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Turista y viajero, ¿dos categorías diferentes?

Fotografía de la serie Sardinian Postcards, de Alessandro Toscano, incluida en el 360º de Altaïr Magazine sobre Cerdeña.

¿Quién no ha estado nunca en una playa atestada, en una piscina abarrotada y gritona, tomando plácidamente el sol, animado por el bullicio y la vitalidad?

Se lo pregunta María Angulo en su Paso «Ir allá, de donde no se regresa», una reflexión sobre la genealogía del viajero: caminantes, flâneurs, expedicionarios, científicos, descubridores, corresponsales… y, finalmente, turistas. Y a estos últimos nunca nos queremos parecer, queremos mantenerlos al margen, mirarlos desde fuera y repetirnos que nosotros no somos como ellos. A nosotros nos gusta ir, no estar, el trayecto y no el destino, ser los únicos en el lugar y no parte de una manada. Y sin embargo Angulo se cuestiona, con todo el sentido del mundo: ¿existe realmente una distinción, hoy día, entre viajero y turista, o no es más que la reminiscencia del viajero que fue y que ya nunca podremos ser?

La cronista Carolina Reymundez, en El mejor trabajo del mundo (Südpol, 2013), es taxativa: viajero y turista es lo mismo. Todo forma parte de una industria que mueve millones. Son la misma cosa y hasta la misma persona. Ciertas fórmulas, nos dice Reymundez, envejecen mal y ésta de los que se jactan de ser viajeros en lugar de turistas le chirría demasiado: «El mundo no es una novela de Bowles, mucho menos sesenta años después, donde cada uno viaja como puede». Se refiere, ya saben, a Paul Bowles y El cielo protector (1949) esa obra emblemática que, convertida en película por Bertolucci a finales de los ochenta, consiguió un enamoramiento generalizado por el mundo árabe en aquellos que, por edad o circunstancias, no habían sido cautivados en los sesenta por otro gran filme: Lawrence de Arabia (1962). Oriente como emblema de libertad para los occidentales, para practicar el arte de la fuga, el viaje dislocante frente a la racionalidad del viaje a Europa, señala María Sonia Cristoff en su prólogo a Pasaje a Oriente (FCE, 2009), una antología de cronistas que emprendieron viajes por aquellas tierras.

(…) Un turista piensa desde el momento de su partida en regresar a casa, mientras que un viajero puede no regresar nunca. O algo así decía Bowles, y le creímos, y seguimos sus pasos, o fabulamos con seguirlos. Como Carolina Reymundez. En «Deconstructing Paul», el escritor Jorge Carrión nos cuenta con detalle cómo y por qué se configuró el «mito Bowles» (en Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W. G. Sebald, Iberoamericana, 2009). «A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ése es el punto al que hay que llegar», recoge Reymundez de Bowles, que a su vez lo tomó de Kafka. Y soñamos con que así sea (a veces); con que la vida nos permitiese no regresar, pero solemos ser más pragmáticos. En función de nuestra economía, administramos con prudencia nuestras dosis viajeras y deseos escapistas. El viaje como un lugar sin tiempo, o con un tiempo encapsulado en el espacio y, por lo tanto, sin conflicto. Justamente lo opuesto a la idea de vacaciones como lugar familiar problemático, punto donde confluyen las tensiones que no llegan a ebullición durante los meses de ritmo laboral o escolar.

En realidad, a mitad de segunda década del siglo XXI es complicado encontrar esa exclusividad y singularidad del viajero admirado de finales del siglo XIX y primera mitad del XX. El corresponsal ya no es el único conocedor de las costumbres y realidades del sitio ignoto al que su director le ha mandado, ya no hay zonas en el mapa donde se advierta de la existencia de dragones a la espera de la llegada de un explorador occidental y lo cierto es que en la cima del Everest hay, casi siempre, una multitud de personas tomando fotos. El viajero como Bowles o como Conrad se ha convertido en una quimera, y sus viajes son una Arcadia soñada e inalcanzable.

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Lo cierto es que ahora el viajero-turista no abre una senda, sino que sigue la de otros. Un viajero anterior a nosotros que escribió una guía o una crónica o un reportaje y nos ha dibujado un camino de autenticidad y de experiencia única, como si fuésemos sus únicos lectores, un trayecto que nos llevará a los lugares que de verdad hay que conocer. Es una experiencia postergada: no seremos los primeros pero sí seremos los siguientes. Insiste Angulo:

El turismo aparece vendido como «experiencia», en la línea de lo que planteó Rolf Jensen con su «sociedad del ensueño» y los cambios que se han producido en la actividad turística  (Dream Society, 1999) o Erik Cohen en «Principales tendencias del turismo contemporáneo» (Política y Sociedad, 2005, Vol. 42 Núm. 1), que apunta grandes tendencias en la evolución del turismo, marcadas por la modernidad y la postmodernidad, que han ido acompañadas por diversos sistemas teóricos que destacaban alternativamente la búsqueda de la autenticidad, la distinción, la fantasía y las emociones fuertes. Se trata de una racionalización y desmaterialización de la experiencia. Una vuelta de tuerca más. Vender y comprar sensaciones y emociones. Cuestiones poco tangibles, nada físicas, como sí son las opciones turísticas menos sofisticadas de los bañistas de Parr. Este «turismo experiencial» que define Rubio Gil busca vivencias innovadoras, memoriales y sensoriales que suponen un beneficio para el consumidor y una transformación personal. Un mercado emocional que también tiene sus modalidades (aventura, amor y amistad, atención, identidad, paz mental y creencias). ¿Qué experiencia suele comprar usted? ¿Por qué emociones transita y anhela adquirir en vacaciones?

