El idioma alemán tiene dos palabras intraducibles, como acaso sean todas las palabras, que otras lenguas han tomado prestadas para hablar del impulso viajero: Wanderlust y Fernweh. Wander es algo así como vagar, deambular, andar por ahí o dejarse llevar de un lugar a otro, mientras que lust se puede traducir como una pasión, un impulso que no se puede obviar. Si intentamos dejarlo de lado, volverá a aparecer.

Fernweh también tiene dos partes: Fern, que nombra a lo que está lejos y weh, que se usa para expresar dolor. Es entonces una sensación de vacío y ansiedad que se produce por querer viajar y no poder hacerlo, una nostalgia por lugares lejanos, de extrañar un lugar al que nunca fuiste. Es lo contrario de Heimweh, que es la nostalgia por el hogar, como la saudade brasilera. Ulises, el protagonista de la Odisea, padeció todos.

La historia es más o menos conocida: Troya ardió, terminó una guerra que había durado diez años  y todos volvieron a su casa. Todos menos Ulises, que, castigado por los dioses por cosas que no vienen a cuento, estuvo otros diez años errando por el mar sin poder volver a casa: sufría Heimweh y hoy diríamos que ese viaje fue una odisea. La cuestión es que Ulises quería volver a Ítaca, sí, pero también disfrutaba de ir de una isla a otra y conocer pueblos y ninfas y monstruos. Tenía Wanderlust. Después de vagar y navegar por diez años llegó a casa, donde lo esperaba Penélope, y volvió a ser rey en su isla hasta que se hizo viejo. Pero Ulises miraba el horizonte y se preguntaba qué había en el hemisferio sur, quería conocer el mundo y sentía Fernweh.

Cuentan que esa idea general de añoranza, vacío y ansiedad que se genera por querer salir a conocer el mundo y no poder hacerlo fue fijada en el concepto Fernweh por el naturalista alemán Alexander von Humboldt. Que eso era lo que él sentía. En su tiempo, Humboldt llegó a ser la segunda  persona más famosa del mundo; el primero era Napoleón y ambos habían nacido el mismo año: 1769. La fama le llegó por sus viajes y sus cartas y sus libros, que hicieron que Darwin después quisiera ser como él. Pero antes de los viajes y la fama había otra cosa.

Cuentan que esa idea general de añoranza, vacío y ansiedad que se genera por querer salir a conocer el mundo y no poder hacerlo fue fijada en el concepto Fernweh por el naturalista alemán Alexander von Humboldt.

Parte de la historia la cuenta Andrea Wulf en La invención de la naturaleza. Estamos en Berlín, donde la familia Humboldt vive durante el invierno, y a pocos kilómetros hay un castillo en el que pasan el resto del tiempo. Son nobles y millonarios. Alexander es el hermano menor, Wilhelm el primogénito y los dos tienen un tutor que los educa con mano firme y los controla en nombre de la madre. También les recomienda lecturas. A Alexander le gustan los relatos de exploradores por el mundo: el Nilo, la isla de Pascua, el Amazonas, Tahití, Australia y los mares del Sur. Los que prefiere son los de circunnavegación al globo: hay todo un planeta ahí y se lo puede recorrer para ver cómo y de qué está hecho; porque el mundo ya no era ese lugar en el que Dios era la explicación para todas las cosas. Ahora los hombres confiaban en la razón y en la ciencia y podían desentrañar los secretos de la maquinaria en la que estaban: la tierra, el cielo, los animales, las plantas y las personas. Así se educó Alexander von Humboldt.

Alexander quería viajar pero había un obstáculo: la madre. El caso es que la fortuna y el abolengo no se traducían en privilegios para los hermanos. El padre había muerto y la prusiana señora de la casa tenía trazado un destino para cada uno: el mayor sería abogado, el menor economista y ambos serían funcionarios. Parece que la falta de abrazos era compensada con un plan estricto de educación y, mientras Wilhelm avanzaba con el griego o el latín, a Alexander se le iba el cuerpo al bosque y la cabeza al mundo.

Con los años se hace amigo de un expedicionario que formó parte de los célebres viajes al sur del muy inglés capitán Cook de la marina mercante y con este amigo salió a conocer los países que lo rodean. Mientras el amigo le cuenta del mundo, Alexander se lo imagina y siente que Europa es poco para él. Sueña con el trópico: «Tengo dentro de mí un impulso que a menudo me hace sentir como si estuviera perdiendo la cabeza».

Siente algo adentro, como una «enfermedad centrífuga» que lo obliga a desear lo que no puede tener y a hacer lo que no le gusta. Siente una atracción inexplicable a lo desconocido que tal vez no es otra cosa que la necesidad de huir de casa. Él todavía no lo sabe pero en unos diez años se sentirá curado de su dolencia al borde de un precipicio mientras escala el Chimborazo, el volcán de Ecuador que en ese momento se tenía como la montaña más alta del mundo. Estará a 6 000 metros de altura, aferrado a unas rocas por la punta de los dedos, le faltará el oxígeno y sin embargo podrá respirar.

Siente algo adentro, como una «enfermedad centrífuga» que lo obliga a desear lo que no puede tener y a hacer lo que no le gusta. Siente una atracción inexplicable a lo desconocido que tal vez no es otra cosa que la necesidad de huir de casa.

