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TIERRA SANTA

En Buenos Aires
Marc Caellas

Lo primero que veo al bajar del colectivo que me lleva desde el Bajo hasta Tierra Santa es un letrero colocado en la reja que separa el parque de la carretera costanera: Visite Jerusalén en Buenos Aires todo el año. Esa es la promesa de este parque temático religioso. El concepto parque temático vinculado con lo religioso me hace sospechar. Se supone que el sentimiento religioso está por encima del entretenimiento. Se supone que la religión implica una cierta trascendencia. Se supone que la religión se toma en serio a sí misma. Hago el esfuerzo de dejar de lado tanta suposición y entro en el parque con buen ánimo. Lo primero que veo es una valla publicitaria con varias fotos del papa Francisco. El arzobispo Jorge Mario Bergoglio fue nombrado papa un trece de marzo de 2013. Yo estaba en Buenos Aires esa tarde veraniega en la que empezaron a sonar las bocinas de los autos como si Argentina hubiera ganado el Mundial de fútbol. Y sí, es cierto que fue un día histórico, por primera vez el Espíritu Santo se fijaba en América Latina e inducía a los arzobispos encerrados en el Vaticano a ungir a un papa sudaca. Un gran día para Argentina. Ahora sí que el podio de los argentinos ilustres se completaba. Tras Maradona, el mejor futbolista de la historia —ya superado por Messi—, y el Che Guevara, el mejor revolucionario de la historia —¿ya superado por Snowden?—, aparecía ahora el papa Francisco, aspirante a mejor pontífice de la historia, uno que prometía salvar a la Iglesia Católica de su decadencia, recuperando el espíritu de los primeros creyentes y expulsando a las manzanas podridas.

 
 

Han pasado ya más de cinco años desde aquella tarde histórica y el papa Francisco aún no ha tenido tiempo o ganas de darse una vuelta por su país. Sin embargo, bastaron sólo cuatro meses de papado para que otorgara de corazón «la implorada Bendición Apostólica» a María Antonia Ferro y a los trabajadores del Parque Temático Tierra Santa y también «la implorada abundancia de las gracias divinas y la materna protección de la Santa Virgen María». Las bendiciones no me ahorran el pago de doscientos pesos para el que no descuenta ni mi carnet de prensa ni haber estudiado en un colegio marista.

Una vez dentro, la primera actividad a la que se me convoca es la del pesebre animado, anunciado como uno de los más grandes del mundo. Entro por un pasillo guiado por una figurante vestida de misionera que, altavoz en mano, nos cuenta el relato del viaje de José y María a Belén. La narradora destaca que si se quedaron a dormir en un humilde pesebre fue porque ya no había alojamiento disponible en el pueblo ¡Y aún no existía Airbnb!

Después de caminar unos cien metros en la penumbra, llego a una gran cueva que funciona como auditorio con capacidad para unas cuatrocientas personas. Al leer pesebre animado me imaginé a un grupo de extras encarnando a José, María o a los Reyes Magos. Nada de eso. Animado significa aquí que algunas de las esculturas del pesebre son autómatas, mueven ligeramente la cabeza o los brazos hacia los lados, mientras una voz en off nos cuenta de manera muy resumida la ficción que supuestamente conmemoramos cada veinticinco de diciembre. Un juego de luces más bien pobre completa la puesta en escena, que no difiere en mucho de la que pueda organizar cualquier colegio católico de Buenos Aires o Barcelona con el título de pesebre viviente.

Termina el «show» y me acerco al escenario y tomo una foto de un «animado» figurante ataviado únicamente con una falda corta y un trapito que le cubre parte del torso y que deja expuestos unos músculos de campeón olímpico de halterofilia. Me mira con una sonrisa pícara que invita a pecar mientras con una mano sujeta el buche de lo que parece un camello. Como portada del Festival Circuit de Barcelona haría furor. 