Turismo slow, también lo llaman, al amparo de una filosofía de la lentitud que trata de sosegar el tiempo del consumo. Y esta opción pausada me remite también al periodismo; al también denominado Slow Journalism, periodismo narrativo o crónica, como el que potenciamos y disfrutamos frente al periodismo urgente, monocromo y acelerado de algunos medios convencionales. Y puede que también se pudiera explorar ese sentido de «experiencia» asociada a una cierta emergencia de la crónica viajera que participa del hecho de «vender» experiencias personalizadas y únicas. Se abre un posible campo interesante y fecundo de análisis: ¿Hasta qué punto el interés por los cronistas viajeros se ha visto apoyado, influido, potenciado por el marketing de customer experience que desarrolla —destinos, lugares, experiencias, narraciones, publicaciones— la potente y global industria del turismo? El cronista de viajes como una suerte de coach, de tour operator, de intermediario cultural, si se prefiere, involucrado en la industria del turismo. ¿Y quién no está involucrado en el mercado? ¿Y qué tiene de malo si el trabajo se realiza con rigor y nos ayuda a comprender, a vivir mejor, a facilitarnos la experiencia de vida que merecemos?

Es entonces donde toma sentido pensar en el viaje como un proceso de conocimiento y reflexión sobre el ser humano y no como un mero desplazamiento entre los puntos A y B. Una suerte de persecución constante de la ruptura de las expectativas; lo que nos motiva a viajar no debe ser lo que esperamos encontrar, sino exactamente lo contrario. Así lo expresaba el editor de ALTAÏR MAGAZINE, Pep Bernadas, en la entrevista que le hacía Paty Godoy, cuando él confesaba que su manera de entender el viaje venía de cuando fue muy joven a Florencia en busca del arte renacentista y acabó sumergido en las fiestas locales de los pequeños pueblos de la Toscana: «Si vas por el mundo obligado a cumplir los planes, te perderás prácticamente todo». Es un buen resumen de esa forma diferente de entender el turismo.

Como recordaba Juliana González-Rivera en su Paso «Nace un viajero», sobre eso incide aún más Martín Caparrós en Contra el cambio: «Al turista le ofrecen un menú con dos opciones: visitar restos del pasado humano —ruinas, museos, monumentos varios— o escenarios actuales de la naturaleza —vistas, playas, paisajes—; me gustaría creer que los viajeros quieren saber qué hacen, aquí y ahora, los hombres. El viajero, caramba, sería un humanista». Y la conclusión es esa y no otra: tal vez el viajero y el turista hayan acabado fusionándose en la misma cosa en este siglo XXI. Y tal vez la diferencia entre ellos radique, esta vez, en la posición del propio viajero, que ya no depende del lugar al que va sino de su propia relación con el viaje que ha emprendido.

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Nace un viajero, un Paso de Juliana González-Rivera

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VIAJAR COMO FORMA DE ESCRIBIR, PATRIAS CON FORMA DE PANTALLA DE ORDENADOR, VIAJAR SIN SABER EL PUNTO DE LLEGADA. JULIANA-GONZÁLEZ RIVERA REFLEXIONA SOBRE LA ESCRITURA, LA BÚSQUEDA Y LA PATRIA DEL VIAJERO, HACIENDO UN RECORRIDO POR EL MODO DE VIAJAR QUE HAN TENIDO INFINIDAD DE ESCRITORES, CIENTÍFICOS O EXPLORADORES. UN PASO DE ALTAÏR MAGAZINE DEL QUE OFRECEMOS AQUÍ UN BUEN ADELANTO.


No está claro cómo un hombre se hace viajero. Para algunos se trata de una sensación que se entierra en la memoria y surge de nuevo con los años: Philip Hoare se hace viajero porque casi nace en el agua y por una ballena que pintó su abuelo en su bañera, cuando era niño; a Melville lo influye el grabado de una cacería de ballenas que había traído su padre de uno de sus viajes a Europa —era importador de artículos de regalo—. A Pedro Sorela lo marca su primera travesía del Atlántico, a los 11 años, entre Barcelona y Cartagena de Indias. Y a Bruce Chatwin la duda infantil sobre un trozo de piel de dinosaurio lo llevó hasta la Patagonia. Para otros se trata de una revelación, de «sentir de golpe el viaje», como le sucedió a Cees Nooteboom una noche oscura en un hotel anónimo en Mauritania y a Saint-Exupéry bajo la noche patriarcal del desierto del Sahara. Kapuscinski reconoció el momento fatal en el paso que dio al cruzar la frontera de su Polonia natal y Stendhal se hizo viajero por la belleza que encontró en Italia: el arte, las piedras y el paisaje de Milán, Roma, Nápoles y Florencia; pero también de las italianas.