Pero para eso faltan años. Ahora es tiempo de leer, especializarse y hacer experimentos; no le queda otra si quiere seguir viviendo del dinero de su madre. Alexander padece Fernweh y lo canaliza en el estudio. También por esa época se hace amigo de Goethe, el mayor poeta alemán, ahora viejo y gordo y al servicio de la corte, que aprovecha sus ganancias literarias para dedicarse a su otra pasión: la naturaleza. Por eso se llevan bien, porque comparten el gusto por las rocas, las formas de las hojas, los esqueletos y las ranas electrificadas. Goethe y Humboldt se juntan y leen y discuten y dibujan y clasifican y escriben.

Pero el mundo sigue estando allá y Alexander acá, sin poder verlo. Y entonces la madre se muere y el Fernweh se convierte en Wanderlust; ni se preocupa en ir a su funeral porque empieza a planear el viaje con el que había soñado toda la vida. Dinero no le falta. Durante meses hace preparativos, junta material, reúne instrumentos y ensaya recorridos, pero Europa está en llamas: estallan revoluciones y Napoleón avanza. No se puede ir a ningún lado, para donde intente avanzar verá un ejército y si mira hacia el mar verá batallas navales. Hace más de un año y medio que la señora se murió y él sigue acá, sin poder moverse, y empieza a creer en los fantasmas: «Alexander no puede deshacerse del espíritu de su madre». Siente que ella lo sigue de cerca y nunca como antes necesita viajar, o huir, que para algunas personas es lo mismo. Se va hasta España con la idea de que al borde del Atlántico está más cerca la posibilidad de embarcarse. Además le sobra el dinero, así que, si es necesario, hasta comprará un barco. No es necesario. «Tengo la cabeza aturdida de alegría», escribe ya a bordo. Está rumbo a América.

Por eso es que lo pudimos ver al filo de ese precipicio, sin la ropa y el calzado adecuados para escalar, cargando los instrumentos de medición, sin la guía de los baqueanos que prefirieron el refugio de la base, tomando notas y dibujando en su cuaderno el contorno del último líquen que vio a los 5 400 metros de altura; más arriba nada crece. Hace tres años que está recorriendo América, tiene treinta y dos y puede comprobar lo que había discutido en sus tardes de trabajo con Goethe: todo en la naturaleza está conectado. Claro que esto ahora parece una obviedad, pero no lo era en aquel tiempo. La idea de naturaleza que ahora tenemos la inventó Alexander Humboldt y la describió años después en un libro fastuoso con un nombre a su altura: Cosmos. En el cosmos está todo: hay géneros, especies, plantas, animales, razas, mutaciones. Hay pueblos, colonias y migraciones. Están la bóveda celeste, el sistema solar y el magnetismo terrestre. Hay observaciones, empirismo y comparaciones, hay fundamentos y precisión. Están el ártico y el antártico, están los trópicos y el ecuador, el mundo es un globo y el cielo una esfera celeste. Se ven la cruz del sur, las nebulosas, las nubes de Magallanes y las estrellas de la osa. Hay tipos orgánicos: enebros, abedules alpinos, parnasias de los pantanos, familias de musáceas y monocotiledóneas. Hay leyes de la naturaleza y límites para la ciencia.  Hay transformaciones periódicas que forman cadenas, sabanas, cataratas, archipiélagos, desiertos y nieves perpetuas. Y está el Chimborazo.

La idea de naturaleza que ahora tenemos la inventó Alexander Humboldt y la describió años después en un libro fastuoso con un nombre a su altura: Cosmos.

Humboldt vuelve a Europa cuatro años después de aquellos días en España en los que esperaba que debía sacarlo de ahí. Después del viaje el Fernweh ha desaparecido y esa sensación de que el mundo está en otro lugar fue reemplazada por la certeza de ser parte del mundo. Y el Wanderlust siguió su curso ya que más adelante recorrerá toda Europa, irá a Siberia y volverá a escalar otro volcán treinta años después del primero.

En Wikipedia hay una entrada sobre el síndrome Wanderlust, que sería el que padeció Alexander von Humboldt a causa de un gen: “el gen DRD4-7R, más conocido como gen del viajero, es el gen receptor de la dopamina en nuestro organismo​. Los expertos asocian este gen a aquellas personas descendientes de comunidades migratorias de hace más de 50.000 años, aunque en la actualidad el gen sólo está presente en el 20% de la población​. Las personas que portan este gen son más propensas a asumir riesgos, más abiertas a la vivencia de aventuras y poseen mayores deseos de viajar y explorar.” El gen viajero provoca un síndrome que produce “deseos irrefrenables de conocer la geografía mundial“ en personas que prefieren “llamarse a sí mismos viajeros, no turistas”. También dice Wikipedia que esta enfermedad “parece haberse convertido en la pandemia del siglo XXI”.

La industria turística mundial hace años que tomó la palabra Wanderlust para promocionar viajes apelando al más terrenal deseo de viajar que tienen personas de todo el mundo. De esta manera, hay más de 116 millones de posts relacionados con #wanderlust y todos sus hashtags derivados: #traveladdict #instatravel #travelblogger #globetrotter  #adventure  #travelife  #wanderlusting  #travelstories #wonderlust. Mientras las fotos en Instagram siguen mostrando palmeras, montañas, auroras boreales, caminos y senderos, islas, cascadas, bodegas, platos y ferias, la pandemia del siglo XXI ya no es el Wanderlust. Desde su casa, cada habitante del planeta sintió, en algún momento de este año, ese Fernweh que se apoderaba de Alexander von Humboldt en su castillo alemán.


En la cabecera, grabado del volcán Cayambe, en Ecuador, realizada por Louis Bouquet para la edición de 1810 del libro Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América de von Humboldt.