 
 

Decido salir y atravesar la puerta de entrada de la ciudad. Diviso a lo lejos a una señora con una túnica de película de romanos y me animo a entablar una breve conversación que se interrumpe momentáneamente por el ruido de un avión que nos pasa rozando la coronilla. Aeroparque, el aeropuerto pequeño de Buenos Aires, se encuentra casi colindante con el parque, en plena Costanera, frente al Río de la Plata. Diría que ese momento-avión, que sucede cada diez o quince minutos, es lo mejor de la experiencia Tierra Santa. María Eugenia Mamone, que ejerce de catequista desde hace doce años, me cuenta que muchos turistas ven el parque desde el avión y se quedan muy sorprendidos, especialmente si coincide con el instante en que el inmenso Cristo se levanta. Los que tienen tiempo aprovechan las horas de su escala para visitar el parque. Son fácilmente identificables porque llegan con su valija y quieren verlo todo muy rápido.

Hablemos del Cristo. Esa atracción, la estrella de la jornada, se llama La resurrección de Jesús y consiste en una estatua de dieciocho metros de altura que aparece poco a poco detrás de una montaña de cartón piedra. De una potente megafonía suena elAleluya aleluya aleluya mientras el Cristo de resina epoxi y fibra de vidrio asciende lentamente para una vez en la cima llevar a cabo una modesta coreografía con unos sencillos movimientos de cuello y manos. Eso sucede una vez cada hora, cuando faltan diez minutos para las en punto. Si te toca de noche, el Cristo está iluminado y parece Mazinger Z, a punto de disparar rayos desde su sagrado corazón. Si coincide a media tarde con la llegada de un avión, el Cristo se parece a un controlador aéreo de pista organizando el aterrizaje. En cualquier caso es difícil tomarse en serio esta pantomima, por mucha fe que uno tenga. La risa floja hace flaquear más de un pulso y me gustaría saber cuántos de los que filman con el teléfono consiguen mantenerlo firme. Pero lo mejor viene ahora. Una vez arriba, Cristo no puede quedarse ahí, tiene que descender para que, una hora más tarde, se repita el show. Y el público no se levanta de su silla hasta que desaparece. El asunto es que ese descenso, durante el que suenan campanas de iglesia, se convierte en otra atracción, la des-resurrección podríamos llamarla, una especie de arrepentimiento de Cristo como diciendo, casi mejor me quedo muerto y me dejan en paz.

Los usos de la figura de Cristo en Argentina son peculiares. V.S. Naipaul escribió en El regreso de Eva Perón, una crónica de sus viajes a Argentina, sobre una misa que una iglesia de Buenos Aires organizó contra el mal de ojo en mayo de 1972. El anuncio decía: «Si habéis sido perjudicados, o si creéis que os están perjudicando, no dejéis de acudir a la llamada de Cristo». Cinco mil ciudadanos se presentaron. El futuro premio Nobel no salía de su asombro ante el despliegue de tenderetes ofreciendo objetos sagrados, cubículos para consultas médico-religiosas, toda una parafernalia más parecida a un mercado persa que a la iglesia católica que expulsó a los mercaderes del templo. No fue un chamán sino un sacerdote quien declaró desde el púlpito: «Cada individuo es una fuente individual de poder y está sujeto a olas mentales imperceptibles que pueden ocasionar mala salud o aflicción. Ésta es la señal visible del espíritu maligno».

Como me entran ganas de charlar me acerco a un extra que hace de romano y le pregunto si le gusta su trabajo. Me responde que sí, que es un trabajo fácil, que son jornadas de ocho o diez horas, tres días a la semana y en blanco, legal. Aunque en verano es más duro, se suda bastante debajo de esta armadura, aclara Julián, metro noventa, simpático, hincha de River Plate, que seguramente escucha los goles de su equipo los domingos que juegan en el Monumental. Le pregunto por la escultura que representa un borracho tirado en el suelo, con el que unos adolescentes se toman fotos, y me dice que en Jerusalén había de todo, que más allá también hay una escultura de un ladrón, que el parque intenta dar una visión aproximada de lo que era la ciudad hace dos mil años. Mientras me dice esto saca el walkie talkie y habla con un compañero. Dudo que en un parque de Disney uno viera a Mickey o Pluto hablando por el móvil, pero aquí en Tierra Santa los criterios de actuación son más laxos. Tampoco estoy muy seguro de que en la época recreada hubiera restaurantes, pero en la Tierra Santa del siglo XXI los hay, y además tienen nombres ad-hoc. El turista puede escoger entre el Monte Sinaí, el Jericó o el Puerta de Damasco: comida árabe o armenia.