El viaje es la gran metáfora de la vida, de la muerte, del conocimiento, de la escritura. Desde muy pronto el ser humano supo que moviéndose entendería mejor el mundo y sus gentes. Con el viaje elaboramos las primeras explicaciones filosóficas y conquistamos el espacio, descubrimos nuevos escenarios y ampliamos nuestras fronteras. Del viaje surgió el método científico y gracias a él se ha cartografiado el mundo.

Quienes viajan se definen por su profesión, por la intención con la que parten, la época, sus cualidades o el resultado de su transitar. Viajeros fueron los primeros hombres que salieron de África y cruzaron el estrecho de Bering, Darwin a bordo del Beagle y los que caminaron en la luna. Hay viajeros psicotrópicos, imaginarios, espirituales, oníricos e interiores. Viajero es el peregrino, el marinero, el pirata e incluso el muerto que va «al más allá». O puede ser un héroe como Don Quijote o Ulises: protagonistas de travesías épicas, gestas de caballería, aventuras en alta mar o en los confines del mundo. Viajero es el peregrino que visita lugares sagrados, el misionero y el creyente que viaja para expiar sus pecados. Y hay peregrinos laicos: aquellos que recorren los pasos de un artista o figura histórica y sus escenarios —a Kafka lo buscamos en Praga, a Joyce en Dublín y a García Márquez en Aracataca. Pessoa es un espíritu que todavía se sienta en el café A Brasileira en Lisboa—.

Entre los que viajan hay militares, guerreros, diplomáticos, embajadores, espías, piratas y conquistadores. Otros son poetas, filósofos, artistas: Klee trae a Europa el color que le deslumbra en el norte de África, igual que hace Gauguin desde el Caribe y la Polinesia. Y Turner se embarcaba para subirse a los mástiles y luego pintar mejor las tormentas. También hay flâneurs como Baudelaire, expertos callejeadores de la ciudad en la que viven y paseantes urbanos como W. G. Sebald y Robert Walser. Unos recrean territorios sin haberlos visitado —Kafka en América, por ejemplo— y otros inmortalizan lugares a su paso: el Marruecos de Paul Bowles o la Alejandría de Lawrence Durrell, Piere Loti Oriente Próximo, Naipaul la India, Conrad el Congo o Chatwin la Patagonia.

También salieron de viaje el cazador primitivo, el nómada y los antiguos heraldos. Y los científicos: esos marineros del Siglo de las Luces que fueron hasta el Ecuador a comprobar si la tierra era una esfera perfecta —que no lo era—, al Pacífico Sur a desarrollar la teoría de las especies o a Suramérica en expedición botánica; Lévi-Strauss estudió los indígenas en el Mato Grosso; otros escribieron las primeras Historias Naturales y Geografías —como Plinio y Estrabón—; y los astronautas escriben blogs desde la estación espacial.

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Hay exiliados, inmigrantes, reporteros, mercaderes y turistas que inundan ciudades como París, Venecia o Barcelona. Aventureros que dan vueltas al mundo a pie o en bicicleta y viajeros no viajeros: esos que realizan travesías imaginarias, oníricas o alegóricas —Alicia, Gulliver o Crusoe—, o paseantes alrededor de su habitación como Xavier de Maistre, el conde francés que en 1794, después de batirse en duelo, fue confinado 42 días en Turín y en ese encierro escribió el Voyage autour de ma chambre. Unos van al infierno y otros al paraíso, como el personaje de Dante en la Divina Comedia. 

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LA REPÚBLICA BANANERA, por Roberto Herrscher (II)

Costa_Rica_-_workers_cutting_bananas_from_trees_1910-1920LA INDUSTRIA BANANERA TENÍA SU PROPIO VOCABULARIO, SUS PROPIOS TÉRMINOS. UN LENGUAJE DE CONTROL DEBAJO DEL CUAL ESTABAN LOS HOMBRES, DESLOMÁNDOSE POR UN JORNAL MÍSERO. LA SEGUNDA PARTE DEL PASO DE ROBERTO HERRSCHER SOBRE COSTA RICA Y LA REPÚBLICA BANANERA NOS LLEVA A SUS RECUERDOS Y A LA REALIDAD DE UNAS RUINAS AÚN VIVIENTES. 


La lluvia sigue cayendo con furia en el cuadrante de Finca 6. Parece increíble que el cielo guardara tanta agua y no se cansara de escupirla. Es el clima extremo que necesitan estos arbustos para crecer tan rápido y dar sus frutos suculentos, pero no dejo de pensar en la vida durísima de estos hombres, que cada día pasan de chapear y cortar en noche cerrada al sol que baja como cuchillo y al aguacero que anega todo pensamiento.

