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HISTORIAS DE LA MAREA

Un cuaderno irlandés
Mario Trigo

Apuntes y bocetos de un viaje rápido por las costas del sur de Irlanda. Cork y sus marismas, la antigua destilería Jameson, el puerto de Cobh, la historia de Kinsale... Santos, brindis, naufragios, referéndums, ruinas y arte apretados dentro de un cuaderno arrugado.

Mapa

La marea sube y baja rápido en estas costas. En Ardmore el océano desnuda metro a metro la playa que antes cubrió, volviendo a desvelar esa frontera gris, surcada de microdunas como arrugas. El espacio incierto entre la alta y la baja marea, que no es de la tierra ni del océano. Y en él sus pequeños regalos, mensajes crípticos en la disposición de las algas, los restos de maroma, la madera de deriva, las conchas y las basuras. Palabras de un alfabeto desconocido.

La isla es un libro. Estoy pisando una tierra tan vivida como imaginada; tanto descrita como recreada con odio, deseo, añoranza. Algunas páginas son del Lebor Gabala Érenn, el Libro de las invasiones, escrito cuando los monjes medievales necesitaron inventar un pasado épico para Irlanda. Otras provienen de las actas del Parlamento de Londres. Otras de pasquines prohibidos, de las crónicas de viajeros enamorados, de los libretos de discos de Christie Moore. Otras del Financial Times. Otras son penachos de musgo, plumas de alcatraz, cristales o rocas, tarjetas de visita. El libro es la isla.

Yo viajo por una pequeña parte del libro y de la isla con mi cuaderno, unas acuarelas, un carbón, bolígrafos. (Los cuadernos se parecen a las playas cuando baja la marea, se parecen a las islas que son libros: recogen todo tipo de cosas, acumulan detritos junto a los tesoros, los han escrito a toda prisa, exponen fragmentos.)

John Berger explicaba que, en la tradición del arte europeo, el dibujante era alguien que observaba una montaña y anotaba en el papel lo que tenía delante, mientras que, en la tradición china, el dibujante tenía que mirar a la cosa que quería dibujar a través del modelo. Su objetivo era el ideal de montaña que estaba detrás de la montaña real.

A menudo hemos visto, leído y escuchado Irlanda como calígrafos chinos de segunda, poniendo el ideal frente al modelo y calcando burdamente los estereotipos, la literatura.

Me gustaría no hacerlo durante mi viaje, pero no estoy seguro de saber cómo. Así que empiezo por sentarme en la arena y dibujar la piel de la playa antes de que el mar la borre.

Arena

«El mimetismo ocupa un puesto muy elevado en el escalafón de todo viajero», afirma Joseph Brodsky en Marca de agua, su ensayo sobre Venecia, cuando llega a la ciudad en pleno invierno y se ajusta el cuello de la gabardina contra el frío. Tiene razón, me digo mientras me ajusto el cuello del cortavientos contra el orballo. Por eso camino por la calle central de Midleton esta noche de viernes a la búsqueda del Canty’s Bar.

Midleton, a las puertas de Cork, es una pequeña ciudad mitad histórica mitad dormitorio. Es el hogar de la antigua destilería de whiskey construida por John Murphy en 1826. Allí tuvo su sede la Cork Distilleries Company, que agrupó a cinco destilerías de la zona, a las que se unió, con el tiempo, la Jameson e hijos, que hoy en día es la principal exportadora de whiskey irlandés en todo el mundo.

Paseo diez minutos por la ciudad casi desierta. Dos muchachos miran la televisión detrás del mostrador de un restaurante de comida rápida, apenas pasan coches o transeúntes. Se percibe una vida de interior exhausto, un suspiro al fin de la semana laboral.

Canty’s ocupa la planta baja de un edificio de dos pisos junto a la arteria principal de la ciudad. Michael Canty llegó en los 50 a Midleton con la intención de comprar una granja y acabó comprando un pub donde han ido a beber campesinos, carboneros, feriantes, la plantilla de la Jameson. El local ha cambiado poco. Ni Michael ni su hija Catherine, que ahora lleva el negocio, cedieron ante los cantos de sirena de las modas pasajeras. Aquí no pasó la revolución setentera del lounge bar.

