades de la zona de la vecindad del Parque Nacional San Lorenzo, pero también hay grupos de estudiantes nacionales y extranjeros. 

En un área eminentemente rural como Achiote, que está en medio de una zona para aves y es conocida por su alta biodiversidad, el conocimiento del medio ambiente o «bioalfabetización» es muy importante. La impulsora de El Tucán comenta que, por ejemplo, se ha realizado mucha capacitación en el manejo del café de sombra «para evitar el cambio del uso de suelo a la ganadería». Además, CEASPA introdujo el turismo en la comunidad. Ahora hay guías locales, restaurantes, senderos, miradores, casa-museo con hospedaje y giras en comunidades cercanas, todo en manos del Grupo de Ecoturismo Los Rapaces de Achiote. 

Panamá es uno de los países con más porcentaje de áreas protegidas en su territorio —un 36 por ciento—. Un gran reservorio de biodiversidad amparado por una de las mejores legislaciones de la región; pero, a veces, falta que el Estado la aplique. Charlotte Elton es consciente de que son amenazas a la biodiversidad, por ejemplo, la construcción de la interconexión eléctrica Panamá-Colombia en el Darién, el desarrollo de minas de cobre a cielo abierto en medio de los bosques primarios de la provincia de Coclé y Colón, carreteras nuevas que pasan hacia la vertiente del Caribe… Y delante viene el cambio climático, «frente al que vemos pocas políticas claras en cuanto a la adaptación».

CEASPA, El Tucán, el Centro Pastoral de Santa Fe… Un sinfín de personas luchan cada día para mejorar la vida de sus ciudadanos en un entorno natural privilegiado que se debe conservar, a pesar de obras faraónicas como la ampliación del canal. Porque sí; como demuestran ellos cada día, Panamá es mucho más que un canal y un sombrero.

 

TODA UNA VIDA EN CEASPA

 
 

Olimpia Díaz Rodríguez nació en Panamá hace 71 abriles. A ella le gusta recordar las palabras de Xabier Gorostiaga, uno de los fundadores de CEASPA: «Juventud acumulada». Esta mujer de carácter con un enorme corazón estudió Trabajo Social, Administración y Psicología. Siempre dice que CEASPA es su «cuna laboral» porque empezó a trabajar como asistente de Xavier Gorostiaga al graduarse de Bachillerato en 1964, cuando tenía 20 años, en lo que considera la iniciación de lo que después sería CEASPA. Aquél proyecto se llamó Centro de Capacitación Social y era una obra de los jesuitas.

Transformado el centro en CEASPA, Olimpia comenzó a hacerse cargo de la coordinación del mapeo del Darién, realizado por los indígenas con la asistencia de un cartógrafo norteamericano. Cuando terminó el mapeo se hizo cargo de la administración de CEASPA y, como tal, la coordinación del proyecto de desarrollo institucional. Coordinó diversos programas, como el de Desarrollo Sostenible, que la llevó a realizar talleres en el Centro Pastoral de Santa Fe, en el Darién, quizás una de las mejores etapas de su vida laboral.

Desde 2011 es la directora de CEASPA y su aportación personal durante tantos años ha sido impulsar y proponer la evolución administrativo-gerencial como el modo de construir institucionalidad, sin perder los valores que inspiraron su creación, dado que nació bajo la concepción de militancia social con los valores propios del cristianismo post Concilio Vaticano II con Juan XXIII. 

Olimpia Díaz también es crítica con su trabajo. Asegura que no se siente del todo satisfecha porque «no se logró la totalidad del objetivo, aunque sí muchos avances». No obstante es consciente de que los cambios de cultura organizacional son lentos. 

En todo caso, el mejor termómetro a la hora de hacer balance de los 38 años de CEASPA es, según la directora del centro, la reacción de organizaciones y personas ante los rumores de que la institución cerrará. Firmemente, muchos dicen: «No, no puede apagar su luz» y se ofrecen para apoyar. 

 

PARA SABER MÁS: CEASPA Y EL TUCÁN

 
 
 
 
Montse Erra Ros
Montse Erra Ros

Soy periodista de carrera y fotógrafa aficionada. Trabajé durante más de dos décadas en Catalunya Ràdio hasta que decidí cambiar mi rumbo profesional y vital. Me apasiona viajar porque es cuando lo veo todo más claro. Y me encanta escuchar a las personas que encuentro por el camino porque me ayudan a entender la vida.