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MUJERES REVOLUCIONARIAS

Reflejos de Davis, Roy y Ngozi
Berta Jiménez Luesma

La mitad superior de la cristalera del edificio del CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona), el del mirador y el arxiu, forma un ángulo de 40 grados respecto al techo del edificio colindante. Así, desde el patio interior de este lugar, es posible verse reflejado desde dos perspectivas, una frontal y otra cenital. En este reflejo —que suele devolver niños ensayando actuaciones de baile, individuos que comen o se reposan en los bancos, o simplemente los dibujos repetitivos de las paredes— hoy no cabe ni un alma. Hoy está abarrotado de cabezas, de cuerpos que en una fila más o menos ordenada esperan impacientes. Hoy es el día de Angela Davis, pero la escena era la misma con Arundhati Roy y también con Chimamanda Ngozi Adichie. Entradas y pases de prensa agotados, y un reflejo doble que se ve inquieto y con hambre de ¿revolución?, de ¿resistencia? 

Con una actualidad global rabiosa parece que este puzzle de voces que tan bien encajan las unas con las otras llega en un momento muy idóneo. Pero ¿cuándo los discursos de Davis, Ngozi y Roy no lo serían? Hoy alzan su voz aquí, versión institucional; pero siempre lo han hecho en las calles, en sus casa, trabajos. Siempre —cada una desde su posición— combaten la represión en lo personal y en lo político. 

Abren las puertas y sendos reflejos poco a poco van volviendo a su estado habitual, mucho más calmo. El primer instinto al verse reflejado es elegir, elegir uno de los dos —lógico en un mundo binario, de pares y dicotomías—, el segundo es desechar la cenital y escoger la perspectiva frontal: la racional, la fiel, la real, la que te coloca con los pies en la tierra, ya que quedarse con la otra, la distorsionada, la fantástica, la exagerada y casi onírica, no tendría sentido. Pero si siempre escogemos el mismo ángulo, el de los 90 grados respecto al suelo que pisamos ¿cómo vamos a repensarnos? 

Ese reflejo frontal, —y los espejos no mienten—, te devuelve en cierto modo a esos autores a los que siempre has leído. A los que siempre, todos, leen. Te devuelve una cartografía del planeta tierra con Europa en la parte superior, con América en la parte izquierda. Te recuerda que lo que crees como indiscutible, como absoluto es solo una perspectiva. Y que nunca, jamás has mirado el otro espejo. Ignorante. 

Y en el reflejo solo queda ya una cabeza y un cuerpo duplicado, porque la reflexión te ha hecho perder la noción del tiempo. El resto de personas ya han entrado a la charla. Maldita arquitectura. Con la primera lección aprendida, o al menos con los ojos entornados y el ceño fruncido, toca dejar de hablar y empezar a escuchar. 

A los 7 años Angela Davis ya había aprendido que «al FBI no había que decirle ni una palabra». Se lo enseñaron sus padres, ambos profesores de enseñanzas medias, cuando Davis todavía vivía en Alabama, la previa al boicot de los autobuses de Montgomery y al Movimiento por los derechos civiles; la Alabama de la segregación negra y el Ku Klux Klan. Tantas bombas explotaron en su barrio desde 1947 que ya todos lo conocían como Dynamite Hill. Su ciudad, Birmingham, re-bautizada como Bombingham. «Cuanto más violento se hacía el ambiente en que vivíamos más decididos estaban mi padre y mi madre en enseñarme que la lucha de los blancos contra los negros no formaba parte del orden natural de las cosas» cuenta Davis en su Autobiografía (Capitán Swing, 2016). Y así creció y se formó una Angela Davis que, aunque «de manera oficial» abrazó la conciencia política a los 14 años —cuando se mudó a Nueva York con una beca para los mejores alumnos del sur—, en realidad ya vivía en ella. La política estaba en su piel, atravesada en su experiencia. Era su memoria, eran sus orígenes y era su historia. Y todo ello marcó el resto de su vida personal e ideológica.

Hoy Davis luce pletórica ante un público extasiado y exaltado que aplaude a cada intervención. A sus 73 años confiesa que le parece un buen momento para ser vieja porque «es bello observar como otros, más jóvenes, toman con tanta facilidad las herramientas que ellas crearon». Aunque esté sobre un escenario, habla cercana, sincera y sin miedo —porque quizás nunca lo tuvo o lo perdió pronto—. Juega con las ironías y bromea. Desprende una simpatía que atrae por la falacia rota, la fantasía ahogada de que un icono ha de ser áspero. Aunque ella reniega de este cargo: «no me siento un icono, solo una testigo de la historia». 

Apenas se detiene en su background. Todos saben que se sumergió en el marxismo, que profundizó en las intersecciones entre clase, raza y género. Que se acercó a los Panteras Negras y al Partido Comunista Estadounidense. Que se convirtió no solo en la voz del feminismo antirracista, sino también del movimiento anticarcelario. Hoy sigue siendo una de sus reivindicaciones: «las prisiones no tienen nada que ver con el crimen sino con el control de cuerpos negros, cuerpos libres hace muy poco tiempo. Es una forma de controlar a la población». Recuerda, también, algunos de los últimos asesinatos más sonados cometidos por las Fuerzas de Seguridad Estadounidense a personas negras, concluyendo con un contundente «ya es hora de desmitificar a la policía». 