En el interior de madera y piedra hay una docena de personas siguiendo la sesión de música tradicional que, como en muchos pubs del país, tiene lugar algunas noches por semana. Alrededor de una mesa, una cantante y dos guitarristas van improvisando la velada. Músicos y público rondan los 50, y las canciones irán orbitando poco a poco hacia el country herido del Tecumseh Valley de Townes Van Zandt y estándares de hierro como The Last Thing on My Mind de Dolly Parton y Porter Wagoner.

No hay sitio cerca de los músicos, así que pido una pinta y me apodero de una mesa en el extremo contrario de la barra, dando la espalda a la cristalera y a la calle, y viendo al fondo la evolución de las canciones, los aplausos, un fuego que arde suavemente en la chimenea.

Comparto este extremo del pub con un hombre que se sienta en la barra, también solo, y charla con las camareras con el descuido de los visitantes habituales. Visto desde fuera, supongo que nuestro encuentro es obvio, efecto de la fuerza de gravedad que atrae a dos seres humanos que beben, escuchan música y han dejado la lluvia fuera de la puerta. Pero cuando empieza a hacerme preguntas desde la altura de su taburete no puedo evitar atribuirlo a la proverbial simpatía de los irlandeses.

Tiene un acento cerrado. Podría ser por las pintas o porque le faltan algunos dientes —y sonríe con entusiasmo y generosidad—. Yo le cuento que soy periodista y me han invitado a recorrer esta parte del país durante unos días. Él que es carpintero techador, hijo de carpintero techador, nacido y crecido en Midleton. Tiene cinco hermanos y tres hermanas; de los hombres, cuatro salieron carpinteros techadores y otro, dice con una mueca de estoicismo, preso.

 

—¿Sabes? Una de mis hermanas está casada con un vasco. De… ¿cómo se dice? Donostia.

 

La conversación ha tomado velocidad terminal después de que me haya invitado a la siguiente pinta. Antes nos ceñíamos a las pausas entre canciones, ahora estamos analizando pautas familiares. Bebemos esta, seguimos hablando y a la siguiente invito yo.

 

—Mi hermana y este hombre se han pasado media vida viajando. En un barco. Tenían un catamarán, dieron la vuelta al mundo trabajando de esto y aquello. Vivían en él como si nada. Luego, por cosas de la vida, lo vendieron. Y se acabó la pareja.

 

Uno de los guitarristas de la sesión ha dejado de lado su instrumento y ha tomado un low whistle, la larga flauta metálica, e interpreta un aire lento. Todos nos vamos callando poco a poco. Cada uno vuelto hacia su vaso o su ceño donde el aire acompaña la memoria como si se fuera improvisando. Olvidamos a menudo el poder, la autoridad de la música, cómo detiene la inercia de la vida cuando estamos predispuestos a ello.

Calla el whistle. Un segundo de silencio, aplausos. Volvemos a la carga.

 

—Lo gracioso es que después de un tiempo él se volvió a comprar un barco. ¡Y adivina! Vuelven a estar juntos. ¿Quién les entiende? ¿Qué, nos tomamos otra?

 

En 10 horas estaré entrando por las puertas de la Jameson para iniciar el tour de la destilería. Si voy a empezar un día tomando whiskey, ¿por qué no cerrar de igual modo el anterior? Reclutamos para aconsejarme a Susan, la camarera. Detrás de ella, el mueble de madera nos ofrece varias decenas de variedades.

 

—¿Cuál me recomendáis?

—Somos parte del Irish Whiskey Trail de Jameson, así que debería recomendarte un Jameson… Pero ese seguro que lo pruebas.

—¡Ese, ese de ahí! ¡Ábrenos esa botella de Paddy! —tercia mi compañero.

Paddy

Señala una botella perfectamente cerrada en una esquina del mueble. Por la etiqueta parece antigua, y del cuello le cuelga un cartelito donde pone: «¡NO abrir! ¡Está maldita!». Susan se echa para atrás, abriendo mucho los ojos y aguantando la risa.

 

—¡No! Ni hablar, Catherine me mata si abro esa.

—¡Venga! Algún día habrá que probarla —no es la primera vez que intenta convencerla para probar esa botella y yo soy su última coartada.