Henry Rojas ya me llevó a ver el campito de fútbol en medio del cuadrante, la pulpería donde duermen la siesta una veintena de productos de primera necesidad, enmohecidos de tedio, y la escuelita de la plantación, sin ventanas, la misma donde estudió él hace casi medio siglo. Llegamos a ver a otro de sus viejos amigos.

Claudio Barrantes Vargas parece más entero que Chepe Matarrita, con el pelo engominado y azabache. Está flaco y fibroso. Debe estarlo: nos abre la puerta una muchacha que podría ser su hija o hasta su nieta, pero es su nueva pareja. Claudio piensa que ante un periodista tiene que dejar bien parada a la compañía, así que se esmera en decir que lo tratan bien, como si estuviera en un hospital o una residencia.

«Nací en el 43, en Guanacaste, pero me vine pequeñito para Limón», dice Claudio casi en mi oído. Se escucha la lluvia muy fuerte, el viento, las gotas sobre el pasto recién cortado, en el borde de la plancha de cemento que rodea la casita.

Claudio trabaja para Dole —todavía la llama la Standard, como todos— desde 1968. «Aquello era más diferente, era más barato todo», grita con nostalgia. La lluvia se puso todavía más bíblica. «Uno ganaba poquito, pero todas las fincas estaban llenas, había más gente, más poblado.»

Me cuenta de la llena de 1970, de cómo se inundó todo, y al escuchar el retumbar cercano de los truenos, me temo lo peor. Pero es lo normal aquí.

Pese a su nostalgia del pasado, Claudio Barrantes piensa que «ahora lo consideran mejor a uno, correr era más antes, por contrato, pero ahora a la fruta hay que tratarla como una persona, no se quiere que se maltrate. Y así lo dicen los jefes, y cuanto mejor el banano, más dinero. Gracias a Dios estamos aquí, y contribuimos a que todo sea mejor…»

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LA REPÚBLICA BANANERA, por Roberto Herrscher

En el siglo XIX el fundador de la República Bananera, Minor Keith, tardó dos décadas en construir un ferrocarril para unir estos dos mundos: el centro del país, el eje de su economía cafetalera, y su lejana costa infestada de malaria y paludismo. Con el ferrocarril, Keith se apropió de las tierras circundantes, plantó bananos (lo que en España se llaman plátanos) e inició la United Fruit Company con el dueño de los barcos y el banquero que se encargó de la distribución. En los ochenta el Estado construyó esta carretera y el ferrocarril murió de inanición. Miles de trabajadores, sobre todo negros de Jamaica, habían muerto abriendo montaña y montando sus rieles, y hoy la selva cubre lo que queda de las vías.

De Limón tomo el camino de las playas caribeñas, donde manadas de norteamericanos y europeos viven su sueño rasta y fuman sus porros y se hacen trenzas greñudas en el pelo y se revuelcan riendo en la arena antes de entrar a la vida de verdad. Para los jóvenes negros de la zona la vida de verdad es esta, entre el orgullo de la identidad, la mirada pastosa de la droga y la sonrisa ladeada del turismo.

Camino a Cahuita y Puerto Viejo, los reductos turísticos de carretera ya anuncian el mapa sonoro: cambiaron los viejos casetes por listas digitales, pero siguen repitiendo día tras días los éxitos de siempre de Bob Marley. Con los cansados himnos de la rebelión, llego a un puesto del Ministerio del Ambiente.

El fundador de la República Bananera, Minor Keith, tardó dos décadas en construir un ferrocarril para unir estos dos mundos: el centro del país y su lejana costa

En este puesto me espera el guardaparque Henri Rojas. Yo estuve hace 20 años en la inauguración de esta oficina de control forestal. Todo estaba reluciente, los pickups blancos y los uniformes verdes. El caso es que en los años siguientes el Ministerio, con un presupuesto cada vez más estrecho, fue dejando a este puesto desprovisto de los recursos básicos para operar.
El día que llegué la escuálida delegación casi no tenían gasolina para salir a atender denuncias. Había visto varias veces a Henri en los noventa, y siempre me llamó la atención lo que le preocupaba el cuidado del ambiente, la degradación social de la zona, la corrupción, la burocracia. Y escribía cuentos para concienciar a los niños sobre el medio ambiente, y poemas para mitigar su pena.

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Paul Bowles, un paso de Jorge Carrión

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COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, OTRO EPISODIO DE «LA TRADICIÓN INQUIETA» DE JORGE CARRIÓN, DEDICADA A TRAZAR LA GENEALOGÍA SECRETA DE AUTORES Y AUTORAS CLAVES EN LA LITERATURA DE VIAJE DEL SIGLO XX. ESTA SEMANA HABLAMOS DEL FUNDAMENTAL PAUL BOWLES.


¿Y si Paul Bowles fuera la espina dorsal de la tradición inquieta del siglo XX?