Aquel 7 de agosto de 1970 ya hacía mucho que no creía en las autoridades, quizá en aquel momento creyó todavía menos. Aquel día Jonathan Jackson el hermano de George Jackson —un gran defendido de Angela Davis encarcelado por pertenecer a los Panteras Negras— tomó un rehén a punta de pistola con el objetivo de conseguir la libertad de sus compañeros. Pero el plan falló; Jonathan Jackson fue asesinado y Davis fue acusada de haber proporcionado el arma al encarcelado. Desde aquel momento, y puesto que los hermanos Jackson no eran aprobados por la opinión pública ya que «habían sido pasto de innumerables insultos racistas de los medios de comunicación de la burguesía protestante blanco anglosajona» (Fuego Queer, Ed. Imperdible) Angela Davis fue marcada por el FBI con un «wanted». Hasta lograr su detención.

Davis no duda al afirmar que las cárceles son la post-esclavitud y que continúan llenas de personas migradas y racializadas. Pero aparece, sin embargo, un esfuerzo colectivo por ignorar esta realidad y Davis ironiza sobre cómo, por ejemplo, desde la era Obama los medios de comunicación mainstream creen haber alcanzado un discurso post-racial. También acusa al feminismo de esta misma perspectiva naif y privilegiada: «cuando se habla de feminismo se refiere a feminismo burgués» como muy bien indicaban ya en el título de la antología sobre estudios interseccionales publicada en 1982 por The Feminist Press: Todas las mujeres son blancas, todos los negros son varones, pero algunas de nosotras somos valientes. En ella varias autoras reflexionaban sobre política desde las opresiones de etnia, clase o género. 

«La gente no blanca es invisible, sigue siéndolo en la actualidad, nunca hemos pensado en reparar ni el esclavismo ni la colonización». Se alegra de la transformación del feminismo pero añade y cierra con un, de nuevo alabado, alegato: «Europe is no longer white». 

Desde El dios de las pequeñas cosas Arundhati Roy se hizo un hueco en la literatura universal contemporánea. A pesar de ser su opera prima, esta novela de tintes costumbristas que retrata la vida en Kerala, se para a mirar el comunismo y a criticar el sistema de castas indio, consiguió alzarse con el Premio Booker en 1997. Hoy El ministerio de la felicidad suprema (Anagrama, 2017) ha provocado que Roy sea la gran elogiada por la prensa internacional. The Times la coloca como una posible candidata en «todas las listas de premios de este año». Y sin embargo, sentada junto a la periodista Natza Farré, es imposible encontrar el menor vestigio de superioridad o egolatría. Sonríe y parece encontrarse a gusto frente a un público hambriento de sus ideas y de sus historias. Su estética recuerda a la de la actriz Helena Bonham y su mirada parece que pasó del «ahora» hace rato. Sus ojos son más abultados que los del resto y en ellos brilla lo que parece ambición, y sobre todo conocimiento. También picardía —de esa de los buenos escritores— y muchas imágenes grabadas. Los abre aún más cuando cuenta como «la gente se sorprende cuando le dices que el capitalismo es el creador de las desigualdades del mundo: se quedan como "¿en serio?"»

Pero la vida de Roy no ha estado marcada por la militancia política. Durante su adolescencia comenzó una vida algo hippy, de arte y disfrute. Estudió arquitectura y más tarde comenzó a hacer cine: fue actriz, pero sobre todo escribió guiones. Escribió, su pasión. Quién le iba a decir entonces que, pocos años después su libro sería distribuido en 21 países.

En la literatura encontró su forma de combatir el sistema: en El ministerio de la felicidad suprema, una historia de amor le sirve como pretexto para narrar la ocupación militar del territorio indio de Cachemira: «En India todo el mundo me dice que por qué no hablamos de las cosas buenas» y aunque asegura que el libro trata elementos muy bonitos, cree que cuando le increpan en realidad se refieren a que «por qué no hablamos de las cosas buenas de la clase media, esas que el neoliberalismo ha creado». Pero zanja convincente que «lo que no entienden es que "lo bueno" viene provocado por haber empujado a la pobreza más aún a los más oprimidos». Los poderes hegemónicos, que se manifiestan de muy diversas formas, marcan un «nosotros» y un «todos» excluyente; y aunque moralmente muy cómodo, Roy lo desecha. 

Desde su realidad, lamenta que en India el movimiento feminista ha sido muy oenegizado: «Encuentras situaciones donde pocas cosas que son consideradas feministas. Por ejemplo ¡poner en entredicho la política económica, no es considerado feminista! ¿Por qué las mujeres indígenas revolucionarias que luchan por defender su tierra no son consideradas feministas?». Esta reflexión encaja con aterradora facilidad en los discursos neo-coloniales que desde Occidente desposeen de discurso y desarticulan las herramientas de los otros, o en este caso las otras desde el paternalismo y el etnocentrismo. 