 

Paddy es una de las marcas tradicionales de las destilerías de Midleton. A comienzos del siglo XX, se vendía en los pubs de Cork con el deslucido nombre de Cork Distilleries Company Old Irish Whiskey. Pero las mañas de venta de Patrick Flaherty, que recorría la región comercializando la bebida, hicieron que los dueños de los locales acabasen pidiéndole a la destilería «ese whiskey que trae Paddy Flaherty». Así que en 1912 la empresa lo convirtió oficialmente en el whiskey Paddy. Pero la historia de esa botella concreta de Paddy no es una victoria; es más bien una tragedia.

 

—Hace años, cuando murió el señor Canty y su hija tomó las riendas del pub, hicieron una limpieza en la parte de arriba y en el almacén. Encontraron muchos trastos, cosas viejas, y también botellas llenas de polvo, que empezaron a tirar… Hasta que se dieron cuenta de que eran añadas preciosas de los 50, los 60, los 70… De Jameson, de Redbreast y de Paddy. Una fortuna. —Más tarde, whiskyauctioneer.com me dirá que una botella de Paddy de los 60 cuesta unas 285 esterlinas—. Catherine, la hija de Canty, casi se vuelve loca. Y esta es una de las pocas botellas que se salvó.  

 

Al final se deciden (me deciden) por un vaso de Blackbush, de la destilería Bushmills. Norirlandés de Antrim. Ya que tendré muchas oportunidades de probar whiskeys del sur, vayamos al norte. Blended, de triple destilación, envejecido entre 8 y 10 años en barriles de jerez. (Todo esto son informaciones que sólo entenderé al día siguiente, pero ahora empiezo a acumular referencias personales para explicarme el placer el trago. Fuego, o brasas, y algo de humo, poco, quizás, y una agradable sensación oleosa. No tengo futuro como sumiller.)

El trago se acaba, el vaso se vacía, nos despedimos. Cuando le doy la mano a mi amigo de estas últimas dos horas no me quiere decir su nombre, pero se acuerda del de mi hija. Yo recuerdo su tono perplejo y a la vez dulce cuando me contó que uno de sus hijos, maestro, ha vuelto de Inglaterra con su novio. Y algo parecido a eso es lo mejor que se puede sacar de una noche bebiendo con desconocidos.

Alambique

El alambique reposa como un objeto de otro planeta frente a las puertas de la antigua destilería Jameson de Midleton. Dorado y perfecto y gigante, parece un embajador de la gran destilería moderna que se alza a lo lejos, altas estructuras de acero capaces de producir 2 000 barriles al día.

Entre ambos, los almacenes y patios de la antigua destilería son un laberinto histórico, un teatro de piedra negra y puertas rojas donde aún se representa la Revolución Industrial junto al río Dungourney. Nuestro guía en el laberinto se llama Louie, proyecta con claridad la voz para dar sus explicaciones y tiene cara de no poder beber aún el líquido que ensalza.

El principal productor de whiskey irlandés del mundo nació en 1780 como una empresa obstinadamente familiar: tanto que sus primeros cuatro propietarios se llamaban John Jameson. A lo largo de dos siglos, el destino de la Jameson ha estado unido al del whiskey irlandés en todos sus puntos altos y bajos: pasó de ser uno de los licores más exportados y bebidos del mundo —se contaban 28 destilerías comerciales en la isla en 1887— a tocar fondo en los años 60 del siglo XX. Se habían encadenado la guerra civil irlandesa posterior a su independencia, la guerra comercial con el Reino Unido y la Commonwealth, la Ley Seca en Estados Unidos… En el año 66, Jameson era una de las últimas tres destilerías del país, y se alió con Powers, Cork Distillers y Bushmills para crear Irish Distillers. Fruto de esa unión fue la nueva planta de Midleton que jubiló a la vieja destilería de John Murphy, y también una lenta estrategia de recuperación que llevó a un renacimiento de la industria y del licor entrando el nuevo siglo. En el proceso también influyó —el capital, obstinadamente desapasionado— que la marca fuera adquirida por la multinacional de licores Pernod Ricard.

Jameson

Todas y cada una de las 87 millones de botellas de Jameson que se distribuyen por el mundo se producen aquí, junto a este espacio musealizado con atención al detalle, que apunta a la importancia que ha ido desarrollando en todo el país el turismo del whiskey. En 2017, las destilerías abiertas a visitantes y las «whiskey experiences» recibieron a 814 000 visitantes —una cifra aún lejos de los casi 2 millones que atraen los escoceses, pero cada vez más interesante—.

