La literatura clásica describe Mongolia como “el país del eterno cielo azul” y razón no le falta. Al lado de Bulgán –en la provincia fronteriza con China de Khovd– el reflejo tinta los charcos del azul más azulísimo jamás visto. La estepa llega hasta los pies de las montañas de Altái dibujando capas de texturas. En la primera, los camellos bactrianos pastan entre matorrales de hierba que parece dorada por el sol, mientras las cabras corretean alrededor. Detrás, pequeños árboles secos mudan las hojas con la llegada del invierno. La montaña se alza, rocosa y gris, hasta que llega a la cima.

Es finales de octubre y la nieve ya cubre los picos de la cordillera. En medio de la estepa, tres pastores de unos cincuenta años se desplazan a caballo hacia la nueva ubicación donde pasarán el invierno. Les acompaña su rebaño de más de doscientas cabezas y su camello, que carga el ger, la yurta mongola de 20 metros que les hará de refugio y que en solo dos horas pueden montar.

Altan recibe a los forasteros y les invita a pasar dentro de su ger, donde convive con su hijo, Batu. Una cama a cada lado y una mesa a la izquierda, preparada para que los huéspedes tomen el té salado con leche, un poco de pan frito y sin freír, mermelada y aaruul, el queso seco de color crema que impregna su olor por toda la habitación. A la derecha, al lado de la puerta, las ollas y armarios hacen de cocina. En el centro, la estufa sirve como fuego para cocinar. Al final, se sitúa el altar con un buda, una vela y la foto del padre fallecido recientemente.

En otoño se ubican en la cuenca del río Bulgán, donde no hace tanto frío como en las montañas, donde pasan el verano. En invierno se acercarán más al pueblo, aunque Batu volverá a las montañas para la caza del lobo. Al lado de la casa han construido cabañas de troncos que sirven de refugio para sus rebaños y donde almacenan la paja. Del ger de enfrente salen Naranbaatar y sus cinco hijas, todas tan rubias que su pelo casi es blanco, con los ojos claros y el deel, el abrigo tradicional mongol de colores llamativos –morado, azul, rosa, granate, naranja– que se ata a la cintura con una cuerda. Las más pequeñas tienen dos años y son mellizas. El perro de los vecinos es más alto que ellas, y asustadas se esconden rápido detrás de su padre.

Mongolia es el país más despoblado del mundo. Aunque sea el decimonoveno país más grande en extensión y ocupe tres veces la superficie de España, solo viven tres millones y medio de habitantes. El periodista español Zigo Aldama, autor del libro Adiós a Mongolia, explica que una de las cosas que más le sorprendió fue que en zonas del país no hay caminos, que el camino lo traza cada uno en medio de la estepa. Puedes conducir kilómetros y kilómetros sin encontrarte con ningún ger, pero cuando ves uno es casi obligatorio pararse a saludar.

Hato de camellos en la estepa mongola con las montañas de Altái de fondo | ANNA MONTRAVETA

Harnuud y Enkh despellejan el cordero –aún caliente– que han matado esta mañana delante de la yurta. Batbayar ha venido a visitar a sus padres, junto con su esposa, Erdene. Su familia ha vendido algunos de sus caballos –por 1.500.000 tugriks cada uno, unos 400 euros– y los compradores los vienen a buscar con un remolque. Su hijo mayor monta el caballo moteado delante de la puerta del ger y abre el establo para que los otros caballos salgan a pastar. Para comer hoy toca plov: arroz cocinado con carne de cordero, zanahoria y patata. De segundo, cabeza de cordero hervida. Después de comer, Batbayar se sienta a fumar mientras Erdene y su suegra llenan botellas reutilizadas de Cocacola y Fanta con la leche de las vacas que pasean un poco más arriba.