Si durante los siglos XVI, XVII y XVIII el vector que rige el movimiento es el de Este-Oeste, durante el XIX se va imponiendo progresivamente el vector Norte-Sur. La exploración de África es el preámbulo de su violación. El arte cartografía esa violencia: a veces, mientras realiza ese ejercicio de representación, la justifica, otras la denuncia —oblicuamente—. No es Conrad el puente literario de la tradición inquieta entre los siglos XIX y XX, sino Rimbaud. No es un libro (El corazón de las tinieblas, etcétera), sino un camino. La ruta del autor de Una temporada en el infierno por África. Quiero decir: su biografía, no su obra. Porque no hay obra —o son cartas, literatura de viaje que intentaba camuflar su ADN literario— que nos deje seguir esos pasos y es la ausencia de obra, en el sentido clásico del término, lo que nos permite afirmar que entonces comienza el inquieto siglo XX (aunque faltaran veinte años). Al mismo tiempo, el puente pictórico entre ambos siglos lo tiende Paul Gauguin (que murió en 1903) en el vector Oriente-Occidente; pero no lo hace en lienzos diáfanamente delimitados, sino en su cuaderno de viaje, en las puertas que embadurna, en las paredes de la casa donde se aloja. Y más allá: en los barcos que toma, en los senderos que atraviesa. El propio viaje es siempre la mayor obra de arte; pero es invisible y tenemos que conformarnos con sus huellas, su incompleto trazo.

Los itinerarios de Rimbaud y de Gauguin confluyen en París. El mismo París donde pronto Picasso, que ha ascendido lentamente desde Málaga (el Sur) por Barcelona y los pueblos pirenaicos, en el ímpetu del primitivismo, inyectará africanidad (Sur del Sur) al arte contemporáneo. El mismo París en cuyos años 30 aterriza un jovencísimo Paul Bowles, para sintonizar —en cuerpo o en ausencia— con Djuna Barnes, James Joyce, Gertrude Stein, Ernest Hemingway, John Dos Passos: los pasos perdidos. Huía de su propia familia y de cierta manera de ser norteamericano. Buscaba un laboratorio donde ensayar formas de ser apátrida. Estuvo allí cuando la Guerra Civil española se convertía en el prólogo de la guerra civil europea.

Una de las biografías de Bowles se titula El observador invisible. El testigo sin afán de protagonismo. En la capital de las vanguardias, el joven músico y escritor recoge el testigo de la tradición inquieta a través de la topografía surrealista analizada por Walter Benjamin. Sus primeros poemas, publicados allí, son vanguardistas. Después, traduce y pone música a Lorca. Así se van conectando las corrientes nacionales y lingüísticas en una biografía con forma de red. Multiplicación de vectores, porque «vector» significa «agente que transporta algo de un lugar a otro» y «fragmento de ácido desoxirribonucleico que puede unir otro fragmento ajeno y transferirlo al genoma de otros organismos». En el cuerpo de Bowles, en sus venas textuales, en su médula, confluyen gran parte de las líneas de la mano de la inquietud.

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Gente de bar, un Paso de Silvia Cruz Lapeña

altair españa desde el bar-7COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE LA PERIODISTA SILVIA CRUZ LAPEÑA NOS HABLA DEL LIBRO DE JOAN PLANAS ESPAÑA DESDE EL BAR, QUE RECOPILA 100 ENTREVISTAS SOBRE QUÉ PIENSAN Y SIENTEN LOS ESPAÑOLES SOBRE ESPAÑA… DESDE LA BARRA DE UN BAR.


En España hay 280.526 bares, es decir, uno por cada 176 habitantes. Es el país de la Unión Europea con más establecimientos destinados a beber y comer. De media, los españoles van al bar tres veces por semana, frecuencia que no ha variado en siete años de crisis económica. Es cierto que gastan menos, pero también que un tercio de los 100.000 millones de euros que invierten al año en alimentarse los emplean fuera de casa, porcentaje invariable desde hace años a pesar de las dificultades por las que pasa el país. Lo dice el informe sobre datos de consumo alimentario que publicó en 2014 el Ministerio de Agricultura. Pero sólo son números, datos que confirman lo que cualquier turista comprueba al rato de estar en España: que los españoles son gente de bar. Las estadísticas hacen lo de siempre: sumar lo suyo y lo mío y dividirlo por dos. Nada dicen de las personas ni sus motivos, ni de si ese vino que se tomó usted y recogen los sondeos lo pidió para olvidar una pena o para celebrar la vida.

Tampoco dicen las encuestas que en los bares hablamos ni sobre qué temas lo hacemos. Con ánimo de contrarrestar la frialdad del dato y disolver tópicos, Joan Planas se ha pasado 55 días recorriendo bares de veinte ciudades españolas para averiguarlo. Sus cien entrevistas a personas en establecimientos de toda España han permitido a este cineasta y fotógrafo de 33 años entrar en los anhelos, opiniones y temores de sus entrevistados y concluir que a todos nos iría mejor si nos conociéramos más. Todos los testimonios y las fotos recopiladas durante su viaje estarán en España desde el bar, un libro para el que Planas tiene en marcha una campaña de crowdfunding.