Louie explica el proceso de producción del whiskey sala por sala y producto por producto, las fases que construyen y estructuran poco a poco agua y cereal, fuego y tiempo en algo que puedes llevar en una petaca, por la noche te desata la lengua y por la mañana te la amortaja.

El whiskey es ingeniería. El antiguo granero tenía cinco plantas, cada una de las cuales podía albergar hasta 250 toneladas de cebada. Para resistir, la estructura estaba cruzada por vigas de hierro, cuyas cabezas asoman aún en la fachada como botones. Frente al granero está la antigua noria de agua, ciclópea, de siete metros de diámetro. En esta mañana tranquila, ahora que hace un siglo que no le obligan a trabajar para mover la maquinaria, la noria respira como un caballo de tiro cada vez que toca el agua del canal.

Rueda

El whiskey es alquimia. Desde que se empezaban a germinar los granos de cebada hasta que se llenaba el mayor alambique del mundo, capaz de contener 144 000 litros —una casa de cobre dentro de la destilería—. El whiskey pasaba por fases, cambiaba de nombre, se hervía, se filtraba, subía de graduación poco a poco. La alquimia no la hacía un sabio solitario sino equipos de hombres, jóvenes y viejos, cansados, moviendo máquinas que les podían hervir la cara o aplastar el brazo.

El whiskey es tiempo. El irlandés se obtiene después de tres destilaciones en alambique—el escocés pasa por dos y el bourbon por una—. Al final se obtiene un líquido con un 84% de alcohol que por ley debe reposar como mínimo 3 años en barril. Si no, no tiene derecho a llamarse whiskey. Y así se produce el pot still whiskey. Hay otra variedad, el grain whiskey —incluye maíz, es más dulce y con más alcohol; se usa para mezclar, y por eso acaba en los whiskeys llamados «blended», lo que son muchos de ellos—. Una vez obtenida la primera mezcla o el pot still, se le añade agua hasta diluir el alcohol a un 60% y se le deja envejecer en el barril. De la relación entre agua, malta, pot still y grain whiskey, la metereología del año y el tino del master blender que decide las proporciones surge el carácter propio de cada lote. 

Louie nos guía dentro de una sala baja en penumbra. Nos pide que no usemos el flash. El aire pesado y dulce está empapado de alcohol, una chispa podría despertar al dragón. Aquí duerme el whiskey en su cuna de roble, hileras e hileras de barriles a lo largo del pasillo. Esas cunas de roble son prestadas; cada barril se usa unas tres veces y el whiskey nunca es el primero en hacerlo. Antes se utiliza para hacer reposar otros licores, bourbon o jerez. La madera se va empapando de los perfumes y componentes de ese licor y luego se los regalará al whiskey. Esas cunas de roble con sábanas usadas también han ardido: con lanzallamas, los trabajadores de la destilería queman el interior, apenas unos segundos de llama intensa. También la madera chamuscada aporta sus notas de sabor. Y el whiskey duerme 3 años, o 6, o 12 o 18, tostándose en la oscuridad antes de imaginar la transparencia de una botella. Cada año que pasa en la bodega se evapora un 2% del contenido de cada barril, y a eso los destiladores irlandeses le llaman la parte de los ángeles —los de bourbon americano se la atribuyen al diablo—. Louie nos dice que cuando acaba la vida útil de un barril, a veces, hacen muebles con la madera.

Obreros

La visita acaba con una pequeña lección práctica. En una sala con mesas altas probamos lentamente un vaso de Jameson de 6 años, un vaso de Four Roses y un vaso de Johnny Walker —las tres variedades más vendidas del mundo de whiskey irlandés, bourbon y whisky escocés—. Un sabor más equilibrado y suave, uno más dulce y uno ahumado, telúrico.

Cuando me tomo el cuarto whiskey, el que ofrecen al salir de la visita, son las 11:30 de la mañana y sueño con dormir en una cama de roble, en una alcoba con luz de ámbar y vocación de polvorín.

«She came every morning to draw water / like an old bat staggering up the field.» Leo el poema enmarcado y al llegar la palabra final («lip») paso a descifrar las líneas manuscritas que hay debajo, junto al dibujo de un cubo y una bomba de agua: «Para toda la gente del Cliff House, con agradecimiento por algo más que un trago de agua. Seamus Heaney, 19 de mayo de 2010.»