Por delante del ger pasa el río, y al otro lado, una carretera donde casi solo circulan camiones que transportan carbón hacia China. La minería es uno de los principales sectores económicos del país –representa el 20% del PIB– y China, el principal país donde Mongolia exporta los minerales. Batbayar conduce uno de estos camiones. Que la nueva generación no viva de forma nómada no es un caso aislado de su familia: en Mongolia cada año unas 40.000 personas abandonan este estilo de vida.

 

El calentamiento global dificulta el nomadismo

“El principal motivo es el clima. El cambio climático ha provocado que cada vez sea más difícil poder vivir así. Llueve menos y no crece suficiente hierba para los animales”, explica Batbayar. En Mongolia, la temperatura se ha incrementado el doble que en el resto del planeta: 2,07 grados de 1940 a 2014. Las precipitaciones han disminuido un 7% y el 90% de la estepa está amenazada con desertificarse. Además, el 12% de los ríos y el 21% de los lagos se han secado.

Vivir en Bulgán, la ciudad más cercana, fue la decisión de Batbayar y Erdene. La de muchos mongoles, pero, es mudarse a Ulán Bator, la capital más fría del mundo y una de las más contaminadas. La mitad de la población de Mongolia vive en esta ciudad y se calcula que unas 21.000 personas emigran anualmente hacia la capital. Es por este motivo, que en 2017 se prohibió temporalmente el asentamiento. Una de las razones principales que acreditó el Gobierno fue la mala calidad del aire. El centro de la ciudad está formado por construcciones de cemento, pero en los barrios periféricos la gente sigue viviendo en los ger por motivos económicos, y es donde se produce el 80% de la contaminación.

El cambio de estilo de vida en Mongolia es inevitable, pero pasa factura sobre todo a los más jóvenes. Son las once de la mañana y un coche se para a saludar justo donde termina el asfalto y uno tiene que empezar a dibujar el camino, dejando la carretera principal y entrando en la estepa. Dos de los ocupantes salen haciendo eses con la cerveza en la mano. La falta de oportunidades laborales y la pobreza extendida –en parte por la corrupción habitual en las esferas políticas– explican los problemas de alcoholismo en Mongolia, el país del mundo con más porcentaje de población con adicción alcohólica.

Bulgán es una ciudad de 10.000 habitantes. Tiene una infinidad de supermercados –la mayoría con los mismos víveres– dos restaurantes, algunas peluquerías, un pub, varios bancos y tiendas de móviles, un par de hoteles, ninguna cafetería y pieles de animales aún crudas que se venden en las aceras. Sultá trabaja de lunes a sábado limpiando uno de los hoteles. Tiene dos hijas que viven en Ulán Bator. En su tiempo libre le gusta jugar a vóley. Esta mañana va a ir a la peluquería a teñirse el pelo, pero antes pasa por cuatro supermercados distintos a comparar los tintes que venden. Entra también en un par más para valorar si quiere comer col esta tarde, y al final decide no comprar verdura. En la tienda de ropa más grande de la ciudad se mira los pendientes, pero tampoco le convencen.

Cercas características de distritos con ‘gers’, como el de Bulgán, donde además se suele ver ganado a la orilla de la carretera | ANNA MONTRAVETA

En la peluquería donde va normalmente hoy hay cola. La peluquera tiene unos sesenta años y mueve las tijeras como lo hacen todas las profesionales con experiencia. Está terminando de cortar el pelo a un señor en el único sillón de la sala, pero cuatro más esperan su turno sentados. Sultá decide dar media vuelta, pero antes de buscar otra peluquería, entra en el edificio contiguo.

Una mujer con los párpados pintados de lila, una boina amarilla y una chaqueta larga naranja le da dos bolsas a cambio de unos tugriks después de recitar plegarias escritas en libros budistas y simular polvo con las manos: en una hay hierba verde y en la otra como unos terrones de azúcar. “Para estar bien y conectar con lo de arriba”, dice Sultá. Más de la mitad de la población de Mongolia es budista tibetana –junto con Botán, es el único país independiente donde la mayoría de la población sigue esta rama del budismo–, aunque el animismo también está muy arraigado en la cultura. En Bulgán, además, existe una minoría católica, que se reúne en una casa con una cruz que hace de iglesia.