España desde el bar es, en realidad, el proceso de documentación de una película que a Planas se le ocurrió al volver de un largo viaje por Asia. Cuando llegó a España, se percató de que el tema preferido de los medios eran las malas relaciones entre España y Cataluña, territorio este último en el que parte de la población aspira desde hace un tiempo a la independencia. El cruce de acusaciones entre políticos y no políticos llevó a Planas a preguntarse si ese odio que transmitían muchos titulares era compartido por los ciudadanos.

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Las primeras fronteras, un Paso de Carolina Reymúndez

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COMPARTIMOS EN ABIERTO UN ADELANTO DEL NUEVO PASO DE ALTAÏR, EN EL QUE LA PERIODISTA ARGENTINA CAROLINA REYMÚNDEZ NOS HABLA DE LA EMOCIÓN Y EL MIEDO DE CRUZAR POR PRIMERA VEZ LOS LÍMITES GEOGRÁFICOS Y POLÍTICOS QUE PONEN EN JUEGO OTRAS BARRERAS EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD.


Salir para emerger. Salir de la casa, salir del barrio, salir de la provincia, salir del país. Las primeras fronteras, las que uno cruza a los veinte o veinticinco años, con mochila y poca plata, funcionan como un rito de pasaje hacia el mundo adulto. Salir en un viaje de descubrimiento e iniciación. Salir para encontrar el camino propio. Las primeras fronteras son pruebas de responsabilidad, seguridad, éxito en la hazaña que es el viaje. Todos recordamos nuestras primeras fronteras como un hito. Salir como metáfora de la constitución personal.Para conocer sesenta países tuve que cruzar muchas fronteras. Alguna vez un empleado de migraciones hizo alguna broma, dijo «Maradona» o «Messi», pero la mayoría de las veces miraron con desconfianza mientras preguntaban: «Cuánto se va a quedar, dónde, ya vino, a qué viene, conoce a alguien». En Jamaica me invitaron a pasar a una cabina y me revisaron entera y en República Checa fue necesario explicar en lenguaje de gestos qué era la yerba mate. En Chile casi voy presa por un mango (fruta) que se había caído en el asiento del auto sin que lo advirtiera, y en Perú tuve que aclarar por qué viajaba con un cuchillo afilado. La explicación fue mentirosa porque si les decía que era para cortar el queso que llevaba en la mochila no hubiera podido pasar.

Desde que empecé a cruzarlas sola, a los veinte, las fronteras me intimidan. Tienen un factor incierto: el factor humano con poder. Son como un examen en el que algo puede fallar por causas que uno no controla. Aunque haya estudiado, aunque no lleve droga. A pesar de haber respondido bien, aún con los papeles en regla.

Las primeras fronteras, las que se cruzan a pie y en auto, son quizás las de sentido más amplio. Al cruzarlas, uno no sólo cambia de país, también toma consciencia en vivo y en directo —no por las pantallas— de la identidad colectiva, la historia común y las diferencias. Lo que nos separa nos legitima.

Después de años de viajes todavía me suelo sentir incómoda en las fronteras. Me vienen imágenes de películas, de cruces durante las guerras, de huidas y contrabando. Una vez del otro lado, libre y con el pasaporte sellado, es un alivio y quiero salir a festejar. Sí, vamos al bar, yo invito: ¡Crucé la frontera!

Viajábamos en auto por Europa en 1996, cuando cada país tenía su moneda. En España, las pesetas y en República Checa, las coronas. La globalización estaba en marcha, pero faltaba. También faltaba para la «sinfronterización» del continente. Praga todavía no era una de las preferidas del turismo internacional y se podía caminar por el Puente de Carlos sin agacharse para no ser parte de una selfie. La ciudad guardaba resabios de los años de comunismo y probablemente no había Mc Donald’s ni cola para comprar merchandising de Kafka.

Cruzamos por Alemania. Veníamos de Holanda y antes de Marruecos —la trazabilidad constaba en el pasaporte—, quizás por eso les resultamos sospechosos a los oficiales de migraciones que indicaron estacionar el auto a un costado y esperar. Con señas, nadie hablaba otro idioma que no fuera checo. Era un día gris y hacía frío. Después de un rato vino una brigada de cuatro uniformados altos y corpulentos vestidos de azul y con guantes. En el recuerdo son parecidos a SWAT. Sacaron las mochilas del baúl, sacudieron la ropa, palparon la suela de los borceguíes, observaron el termo por arriba y por abajo. Me acerqué para explicarles cómo se abría un bolsillo, pero me apartaron con una mirada de reprobación. Tenía que esperar al costado. Era una sensación extraña, como estar viendo los movimientos de un ladrón en tu propia casa. Estaban concentrados, atentos, perros con sed. No buscaban dinero, sino droga, pero la actitud era similar. Cuando terminaron, pasaron al interior del auto: levantaron las alfombras, corrieron los asientos, se agacharon y olieron. Hasta que llegaron a la guantera y encontraron una cucharita con yerba pegada. Entonces traté de explicarles con gestos y palabras sueltas, que en Argentina tomamos mate, que es más popular que el café, que la yerba es una planta como el té, que para tomarlo se usa una calabaza y una bombilla. Pero no me seguían. El módulo cultural no les interesó para nada. Busqué el paquete de yerba y se había terminado. Las explicaciones se hacían difíciles. Ellos se comportaban como si estuvieran seguros de haber encontrado a una pareja de narcotraficantes sudamericanos y no dejaban de hurgar la privacidad.