 

—Solía venir algunos veranos con su esposa. Era encantador, un hombre muy cercano —me dice Honor Byrne, directora de ventas del Cliff House Hotel, en cuyas paredes cuelga este «Trago de agua» autografiado.

 

La poesía, incluida en el maravilloso Field Work de 1979, habla de la inspiración y la memoria, de dar, recibir y descubrir con los años que quien creía dar es quien ha recibido; del pozo de la inspiración que alimentó su carrera, culminada, que no terminada, con el Premio Nobel de Literatura de 1995.

La sonrisa que ilumina la cara pálida y elegante de Byrne cuando se refiere a Heaney habla de un orgullo que asomará alguna vez más en el viaje al mencionar el nombre del poeta. Algo parecido a la idea de un vate popular, cuyo trabajo partía de raíces compartidas con lectores y no lectores y que en su proyección pública tocaba con los pies en la misma tierra donde a veces se encuentra la poesía y siempre los pozos.

El Cliff House se apoya desde los años 30 sobre las escolleras en el extremo oeste del pueblo de Ardmore. De casa de huéspedes ha llegado a ser un hotel boutique con apenas 30 habitaciones pero 6 estrellas; 5 hoteleras y una Michelin, conseguida por la cocina de proximidad del chef holandés Martijn Kajuiter y su equipo.

En 2008 el hotel fue objeto de una reforma que lo amplió y, paradójicamente, lo encajó aún más en el paisaje. En seis niveles diferentes, todos los espacios del edificio descienden hasta el mar sobre las rocas, siempre volcados hacia la bahía de Ardmore y su larga playa. Aquí todas las ventanas miran hacia el mar, el mar, el mar, el mar…

Desde la recepción del hotel una cristalera vertical se desploma tres pisos hasta la terraza abierta a pie de roca, salpicada de espuma. Imagino un día de tormenta: el cielo gris y plomizo, la turbulencia dorada de la tempestad y los remolinos de nubes proyectándose sobre las camas y los escritorios. Las olas dejando el menú del día sobre el pequeño huerto de hierbas aromáticas de Kajuiter, junto al salón principal del restaurante, las matas de salvia decoradas con un collar gris de ostras frescas.

Pozo

Hay dos pozos más en Ardmore, cerca del Cliff House, pero no son metafóricos.

La ruta por los acantilados inicia junto a las ruinas de una iglesia dedicada a San Declan, que en el siglo V convirtió al cristianismo a su tribu, los déisi de Munster, y fundó el monasterio de Ardmore. El pozo sagrado del santo Declan se abre en una pequeña pradera sobre el mar, junto a una fachada de piedra con una puerta baja, que es todo lo que queda de la iglesia.

Dos pequeños huecos de mampostería permiten acercarse al agua que brota de la ladera. Sobre ellos se encuentran las tallas de tres cruces. En el centro, un Cristo tan medieval, naif más que crucificado, parece alzar las manos para saludar o dar un abrazo a un amigo que se le acerca. El tiempo ha gastado la piedra, borrando el martirio de su gesto. En las fotos antiguas del XIX, junto a señoras refugiadas dentro de sus chales se ven tazas y vasos de cristal, vajillas de te posadas sobre las piedras, listas para que los creyentes alarguen el brazo, prueben el agua milagrosa, se alivien de sus pesares.

Se ha calculado que hay en Irlanda más de 3 000 pozos sagrados. Manantiales o fuentes a los que se atribuyen popularmente propiedades curativas, lugares de romería adscritos a santos y santas y vinculados antes con lugares de culto pagano. Ejemplos aún vivos de la gran inteligencia para el marketing de la Iglesia primitiva y sus maniobras sincréticas. A lo largo de la ruta, junto a la iglesia y entre las zarzas, se ve la marca del Camino de San Declan, trazado y organizado en los 96 kilómetros que unen Ardmore con la roca de Cashel, en el interior del condado de Tipperary, y que varias asociaciones de la región están intentando potenciar como reclamo turístico, inspiradas por el Camino de Santiago y otras rutas de peregrinación religiosa en la propia Irlanda.