La segunda peluquería donde prueba suerte Sultá está regentada por una peluquera de unos treinta años y está ubicada encima de una tienda de telecomunicaciones, en uno de los únicos edificios de dos plantas de la ciudad. Zaya lleva el pelo sujetado en una cola con un lazo de tul negro, con decoraciones perladas y brillantes. Antes de volver al hotel y con la cabeza limpia y coloreada, Sultá pasa por uno de los edificios más grandes y modernos del pueblo, situado en la parte sur. Hay pasillos con distintas habitaciones, cada una dedicada a un negocio: un salón de belleza –donde te pintan las uñas y te depilan–, una tienda de abrigos tradicionales, una sala para que los niños jueguen y un dentista. Esta última cuenta con tres camillas en medio de la sala y una profesional para cada cliente. Hoy se ha hecho tarde y Sultá deberá volver otro día a solucionar el dolor de muela.

En el primer piso del edificio del hotel donde trabaja Sultá hay también una tienda de deportes, el gimnasio del pueblo, una sala que sirve como lugar de encuentro para los jóvenes –con un papel de pared donde hay escritos los nombres de las ciudades más internacionales– y las duchas públicas. Jeg y Batzorig tienen 23 años y se encuentran con sus amigos para comerse unos fideos instantáneos y ponerse al día en la sala del hotel. Jeg trabaja de profesor de música en la escuela de Bulgán. Canta khoomei, el cante gutural mongol; toca el limbo, la flauta tradicional; y está estudiando morin khuur, un tipo de chelo autóctono cuadrado y con dos cuerdas. Batzorig trabaja en las Fuerzas Aéreas del país y está de permiso en su ciudad natal.

Un ‘ger’ en la inmensidad de la estepa mongola | ANNA MONTRAVETA

Mientas que Batzorig vive en la periferia, en el campo, a 80 km de Bulgán, Jeg vive en el ger de su familia en el barrio mongol, al lado de los kazajos, una de las principales minorías en Mongolia. Dice que aún no tiene novia, que para encontrarla tendrá que ir a Ulán Bator. Se ríe. Vive con su madre, de 54 años, su padre, de 59, y sus hermanas mellizas, de 14. Tienen dos camas, una a cada lado de la yurta. De una de ellas cuelga en una percha el traje de Jeg para ir a trabajar en la escuela. Tiene dos hermanas más en la capital. Espera que su madre llegue de ordeñar las vacas y bebe té salado con leche.

En su casa, como en la de Bogi, propietario de EcoFoods –el supermercado con más variedad de Bulgán– no hay ducha. “En casa, nos limpiamos superficialmente. Para ducharnos venimos al hotel”, explica Bogi. Al lado del gimnasio hay salas de duchas y taquillas abiertas de nueve de la mañana a nueve de la noche. El ger de Bogi cuenta con un sistema de calefacción de suelo radiante, una televisión que ocupa media habitación, una cocina con nevera y una pila, y una simulación de fuego que cambia de color. “Vivimos en un ger porque es más barato, pero planeamos construir una casa de planta baja el año que viene”, explica. Bogi sentencia que las nuevas generaciones ya no quieren vivir de forma nómada: “Ahora los jóvenes lo que quieren es estudiar”.

En Bulgán, a finales de octubre el sol cae alrededor de las seis de la tarde, dejando un pueblo fantasma en el que sólo pasean vacas. El cielo parece que lo hayan pintado con acuarelas combinando el azul, el morado, el rosa y el granate. De las chimeneas de los ger sale el humo que mantiene el calor, y las familias alrededor del té con leche, del vodka o del airag –una bebida alcohólica hecha con leche de yegua– se preparan para terminar la jornada.