Roy llama a la acción, pero busca en todo momento el poder reposar, el parar, el espacio para reflexionar; pues de otro modo pocos fenómenos pueden entenderse o explicarse: «Tienes que mirar la forma en que la máquina funciona, la forma en que la crisis del capitalismo nos afecta», tal vez así consigamos encontrar la respuesta a la que, para ella, es una pregunta —la pregunta— vital: «Frente al poder, ¿cuál es la fuerza que debemos aplicar en la resistencia?» 

El público que espera ansioso a Chimamanda Ngozi Adichie es con diferencia el más joven. Aunque la gama etaria llega hasta la tercera edad, muchas de las butacas están ocupadas por adolescentes. En los últimos años Ngozi Adichie se ha convertido en una voz de su tiempo —desde el afamado Todos deberíamos ser feministas (Random House, 2015), libro surgido de una charla TED—, pero lo cierto es que tiene una larga carrera como escritora a sus espaldas. Con solo 21 años publicó For Love of Biafra, que a pesar de tratarse de teatro, sería el primero de muchos libros que le traerían un éxito temprano. Su novela La flor púrpura (Random House, 2016) le devolvió en 2005 el Commonwealth Writer's Prize al mejor «primer libro». 

Desde entonces ha seguido labrando su carrera como escritora y este año ha lanzado Querida Ijeawele: Cómo educar en el feminismo (Random House, 2017). Porque, aunque la opresión de género le ha atravesado siempre, una de las temáticas de estudio de la que más se ocupa ahora Ngozi Adichie es el feminismo. Ella defiende que en sus textos las mujeres que aparecen siempre han sido fuertes y poderosas: «no conozco a otro tipo de mujeres». Ngozi Adichie es la orgullosa responsable de que el discurso feminista de base se haya extendido y haya llegado hasta rincones insospechados. Todo ello con el añadido de su perspectiva de mujer negra y nigeriana. Tanto que hasta la reina del R&B mainstream Beyoncé lo reivindica, ríe empática y feliz Ngozi Adichie cuando le preguntan sobre la cantante. 

Para Chimamanda Ngozi Adichie «el objetivo del feminismo es que un día no sirva para nada, porque haya dejado de ser necesario». Optimista, la escritora cree que un cambio es posible y que poco a poco lo encubierto pasará a ser obvio. Así, detalle a detalle hasta que, sin darnos cuenta, todo sea diferente. 

Es consciente de que ya ha habido una metamorfosis, aunque esta sea insuficiente: «de pequeña tengo recuerdos de familiares diciéndome que cerrase las piernas, que así no debían sentarse las chicas. Yo no lo entendía "¡pero si estaba cómoda!"», algo que parece que cada vez ocurre menos. 

Recuerda la primera vez que un conocido la llamó «feminista» —en un tono no muy amigable— y cuenta que aunque no sabía muy bien lo que significaba, desde ese momento supo que lo era y lo seguiría siendo. 

Defiende el feminismo no solo desde la acción sino también desde el lenguaje por lo que reivindica el uso del término «feminismo» frente a otros términos como «humanismo»: «El problema no es la humanidad es que las mujeres sufren una opresión y represión exclusivamente por ser mujeres, no por ninguna otra razón». Construye un símil entre los términos «feminismo» y «humanismo» y nos invita a imaginar que un paciente rechace tomar una pastilla para la próstata —que es donde padece problemas— alegando que «prefiere una medicina para todo su cuerpo, en general».

Chimamanda Ngozi Adichie, como sus otras dos compañeras, abandera un discurso necesario —en mayúsculas—. Estas tres mujeres de tres generaciones y procedencias. Estos tres referentes muy diversos y a la vez compatibles atacan a un mismo problema desde diferentes frentes, y por la respuesta eufórica del público, los tres parecen inspiradores. Tres charlas imprescindibles para descentralizar: callar, aprender y después revisar. Tres perspectivas de un mismo espejo. Y no, no es el de siempre. 

 
 
 

EL MINISTERIO DE 
LA FELICIDAD SUPREMA

ARUNDHATI ROY

ANAGRAMA, 2017

 

LA LIBERTAD ES 
UNA BATALLA CONSTANTE

ANGELA DAVIS

CAPITÁN SWING, 2017

 

QUERIDA IJEAWELE. CÓMO EDUCAR EN EL FEMINISMO

CHIMAMANDA NGOZI ADICHIE

RANDOM HOUSE, 2017

 
 

Imagen de cabecera, CC Morgaine

Berta Jiménez Luesma
Berta Jiménez Luesma

Periodista de largo, larguísimo aliento.Vive en un estado constante de tranquilidad nerviosa. Solo sabe hablar con preguntas. Boli desenfundado y gafas violetas. Masterizada en criminología.