Santo

Además del pozo de San Declan, en los acantilados de Ardmore hay otro pozo sagrado: el del padre O’Donnell. Al contrario que con Declan, nadie sabe quién era el padre O’Donnell; solo que a comienzos del siglo XX, entre los acantilados ya había un manantial rodeado de piedras al que se le había puesto su nombre y cuyas aguas, según los locales, eran mano de santo, valgan las redundancias, para los problemas de vista.

En 1928 llegó a Ardmore J.P. Rahilly, un hombre de Limerick con las ideas claras. Tan claras que expresó el deseo de convertir ese pozo en un nuevo Lourdes y acondicionó la fuente, la canalizó, la cubrió con una estructura y plantó rosales alrededor. Estaba empezando a construir una estrella que decorase la cubierta —pensando incluso en iluminarla de noche— cuando la rigidez eclesiástica se cruzó en su camino emprendedor. Alguien le había contado al párroco de Ardmore, de cuya autorización dependía el proyecto, que en los descansos del trabajo los obreros de Rahilly bebían agua milagrosa de un tipo distinto a la de los pozos sagrados. Permisos cancelados.

Esta mañana, junto al pozo hay dos mujeres y un hombre anciano, sentados al sol en un banco. Nos saludan. Al acercarnos a ver el agua, que forma un pequeño estanque al pie de unos escalones, el hombre nos recomienda probarla.

—Es maravillosa —dice.— Un agua tan clara que no puedes verla.

Tiene razón. En la oscuridad de la roca, el estanque es completamente transparente, mostrando su lecho de piedra con honestidad, ajeno a planes comerciales pasados o futuros.

Sendero

El camino sigue más allá del pozo, entre las matas de tojo cubiertas de flores amarillas. El viento del mar ha despejado el día y mueve la sombra de las nubes sobre las aguas. En el muro espinoso del tojo crecen las moreras cargadas de fruto maduro. Camino llenándome las manos y comiendo, y después abro el cuaderno y compruebo el color de la mora sobre el papel. De niño comí muchas veces moras como estas en las callejas del pueblo. En una ocasión las recogí haciendo una bolsa con la camiseta y aún recuerdo el rapapolvo de mi madre, las manchas indelebles de aquel sabor dulce.

Ante el mar abierto la ruta de los acantilados se asoma a las grandes rocas y su destrucción. En un pliegue de la costa, muchos metros por debajo del camino, las ruinas oxidadas de una grúa gigantesca se confunden con las esquirlas de caliza. En 1987, una galerna frente a las costas de Gales separó la barcaza-grúa Samson de los remolcadores que tenían que llevarla hasta Malta. La Samson acabó naufragando en Ardmore y ahora los cormoranes moñudos, altos y negros como enterradores góticos e igual de pacientes, se reúnen para tomar el sol en su brazo corroído.

En el punto más alejado de la ruta circular que recorre los acantilados hay un pequeño cubo de hormigón. La expresión mínima de una casa: cuatro paredes, un techo, una puerta, una gran ventana y una chimenea integrada en un muro. La costa de Irlanda está llena de este tipo de observatorios, de épocas diferentes, con fines diferentes; apenas a 100 metros de este, tierra adentro, hay otra torre de vigilancia, abandonada en 1921.

El gobierno irlandés construyó estos cubos —expuestos en medio de la nada, lejos de cualquier edificio o pueblo— al estallar la Segunda Guerra Mundial. Los construían en una jornada, con una gran colada de cemento, y luego un par de soldados tenían que pasar largos y fríos días en ellos, observando el cielo. En el delicado juego de la neutralidad que decidió asumir en el conflicto, la joven República mantuvo posiciones ambiguas; hasta tal punto tenía que marcar su identidad que en partes de la costa se escribía con enormes letras blancas la palabra «ÉIRE» para que los pilotos de la RAF o la Luftwaffe no se confundieran (el territorio se había convertido de verdad en el mapa para esos pilotos asombrados). Los observatorios permitían avisar de posibles maniobras que pusieran en peligro la neutralidad y o de amerizajes de aviones perdidos o dañados. 

Torre

En la pared del refugio de vigilancia hay un cartel protegido por un vidrio. Si hace 80 años aquí se observaba el cielo, ahora se observa la superficie del mar en busca de cetáceos, y una cuadrícula permite registrar los últimos avistamientos. En las aguas frente a Ardmore migran o viven delfines comunes y de nariz de botella, ballenas jorobadas... El 11 de junio alguien vio un rorcual; el 30 de agosto, delfines y marsopas.