 
 

Mientras digiero un falafel poco recomendable, entro en un túnel bautizado como La muralla de la reflexión. Se trata de un largo pasillo en el que se suceden vitrinas a ambos lados en las que se colocaron una ristra de proverbios de la Biblia. Los textos están impresos en un remedo de las tablas de la ley y en ellas leo: «Que te alabe otro, no tu boca, que sea un extraño, no tus propios labios; El que guarda su boca y su lengua, guarda su vida de las angustias». Lo tendré en cuenta.

A continuación me dirijo a la zona del Monte Gólgota, donde unas estatuas fijas representan la crucifixión de Jesús y de los dos ladrones que lo acompañaron en el calvario. Me quedo pasmado con la bandera argentina que ondea en el punto más alto del monte. Nadie parece reparar en el evidente fallo de raccord. ¿No habíamos quedado que estábamos en Jerusalén? Varios niños corretean mi lado, mientras grabo un vídeo de las tres cruces. Aunque la mayoría de los visitantes no caminan con mi mirada irónica, sí escucho risas cada tanto. Los padres no regañan a sus hijos cuando se toman selfies con un atlético Judas ni cuando preguntan si la Salem Pizzeria tiene algo que ver con las brujas. Todo es tan delirante que no me extrañaría que de un rincón saliera Godzilla o King Kong, pero no, al bajar lo que me encuentro aparcado en una esquina, sin agua, es una versión bastante chota del Arca de Noé.

Constato que, repartidos por el parque, hay varios rincones que funcionan como memorial de las celebrities del folklore católico. Un rincón para Juan Pablo II, otro para la Madre Teresa de Calcuta y un tercero para Gandhi. Sí, Gandhi. El parque es principalmente católico, pero además de este guiño al hinduismo hay dos espacios dedicados a las otras dos grandes religiones monoteístas. La parte de folklore musulmán es la Mezquita, en la que, para mi sorpresa, piden descalzarse. Vamos a ver, si no es de verdad, qué más da si me descalzo o no. Quizás es por esta absurda petición, quizás porque los musulmanes no visitan Tierra Santa en Buenos Aires, pero lo cierto es que en los quince minutos que paso dentro no entra nadie. A finales de invierno hace frío descalzo. Me fijo en un par de estatuas que representan a dos fieles arrodillados en una alfombra que deberían mirar en dirección a la Meca. No tengo manera de comprobarlo. También hay otra alfombra colgada de la pared que reproduce un grabado de la plaza central de la mezquita de la Meca donde está la Kaaba. Debajo, dos placas indican que aquí están los hombres y aquí Dios.

El otro espacio no católico es el Muro de los Lamentos. Folklore judío diseñado a escala 1:1., el muro está hecho del mismo material arcilloso y resinoso con el que está construido todo el parque. Buenos Aires es una de las ciudades del mundo con más población judía. No sé qué pensarán los judíos de este falso muro. Sé que el escritor guatemalteco de ascendencia judía Eduardo Halfon soltó unos gritos de espanto al ver un vídeo que le envié sobre el parque ¡No puedo creer que un lugar así existe!, me escribió en un mail, pero más que eso: ¡no puedo creer que la gente va! El ser humano, se me ocurre, también es un parque temático, concluyó. Halfon tiene un cuento extraordinario titulado Signor Hoffman en el que relata un viaje de un escritor que se llama como él al sur de Italia para participar en un acto en el Museo Internacional de la Memoria, localizado en lo que fue uno de los campos de concentración creados por la Italia de Mussolini. Una vez en Calabria, el narrador descubre que el campo original fue destruido para construir una autopista, pero que se construyó una réplica justo al lado. En estado de shock, se da cuenta de que al aceptar la invitación a dar una conferencia en este lugar se ha convertido en cómplice y actor de un parque temático del sufrimiento humano.