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LAS INFILTRADAS

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Conservé mi identidad, mi nombre y mis documentos, pero me escribí en el paro con un título de bachillerato por todo bagaje. Aseguré que me acababa de separar de un hombre con el que había convivido durante veinte años que satisfacía todas mis necesidades, lo que explicaba que no pudiera acreditar ninguna actividad profesional durante todo ese tiempo.

Me teñí de rubio. Ya no me quité las gafas. No cobré ningún subsidio.

Estas palabras de Florence Aubernas explican el modus operandi con el que afronta un trabajo periodístico —camuflándose— que la llevará a conocer la precariedad del mercado laboral no cualificado en la Francia de comienzos del siglo XXI. Aubernas no es la primera ni la última en utilizar esta ¿técnica?, que más bien es una apuesta radical por la inmersión, a medio camino entre la denuncia y la performance. Tampoco ha sido exclusiva de las mujeres periodistas, pero ellas han conseguido visibilizar realidades femeninas de la economía y la sociedad que permanecían escondidas de un modo particular. Hablamos de las enfermas mentales de Nellie Bly, de las presas de Magda Donato, de las limpiadoras de hotel de Barbara Ehrenreich.

Sí, todo esto empieza el día que te despiden, chau, usted, ya no puede estar aquí, ni siquiera gratis, ni siquiera para fingir que trabaja. Primero te despiden. A la puta calle UNO. Luego te comes el paro. Luego te meriendas los ahorros. Luego te cortan los suministros y te desahucian. Nam, ñam, ñam. A la puta calle DOS.

La que escribe estas palabras es la periodista española Cristina Fallarás, que da un paso más aún y en su libro A la puta calle describe el proceso que la lleva a su propio desahucio, fruto de las crisis conjuntas del periodismo y la economía del boom inmobiliario. Desaparece el fingimiento y queda la narradora, la periodista, exponiendo la realidad desde su propia piel y esperando que la crónica de ese viaje al infierno resuene en el resto de la sociedad.

CRÓNICA DE UN VIAJE AL INFIERNO, de María Angulo: un nuevo Paso de Altaïr Magazine.

 

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«Travelogues»: los conferenciantes de viajes

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El diccionario Merriam-Webster de inglés recoge el término «Travelogue» con la siguiente definición: «Una charla, película o texto sobre las experiencias de viaje de alguien».

Sin embargo, para los viajeros más románticos, los que se ensueñan pensando en finales del siglo XIX y principios del XX, cuando aún había zonas oscuras en los mapas europeos y se podían señalar territorios inexplorados pensando «Hic sunt dracones»… Para esos viajeros, «Travelogue» significa un señor sobre un atril, describiendo con una prosa cuidadísima su viaje por algún lugar inaudito de oriente o de África.

Lo explicaba Jorge Carrión en su nueva entrega de «La tradición inquieta» en ALTAÏR MAGAZINE, dedicada a Burton Holmes:

Durante el último cuarto del siglo XIX, un nutrido grupo de travel lecturers alimentaba el circuito de los teatros de los Estados Unidos. Acompañados por las imágenes que proyectaba la linterna mágica, narraban los paisajes y las costumbres de culturas lejanas, topografías que ellos habían recorrido para poder después contarlas. En la conferencia de viaje se confunden los motivos: el viajero se convierte en conferencista porque así puede sufragar sus periplos; pero con el tiempo los propios desplazamientos van siendo modificados por la necesidad del relato futuro.

El «travel lecturer» no es más que una prolongación natural del narrador que ha existido siempre en la Historia de la humanidad, un híbrido entre el cuentacuentos y viajero. Uno de sus pioneros fue Edward L. Wilson, editor del Philadelphia Photographer desde 1864. Wilson se recorrió el mundo y fotografió lo que veía para luego contarlo desde las páginas de su magazine y también desde la cátedra de auditorios y universidades. Sus escritos se recopilaron con este nombre tan significativo: Wilson’s Lantern Journeys, y se subtitulaba: «Una serie de descripciones de viajes en casa y en el extranjero». Y añadía estas instrucciones en la portada: «Para ser usado con vistas fotográficas en «touroscope», «graphoscope», «stereoscope» o «La Linterna Mágica»». Todo un sentido del espectáculo. En el listado de lugares de los que habla encontramos sitios tan dispares como Cádiz, Heliópolis, Samaria o Nubia.