Contemplo el mar largo y tendido con una esperanza ingenua. Una barca de pesca se mece en la distancia, un hombre y un perro se mueven sobre ella maniobrando con las cañas. No hay aletas que corten las olas, o quizás debería haberme frotado los ojos con el agua del Padre O’Donnell.

Sigo caminando y en ese momento oigo un sonido súbito, como un disparo o un puñetazo. Al girarme, veo al alcatraz —el cuerpo níveo, la cabeza tostada, las puntas de las alas negras como si las hubiese metido en un tintero—. Asciende por el aire desde el agua, pájaro de nuevo después de haber sido flecha para cortar las olas en busca de alimento.

Pluma

La torre redonda se alza entre las lápidas del cementerio como un índice estilizado que acusase de algo al cielo. En un tiempo hubo 120 índices así en la isla; ahora quedan unos 65, en mejor o peor estado. Los anales las llamaban cloigtheach, campanarios, y tras muchos años pensándose que habían sido de todo —retiros de anacoretas, refugios ante los vikingos, graneros— se ha aceptado que probablemente eran eso, atalayas junto a los monasterios e iglesias desde las que llamar a los fieles y con cuya altura y esplendor se demostraba la riqueza de la congregación.

La torre de Ardmore es de las más jóvenes del país, se construyó en el siglo XII. A sus pies están las ruinas de la catedral de San Declan y su mausoleo, donde se dice que una vez estuvo enterrado el santo. En el momento de construcción de la torre no la rodeaba el paisaje melancólico de esta tarde, sino un rico monasterio que contrataba canteros, escultores, orfebres. Un lugar que quería anunciar al mundo desde 30 metros de altura las horas del día que pasaba. Quizás la idea misma del tiempo público, pautado, compartido.

La catedral de San Declan perdió el techo en el siglo XVIII y ahora la sombra de la torre cae directamente sobre el suelo pavimentado con lápidas antiguas. En el exterior de una de sus paredes se ven bajorrelieves románicos, gastados por el tiempo, y se pueden adivinar los temas del escultor un poco como adivinamos lo que quieren decir los emojis o las señales de tráfico; porque conocemos el contexto, porque están diseñadas para ser entendidas al vuelo. Así, no cuesta ver sobre la pared el juicio de Salomón y las madres —un arpista ameniza el drama en un rincón—, a Eva y Adán separados por el Árbol de la Ciencia y la Adoración de los Magos. Los acompañan otras formas borrosas: un arcángel, quizás, un guerrero que se duerme apoyado en el asta de su lanza, cuerpos que desaparecen y perfiles romos.

En el interior, escondidas junto a las lápidas del XX, del XIX, del XVIII, del XVII, hay dos piedras ogham. El alfabeto ogham se usó en los siglos V y VI para realizar inscripciones conmemorativas, breves frases en gaélico o latín, cuatro o cinco palabras referidas a una persona. Se escribía trazando muescas a un lado, otro u ambos de una línea perpendicular que, originariamente, era el canto de la piedra.

Hay en Irlanda 330 piedras ogham, y la mayor colección que se puede visitar se encuentra cerca de aquí, en el Pasillo de las Piedras de la Universidad de Cork. Dientes de caliza mellada donde quedaron registrados los nombres de jefes tribales o los muertos añorados de alguien. La fórmula que más se repite es «hijo de» y aunque la etimología de los nombres hable de lobos y guerra, algo en ese «hijo de» me hace pensar en una cierta ternura, más que en el orgullo machista de la posesión. Los trazos, tan gastados que nos recuerdan que no perduramos ni nosotros ni ellos, que hasta las piedras se desmigan, no pueden sostener mucha arrogancia. En una de las piedras de la catedral de San Declan, la palabra que permanece, en latín, lo dice aproximadamente todo:

Amatus.

Ogham

Realizado en colaboración con Turismo de Irlanda

Mario Trigo
Mario Trigo
(Torrelavega, 1980) Formado como jurista en Santander y traductor en Granada, dibujante por autodeterminación. Un atlántico enamorado de Italia y de los cuadernos de viaje. 
 
 
En twitter: @AyBialetti