Me acuerdo de Halfon mientras pienso en lo insólito de que esta señora que tengo delante de mí escriba su papelito, se acerque al muro y lo deje ahí, tan ufana ¡Cree en el poder de una mala réplica! Teatro del absurdo. El colmo es un cartel colocado en el mismo falso muro que promete: los deseos colocados en el muro son depositados en el muro de los lamentos de Jerusalén. ¿Cómo? Hay que ser bastante crédulo para pensar que un trabajador del parque se va a dedicar a recoger estos papelitos y enviarlos en una urna a Jerusalén para que otra persona los reciba en Israel y los coloque uno a uno en el muro de verdad. Sobre todo porque en el muro auténtico ya tienen suficiente trabajo con los millones de papelitos que dejan los fieles. Así, cada dos años una brigada de voluntarios recoge todos los mensajes y estos, sin ser leídos —se trata de un diálogo entre el hombre y el creador—, son colocados en una bolsa y enterrados en el monte de los olivos. Todo es cuestión de fe, y cada uno escoge sus cadenas, pero con lo que seguramente no cuentan los creyentes es con que un sinvergüenza se lleve dos a modo de transgresión o de souvenir bizarro. Aprovecho estas líneas para pedir perdón de rodillas a los perjudicados. A veces el periodismo gonzo obliga a estas canalladas.

 
 

Horas más tarde le cuento a una amiga que estuve en Tierra Santa y me pregunta qué cosas hice, si me vestí de Virgen María, si me di una vuelta en un papa móvil o si jugué una partida de Paintball con un equipo dedicado a abatir a curas pederastas. Le respondo que ninguna de las anteriores y pienso que uno de los problemas de este lugar es que, a falta de oración, tampoco la diversión está garantizada. No hay atracciones. Ni montaña rusa ni túnel de la bruja. El único espectáculo en vivo del parque son las danzas árabes. A media tarde, en un escenario adosado al Templo hebreo, un grupo de cinco bailarinas algo entradas en carnes se contonean al ritmo que marcan cuatro músicos hombres. Dos tocan el teclado, dos se encargan de la percusión con sendos tambores. El numerito es bastante grotesco. Las jóvenes parecen salidas de una clase básica de danza del vientre y ni sus expansivas sonrisas consiguen disimular su falta de coordinación. La coreografía no ganaría el primer premio en un concurso escolar, pero a nadie parece importarle la poca pericia de las ejecutantes. La mayoría aplauden y los que no se levantan y continúan la visita y tal vez se arrodillen ante algún Cristo y le suelten un «perdónales porque no saben lo que hacen».

Llevo más de cuatro horas en Tierra Santa y empiezo a estar cansado. No le encuentro la gracia ni le veo el sentido a este parque que devalúa la iconografía católica mucho más que las obras de León Ferrari. Las obras del artista plástico, acusadas de blasfemia en su día por el entonces arzobispo Bergoglio, que combinan símbolos religiosos con imágenes eróticas, me hacen reír, mientras que las estatuas de Pugliese, por muy bendecidas que estén, me provocan vergüenza ajena. Como vergüenza me da leer sobre las sesiones del Senado argentino en las que se desestimó la ley del aborto. Un país no puede estar orgulloso de un señor, por muy papa que sea, que asegura que el aborto es una moda y que «el siglo pasado todo el mundo estaba escandalizado por lo que hacían los nazis para cuidar la pureza de la raza. Hoy hacemos lo mismo pero con guantes blancos». Pregunto en la tienda de souvenirs si tienen un pañuelo verde, icono de la lucha de las mujeres por el derecho al aborto legal, y me miran con mala cara. Es hora de partir. De camino a la salida me despide este cartel: por favor, no dar de comer a las palomas, muchas gracias.

Marc Caellas
Marc Caellas

Natural de Barcelona, escribe, crea y dirige proyectos para la escena. Ha vivido en Londres, Sao Paulo, Miami, Caracas, Buenos Aires, Rosario y Bogotá. Ha escrito y/o publicado Carcelona (Melusina, 2011), Teatro del Bueno (Teatron tinta, 2015) y Caracaos (El Peregrino 2014, Melusina 2015).