Travelogue wilson

Ilustración de Wilson

Sin embargo el gran «travel lecturer» del cambio de siglo fue John L. Stoddard, tal y como señala Carrión:

A finales del siglo XIX, el gran mago de las conferencias de viaje era John L. Stoddard, quien —gracias al mérito de haber creado un público masivo— recorría incansablemente América del Norte con sus monólogos ilustrados por instantáneas de los cinco continentes.

Era una auténtica estrella y la gente se agolpaba en escaleras, pasillos y ventanas para escuchar todo lo que tenía que contar sobre Noruega o Atenas a los ciudadanos norteamericanos. Su obra se recopiló en diez volúmenes editados por la Balch Brothers Co. de Boston. La titularon John L. Stoddard Lectures y su subtítulo aclaraba: «Ilustrada y embellecida con las vistas de lugares famosos del mundo y de sus gentes». Sin embargo, dice Carrión, la fuerza de Stoddard se diluye leyéndolo: «El valor no estaba en la letra escrita, sino en la hablada. En la actuación.»

Travelogue stoddard

Fotografía de Stoddard

Nueve años tenía Burton Holmes cuando asistió a una conferencia de Stoddard que cambió su vida y la historia de los «travelogues». Holmes se convirtió en el mayor «travel lecturer» de la historia y sus viajes, sus narraciones y su manera de contarlas e ilustrarlas con fotos y pequeñas películas aún resuena en los periodistas y cronistas de viajes actuales. Incluidos nosotros.

Desde sus primeras actuaciones, Holmes contó con la colaboración de Oscar Bennett Depue, quien fue su técnico durante muchos años. Gracias a su habilidad, en 1897, con una cámara llamada cronofotógrafo, la pareja se convirtió en pionera del séptimo arte. Como ha escrito Genoa Caldwell en el prólogo de Travelogues. Crónicas del mayor viajero de su tiempo (1892-1952), «en el caso de países como Corea, Japón, China y Filipinas, fue el responsable del primer metraje filmado en esos territorios». Mientras los hermanos Lumière filmaban las calles de París, Holmes y Depue documentaban lugares remotos del globo.

Así pues, se puede decir que Holmes inventó el documental de viajes, hace ya casi ciento veinte años. Y gracias a Internet podemos seguir leyendo sus palabras, viendo sus imágenes y contemplando, con el mismo asombro que vivieron sus coetáneos, las sorprendentes filmaciones que aquel viajero recogió en todo el mundo y enseñó a los demás. ¡Larga vida a los «travelogues»!

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Tlatelolco: el ave fénix del DF

Tlatelolco maíz baja

Para quienes habitan aquí desde hace 50 años, cuando fue inaugurado el conjunto habitacional, es fácil entender la repulsa que da a los capitalinos la simple idea de vivir en un sitio donde se asesinó a jóvenes a quemarropa, donde un edificio con 288 apartamentos se vino abajo, o donde, se dice, hay asaltos en cada jardín o pasillo.

Es difícil sobrevivir a la propia historia negra. El barrio de Tlatelolco, en México DF, lleva más de cuarenta años intentándolo. En noviembre se cumplieron cincuenta años de la creación del barrio, sueño del mejor lugar posible para vivir en la capital mexicana. En octubre se cumplieron cuarenta y seis años de una efeméride mucho más recordada, mucho más dolorosa: la de la matanza de entre doscientos y trescientos manifestantes por disparos del ejército en la Plaza de las Tres Culturas, hoy monumento silencioso que no deja olvidar.

Yo no recuerdo la primera ocasión en que pisé Tlatelolco. Lo conocía, o creí conocerlo, por los libros de la escuela primaria. Ahí se hablaba de su enorme tianguis (mercado) a donde llegaban productos de toda la cuenca de México. Era una especie de ensoñación de un pasado idílico entre lagos, adoratorios y el aire que Humboldt calificó como el más transparente del mundo.

Habla Arturo Páramo, periodista. Las celebraciones han pasado, los fastos han terminado y los recordatorios del dolor vuelven a ser los normales, y no los del aniversario. En ALTAÏR MAGAZINE dejamos que el polvo de las efemérides se aposente y Arturo va a Tlatelolco para ver que es lo que queda después de lo del 68. Y también después de lo que pasó en 1985.

El siguiente golpe duro, asestado por un mano diferente, sucedió el 19 de septiembre de 1985 a las 07:19 de la mañana. Un sismo de 8,1 grados en la escala de Richter cimbró los cimientos del edificio Nuevo León, crujió la estructura, reventó su alma de acero y lo derrumbó como un animal prehistórico herido de muerte.

¿Cómo se sobrevive a la propia historia trágica? El paseo del periodista por el barrio descubre nuevos florecimientos, nuevos recovecos que brillan, nuevas posibilidades. El barrio como ave fénix que, más que resistirse a morir, se empeña en resucitar.

«50 años de Tlatelolco, el faro del DF». Escribe Arturo Páramo y dibuja Mario Trigo. Un nuevo Paso en ALTAÏR MAGAZINE.